Notas del autor: Sólo quería desearles a todos buenas fiestas :DDD si la Navidad existiera los felicitaría, pero mientras se comprueba, les ofrezco un vaso de chocolate caliente :DD

Y aquí entre nos, yo sé que Santa Claus es un vampiro :DDD ¡Gracias!


Capítulo 19


Tuvo la repentina, la ineludible confirmación de que su vida era un juego de azar, un mero capricho de la suerte. Se sentía ir y venir, caer y subir a un ritmo desconocido, ajeno y caprichoso, con la latente desesperación de la duda. No veía la luz, el espacio en que se asfixiaba hasta desquiciarse, sin control… pero fingir ignorancia difícilmente cambiaba algo.

Parecía que la marcación de sus límites regresaba con las palabras, la presencia, la lealtad que debía como hombre y Oficial. Todo centrado, girando alrededor de aquel sujeto que ya entraba en el sitio, con esos ojos verde esmeralda inquisitivos y cínicos, con la sonrisa segura que recordaba sin piedad los hechos de la existencia.

Tenía un papel, un encargo y una misión en el encomendado ciclo de las cosas. De aquellas en que trató de evitar su identidad, sus principios y las responsabilidades de quien se sabe deudor.

Era un pirata.

Regresaba de nuevo. Arthur Kirkland estaba ahí otra vez, decretando con su simple respiración el recomienzo de la vida.

Era el Primer Oficial del Capitán Kirkland.

Lo vio determinado y satisfecho, caminando hacia él mientras recibía de buen agrado los comentarios de los hombres. Madeline emitió una alegre risa, comentando algo que no se molestó en distinguir. Se notaron carcajadas, palabras bienaventuradas, el choque de los tarros a manera de brindis.

Era un pirata, el Primer Oficial que estaba enamorado del prisionero que el Capitán Kirkland encomendó su cuidado.

Quien, en ausencia de su superior, había cedido sin arrepentimiento a los sentimientos que quemaban y ahogaban. Quien consumió su amor en un acto impronunciable, conociendo la felicidad de saberse correspondido.

Lo traicionó, ¿cierto? A Arthur…

Pasó mucho tiempo. Meses y meses en que cumplió sus encargos, en que aguardó su regresó en pos de la gloria que recuperarían como piratas; noches en que se preguntó cuándo volvería; días en que se animaba sabiendo que no le sucedería peligro alguno…

Pasó mucho tiempo, pero nada había sido olvidado.

No, a pesar de que las distintas circunstancias aparentaron lo contrario.

No había olvidado su lealtad, la alegría de hallarlo cerca; continuaba esa familiaridad, la completa seguridad de que se reencontraba con alguien de entera confianza. La complicidad de quien comparte la misma labor, la misma visión del mundo…

No, eso ya no…

Había encontrado algo más grande y poderoso que todo lo que imaginó sobre la tierra.

Algo por lo que estaba dispuesto a pelear, a defender por encima de sí mismo.

No cabía duda, ¿cierto? Con plena facultad del deber, de su condición y misión, lo traicionó.

Traicionó a Arthur al elegir a Alejandro.

¿Cómo podría verlo a la cara ahora? Cuando lo único que lo preocupaba era mantener a Fernández a salvo de los planes de su Capitán, amigo y familia.

Era escoria.

— Y bien, Alfred — lo encaró por completo al verse separados por poco espacio. Uno frente al otro como compañeros y colegas… — ¿"Morbid Trident" te parece digno para el barco?

— En vista de que no se me ocurre nada mejor, supongo que sí~ — incluso con la confusa combinación de emociones, tuvo la entereza para sonreírle ampliamente. No mentía al decir que se alegraba de verlo — Además, no eres tan generoso como para dejarme el nombramiento de tu nuevo juguete~

— Es muy cierto. La parte más importante y simbólica siempre le corresponde al Capitán.

— Encárgate también de asesorar las reparaciones y los costes. Entonces de verdad estarás en posición de decir eso~

Se sonrieron, emitiendo el sonido característico de una risa bien intencionada. Se dieron un fuerte apretón de manos, seguido de un fuerte abrazo: lo alegraba verlo sano y salvo.

Después de tanto tiempo, Arthur estaba de regreso para levantarlos de su miseria.

Para llevarlos a la aventura más importante que pudiera conocerse en los 7 mares.

Era escoria… pero en ningún momento sintió el desconsuelo del arrepentimiento…

Como hombre… como entidad independiente… como Alfred, debía enfrentar el peso de su decisión, pasara lo que pasara.

¿Pero cómo?

— ¡Madeline! — se dirigió a la chica, quien seguía con esa sonrisa tan dulce y gentil — Sírveles a todos de tu mejor whisky, ¡esta ocasión voy a pagar el maldito vicio de esta bola de miserables!

La decisión fue celebrada entre carcajadas, gritos y la música de una repentina guitarra. Se emitieron más alabanzas para el Capitán y su extraño arranque de consideración. Un par de hombres salieron corriendo a avisar de la noticia a quienes trabajaban en la nueva nave.

Era como si todos hubieran salido del limbo con el simple sonido de su voz, porque conocían el significado de aquello.

Era el reinicio de sus indignos labores. La restauración de la reputación, la gloria y la fama. El restablecimiento de las riquezas, de sus reputaciones, de los temores en los corazones de los hombres.

En el mundo volverían a resonar sus proezas, las bajezas y las burlas para las coronas que creían gobernar a la civilización. La derrota se quedaría tan atrás que pasaría a ser un simple mito de los viejos años…

Pero Alejandro… para que eso sucediera, Alejandro sería…

— Ven, Alfred — comenzó a caminar hacia el pasillo — Tenemos cosas de qué hablar.

— ¿No estás cansado?

— Puedo vivir con eso.

¿Cómo detener el caos que se aproximaba?

… quizá esa no era la pregunta correcta…

Asintió enseguida y caminó tras él, sorprendiéndose de lo ajeno que ahora le parecía el camino hacia su camarote. Desde que partió el sitio se mantuvo bajo llave, excepto para Madeline, quien tenía el detalle de limpiarlo.

En su caso, no se cruzó por ahí en vista de que sus deberes lo mantenían afuera casi todo el tiempo.

Y últimamente con Alex, entre las sábanas de su cama.

Se ruborizó, agradecido de que Arthur estuviera más concentrado en llegar a la puerta.

La imagen del moreno en sus brazos, ya fuera como un gesto ligero o con todo el goce reflejándose en sus facciones, no podía más que aturdirlo y reforzar lo que quemaba en su interior.

¿Cómo iba a explicarle a Kirkland eso? Todo lo que sucedió entre ellos…

… quizá esa no era la pregunta correcta…

Volvió a concentrarse cuando estuvieron frente a la madera. Le extendió la llave y procedió a abrirla sin miramientos previos. Aquel lugar podía considerarlo como suyo, así que no le sorprendió la libertad con la que se movió, o la forma en que se quitó la capa para dejarla sobre la silla principal.

Se sentó, tocando por un instante el escritorio, los cajones, el borde de los detalles tallados a mano.

Tenía el derecho de sentir nostalgia y alivio, como cualquier persona. Pasaron muchos meses después de todo, lejos de sus tripulantes y de sus pertenencias, de los parajes conocidos y del clima del Caribe…

… ¿A dónde había ido, precisamente?

— Arthur — tomó asiento en la silla sobrante, adoptando un gesto serio y de recriminación — ¿Dónde demonios te metiste? ¿Tienes una maldita idea de cuánto tiempo pasó desde la última vez que te vimos?

— Admito que tardé más de lo que planeé — se recargó en el respaldo con absoluta comodidad, emitiendo una sonrisa de lado — No pude evitar ciertos imprevistos, pero no es como si no los hubiera aprovechado.

— ¿Dónde demonios te metiste? — repitió con impaciencia, subiendo su tono — ¡¿Qué tenías en mente como para irte así, nada más?! ¡Nunca escribiste una carta, ni dijiste algo! ¡¿Dónde carajos te iba a buscar para saber si seguías con vida?!

— Eras consciente de que iba a estar bien.

— ¡Sí, dímelo cuando el número de soldados aumentó drásticamente en todos los puertos de las colonias! ¡¿Qué querías que pensara cuando la mitad del mundo nos está buscando, eh?!

Se impresionó de sí mismo, tratando de mantener su respiración. No alcanzó a ver cuán preocupado estuvo en ese periodo de ausencia, optando siempre por desearle lo mejor e ignorando los peligros exteriores.

Probablemente lo olvidó, ya que casi todos sus pensamientos estuvieron con Fernández.

Por eso había algo que necesitaba saber. Se volvería loco de lo contrario.

— Mierda, Arthur, dime qué estás planeando…

— Alfred, por favor…

— ¡No me vengas con eso! — dio un golpe en la mesa con el puño cerrado — ¡¿Te crees que soy imbécil?! ¡Pues te equivocas! ¡Desde que empezó todo esto te la has pasado evadiendo mi pregunta! Me apartas, cambias el tema, y lo único que dices es que "tienes las cosas bajo control", ¡no me jodas! ¡Hasta te fuiste sin decirme el motivo ni el lugar! ¡¿Cómo quieres que siga así?!

Kirkland, contrario a su naturaleza, no lo reprendió ni se burló, tampoco trató de utilizar su autoridad para hacerlo desistir. No borró su sonrisa, pero la suavizó un poco…

… en un segundo, le dejó sentir todo el peso de su mirada inquisitiva y astuta, severa y fría, como si supiera la verdadera razón de su arranque.

Sí, tal vez lo sabía… lo supo desde el principio, ya que directamente le dijo que se olvidara de lo que lo ataba con Fernández, antes de que fuera tarde…

No esperaría menos de aquel que lo crío desde niño…

— No fue algo personal, Alfred — respondió tranquilo, con aquel gesto de seriedad que le erizaba la piel — Si no te dije nada, fue porque yo tampoco estaba seguro de muchas cosas. Por eso me fui, para encontrar respuestas que me ayudaran a planear el siguiente paso.

— ¿Y? ¿Tuviste éxito?

— Me alegra que lo preguntes — adoptó de nuevo esa postura sinvergüenza e imponente, como si la mirada anterior no hubiera existido — Porque, en efecto, el resultado de mi investigación fue bastante bueno. Se podría decir que ahora podemos actuar con toda seguridad, sin esperar una nueva sorpresa de nuestro impertinente prisionero… y hablando de él — entrecerró la mirada — ¿Cómo está?

—… bien.

— ¿Sólo bien? Vamos, estuvo bajo tu vigilancia tanto tiempo, ¿y solamente puedes decirme que "bien"?

Tragó un poco.

Arthur lo sabía.

— La herida de bala ya está completamente recuperada, sin peligro de infección ni con otro factor de riesgo. Se ha alimentado bien, tiene buena respuesta motora, y parece que su lucidez está intacta — suspiró un poco — Dejando de lado un pequeño incidente que ocurrió hace un mes, en general su condición es óptima. Hoy va a venir Carlos para darle una última revisada y confirmar su recuperación total.

— ¿Ocasionó muchos problemas?

—… se le mantuvo a raya lo suficiente para evitarlo.

— ¿Y qué hay sobre lo que te dije? — sus iris esmeraldas se afilaron por un segundo — Sobre lo de quitarle su dignidad y su orgullo, ¿puedo pensar que tomó el lugar que le corresponde? Espero que los piratas que tanto odia le hayan enseñado una lección de humildad y obediencia~

… si cuando escuchó por primera vez aquel designio sintió la ira amenazando su cordura, ahora tuvo que contenerse con mucho esfuerzo para evitar que la vista se le nublara de la rabia más pura.

Jamás, absolutamente jamás dejaría que eso pasara… si en ese entonces lo sostuvo sin vacilación, ahora estaba dispuesto a arrancarles las malditas piernas a quienes lo intentaran.

La idea de esos malnacidos tocando a Alejandro… no, nunca lo permitiría. Nadie en el maldito planeta, excepto él, tenía el derecho de tocarlo, de arrancarle esos sonidos que no sabía que existían, de apreciar su rostro y sentir las manos que lo quemaban con cada toque. De sentirse tan profundo en su interior, tan adentro que no sabía dónde empezaba y en donde acababa quien.

Por supuesto que no cumplió tal encargo. No se molestó en ocultarlo.

Y de tal modo, Kirkland no pareció sorprendido.

— Quiero verlo.

— ¿Eh?

— Quiero ver al Capitán Fernández — repitió sin vacilación, aun con sus pupilas afiladas — Tráelo.

— Pero Carlos está a punto de llegar y…

— Me importa una mierda — de nuevo, ese gesto que le erizaba la columna… — No te estoy preguntando. Te estoy ordenando que lo traigas.

… ahora recordaba por qué era el Capitán Kirkland.

No era sólo cuestión de fuerza, habilidad o liderazgo. Un pirata, un Capitán de un puñado de viles corsarios debía tener más crueldad y astucia que cualquiera, la determinación para aplastar lo que se interpusiera; sin dar explicaciones ni dejarse llevar por la ciega ira, se alzaba y ordenaba lo primordial.

El que ahora le estaba hablando no era Arthur, sino el Capitán.

Pero Alejandro… no quería que él…

— No me hagas esperar, Alfred, ¿o preferirías que fuera yo mismo? A sacarlo de su maldito agujero y enseñarle disciplina como tú no te atreviste a hacerlo.

Se mordió el labio y apretó los puños, conteniendo sus quejas ante la frase tan hiriente como verdadera.

Al Capitán no le interesaba si lo hería, si lo humillaba o le demostraba a punta de dolor su posición. Quería que se le obedeciera simplemente, aplastando la preocupación que ahora se le figuraba primordial.

Tenía que proteger a Alex… ¿pero cómo…?

— Y mientras hablo con él, quiero que apresures las obras del barco — continuó sin reparar en su estado… o probablemente, sin interesarle — En cuanto esté listo, partiremos a la Isla del Cocytos.

— ¡¿Qué?! — fue inevitable su expresión, aun con toda la tensión que había entre ellos — ¡¿Es que quieres llegar a la Bahía de Giudecca?!

— ¿Para qué otra cosa querría ir a esa isla, entonces?

— ¡¿Pero por qué?! ¡La fortaleza que está ahí sólo es ocupada cuando la Cofradía de los Hermanos de la Costa ordena una reunión entre piratas!

— Y mientras eso no ocurra, el sitio puede ser ocupado por uno de los Capitanes miembros — sonrió apenas, en un gesto que le hizo alzar la guardia — ¿No te parece perfecto?

¿Qué demonios iban a hacer ahí?

La isla, hace mucho tiempo, fue escogida por su difícil localización para realizar reuniones entre los piratas de todos los mares. El terreno en general consistía en riscos, tierra infértil y escabrosos senderos, siendo la bahía y sus alrededores los únicos sitios en que se podían encontrar elementos para la sobrevivencia. Ahí se construyó un fuerte impresionante que podía aguantar un sitio de meses, y dado que contaba con sólo una ruta acceso –incluyendo el puerto-, lo hacía ideal para la ofensiva y defensiva. Si había que hablar de un lugar impenetrable, sin duda sería aquel.

Como tal, únicamente los Capitanes y los Primeros Oficiales de la Cofradía conocían el modo de llegar, puesto que era protegido por la densa niebla que no desaparecía en ningún momento del día o de la noche. Más aún: por los vientos del Norte, la niebla llevaba un constante frío, o incluso hielo, así que su tono general era de un azul pálido. Puesto que la mayoría estaba acostumbrado al clima cálido del Caribe, ese cambio de temperatura podía resultar en enfermedades y muerte si se bajaba la guardia.

¡¿Qué iban a hacer ahí?! ¡¿Pretendía que llevaran a Alejandro…?!

— No voy a contarte todo, pero ha llegado el tiempo de que "Alexander" me sea de utilidad — ¡¿No le diría…?! — Y ahora, más que nunca, no dejaré que se me escape de las manos. No voy a tolerar ninguna de sus insolencias, y ten por seguridad que me cobraré toda la maldita mierda que nos hizo pasar — le miró de reojo — Pudo pasar mucho tiempo, pero no he olvidado absolutamente nada de lo que sucedió.

— Arthur…

— No lo maté en pos de un propósito más grande — se irguió aun en su asiento, dejándolo sin respuesta — Lo sabías desde el principio.

Era cierto. Esa fue la razón básica para sus cuidados, para las atenciones, para todas las preocupaciones que terminaron por tomar un rumbo diferente.

Lo que le angustiaba era ese propósito.

Con lo que pudo hablar con Alex, e intuir de las distintas conversaciones con Kirkland, se trataba de una vieja disputa entre Arthur y ese tal Antonio. Fernández, por tener una conexión con él, terminó en medio de algo que no le incumbía.

¿Por qué? ¡No era justo! ¡No podía dejar que…!

— Alfred — el tono que usó demandó su atención, teniendo que mirarlo a los ojos. La dureza conque lo recibió fue suficiente para acallar todas sus quejas — Eres mi Primer Oficial y sabes lo que implica, ¿cierto?

¿Qué podía hacer? De nuevo… otra vez esa realidad que se empeñaba en atormentarlo… ¿por qué?

Para alcanzar la felicidad… la decisión que tomó y la nueva que debía elegir…

— Lo sabes, ¿no?

La insistencia en que dijo aquello penetró en su mente, cortándolo y asfixiándolo hasta que sólo escuchó su palpitar dentro de los oídos.

Su verdadera lealtad… ¿dónde estaba ahora?

Quería ser feliz junto a Alejandro… pero Arthur… el único ser que notó su existencia cuando no era nadie…

— Nada va a cambiar, me aseguraré de eso por todos los medios, ¿comprendido?

¿Qué era lo que lo que debía hacer para estar con Fernández sin negar todo lo que Kirkland le dio?

Tal vez esa no era la pregunta correcta…

Ese remordimiento que no lo torturó antes…

— Tráeme a Fernández ahora.

—… sí.

¿Todo eso significaba que debía traicionar al moreno?

No podría hacerlo, no de nuevo…

No podía dejarlo solo, pasara lo que pasara…

¿Pero cómo?

Salió de sitio a paso natural, cerrando la puerta sin ninguna alteración. Afuera, en cambio, estuvo a punto de perder el control sobre su voz, que quería salir hasta el que maldito aire lo abandonara por completo.

Rabia. Dolor. Desconsuelo. Arrepentimiento.

Lo que haría a partir de ese momento… lo que definitivamente quería hacer…

Todas esas palabras, las afirmaciones, las implícitas promesas… nada de aquello fue vacío. El sentimiento dentro de sí, el que latía y revivía con sólo pensar en su amante… no podía negar eso, no sería capaz y tampoco lo quería.

Traicionar a Arthur… traicionar a Alex…

La nueva decisión que debía tomar…

Caminó hacia la habitación superior acompañado de dos de los hombres más fuertes que tenían. Respiró con mucha profundidad antes de abrir la entrada y toparse con el moreno que, hacía apenas una hora, le compartió más que sólo caricias y besos apasionados.

No podría hacerlo de nuevo… no se permitiría fallarle otra vez.

Tenía que ayudarlo a escapar.

Con un breve "clic" finamente empujó la madera.

… en efecto, lo primero que vio fue a Fernández que se había terminado de vestir con la ropa que seguramente le llevó Madeline. Notó su cuerpo y casi pudo sentirlo bajo la tela que lo cubría, el cabello que se peinaba con los dedos, las facciones que primero lo recibieron con una sonrisa divertida…

No quería perder eso.

¿Y qué pasaría, entonces? Con el simple hecho de plantearlo ya estaba fallándole a Arthur, el único hombre que le ofreció un camino diferente al de la existencia tan miserable que llevaba. Sin él, quién sabe qué hubiera sido de sí mismo…

Pero los obstáculos no sólo se presentaban con el pensamiento de los ojos verdes de Kirkland mirándole con decepción, sino lo que podía suceder en la práctica.

Si lo ayudaba a escapar, por un lado, definitivamente se iría con él… ¿y a dónde? ¿Cómo? Él era un famoso militar que tenía un deber con la corona española, así que volvería para ejercer sus actividades como tal… tampoco podía pedirle que abandonara todo, porque con el tiempo eso sólo acarrearía rencores. Y aún si se quedaba a su lado, en medio de los lujos de su fortuna y reputación, probablemente alguien lo reconocería como un ex miembro del Black Gold. Los problemas no acabarían si aquello sucedía…

Según notó, la cama también ya estaba arreglada y las sábanas cambiadas, ocultando las evidencias de lo que pasó durante la noche.

Despertar con él, la sensación de que no ejercían roles distintos en el mundo…

— Vaya, no tardaste nada — habló con tranquilidad. Se sentó en la orilla del colchón, como si esperase a que se acomodara a un lado — Después de todo, ¿viniste a asegurarte de que no matara a nadie~?

No quería que cambiara…

Y… ¿qué pasaría consigo mismo? Era un pirata. Su vida completa estaba compuesta de los principios, las experiencias y las batallas que sólo un temido pirata podría realizar. No era únicamente un título ni un oficio, sino su existencia entera. ¿No recordaba todos los enfrentamientos que gozó con júbilo? Los saqueos, los asaltos, las muertes que descansaban en su historial sin remordimiento alguno… Su amor por las joyas y el oro, por la emoción y la libertad…

Era parte de sí. Se mentiría miserablemente si pretendía pasar el resto de su vida sosteniendo que le avergonzaba… ¿qué sería de él? ¿Quién sería si no era un pirata?

Quizá el otro tuvo la intención de bromear un poco más, como era ya lo común entre ellos. Tal vez tuvo la idea de levantarse y jalarlo por los hombros para que entrara de una vez, compartiendo alguna leve caricia mientras llegaba.

Actuar como si no pasara nada… a él también le gustaría…

Pero, en lugar de eso, Fernández se percató del cambio de ambiente… y más que nada, de la reciente sombra que cubría sus pupilas azules…

"Algo no está bien" seguramente pensó al levantarse y adoptar una postura firme, altiva y fuerte como reconoció durante el asalto al fuerte de Campeche.

Esto no era entre Alfred y Alejandro, sino entre el Primer Oficial y el Capitán Fernández.

¿Por qué?

En ambos casos, tanto en permanecer como en alejarse, siempre estarían los piratas. No tardaría absolutamente nada en esparcirse la noticia de que Alfred F. Jones traicionó al Capitán Kirkland, y entonces su vida entera se convertiría en persecución, ya que no sólo Arthur tendría que cazarlo en nombre de su honor, sino el resto de los piratas que quedaban. La Cofradía era bastante específica sobre lo que se debía hacer con los traidores.

No podía dejar que el de ojos rojos se viera perjudicado.

Bajó la mirada por un momento. Apretó los puños con fuerza, como si eso fuera capaz de calmar la frustración que lo partía en pedazos… pero al instante tuvo que recuperarse, borrando cualquier sonrisa e irguiéndose con la implícita responsabilidad de su cargo.

No desapareció la sombra en sus iris, empero.

Las bromas, los juegos, las palabras, la confianza… era sorprendente cómo en un segundo recordaron el sitio que tenían en esa línea de tiempo.

Fingir que no importaba sólo fue provisional mientras buscaban una respuesta para contrarrestarla.

… y, al parecer, todavía no la hallaban.

Le dolió ver cómo el gesto de Alejandro se hacía más fiero y serio cuando le dio pasó a los dos hombres que llevó consigo.

No podía rogarle a Arthur que desistiera. Él jamás lo haría sin importar qué tuviera que hacer o deshacer para conseguir su objetivo. Mataría a cualquiera antes que planteárselo.

Alejandro jamás accedería a acompañarlo a recorrer el mundo como un corsario más.

Él mismo nunca dejaría de ser uno…

— Capitán Fernández — dijo despacio, sabiéndole mal la formalidad y la distancia de las oraciones — El Capitán Kirkland quiere verlo.

El contrario no cambió en nada, más se tensó cuando los sujetos se le acercaron con toda la intención de escoltarlo hasta el mismo infierno si era necesario… o de romperle las piernas en caso de negarse.

— Por su propio bien, le sugiero que no haga nada estúpido — continuó — Sería una verdadera lástima que a estas alturas tuviera que recuperarse de una nueva herida de bala, ¿no lo cree?

Esperó que en medio de esa palabrería insolente viera que trataba de protegerlo.

Que aun con la fachada que estaba obligado a portar, viera que nada de aquello era por su voluntad ni designio, que la orden llegó tan pronto que hizo los mismos estragos en su consciencia como en la de él.

Realmente lo esperó…

Parecía ser… que era inevitable…

Dejar las cosas como estaban, tal vez…

Con un movimiento de cabeza, ordenó a los hombres que lo llevaran con el inglés. No hubo necesidad de usar la fuerza dado que Fernández se dejó guiar sin dificultades, pero con una seriedad tan fiera que los presentes sacaron sus pistolas por precaución.

Ninguno hizo contacto visual mientras salió de la habitación…

Ni siquiera pudo rozar su mano por mucho que lo deseó…

No.

Permitir que la situación continuara era inconcebible.

Se mordió el labio hasta saborear su propia sangre, deseoso de poder destruir la maldita puerta, la habitación, el sitio…

Lo supo con toda claridad.

No iba a quedarse de brazos cruzados, y mucho menos a aceptar que no hacer nada era la mejor opción de todas. De ninguna maldita forma lo era, y mucho menos la que quería.

Tenía que hacerlo, ayudarlo a escapar…

Porque entre la infinidad de desenlaces, no permitiría aquella en que abandonaba a Alejandro una vez más…

No concebía despedirse de lo que surgió, a verlo como un recuerdo vago, o a pasar el resto de la vida tratando de convencerse de que había sido lo mejor.

Tenía que ayudarlo a escapar.

¿Pero cómo?

¿Cómo?