Notas del autor: sigo viva, señoritas :v ¡sigo viva! Este capítulo es un tanto extenso porque se explican varios detalles, así que espero no les moleste. Por otro lado, estoy muy contenta porque no pensé que llegaría hasta este capítulo, ¡y vamos por más! :DD

Gracias a todos.

Nyo de Gales: Gwen Kirkland.


Capítulo 20.


Maldito pirata.

— Vaya, Capitán Fernández, ha pasado tiempo desde que nos vimos — su sonrisa mostró aquellos dientes que deseaba arrancar uno tras otro — ¿Cómo se encuentra?

¡Maldito!

Lo miró con fiereza repudiando el aire de desvergüenza y control con el que caminaba por la habitación. Era consciente de que todas las variantes estaban a su favor y lo imponía sin vacilación siendo cínico y altanero, acariciando descaradamente la pistola de calibre mediano que recordaba de su último enfrentamiento.

No sería difícil, ¿no? Arrebatársela y volarle la cabeza justo ahora.

— No tan bien como quisiera — respondió con tranquilidad despectiva — Verlo con vida es repugnante, lo que directamente perjudica mi concepto del bienestar.

Se veían la cara después de una larga temporada… después de que ese bastardo lo hundiera en aquella maldita prisión en que ni las putas ratas se dignaban a permanecer.

Aquel día en Campeche parecía lejano y tan cercano ahora que se reunían de nuevo…

El color de su sangre… tan sólo recordar su textura cuando cayó por su mano al apuñalarlo la primera vez…

Quería más de esa sangre, esparcirla y dársela a los perros de Sevilla y Madrid, de París hasta Bruselas.

— No diré que lo lamento, pero sí que la suerte no puede complacer a todos — se dirigió al escritorio — Por ahora, y por los últimos meses, me ha favorecido bastante~

— Me alegro por usted, ya que cuando vea su cuello romperse en el púlpito… bueno, será una clara señal de lo contrario.

Su garganta de repente estaba seca, los olores a whisky y a porquería lo mareaban, pero supo tomar posición en medio de aquel intercambio furtivo de oraciones cortantes.

No podía permitirse ningún error ante semejante inmundicia. No le daría el gusto de verlo confundido y atrapado, menos atemorizado o cooperativo.

— Déjeme recordarle, Capitán, que no está en situación de jugar con mi paciencia — era sorprendente la rapidez con que podía sacarlo de quicio… o tal vez, los defectos de su personalidad no podían negarse — Como un buen consejo, le sugeriría que mejorara su actitud.

— El encierro no es un recurso que funcione con todos los hombres para infundir disciplina — sonrió de lado, apenas — Por otro lado, tampoco era como si pudiese hacer otra cosa.

Ver el color carmesí de Kirkland… de Beilschmitdt, O'Callaghan, Densen… de cualquiera pirata sobre la tierra…

A todos… quería matarlos a todos

Excepto… uno… ¿no?

El que le probó que no era como los demás… por el que podría perdonar sólo una vida, un historial de bajeza y repudio…

Alfred… sólo él era…

— Cada acción tiene un propósito, Capitán Fernández — pareció calmarse y tomó asiento en la silla atrás del escritorio — ¿Puede comprender cuál es el suyo?

Permaneció en silencio tratando de seguir transmitiendo la seguridad y firmeza.

O quizá estaba haciendo exactamente lo contrario.

— Y bien…

¿Qué quería de él, precisamente?

Jah.

Como si no lo hubiera sabido desde que todo eso comenzó…

— ¿Esta vez sí me hablarás de Antonio?

— ¿Sabes? Todo tiene una historia: los objetos, los lugares, las personas…— mantuvo la pistola a la vista preparada y cargada en caso necesario — Un hombre no nace siendo lo que es, sino que se le forma… la historia que hay detrás de sus acciones, el punto de partida para convertirse en lo que es… dime, Alejandro, ¿eso te parece tan ajeno?

Ninguna de sus facciones se movió; no hubo un cambio en su gesto ni en su actitud, tampoco en la postura.

Pero lo supo. Llamó su completa atención con lo último.

Él entre todas las personas, debía ser una fiel representación de lo que ello significaba.

Al igual que sí mismo.

Los viejos recuerdos, las añoranzas, las esperanzas pisoteadas…

"Te juro que nunca olvidarás mi nombre"

Nunca imaginó que llegaría el momento de compartir sus memorias más personales… y menos con alguien a quien tanto ansiaba demostrarle la inutilidad de su existencia. Pero el fin justificaba los medios.

Esto no era por él. Era para ese Capitán, para "Alexander" y su sentido inequívoco del deber y lealtad a su propia convicción.

Si no podía eliminarlo, debía convertirlo en su aliado en el aspecto más básico: enfocarlo al enemigo en común.

Y más aún, hacerlo a base de verdades que seguramente ignoró hasta entonces.

No era asunto de piedad ni consideración, sino de estrategia y planeación.

Todo esto era por Antonio. Por su maldita cabeza colgando de su mano.

— No tienes que saberlo… no te interesa en lo más mínimo, pero yo no he sido un pirata toda mi vida… —suspiró — Podría decirse que fui obligado a serlo, tal y como comienza toda historia de aquellos que caen en desgracia… ¿de eso se trata, no? Todos los monstruos fuimos hombres alguna vez… nos convertimos en esto porque no tuvimos otra opción — le miró de reojo. Percibió la discreta tensión de su mandíbula y la dilatación de sus pupilas — ¿Te parece tan ajeno?

Aun podía verse en el fondo de la celda llorando, reclamándole a la vida lo injusto de su suerte.

Preguntándole a Dios por qué sucedió… ¿fue su voluntad, acaso?

No.

Aquello no fue la voluntad de Dios.

Fue la de un hombre.

— En la existencia de un chico común, los 21 años representan el inicio de la vida adulta — inició en un tono tranquilo, carente de la petulancia que lo distinguía. Quizá fue un factor para que el otro cediera un ínfimo de su negación — El comienzo de su inclusión en el mundo del trabajo, de las responsabilidades y de la madurez que le enseñará lo necesario para establecerse prósperamente… eso sucede en la mayoría de los jóvenes, ya que mi caso podría llamarse "adelantado" — sonrió un poco, sólo un poco… — A los 21 años, yo ya contaba con negocio respetable que básicamente consistía en la renta de navíos para transportar mercancías de Inglaterra a España, y posteriormente a las colonias en América cuando las ganancias aumentaron.

Era normal en el sentido completo de la palabra.

No vio venir lo que pasaría… en lo que terminaría convirtiéndose…

Nunca hubiera querido nada de esto…

— A los 21 años yo ya había conseguido todo lo que un hombre trabajador y pacífico desearía: un negocio próspero, dinero para vivir despreocupado, una casa bien abastecida, socios leales, amigos verdaderos… y a mi esposa, quien estaba esperando a nuestro primer bebé.

Gwen… no había pasado ni un solo día en que no pensara en ella.

Recordaba cada detalle de esa hermosa e impresionante mujer, la única que pudo tranquilizarlo como un bálsamo y a quien no necesitó explicarle nada al comprenderlo todo con una mirada.

Podía definir de memoria su cabello cobrizo y las luces naranjas que brillaban a la luz de cada hora, la piel apiñonada que combinaba con el tono de su durazno de sus labios, las preciosas facciones de un rostro que no expresó más de lo permitido, y sus ojos… los ojos verde oliva perdidos en sí mismos, sin brillo ni sombra, ocultando un misterio más grande que cualquiera del mundo conocido.

Ella, la extraordinaria mujer que decidió compartir el resto de su vida con él… la que le dio más felicidad de la que pudo imaginar al anunciarle la próxima llegada de su primer hijo…

Nunca la olvidaría. Nunca dejaría de amarla y añorarla.

— Había ciertas embarcaciones en las que tenía que viajar personalmente, así que no era raro que ella me acompañara o que tuviéramos que pasar temporadas fuera de Inglaterra… sin embargo, cuando me anunció que estaba embarazada nos encontrábamos en España, y a pesar de que me molestaba que el bebé no naciera en Inglaterra, preferí que pasáramos el tiempo necesario ahí.

Fue el hombre más feliz del mundo cuando escuchó la noticia. Esperaban un bebé, el producto de todo lo que sentían el uno por el otro… la promesa de un varón que se convertiría en el orgullo de la familia, o de una hermosa niña que no encontraría igual en cuanto a belleza e inteligencia.

Podía verse ahí con ella, sonriendo y fascinándose ante su vientre que crecía conforme pasaban los meses.

Su familia… sus sueños…

No fue la voluntad de Dios.

Fue la de un hombre.

— Rentamos una casa cerca del puerto de Sevilla y naturalmente impedí que me acompañara a cualquier viaje. Así continuaron las cosas por un tiempo, pero una tarde, cuando estaba inspeccionando mis navíos en el puerto… llegaron un par de jóvenes… un hombre y una mujer…

"¡Por favor, se lo ruego por lo que más quiera!

Señorita, no puedo…

¡Se lo imploro! ¡Le daré cuanto pida! ¿Dinero, joyas? ¡Diga un precio y se lo pagaré! ¡Le daré absolutamente todo si accede!

Pero… es que no debería…

¡Por favor! ¡Por favor, en nombre de lo más sagrado, tiene que llevarnos!"

— Era una pareja que no me superaba en edad. Según recuerdo, ella tenía el cabello castaño, ojos verde esmeralda, e indudablemente se trataba de una española… pero el hombre… él no era alguien nativo del país… no parecía un judío y tampoco un moro. Tenía piel morena que me recordaba a la que sólo se daba en América… por otro lado, sus pupilas eran de un color rojo sangre.

"Lo siento, me temo que no hago negocios con…

… por favor, señor… de hombre a hombre, le ruego que esta ocasión haga una excepción. Estaríamos infinitamente agradecidos si lo hiciera."

— Yo no hacía ese tipo de tratos, se necesitaban de otra clase de permisos y las autoridades españolas tenían un control estricto de quiénes se dirigían a sus colonias… pero accedí… no sé por qué, tal vez por simpatía o por alguna clase de consideración — por supuesto, ahora lo recordaba todo… — Al día siguiente, los tres abordamos el navío para dirigimos a Nueva España.

"¿Segura que estarás bien? No quiero dejarte sola cuando tú…

Estoy embarazada, no enferma.

¡Pero…!

Tampoco estaré sola, aquí están las sirvientas que personalmente elegiste para mi cuidado y la nana Elizabeth tampoco me perderá de vista.

Es un largo viaje, incluso si me apresuro, cuando regrese quizá tú ya estés…

Cuando vuelvas el bebé y yo estaremos aquí para recibirte."

— El viaje hacia el virreinato transcurrió sin ninguna novedad, incluso aquella pareja se mantuvo tranquila y muy servicial, pero bastante discreta. La travesía en sí tampoco mostró algo en particular — ambos ya habían viajado hacia dichas tierras así que sabía de lo que hablaba — Cuando llegamos a Veracruz los jóvenes se marcharon de inmediato y yo me encargué de atender lo que debía. Así, en menos de una semana, me encontraba zarpando de nuevo hacia España. Podría pensarse, entonces, que aquella anécdota no tenía nada de especial.

Recordaba cuan ansioso estaba por volver. Si hubiera tenido algún tipo de control en el viento, lo habría aumentado para acelerar el viaje. Quería regresar y encontrarse con su hogar, con Gwen… tal vez con su vientre totalmente abultado, listo para dar a luz… o incluso ya con su bebé entre los brazos, ¡y cuan feliz sería! ¿Tendría los ojos de ella? ¿El cabello de él? ¿Sería niño o niña? ¡¿Cómo lo llamarían?! ¡No pensó en eso! ¡¿Qué clase de idiota no pensaba en lo más básico de todo?! Pero… era seguro que Gwen tendría pensando algo… ella siempre estaba lista para cualquier circunstancia.

Deseaba volver más que nada.

Entonces, ¿por qué?

Todavía podía verse dentro de la celda, ahogándose en su propia desesperación.

— Pero cuando regresé… cuando puse un pie dentro de mi casa…

Rememoraba ese vacío que casi lo arrojó a la demencia.

Encontrar las ruinas del hogar, sin ella…

— Todo estaba hecho un desastre: los muebles rotos, los jarrones destruidos, las cortinas rasgadas, los cuadros quemados… y no había nadie… — rió apenas, más en un acto de resignación — Imaginé tantas cosas… pero entré en verdadero pánico cuando me di cuenta que mi esposa no aparecía por ningún lado… ¡recorrí cada habitación, cada sótano y cada jardín! Y mientras más veía los destrozos, más sentía que ella…

A pesar de los años, el miedo incontrolable seguía apoderándose de él.

Esa sensación de abandono, de desesperación… ¿dónde estaba todos? ¿Dónde estaba Gwen y su hijo? ¡Su amada esposa que le prometió que lo esperaría sin importar las circunstancias, y al precioso bebé que seguramente tendría los ojos verde oliva de ella! ¡¿Dónde estaba su mundo?! ¡El que estaba compuesto por su pequeña y perfecta familia!

Lo que siempre amó.

Lo que todavía amaba…

— De pronto entró una cuadrilla de soldados. No estoy seguro en qué momento llegaron pero me rodearon y me dijeron que estaba bajo arresto… probablemente no comprendí la situación, o no me importó, porque ya me encontraba rogándoles que buscaran a mi familia, preguntando incoherencias, tratando de explicarles… — era tan ingenuo — Fui reducido en un segundo por un tremendo golpe en el estómago y me arrastraron fuera del lugar. No recibí mayor explicación.

Los olores, los colores y la aspereza del suelo… quizá esos eran los únicos elementos que conservaba de la celda en la que fue arrojado sin ninguna consideración.

El aroma de la putrefacción, el color de la sombra densa, el tacto de las paredes húmedas y pegajosas…

Su voz resonando en el impresionante eco.

Los gritos en que exigía que lo liberaran, que no podían hacerle eso a un hombre respetable; los ruegos de que lo dejaran buscar a su esposa y a su hijo, de su preocupación asfixiante por saber de ellos…

Ninguna clase de Dios permitiría eso.

Fue un hombre.

Quizá Alejandro ya lo intuía, lo que seguía… pero prevalecía su negación, la defensiva. Casi lo veía en ese gesto que no cambió y en la respiración que tampoco se aceleró.

Él ya lo intuía…

La razón que tuvo para convertirse en lo que menos deseó.

— Después de varios días sin noticias ni explicaciones finalmente sonó la cerradura de la celda y abrieron la puerta.

Ese momento repitiéndose una y mil veces en sus pensamientos… cada día y cada noche, sin descanso…

— Entró un hombre joven, de no más de 22 años. Era alto, de piel apiñonada y con cabello castaño, con ojos de un color verde esmeralda y era… bastante parecido a la mujer que llevé a Nueva España — el otro no cambió su postura pero estaba interesado, lo sabía — ¿Ya sabes cuál era su nombre?

Todavía podía verlo entrando a la habitación con aquel porte, el orgullo y la amenazante seguridad en sus pasos que aparentaban descuido. La manera en que la poca luz hacía brillar el cabello castaño, o cómo las sombras parecían oscurecer la tonalidad de sus pupilas delataba algo fiero y peligroso en la combinación.

La boca que se curveó un poco por inercia, casi burlándose...

En ese entonces hubo miedo.

Ahora sólo quedaba ira.

— ¿Sabes cómo se llamaba?

El Capitán no quería escucharlo, pero lo sabía.

Ahí estaba.

Lo tenía acorralado contra la verdad.

— Él se presentó como Antonio Fernández Carriedo de Velazco y Mendoza… y tal vez reconocí el apellido, su cargo en la corte de justicia, o la posición importante que le otorgaba su fortuna… pero tal como antes, no comprendí la situación, sólo le exigí una explicación de mi injusto encarcelamiento y que me dejara salir… que me dejara ir para buscar a mi esposa y a mi hijo

"¡Esto es una absoluta injusticia! He estado encerrado aquí durante varios días y nadie se ha dignado a decirme de qué se me acusa. Fui aprehendido sin ninguna clase de consideración, sin pruebas de que haya cometido algún delito, ¿con qué derecho se me encierra, entonces? ¡Es absurdo! ¡Exijo que me deje salir de aquí inmediatamente! ¡En vez de que la justicia cometa este tipo de errores, debería estar buscando a mi familia! ¡Desde el día que llegué encontré mi residencia destruida y no había rastro de mi esposa! ¡¿Lo sabían?! ¡Libérenme ahora mismo!

Fernando e Isabel…

¡¿Qué?!

¿Dónde están Fernando e Isabel?

— ¡¿De quiénes habla?! ¡¿Acaso me está escuchando…?!

Sucedió cuando menos lo esperó.

De repente se vio arrodillado en el suelo, doblado hasta pegar su frente contra el suelo asqueroso. El tremendo golpe que recibió en el estómago lo confundió y lo dejó lastimado al grado de toser sangre.

¿Por qué?

Por favor, no te hagas el estúpido conmigo. Lo digo por tu propio bien."

— Pero sólo se ocupó de preguntarme por un par de personas… y cuando no le gustaba lo que escuchaba, me trataba como a un perro malnacido. ¿Ese era el punto de tenerme encerrado? ¿Para saber el paradero de dos sujetos que no había conocido jamás? Lo creí injusto hasta que me los describió físicamente: un hombre moreno de ojos rojo sangre y una mujer castaña con pupilas verdes que se parecía mucho a él… ¿qué coincidencia, no? La pareja que justamente llevé a Nueva España correspondía con los datos… pero aun así las cosas no mejoraron.

"¡Lo juro! ¡No sé de qué me está hablando!

Los golpes, las patadas, el aire que se iba con la llegada de cada punzada de dolor… ¿por qué? ¿Qué había hecho?

Hizo una mueca de dolencia cuando el contrario le agarró con firmeza del cabello y tiró hacia atrás. Los labios rotos, la sangre que brotaba de su nariz y de varias heridas en sus brazos, los moretones que ya debía tener y su aspecto desgraciado…

¿Por qué?

Maldita escoria, no trates de fingir inocencia el tono de su voz no aumentó, no gritó en ningún momento… ¿entonces, por qué sonaba tan fuerte? Por supuesto que sabes a qué me refiero, ¿te atreves a negar todavía que los conociste?

¡No los conocía como tal! Sólo hable un par de veces con ellos, ¡nos relacionamos meramente por negocios!

¿Y cuáles fueron, si se puede saber?

M-Me pagaron para que los llevara a Nueva España, ¡sólo eso! ¡No tuve otra relación con ellos!

¡No te creo!"

— Ninguna de mis respuestas lo satisfacía… pero seguro no te extraña ya que estás muy familiarizado con su personalidad, ¿no? La que no entiende razones, la que no parece tener sentido, cuando sólo ve lo que quiere ver — lo vio temblar — No me escuchó en lo absoluto y tampoco pudo ver la obviedad de mi situación: que solamente era un hombre que estuvo en el lugar equivocado, en el momento equivocado.

"¿A qué puerto llegó tú embarcación?

A Veracruz…

¿Y qué sucedió con ellos?

En cuanto tocamos puerto se fueron…

¿A dónde?

No lo sé…

No te atrevas a mentirme.

¡Le dije que no lo sé! ¡Únicamente se trató de un negocio!

¡MENTIRA!"

— A pesar de todas las veces que le repetí lo que sabía él no lo aceptó. Entonces, por primera vez en mi vida, recibí el título de "Pirata".

"El grito que emitió el contrario resonó con tanta fuerza que pensó que se trató de algún demonio del infierno.

Esa faz tranquila y relajada se vio sustituida por la más pura rabia que presenció en su vida. El modo en que se empezó a mover de un lado para otro le recordaba al de alguna bestia desalmada.

Daba la impresión de no tener razón ni lógica, como si su propia alma lo hubiera abandonado.

¿Quién era realmente ese hombre?

Mentiroso, mentiroso – la masculló tan rápido entre dientes que el sonido se asemejó al que ejecutan las uñas al rasgar ¡No eres más que un bastardo mentiroso! ¡Un hijo de la perdición, una maldita plaga que se esconde debajo de las piedras hasta infectar todo lo que toca! ¡PIRATA! ¡ASQUEROSO PIRATA!

¿Q-Qué? ¡No! ¡Yo jamás he…!

¡Cállate! ¡No quiero escuchar ninguna de tus patéticas excusas! lo tomó el cuello de la camisa, hasta que sintió que no respiraba ¡Dime ahora dónde se encuentran, o te juro que aplastaré tu repugnante existencia hasta que ni la misma muerte te reconozca!

¡NO LO SÉ! ¡LE JURO QUE NO LO SÉ!

¡MIENTES!"

— Él terminó hartándose y ordenó que me sacaran de la celda. Varios soldados me arrastraron hasta la parte superior del presidio, cruzamos algunos pasillos… y al final llegamos a lo que parecía un balcón amplio, con la vista completa de una patio de ejecuciones — Alex debió ver esa imagen muchas veces, la del fuerte de Sevilla — El lugar estaba lleno como si hubieran sido convocados a la sentencia de un criminal… y pensé que se trataba de mí, que iban a matarme… pero el púlpito central ya era ocupado por una mujer…

"¿Qué…? ¿P-Por qué lo habían llevado hasta ahí?

El sonido de la multitud era aplastante, las imágenes combinadas no tenían principio ni término… y el ambiente en general sólo evocaba el morbo por presenciar a la muerte, casi celebrándola como lo harían en sus Iglesias llenas de cuadros de sangre y sacrificio.

¿Qué estaba haciendo ahí? P-Pensó que…

Mira bien, Kirkland el tono de su voz era como al principio, pero parecía escupir veneno con cada palabra ¿Reconoces a la zorra que tiene el cuello enredado con una soga?

Abrió tanto los ojos que pensó que se saldrían de sus órbitas.

Tembló tanto que imaginó despedazarse en un segundo.

Su corazón… su corazón ya no latía de forma alguna…

¿Por qué?

Dios.

Si Dios estaba ahí… si de verdad existía una entidad llena de piedad y misericordia… por favor, por favor…

Tenía que salvar a Gwen.

Tenía que arrancarla de las manos de esos miserables y ayudarla, salvarle la vida a la persona que representaba su mundo completo.

Por favor, Dios…"

— Es impresionante lo que puede hacer un hombre cuando ya no le importa su dignidad — se levantó con lentitud, caminando hacia la pequeña ventana del camarote — En el momento que vi que la mujer que iban a ejecutar era mi esposa, perdí la poca que me quedaba… no me reconocí a mí mismo gritando, suplicando que la soltaran… y en medio de eso, a Antonio sólo le importaba que le diera información que desconocía.

"¡No, no! ¡POR FAVOR, NO LO HAGAN! se encontró de cara contra el suelo, mirando entre lágrimas las botas sucias de ese hombre ¡NO! ¡Ella no hizo nada! ¡Es inocente! ¡Tienen que soltarla, por favor! ¡Es inocente, inocente!

Estaba a los pies de ese hombre pidiendo piedad por la única persona que representaba su mundo. Lloraba, suplicaba, se estaba rebajando como nunca en su maldita vida, y no le importaba. Solamente pensaba que si producía la lástima suficiente, al menos a ella le permitiría vivir.

Dios, si estaba ahí... si estaba presenciando semejante injusticia, tenía que hacer algo... Dios, por favor, ¡por favor! ¡Tenía que salvarla!

Admitió cualquier cosa, cualquier cargo de piratería o de contrabando. Reconoció todo lo que Antonio preguntó, incluso inventó dónde estaban y lo que quería aquella pareja. Daba lo mismo. Solamente gritaba cualquier cosa que pudiera perdonar la vida de ella.

Pero se paralizó por completo cuando la resonante voz del juez hizo eco. Nunca sintió el miedo recorrer su cuerpo como en ese momento, donde podría jurar que había perdido la razón.

Faltas a la autoridad, subversión, actos inmorales, vandalismo, saqueos, rapto, desorden público...

Piratería.

Todos esos cargos fueron leídos en voz alta acusando a Gwen Kirkland de ser el contacto de piratas en el puerto, y como tal, como dictaba las leyes de Castilla, era condenada a la horca. Dios guardara su alma, porque el verdugo ya había ajustado la soga perfectamente, lista para asfixiar o romper el cuello en cuanto el cuerpo colgara.

Dios, por favor...

¡NOOO! ¡NOOO! ¡NO, TE LO IMPLORO! — no tenía voz más que para intentar detener todo, ¡detenerlo! ¡Tenía que parar! ¡POR FAVOR, DÉJALA VIVIR! ¡ELLA ESTÁ EMBARAZADA! ¡ESTÁ ESPERANDO A MI HIJO!

Ya no lo está.

¿Qué?

Nunca olvidaría esos ojos que sólo expresaron desprecio y odio, tanta frialdad y vacío que fue como caer en el infierno. Los ojos verde esmeralda que se mostraron como los de un demonio.

Un monstruo.

Ya no está embarazada, Kirkland prosiguió sin vacilación alguna... ¿era un hombre, acaso? Los soldados que custodian la prisión odian a los piratas, ¿sabes? Y que una mujer se haya rebajado a cooperar, se merece las peores humillaciones.

Solamente era un monstruo."

— Con toda naturalidad me dijo que ella… fue golpeada —se permitió apretar fuertemente los puños. No se dio cuenta que ya sangraba — La trataron desde que ingresó a la prisión como la peor basura… pero no sólo eso… tú sabes lo que le hacen a las mujeres en prisión, ¿no, Alejandro? — su voz ya no era la misma. No se sentía como él hablando de eso, como si no tuviera alma… como si todo se hubiera ido con ella — Sabes cómo los soldados se dan gusto con ellas, ¿verdad? La forma en que les quitan su dignidad y su valor...

Gwen fue violada.

Antonio se lo dijo de frente, con todo el cinismo y el placer de alguien que goza del sufrimiento ajeno.

Gwen fue violada tantas veces, por todos los soldados de guardia, que su cuerpo no lo soportó y perdió a su hijo. Tuvo ese aborto en medio de la celda mientras los hombres se reían de ella, con el aroma de la sangre y de la putrefacción de los muros, con la desesperación de no haber podido salvar a ese bebé que tanto amaba. En aquella oscura prisión sucia, maloliente, sin más sonido que las risas ajenas, Gwen lloró a su hijo que se convirtió en esa masa de sangre y piel deforme, gritando y lamentándose por la vida que perdió entre sus manos.

La pequeña y preciosa vida que habían hecho juntos, con su amor y su devoción. Un bebé que representaba la esperanza, un comienzo mejor, los buenos recuerdos… lo mejor de cada uno, hermoso y puro…

Nada había cambiado.

Aún con tantos años podía sentir toda la tristeza y la demencia de la primera vez que lo supo. Podía mirarse ahí, a los pies de ese hombre rogando con toda la humillación posible que la soltaran…

Todavía soñaba con ella, con sus hermosos ojos y el vientre abultado con tanta vida, calor, con esa suavidad de una pequeña personita que ansiaba conocerlos.

La familia que tanto amó... que amaba.

Nada había cambiado a pesar de los años.

"No pudo hacer nada.

A pesar de seguir implorando piedad por ella no sirvió de nada. Lloraba por su bebé perdido, por los meses que la dejó sola a merced de la escoria humana, por esa escena en que no podía correr hacia ella y abrazarla… por ese justo momento en que cruzaron miradas, donde la mujer que amaba lo vio únicamente a él.

Había amor, arrepentimiento, tanto miedo...

Y luego muerte.

Perdió de vista sus ojos cuando el juez dio la orden y el verdugo jaló la palanca del púlpito.

El cuerpo de Gwen cayó al vacío, dejando que colgara del cuello en medio de un demencial grito de júbilo.

Su cuello se rompió al acto."

Sus gritos, sus lágrimas, sus súplicas... la desesperación combinada con la ira... en su interior todavía estaba ese Arthur que se perdió en la locura de saber perdido a su hijo, a su esposa, a su familia en medio de las exclamaciones de la plaza.

Se perdió llorando como un demente escapándose toda su razón aun cuando lo arrastraron de nuevo al agujero. No supo nada de sí, del mundo, salvo de esa última imagen de su esposa colgando en el vacío, de su vientre ensangrentado del que arrancaron a su tan amado hijo.

El dolor, el sufrimiento, la locura en medio de esa infinita oscuridad y del silencio.

¿Por qué? ¿Por qué, Dios, por qué?

— Pero algo siempre surge. Cuando se está totalmente perdido en el infierno el hilo más delgado nos saca del abismo. No somos más humanos, ya no tenemos nada dentro de nosotros. Si regresamos sólo arrastramos la muerte tras de nuestros pasos… así que, ¿por qué no? — sonrió de lado, sintiendo toda la luz alejarse con esas memorias — ¿Por qué no darle gusto? Si lo que Antonio estaba buscando un pirata… si me arrastró hasta el averno por su maldad, ¿por qué no hundirlo todavía más conmigo? Los dos, pudriéndonos entre la sangre de los muertos.

Tuvo que pasar más de un año para que la resolución llegara a su psiquis.

Tirado en medio de la celda, casi muerto por la falta de alimento, cubierto por la mierda del agujero de ratas… ahí llegó la resolución como un llamado del mismo demonio.

Justo antes de caer en las garras de la muerte, el mal le extendió la mano para convertirlo en lo que era.

Podría hacerlo. Convertirse en un jinete del mar que llevara el hambre, la muerte y la guerra.

Podría ser un pirata.

Podría ser el más grande pirata que hubiese existido. Ser el objeto de los más viles relatos, ser el profanador de todas las mujeres que llevaran sangre peninsular, ser quien esclavizara a los niños y quien se bañara con la sangre de los hombres del mundo.

Un demonio sin entrañas ni consciencia, sin compasión y con una avaricia sin límites.

Podría hacerlo.

Lo haría.

Y cuando cayera, arrastraría a Antonio con él, para que ambos se quemaran en el infierno por toda la eternidad.

Gwen y su hijo ya estaban en el cielo gozando de la gloria por llevar una vida digna e inocente. Nunca más los volvería a ver porque todo el odio dentro de sí ya no le permitía salvación.

Podría hacerlo.

Lo haría.

— No fue nada difícil escapar de la prisión — ya continuó volviéndose a sentar y subiendo los pies a la mesa nuevamente — No sé si en Castilla son imbéciles, o yo mismo subestimaba mis capacidades, pero me las arreglé para salir de ahí en menos de un día. Aunque no me bastó con eso. Recorrí toda la prisión cortándoles el cuello a los soldados… los hice pagar por lo que hicieron.

El placer de quitar una vida. Aquellas que habían profanado lo puro y lo inocente que amó.

Nunca hubo tanto gozo como el que sintió esa vez.

— Luego robé una nave de la flota, escapé... y heme aquí, tantos años después de ese suceso. ¿No crees que es algo de admirar? Antonio tuvo la capacidad de convertir a un hombre pacífico y estúpido como yo en esta mierda.

...

...

Podía observar cuidadosamente las reacciones del Capitán. Del odio inicial pasó a la cautelosa atención, y después a la desconcertante familiaridad. Antonio lo hizo de nuevo, arruinó otra vida sólo para sus propósitos. La sensación no era desconocida para ese chico, y la impenetrable fachada de fiereza se tambaleaba en medio de las dudas.

No eran tan diferentes. Quizá por eso... le contó una historia que ni el mismo Alfred sabía, porque fueron manipulados por el mismo hombre.

Pero no debía olvidar que el chico frente a sí era el enemigo, y en esa guerra, sólo habría un ganador.

Él lo sería.

— Capitán Fernández, ¿quiere saber el nombre de esa joven pareja que me pidió llevarlos a Nueva España?

Casi podía saborearlo. El miedo y la confusión de Alexander.

Casi podía estrujarlo entre los brazos hasta dejarlo sin respiración.

— ¿Sabes cómo se llamaban?

No quería escucharlo, lo sabía. Por eso decirlo sería tan placentero como la sangre de aquellos hombres de la prisión.

— Él era Fernando Rodríguez Yollopiltzin. Un indio originario de la capital de Nueva España. Ella era Isabel Carriedo Quintero del Valle.

Ah, el delicioso aroma del miedo.

— Los reconoces, ¿no?

Podía ver la negación, pero no tenía salida.

— Eran tus padres.