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a mi también me gusta elsa y Regina a quien no le gusta ese mujeron?! claro que no es malo enamorarse de Regina creo que ya lo estoy yo xD, por los que pidieron a Regina celosa, como son malas, pobrecita, y gracias jaja use Maine por que se me ocurrió y jaja tienes razón no es una cuidad lol xD.

gracias por sus comentarios constructivos me hace hecharle Mas ganas para que quede mejor.

un honor leerlas y que les esté gustando la historia gracias por sus reviews. Sin mas a leer!


"…La oscuridad es tan densa que casi la puede tocar. Algo revolotea en la insondable negrura, muy cerca de ella, y roza su pelo. La piel se le eriza como si tuviera sarpullido y, temblando de miedo, se clava los dientes en la mano para no gritar. Su respiración agitada resuena en el silencio que la rodea como el tañido de una campana que toca a difuntos, así que intenta calmarse, aprieta las piernas contra su pecho y hunde la cabeza entre sus rodillas. En esa postura fetal, se pregunta si esa humedad, fría y oscura, es la misma que la rodeó cuando estaba en el útero de su madre; pero la sensación no es cálida y acogedora, y ella dista mucho de sentirse un bebé feliz que da vueltas y vueltas dentro de la placenta materna. No quiere pensar en lo que la acecha en la oscuridad, pero sabe que está ahí, esperando un movimiento que la delate...


Emma se despertó, sobresaltada. Sin fuerzas para abrir los párpados, se preguntó si las imágenes que aún poblaban su mente eran fruto de una pesadilla o quizá una nueva visión."

"«Pero no», se dijo. «No es Katheryn la criatura aterrorizada de mis sueños. Soy yo la que estoy muerta de miedo y trato de escapar de una amenaza desconocida».

El silencio reinante le hizo saber que aún era temprano. Si hubiera sido la hora de levantarse ya estarían Elsa y August peleando, como de costumbre, y Ruby entonaría a voz en grito una de esas espantosas canciones de rock a las que era tan aficionada. Notaba las sábanas enredadas en torno a su cuerpo como un sudario sofocante y sospechó que debía haberse agitado bastante durante aquel sueño.

De repente, un sonido apenas perceptible hizo que se le secara la boca, mientras el corazón empezaba a latir acelerado en sus oídos. La temperatura de su cuerpo descendió varios grados, pero, sin embargo, empezó a sudar. Algo le decía que no estaba sola en la habitación.

Emma permaneció muy quieta y procuró mantener una respiración regular, de forma que quienquiera que estuviera en su dormitorio no se percatara de que ya no dormía. Los segundos transcurrieron con aplastante lentitud, mientras ella agudizaba sus sentidos al máximo, en un vano intento de distinguir el menor sonido que pudiera confirmar que, en efecto, había alguien más en su cuarto.
Por ello, cuando notó el suave roce de un dedo acariciando sus labios con delicadeza, estuvo a punto de gritar. Aterrorizada, empezó a rezar en silencio con toda su alma:
—Por favor, por favor, Dios mío. —Eran las únicas palabras que repetía en su mente una y otra vez.

Estaba tan concentrada en sus oraciones y en no traicionar que estaba despierta, que no supo cuando esa presencia intuida abandonó su dormitorio. Unos minutos después, se dio cuenta de que volvía a estar sola. Muerta de miedo, abrió por fin los ojos y miró a su alrededor. A casi extinta luz de la lámpara nocturna, que nunca olvidaba encender al irse a acostar, apenas podía distinguir el contorno de los muebles. Así que hizo acopio
"de todo su valor, alargó una mano y pulsó el interruptor que estaba sobre la mesilla de noche. Nadie estaba ahí.

Emma trató de convencerse de que lo más probable era que todo hubiera sido parte de su pesadilla, pero fue incapaz de engañarse a sí misma. De alguna manera sabía, sin lugar a dudas, que alguien había estado en su habitación unos minutos antes. Aún temblando, se puso la bata y las zapatillas de dormir, cogió una linterna que tenía siempre en el cajón de la mesilla —los cortes de luz eran frecuentes en esa zona de la Storybrooke, en especial, cuando había tormenta— y con la otra agarró por el cuello un jarrón de grueso cristal.

Armada de esa guisa, hizo un recorrido por toda la casa.
Primero entró en la habitación de los chicos donde se encontraba Elsa cuidando a August. Ambos dormían ajenos a todo y de la boca de Elsa surgían suaves ronquidos. Luego fue a la habitación que hasta hacía pocos días habían compartido Katheryn y Ruby. La pequeña estaba hecha un bolita bajo el grueso edredón.

Con cuidado de no hacer ningún ruido, bajó al piso inferior pero, a pesar de llevar a cabo un minucioso reconocimiento, no encontró nada fuera de lugar y la puerta principal —el único acceso a la casa además de las ventanas que ya había revisado— estaba cerrada con llave. El reloj del vestíbulo marcaba las cuatro y diez de la madrugada, así que decidió ir a la cocina para prepararse algo que que le permitiera conciliar el sueño, aunque sabía bien que sería incapaz de dormirse de nuevo. Preparó una tisana de valeriana y regresó a su habitación.

Al entrar, vio un objeto extraño que brillaba sobre la alfombra, al lado de la cama. Con cuidado, dejó la taza en la mesilla y se agachó a recogerlo. Se trataba de un pequeño punzón metálico acabado en un tosco mango de madera, una herramienta que Elsa utilizaba de forma habitual en el taller de carpintería al que acudía para observar y de repente aprender algunos trucos que les ayudarán en casa.

Emma se mordió el labio, pensativa, mientras lo hacía girar entre sus dedos. De una cosa estaba segura: esa cosa no estaba allí cuando ella se fue a acostar.

Regina acababa de colgar el teléfono tras hablar con el forense cuando Zelena entró en su despacho sin molestarse en llamar.

—¡Yuju! ¿Se puede? —pidió permiso, a pesar de que ya estaba frente a la mesa de la policía; como de costumbre, traía el café.

—Ya estás dentro, ¿no? Me imagino que te habrás enterado de las novedades.

—Aún no me lo creo —respondió su compañera y hermana, moviendo la cabeza perpleja—. Quién nos iba a decir que la chica no estaba completamente chiflada después de todo.

La detective se pasó una de sus delicadas manos por su desordenada cabellera revolviéndola aún más. Era evidente que no había dormido mucho; estaba pálida, tenía ojeras y se abalanzó sobre el café más de deprisa que de costumbre.

—Katheryn fue vista por última vez el viernes 24. Salió del instituto al que acudía a diario y dijo que se iba a su casa a arreglarse, ya que había quedado un poco más tarde con unas compañeras para ir a tomar algo en el restaurante del pueblo. —Regina leía en voz alta las notas que había garabateado en una pequeña libreta de espiral—. Su rastro se pierde en la carretera, justo antes de tomar el atajo que atraviesa el bosque, a aproximadamente un kilómetro del pueblo. Un ganadero de la zona la vio caminar en dirección a su casa y la saludó desde el coche. Es el padre de una de sus compañeras.

—Igual el tipo ese la obligó a subir al coche y se la llevó para hacerle un completo; osea, violación, asesinato y enterramiento del cuerpo... —sugirió su hermana, mientras sus dedos delgados y delicados jugueteaban sin cesar con un bolígrafo que había tomado de la mesa.

"—No. He investigado al hombre. Está limpio. Pasó el resto del día y la mayor parte de la noche en una barbacoa familiar a la que le había invitado su cuñado. Además, he hablado con el forense y me ha dicho que, a pesar del tiempo transcurrido hasta que encontramos el cuerpo, no hay ninguna evidencia de que Katheryn fuera violada.

—¿El arma del crimen?

—Desconocida.

—¿Desconocida? —Zelena frunció el ceño, confusa—. ¿Desconocida porque no la han encontrado?
—El arma no estaba en la escena del crimen, pero el forense desconoce qué utilizó el asesino, exactamente, para matarla. La chica fue apuñalada hasta morir con un arma blanca, pero las heridas no son las típicas de una navaja; son más parecidas a zarpazos realizados con una cuchilla de un solo filo. El forense ha contado más de veinte cortes.

—Joooder, ¿un psicópata?

—Vete tú a saber. Quizá alguien que quiere que pensemos eso, precisamente. —Una vez más, Regina introdujo sus delicados dedos en su cabello azabache, como si ese gesto le ayudara a pensar con más claridad.

—¿Se lo has dicho ya a tu amiga? —preguntó Zelena y la miró con curiosidad.

—La señorita Swan no es mi amiga, y no, no se lo he dicho todavía —respondió Regina, irritada.

En ese momento sonó el teléfono que estaba sobre la mesa y la detective lo tomo con un gesto de molestia.

—¡Mills!

—Buenos días, cariño. ¿Qué te pasa, estás de mal humor?

La detective puso los ojos en blanco. La que faltaba...

—Dios mío, Ingrid, te he dicho mil veces que no me llames al trabajo. —Regina miró a su hermana por el rabillo del ojo y, a juzgar por su actitud, se hizo evidente que no estaba dispuesta a retirarse con discreción mientras Regina atendía a su llamada, sino que se disponía a pasar un buen rato escuchándolo todo.

— ¿Qué es lo que quieres?

"—Verás me han invitado a esta fiesta en New York a la que van a ir un montón de famosos y quería preguntarte si te gustaría venir conmigo.

—Mira, Ingrid, sabes que no me gustan las fiestas.

—Pero, cariñito —la interrumpió ella poniendo voz de niña pequeña. Regina casi podía verla haciendo un gesto provocativo con los labios

— me hace ilusión que vengas conmigo, quiero que mis amigos conozcan de una vez a mi novia policía.
La risita tonta le atravesó el tímpano a través del auricular y, haciendo honor a su fama de conquistadora sin corazón que alimentaba las leyendas de la comisaría, Regina contestó de manera cortante:

—Nosotros no somos pareja. Nos hemos acostado unas cuantas veces. Punto. Así que no vuelvas a llamarme a la comisaría, ¿entendido?

—¡Eres una Estupida! ¡No te preocupes que no te volveré a llamar en tu puta vida! —La mujer colgó el teléfono con brusquedad y Regina se volvió hacia su hermana, como si se hubiera tratado de una interrupción sin importancia.

—¿Por dónde íbamos?

—¡Tu hermana, eres mi ídolo! Tu lema debe ser aquí te cojo, aquí te… dejo. y, luego, si te he visto, no me acuerdo. Qué forma tan sutil de deshacerte de Ingrid, la de los pechos divinos. —Zelena le guiñó un ojo con complicidad.

—No seas tonta Zelena, no me gusta hablar mal de las mujeres que han pasado por mi vida. —La detective cogió el teléfono y llamó a la recepcionista de la comisaría—. Astrid, no vuelvas a pasarme llamadas de Ingrid.

—No me digas que hay una nueva mujer en tu lista negra, detective —preguntó Astrid, burlona

—.A este paso, voy a tener que utilizar un cuaderno entero para ti solita.

—Ja, ja, Astrid, eres la onda. —Regina cortó la comunicación y se volvió de nuevo hacia su hermana

—En resumen: Katheryn desapareció un viernes por la tarde en el trayecto del colegio a su casa; unos dos kilómetros si vas campo a través. No hay signos de que fuera violada. Alguien la apuñaló hasta morir con un tipo de arma que, por ahora, desconocemos y la hora de la muerte tampoco está clara...

El timbre del teléfono lo interrumpió una vez más.

—¡Mills! —contestó de malos modos.

—Detective, hay otra mujer que pregunta por ti, pero antes de pasarte la llamada quería asegurarme que no forma parte de las descartadas. No quiero meter la pata. —Estaba claro que la recepcionista se lo estaba pasando en grande con todo el asunto.

—¿Quién rayos es?

—Es una tal Emma Swan, no la tengo en la lista, pero nunca se sabe...

—Pásamela, rápido —la interrumpió, cortante.

—¿Detective Mills? —La voz, cálida y dulce, en su oreja le provocó un estremecimiento.

—Soy yo. Buenos días, señorita Swan.

—Buenos días. Verá, esta noche...—Titubeó y Regina no pudo evitar preguntarle, de golpe:

—¿Más visiones, eh? Sus noches deben ser como un cine de sesión continua.

Al otro lado del hilo, Emma tuvo que hacer un esfuerzo para no colgar de golpe. ¡Esa estúpida la ponía de los nervios! Sin embargo, tomó aire y contestó con calma:

—No, esta vez no ha sido una visión. Esta noche había alguien en mi cuarto, alguien de carne y hueso.

Cualquier gesto de broma en la actitud de la policía se desvaneció en el acto. La detective se irguió en la silla muy atenta a sus palabras y su hermana Zelena no pudo evitar comparar esa actitud con la que había adoptado al hablar con la pobre Ingrid unos minutos antes.

—¿Está segura? Quizá alguno de sus protegidos tuvo una pesadilla y fue a su habitación asustado, buscando consuelo —sugirió Regina, a pesar de intuir que la respuesta sería negativa.

"—Les he preguntado y todos lo han negado. Además, después de que mi visita se marchó, revisé la casa de arriba abajo y los chicos dormían. —A pesar de su tono sereno, era evidente que estaba asustada. Regina sabía, aunque desconocía por qué estaba tan segura de ello, que Emma Swan no la llamaría por una tontería.

—Haremos una cosa. Hoy es viernes; esta tarde subiré para hacerle una visita y me contará lo ocurrido con detalle. ¿Sabe si hay algún hotel en el pueblo?

—Hay un pequeño hostal, no es gran cosa, pero conozco a la mujer que lo lleva y le garantizo que está limpio y no se come mal.

—Perfecto. Me quedaré el fin de semana y así aprovecharé para hacer unas preguntas aquí y allá y, si no tiene inconveniente, llamaré ahora a un amigo mío que tiene un negocio de alarmas para que suba el sábado sin falta a instalarle una. También tendrá que cambiar la cerradura.
Al escuchar su tono autoritario, Emma se sintió dividida entre dos sentimientos contrapuestos; por un lado, le molestaba que esa mujer dominante se tomara tantas atribuciones en algo que no le concernía en absoluto, pero, por otro, se alegraba de que, por una vez en su vida, no tuviera que ser ella la que tomara todas las decisiones.

Su propuesta era sensata, así que no le quedó más remedio que decir que sí y al colgar el teléfono se sintió algo más relajada.

—Así que te vas a Storybrooke a pasar el finde, ¿eh? —Zelena le guiñó un ojo—. A ti te gusta la bruja esa ¿a que sí? Eres una pillína...

—¡No vuelvas a llamarla así! —Incluso a ella le sorprendió la violencia de sus palabras y, avergonzada, Regina le pidió disculpas a su hermana

—Perdona, Zelena, pero empiezo a pensar que sus visiones son reales y, créeme, dudo que sea agradable revivir en tu mente el momento en que una joven, casi una niña a la que conoces bien, es perseguida por alguien que va a asesinarla.

—Tienes razón, Regi. Ha sido una broma de mal gusto. De hecho, la señorita Swan me cae bien y puedo entender que te guste, incluso a pesar de esa especie de disfraz que lleva me parece que está muy buena.

Otra que pensaba que la señorita Swan se vestía para pasar lo más desapercibida posible, se dijo Regina. Aunque se alegró de ver corroboradas sus sospechas, el comentario de su compañera no le hizo maldita la gracia. Por unos segundos se preguntó si estaba celosa y, al instante, descartó esa idea como algo absurdo. Cierto que había algo en Emma Swan que hacía que sintiera una poderosa atracción física hacia ella, pero pensar que hubiera algo más resultaba descabellado.

Emma pasaba consulta a diario hasta las tres de la tarde en un centro de menores en Boston, así que, por lo general, a las cuatro estaba de vuelta en Storybrooke; justo a tiempo para recibir a los más pequeños que volvían del colegio y someterlos a unas sesiones cada vez más cortas de terapia.

Mientras esperaba la llegada de la camioneta de reparto que hacía las veces de autobús escolar, Emma se mecía con desgana en el oxidado columpio del jardín.
Ese no había sido uno de sus mejores días. A pesar de que había tratado de concentrarse en su trabajo, sus pensamientos volvían una y otra vez a lo ocurrido en su dormitorio. Además, era consciente de que no podía esperar más tiempo para contarles a Ruby y a August lo ocurrido con Katheryn, pues corría el riesgo de que se acabaran enterando por algún compañero de clase, así que llevaba toda la mañana dándole vueltas a las palabras que debía a emplear.
El ruido de neumáticos sobre el asfalto del camino le hizo alzar la vista pero, en vez de la furgoneta del colegio, un lujoso todoterreno se detuvo frente a la casa. Emma bajó del columpio y se dirigió hacia la recién llegada con una amplia sonrisa.

"—¡Hola, Keyla! No esperaba verte hoy por aquí, pensé que seguías en California.

Una mujer de unos treinta y cinco años, no muy alto, con el oscuro cabello largo hasta media espalda, blanca y con unos hermosos ojos azules, el cabello bien retirado de sus atractivas facciones, bajó del vehículo y le dio dos besos.

—Hola, preciosa. He regresado antes de lo previsto, ya sabes que no puedo vivir sin ti. —bromeó, sonriente, y sus dientes, muy blancos, resaltaron contra la atezada piel de su rostro.

—No me extraña, lo entiendo perfectamente —respondió Emm con buen humor—. Estoy esperando a los niños, ¿te quedas a comer?

—¿Qué me ofreces? ¿Un vaso de leche con chocolate y galletas?

—Eso o un bocadillo de chorizo y una coca-cola.

—Es una invitación a la que no puedo resistirme, así que, muchas gracias, estaré encantada de comer con ustedes. —Keyla se inclinó en una aparatosa reverencia que provocó la risa de Emma.

En ese momento, la camioneta escolar enfiló por el estrecho camino asfaltado. Emma saludó alegre al conductor y enseguida bajaron August y Ruby, que corrieron a abrazarla.

—¡Emma, he sacado un ocho en historia!

—¡Hemos ganado a los de Los Molinos cuatro a tres!

Los dos hablaban a la vez, en una especie de eterna competición a ver quién gritaba más para hacerse oír.

—Calma, chicos, de uno en uno. Me alegro de que llegaran con tan buenas noticias; vamos a lavarse las manos. Dense prisa, vamos a comer aquí afuera, hoy no está mal el sol. Keyla nos acompañará.

Los niños salieron disparados hacia el interior de la casa y, mientras Keyla sacaba la mesa y las sillas de resina blanca del cobertizo donde se guardaban las herramientas, Emma fue a la cocina a preparar la comida. Casi habían terminado cuando apareció Elsa, así que le hicieron un hueco en la mesa.
La chica se mostraba seria, lo que contrastaba con la alegría general, y Emma se preguntó una vez más en qué estaría pensando. Cuando le devolvió la pluma esta mañana, Elsa lo había tomado con naturalidad y sin dar explicaciones, y ella se pregunto, una vez más, si habría sido ella la que lo había dejado caer junto a su cama.

En ese momento, el rugido de una potente honda acalló la conversación y todos dirigieron la mirada hacia el camino y aguardaron en silencio, mientras la conductora aparcaba junto al todoterreno de Keyla y se bajaba de la moto.

A pesar de que aún llevaba el casco puesto, Emma reconoció al instante la espléndida figura de la detective Mills, realzada por el ajustado saco negro que hacia juego con su pantalón.

Curiosa, se preguntó si el sueldo de la policía daba para tanto vehículo de gama alta. La detective se quitó el casco y sacudió su cabellera azabache de la que los últimos rayos de sol arrancaron reflejos castaños, lo dejó sobre el asiento y se acercó a ellos con esas zancadas, hermosas y decididas, que la caracterizaban.

Como si se hubieran puesto de acuerdo, Ruby y August se levantaron al mismo tiempo y corrieron a inspeccionar la moto, entre exclamaciones de admiración.

La detective dirigió un rápido saludo con la cabeza a Elsa, que esta se dignó a responder y, a fin de evitar una situación incómoda, Emma se apresuró a hacer las presentaciones pertinentes, sin poder evitar pensar en lo distintas que eran las dos mujeres. Su amiga Keyla, elegante y desenvuelta, saludó con cordialidad a la recién llegada, en tanto que la policía, vestida con unos pantalones de vestir azul oscuro y sus polvorientos zapatos, por el camino, que usaba de costumbre, frunció el ceño y, sin tomarse la menor molestia por parecer simpática, apenas le contestó con unas pocas palabras. De nuevo, Emma se vio obligada a intervenir:

—Verás, Keyla, como estabas en California me imagino que no te habrás enterado. La detective está aquí para investigar el... la... —Un nudo gigantesco se formó en su garganta y fue incapaz de continuar.

—Estoy investigando el asesinato de Katheryn Nolan —declaró la detective sin rodeos.

A Emma no le pasó desapercibido el respingo de Elsa, que estaba sentada a su lado. Enojada, pensó que pocas veces se había encontrado con una mujer tan insensible y más desagradable que la detective Mills y eso, se dijo, que había conocido unas cuantas tipas insensibles y desagradables a lo largo de su vida.

El rostro de Keyla también pareció perder de golpe algo de su saludable color.

—Asesinato... —fue la única palabra que consiguió articular.
—En efecto. Ahora, si no le importa, me gustaría hablar a solas con la señorita Swan.

—Por supuesto. —Keyla se giró hacia Emma con una encantadora sonrisa en sus labios —Creo que tengo que irme. Espero verte pronto, Emms.

—Pásate por aquí cuando quieras, keys, ya sabes que Granny siempre tiene un plato listo para ti —A Regina no le hizo ninguna gracia el apodo, ni la deliciosa sonrisa que la señorita Swan dirigió a aquella mujer; a ella nunca le había dirigido una sonrisa semejante.

Regina estudió con atención a la amiga de Emma, sin que su rostro impasible dejara traslucir sus sentimientos. Keyla Jones pertenecía a esa clase de mujeres que tienen éxito con las mujeres; era guapa, elegante y encantadora, y la detective desconfiaba por principio de los tipas encantadoras. Sabía bien que, a pesar de que algunas mujeres parecían encontrarla atractiva, ninguna de ellas, ni siquiera remotamente, se referiría a ella, Regina Mills, como a una mujer encantadora. Más bien lo contrario; en la comisaría la consideraban una mujer sin escrúpulos y tenía una fama, casi legendaria, de levantar a cualquier chica con sus incisivos comentarios. Sin embargo, eso era algo que no le quitaba el sueño.

Keyla Jones se despidió de Emma con un beso en la mejilla, sin abandonar ni un segundo su irritante sonrisa llena de dientes blancos y Regina tuvo que reprimir las ganas de partirle unos cuantos de un puñetazo.
«¿Se puede saber qué rayos te pasa?», se preguntó la policía, asombrada por la violencia de sus sentimientos, mientras apretaba con fuerza las manos que tenía metidas en los bolsillos en un intento de tranquilizarse.


Quien creen que fue la persona que entro a la habitacion de Emma? Buscarían algo, o quedra hacerle daño?

Ya saben como es esto, reviews y entre mas sea más rápido y extenso será. Gusto de leerlas hasta la próxima.