Legendary-HeavyMetalLovers, franchiulla, lyzzcullensalvatoreswanqueen, mariasagarmz, gloes /NewBlitz

si, para mi el misterio de saber quien fue, mas un toque de romance es lo máximo. Sobre todo las protagonistas que fingen desinterés de la una por la otra y después quedan enamoradas, es lo máximo.. Lo se soy una romántica de primera.

Zelena y Astrid, son de cuidado, hacen garras a Regina.

Si en los fic siempre la describen ( keyla) muy sexy *_* creí que no debería ser la excepción. Por lo que veo eres una enamoradisa. :)

un honor leerlas y que les esté gustando la historia gracias por sus reviews. Sin les dejo leer!


Cuando el ruido del motor del coche de Keyla Jones se convirtió en un rumor lejano, la detective se volvió hacia Elsa.

—Te agradecería que nos dejaras solas —le dijo, en seco.

—Solo me iré si me lo pide Emma. —La joven se acomodó mejor en la silla con una mirada desafiante y a Emma le recordaron a dos gallitos de pelea, disputándose el mando del gallinero.

—Perdona, Elsa, pero tengo que hablar con la detective de ciertos asuntos confidenciales. —Emma colocó su mano sobre el antebrazo de la joven en un intento de confortarla, pero la chica se apartó con brusquedad y se levantó de la silla con tanta violencia que estuvo a punto de derribarla.

—Me parece que le consiente demasiadas cosas a ese chica —comentó Regina con desaprobación, mientras observaba alejarse con rapidez la delgada figura de la muchacha, que iba asestando violentas patadas a todas las piñas que encontraba a su paso.

"—Detective, no voy a permitir que me diga cómo debo tratar a los chicos que viven bajo mi techo, así que, por favor, guarde sus consejos para otras personas más receptivas. —A pesar de que se le notaba que estaba molesta, el tono de la psicóloga era sereno y la policía le sorprendió una vez más el autocontrol del que hacía gala.

—He hablado con mi amigo. — Regina decidió cambiar de tema—. Me ha asegurado que mañana por la mañana vendrá sin falta a instalarle la alarma. Dice que le hará un buen precio.

—Muchas gracias, detective.
Regina miró a su alrededor para asegurarse de que nadie les oía y se sentó en una silla. Sin pedir permiso, cogió una de las galletas del paquete que había sobre la mesa y le dio un mordisco.

—Hmm. Rica. Y ahora cuénteme qué es lo que ha pasado, espero que no haya sido una pesadilla producida por una cena abundante...
La detective se comportaba como una arrogante hija de perra y a Emma le entraron ganas de mandarla de paseo, pero se contuvo y, con el mismo aire indiferente que había adoptado ella, le contó lo ocurrido la noche anterior. Mientras hablaba, la detective mantuvo sus penetrantes pupilas clavadas en ella de una manera que hacía que Emma se sintiera cada vez más incómoda. Cuando la joven acabó su relato, se hizo un pesado silencio que Regina fue la primero en romper:

—Le agradecería que me lo contara todo. —Sus palabras sonaron hastiadas, como si ya estuviera harta de tonterías.

Las mejillas de Emma enrojecieron y la miró turbada:

—No sé qué quiere...

—Mire, señorita Swan, no estoy aquí para perder el tiempo. Sé que hay algo más en esta historia que no me ha contado, así que, si no está dispuesta a ser sincera, le deseo buenas tardes —Regina cogió otra galleta y se levantó de la mesa.
"—Espere. —Emma la detuvo con un gesto—. Perdóneme, tiene razón.

Regina se volvió a sentar, pensando que la señorita Swan era una ingenua si creía que a esas alturas del partido no sabía cuando un sospechoso no le contaba toda la verdad. Observó como se sujetaba uno de los suaves mechones que habían escapado de su moño detrás de la oreja y ese sencillo gesto, tan femenino, le provocó un estremecimiento en la entrepierna. Hoy tampoco llevaba gafas; estaba claro que no consideraba necesario su disfraz cuando estaba con la tal Keyla Jones se preguntó qué sería esa mujer para ella: una amiga, su amante... A juzgar por la complicidad que había entre ellas podía ser cualquiera de las dos cosas. Irritada por sus pensamientos, su gesto se tornó violento y se dirigió a ella con brusquedad:

—Ya sé que tengo razón, señorita Swan, no crea que una exdelincuente juvenil me va a engañar así como así.

—Es usted... —Emma enrojeció, mientras sus ojos verdes centelleaban de ira y Regina se regocijó pensando que no se había equivocado con la, en apariencia, imperturbable señorita Swan; bajo ese aire sereno y controlado, de alguna manera seguía viva la adolescente rebelde que un día fue.

—Ahórrese los insultos, sé muy bien cómo soy —respondió. Y añadió cortante—: Todavía estoy esperando.

Emma tuvo que hacer un par de inspiraciones profundas, para intentar tranquilizarse y no mandarla al infierno. Por fin, consiguió hablar sin que le temblara la voz:

—Encontré un punzón al lado de mi cama.

—¿Lo tiene aún? —Al ver que Emma negaba con la cabeza, ordenó—: Descríbamelo.

—Pequeño, punta metálica y mango de madera.

—¿Qué ha hecho con él? —Regina vio como la señorita Swan se mordía el labio y titubeaba una vez más—. La verdad.

Emma se miró las manos que mantenía apoyadas, inmóviles, encima de la mesa:

"—Le pregunté a Elsa si era suyo y me dijo que sí.

—¿Qué cara puso cuando se lo preguntó? —Emma odiaba cada vez más las preguntas cortas y precisas que formulaba aquella mujer, como si estuvieran en una sala de interrogatorios y ella fuera sospechosa de algún crimen horrendo.

—Se alegró de recuperarlo y me dio las gracias.

—Ya veo. —La detective se recostó sobre la silla de plástico con una expresión indescifrable.

—Estoy segura de que no ha sido Elsa. Quizá vino a mi cuarto aún medio dormida y no se dio cuenta. No pensará que Elsa quiere hacerme daño, ¿verdad?

—La persona que estuvo en su habitación, ¿se acercó a usted? ¿La tocó de alguna manera?

De nuevo Emma se sonrojó y las delicadas manos de Regina apretaron con fuerza los brazos de la silla.

—Me... me rozó los labios con un dedo. —La mirada de la detective se clavó en esa boca provocativa, con un labio superior ligeramente prominente que le daba una engañosa apariencia de niña consentida y que, no sabía por qué, le había llamado la atención desde el principio. Aunque eso era el eufemismo del año; desde que lo había visto, había deseado chuparlo y morderlo hasta hacerla gritar.

—Me imagino que no es tan tonta como para ignorar que la cachorra está enamorada de usted —preguntó, de pronto, en tono desdeñoso.

A Emma le desagradó su forma de hablar y en esta ocasión no se quedó callada:

—Y yo imagino que usted tampoco ignora que nunca ganará el premio a la «Mujer Agradable del Año». —Al escuchar su irónica respuesta, Regina no pudo contener una carcajada que le marcó unas pequeñas arrugas en las mejillas, y Emma cayó en la cuenta de que era la primera vez que la veía reír con ganas.

Hasta ese momento, no había hecho más que esbozar alguna que otra sonrisa sarcástica y le dio rabia encontrarla tan atractiva. La joven le lanzó una mirada desdeñosa y prosiguió—: Elsa no ha encontrado muchas personas en su vida que le hayan tratado con auténtico cariño. Su enamoramiento es una reacción de manual; cualquier tratado básico de psicología lo explica. No es más que una fase que superará en cuanto pase un poco de tiempo.

—¿Qué me dice de la tipa que estaba aquí? —Regina no estaba dispuesta a dejar escapar la ocasión.

—¿Keyla? —preguntó Emma, perpleja—. ¿Qué tiene que ver ella en este asunto?

—¿Está enamorada de usted?

Los ojos esmeralda echaban chispas al responderle:

—Y a usted, ¿qué puede importarle? Eso no forma parte de la investigación.

"—Seré yo la que juzgue qué es lo que forma parte o no de la investigación, señorita Swan. Si se lo pregunto no es porque me interesen lo más mínimo sus asuntos amorosos, sino porque tengo que saber cómo son y de qué pie cojean las personas que se mueven en su círculo más cercano —afirmó, cortante.

a la policía le pareció detectar una mirada de odio en las pupilas femeninas, pero enseguida desapareció.

—Está bien. —A pesar de que el pecho de Emma subía y bajaba, agitado, bajo su holgado jersey, su voz sonó calmada. Una vez más, la señorita Swan controlaba la situación—. Keyla y yo somos buenas amigas. Ella tiene una pequeña empresa de construcción y me ayudó mucho con la reforma de esta casa. Creo que alguna vez sintió algo por mí, pero en aquella época no tenía nada que hacer, y de eso hace ya mucho tiempo.—A Regina no se le escaparon sus enigmáticas palabras y las archivó en su cabeza para darles una vuelta más tarde—. Nos conocemos desde que éramos adolescentes. Las dos tuvimos nuestros más y nuestros menos con la autoridad pero, hoy por hoy, ambas estamos en el lado correcto de la ley. ¿Satisfecha?

Una vez más, la detective cambió de asunto de forma abrupta:

—¿Ha tenido más visiones? —Por la expresión de incomodidad que sorprendió en el rostro de la señorita Swan no era necesaria una respuesta—. Me doy cuenta de que sí. Dígame, ¿alguna vez ha tratado de localizar a sus padres?—. De nuevo, un desconcertante cambio de tema.

—Jamás. Creo que dejar a un bebé abandonado en la calle es una prueba evidente de que mis padres no tenían mucho interés en saber de mí. Y dígame, detective, ¿ha acabado ya el interrogatorio? O aún necesita husmear más cosas sobre mi vida, que no veo qué relación pueden tener con la muerte de Katheryn. —La ironía de Emma era patente y sus pupilas lanzaban peligrosos destellos.

—He terminado con mis preguntas, señorita Swan. Por ahora — matizó, al tiempo que se levantaba de la silla y empezaba a abrocharse el saco.

Emma luchó un rato consigo misma y al final dijo:

—Si lo desea puede quedarse a cenar.

—Muchas gracias, señorita Swan, pero soy consciente de que está usted deseando perderme de vista. —Los ojos marrones brillaban burlones y, muy a su pesar, Emma fue incapaz de reprimir una carcajada.

—¿Se nota mucho?

—Bastante, sí. Pero no me extraña, me ocurre a menudo. —A Emma le sorprendió descubrir que aquella mujer, al que en su interior había catalogado como «esa arrogante bastarda de ego inalcanzable», tenía sentido del humor—. Nos vemos mañana. Esta noche asegúrese de que las puertas y las ventanas quedan bien cerradas. Le recomiendo que duerma con el móvil debajo de la almohada. Si ocurre algo o recibe una nueva visita nocturna, no dude en llamarme. —Le tendió una tarjeta que Emma guardó en el bolsillo trasero de su pantalón.

—Gracias, detective. Hasta mañana.

Emma permaneció observando a Regina mientras se ponía el casco, arrancaba la moto y desaparecía por el camino a más velocidad de la debida, perseguida por una estela de polvo. Después, regresó a la casa caminando despacio.

La persiana de su habitación no cerraba bien y uno de los rayos más madrugadores se clavó sobre el rostro de Regina y la despertó. A pesar de que los pies los sentía helados como un hielo, Regina había dormido bien. Desde luego el hostal no era muy lujoso, pero como le había dicho Emma Swan estaba escrupulosamente limpio. Con un enorme bostezo Regina se dirigió a la pequeña ducha y, pocos minutos después, ya estaba lista para salir a la calle. Miró el reloj; las ocho y media. Aún era pronto, así que decidió ir a desayunar a la cafetería del hostal, que también hacía las veces de bar del pueblo.

Mientras desayunaba, consultó la ajada libreta en la que lo anotaba todo. Se había jurado más de una vez que empezaría a apuntar las cosas en la agenda de su smartphone, pero al final siempre echaba mano de su vieja libreta, que sustituyó a una más decrépita aún y que a su vez sería sustituida en unos meses por otra un poco más nueva. Ciertas cosas no cambiaban nunca.
Ahí estaba; Grumpy Jefferson Jorgal. El sujeto vivía en un pueblo a unos quince kilómetros de allí, tenía numerosos antecedentes por robo y había pasado tres años en la cárcel por darle una paliza a un compañero de fatigas, hasta dejarlo al borde de la muerte. Todavía no lograba entender cómo a la señorita Swan se le había podido ocurrir contratar a semejante pájaro.

Al pensar en Emma no pudo evitar fruncir el ceño. Esa mujer le hacía sentir cosas a las que no estaba acostumbrada y eso la fastidiaba Mucho. El día anterior había estado a punto de sacarla de sus casillas pero, como de costumbre, ella se había controlado. Emma Swan era un misterio y ella no iba a perder la ocasión de desentrañarlo; cuando regresara a Boston haría un par de visitas, se prometió. Terminó su café, se abrochó bien el saco y salió afuera poniéndose el casco.

Un cuarto de hora después, apagaba el motor de su Honda frente a una oxidada verja de hierro que conducía a una destartalada vivienda. En el pequeño jardín que rodeaba la casa, además de malas hierbas, había enormes pedazos de chatarra, neumáticos viejos y escombros varios, diseminados por todas partes.
Regina se bajó de la moto, soltó el trozo de cuerda despeluchada que mantenía cerrada la cancela y caminó los pocos metros que le separaban de la puerta principal. No había ningún timbre a la vista, así que golpeó la madera con el puño varias veces. Nadie salió a abrir. Repitió la operación aporreando más fuerte y, por fin, escuchó unos pasos pesados al otro lado, y el sonido peculiar que se produce al echar una cadena de seguridad.

"—¿Qué quiere? —preguntó una bronca voz masculina a través de la puerta entreabierta.

—¿Jefferson Jorgal?

—¿Quién lo busca?

—Soy la detective Mills. Desearía hacerle unas preguntas.

—¡Ándese a la verga! No dejaré que una maldita policía ponga un pie en mi casa sin una orden de registro. —declaró el desagradable individuo.

—No creo que sea necesaria una orden, señor Jorgal. Si no quiere que entre, salga usted a hablar aquí afuera o me temo que me veré obligada a llevarlo al cuartelillo más próximo.

La puerta se cerró de golpe; se oyó un nuevo chasquido —el que hizo el hombre al soltar la cadenilla— y se volvió a abrir con brusquedad. Un individuo fornido de unos cuarenta y tantos años, no muy alto, apareció en el umbral rascándose la entrepierna. Sus hombros eran anchos y estaban cubiertos por una densa mata de vello oscuro, salpicado de canas, mientras que la sucia camiseta de tirantes que llevaba apenas tapaba su considerable panza."

"—¿Qué cojones quiere? —Los diminutos ojillos oscuros destilaban odio.

—Quiero que me cuente por qué la señorita Swan lo despidió.

—Así que ha sido esa mala puta otra vez. No le valió con echarme bajo falsos pretextos, ahora me manda a la policía...

—No me gusta el lenguaje que utiliza para referirse a la señorita Swan. Así que ándese con ojo —le interrumpió Regina con brusquedad.

Al ver la cara de pocos amigos de la detective, Jorgal se acobardó y prosiguió con su historia algo más calmado:

—Me acusó de espiar a la putilla... quiero decir —recordó a tiempo la advertencia de la policía y rectificó—, a la muchacha esa que acababa de llegar a la casa. ¡No hablaba más que huevadas! Era ella la que trataba de engatusarme, paseándose a todas horas delante de mí con esos pantaloncitos que no dejaban nada a la imaginación y sus camisetas ajustadas, marcándole los pechos.

—Así que era la chica la que se insinuaba, ¿no? —El hombre asintió, enredando los gruesos dedos de largas uñas no muy limpias en la abundante pelambrera de su pecho

—. ¿Y qué me dice del ordenador que desapareció del despacho de la señorita Swan o del reloj de la cocinera?

—¡Eso es una sarta de patrañas! Le juro que yo no sé nada de eso. Cuando me despidió, ella solo dijo que era por espiar a las niñas y ya le he dicho que no era cierto. La hembra esa era joven, pero ya sabía bien cómo calentar a un tío; luego, cuando querías más, se echaba atrás con una carcajada.

—Así que usted se sentía frustrado, ¿fue por eso por lo que la mató? —La pregunta de la detective formulada en un tono coloquial, le cogió por sorpresa y Jorgal comenzó a sudar copiosamente.

"—Le juro que yo no la maté. Cualquier tío al que se le haya cruzado el cable ha podido querer darle una lección. No era más que una calientapollas como dicen aquí. —La mano de Regina se alzó en un gesto intimidatorio y Grumpy Jefferson Jorgal se calló en el acto.

—¿Donde estaba usted hace dos viernes? —preguntó el policía.

El tipo cogió un extremo de su sucia camiseta y se secó la frente, tratando de concentrarse.

—Los viernes suelo ir al bar del pueblo a chupar un poco y echar una partida de dominó. Reconozco que de vez en cuando bebo un poco más de la cuenta, así que no recuerdo muy bien qué es lo que hice aquella noche...

Regina le lanzó una mirada penetrante; el tipo parecía sincero, aunque con ciertos individuos nunca se sabía. Decidió que se pasaría por el bar para verificar su coartada; quizá Jorgal estaba tan borracho que ni si siquiera recordaba haber matado a la chica.

—Muy bien, señor Jorgal. Me voy, pero puede que más adelante me vea obligada a hacerle nuevas preguntas. —Regina dio media vuelta y caminó hacia donde había aparcado la moto.

El hombre la observó alejarse con una profunda mirada asomando a sus ojos astutos, mientras permanecía en pie con los brazos caídos a lo largo de su cuerpo y abría y cerraba sus enormes manos en un gesto compulsivo."


creen que si fue el desagradable tipo quien mato a la chica?

Esa mirada extraña, pensara hacer algo malo?

Ya saben como es esto, reviews y entre mas sea más rápido y extenso será. Gusto de leerlas hasta la próxima.