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Capítulo 21.


No podía… ser… ¿Q-Qué diablos era lo que decía…?

Isabel Carriedo Quintana del Valle… Fernando Rodríguez Yollopiltzin…

El escalofrío que le recorrió la espalda fue como caer en la oscuridad del mar.

Era… imposible…

Algo en el fondo de su memoria se activó tan agresivamente que se mareó.

Por un momento no estuvo ahí, en esa oficina maloliente y sucia. Casi pudo sentir los rayos del sol sobre su mejilla y el aroma de la arena blanca de aquella lejana playa.

Una casa pequeña, un jardín pequeño; un huerto surtido y las conchas colgando del techito como adornos.

Tragó en seco. Casi sintió nostalgia ante el recuerdo de los buenos tiempos.

Pudo verlos frente a sí.

A ella con sus ojos verdes y su cabello castaño sonriendo mientras preparaba la comida con su delantal de manta adornada de flores; a él con su cabello negro y los ojos rojo sangre preparando las redes de pesca, tan concentrado pero a veces mirando la lejanía del mar.

Los rostros, los gestos, las maneras con que se conducían dentro y fuera del hogar.

La manera en que ambos le llamaban por su nombre, llenos de amor y de diversión por sus travesuras infantiles.

"Alejandro."

Sus padres…

— Estos meses de ausencia no han sido por nada, capitán — continuó hablando y… y sólo por un momento deseó que dejara de hacerlo — Son increíbles las capacidades de la memoria humana: a pesar de que pasen los años todos podemos guardar recuerdos nítidos, tan claros y precisos que podríamos jurar que pasaron ayer… eso le pasó a varias personas que encontré durante mi viaje por los puertos de España y de Nueva España. Todos tuvieron algo que contar sobre aquella pareja de amantes, una historia de amor digna de ser rememorada.

No… ¡No! ¡Era un truco! ¡No podían tratarse de sus padres! Ese maldito pirata sólo trataba de confundirlo pero no lo conseguiría… no importaba que estuviera temblando bajo el gesto imperturbable de quien todo lo controlaba.

No podía estar más equivocado.

— Esa chica Isabel no era cualquier persona — volteó a verlo y… por un segundo se sintió exhibido — Era la prima hermana de Antonio.

… la prima de…

Esto no podía… estar pasando…

Antonio… Antonio dijo que no tenía parientes… q-que era el único descendiente de la familia Fernández Carriedo, ¡el único…! ¡Todos los demás habían muerto! Fueron abuelos, padres, tíos sin descendencia, por eso era el único heredero del apellido y de la fortuna…

Isabel… su madre no podía ser p-prima de…

— Según escuché vivían en la misma casa porque la familia esperaba que se casaran… ya sabes, esa mierda de matrimonios entre familiares… ¿y dicen los piratas somos codiciosos? Todos ellos cometen abominaciones en nombre de su nobleza y posición — casi no… no podía seguir el hilo de la conversación, pero se obligaba — Aun así su relación era aparentemente normal, incluso se llevaban bien, una armonía digna de dos buenos amigos… pero algo cambió, ¿sabes? Llegó alguien a sus vidas luego de que regresaron de un viaje a Nueva España.

Negó con la cabeza… no quería escuchar, ¡no quería escuchar sus manipulaciones! ¡No iba a creer en nada de lo que dijera…!

O de eso trataba de convencerse.

— Con ellos vino una exótica adquisición, un indio de Nueva España llamado Fernando. Al parecer lo trajeron como un sirviente pero muy pronto se volvió cercano de ambos… tan cercano que Antonio lo liberó de su servidumbre para convertirse en su invitado permanente — sonrió de lado mirándolo de nuevo — ¿Qué será, capitán? ¿Qué es lo que tienen los indios de Nueva España que les fascina tanto a los peninsulares? — el gesto de lujuria casi hizo que su ira se descontrolara — Quizá… sea el color de su piel… de sus ojos… el aroma de flores y de tierra mojada… su sometimiento acompañada de un corazón libre… el cuerpo virgen e inexplorado, exactamente igual a sus tierras…

¡Bastardo malnacido! Trató de levantarse pero… sus piernas no le respondían… en realidad, ninguna parte de su cuerpo reaccionaba…

Era… miedo…

— Pero hasta ahí acabó ese episodio — de nuevo se sentó en su silla — Luego de eso ya nadie recuerda qué pasó, o nunca lo supieron. Fue como si se los hubiera tragado la tierra ya que otros hasta juraron que esas personas jamás fueron vistas… estoy seguro que el propio Antonio negó su existencia, ¿no es así?

Fernández… no tenía parientes… eso d-dijo… eso había repetido por muchos años y precisamente fue una de las razones para adoptarlo…

Antonio… d-dijo que no tenía a nadie… que él era el único q-que…

— En España ya no pude conseguir más información. Fuera de eso todo era suposición, balbuceos… pero yo los vi, Alexander, ¡ah, vaya que los vi! YO los llevé hasta el puerto de Veracruz, YO los vi desembarcar y perderse entre la gente. Sí, YO los vi.

E-Era… mentira… t-tenía que ser mentira…

— Así que fue momento de ir a ese puerto… bueno, claro que tuve que tomar precauciones porque mi reputación me precede y la aumenté gracias a que te tengo en mi posesión, pero esto no se trata de engrandecer mi vanidad — maldito, lucía tan cínicamente orgulloso… — Hubo quien habló de una playa de arena blanca…

N-No… no quería escuchar más…

—…una casa pequeña, un jardín bien surtido…

— Cállate…

— Conchas colgadas del techo como bellos adornos…

— ¡Cállate!

— Y rastros de un incendio… porque encontré el sitio, capitán Fernández… — abrió… los ojos con tana incredulidad que… — Encontré la playa y los restos de una casa que fue consumida por el fuego.

Pudo verlo otra vez, el escenario en el que todo se consumó.

Los gritos de sus padres, las risas de los piratas… la sombra de ese líder al que nunca pudo mirarle el rostro… las llamas que se alzaban en medio de la noche y el viento que se llevó las cenizas de toda una vida…

Era… miedo…

Otra vez… sentía el miedo… el absoluto vacío de esa noche en el que se quedó solo en esa playa.

Pensó que había olvidado la sensación… pero la verdad era que sólo la reprimió…

El miedo seguía ahí.

— Los lugareños aún recordaban a la familia que vivía ahí: era una española llamada Isabel y un indio llamado Fernando… junto con un pequeño hijo… sin embargo, una noche los atacaron piratas, y al amanecer parecía como si nunca hubieran existido.

No… no podía ser que fuera… así… negaba con la cabeza tanto que parecía hacerlo por inercia.

No quería… recordar más… no quería saber más de esa vieja historia que retorció su vida de este modo.

Pero… ¿cómo? ¿P-Por qué todo parecía tener sentido ahora?

— Te pareces mucho a él.

Levantó la mirada.

No se sentía como él mismo.

— Desde que te vi me pareciste familiar. Pensé que era por tu relación por Antonio… aunque ahora entiendo que fue por otra cosa… qué ridículo, ¿no te parece, capitán Fernández? El mundo es ridículamente pequeño.

— Pero me pregunto… ¿por qué Antonio no te dijo que eras su sobrino?

Le… mintió…

Fernández mintió sobre… ellos…

— No sé, esto de adoptarte complicó innecesariamente las cosas. Con reconocer que eras su sobrino hubiera bastado para heredarte toda su fortuna y, en lugar de ser su protegido, habrías tomado el lugar que te correspondía sin más explicaciones… ¿por qué crees que lo haya hecho, capitán?

D-Dijo que estaba tan solo… podía recordar esas ocasiones en que lo profanaba porque… d-decía que no tenía a nadie más…

No… entendía…

— ¿Por qué te ocultaría que tu madre era su prima? ¿No se suponía que la quería mucho?

Antonio… ¿qué fue lo que hizo Antonio?

— Y también... no entiendo por qué destrozó mi vida con tal de encontrarlos — el cambio en su tono de voz casi despertó su empatía — Ejecutó a mi esposa, asesinó a mi bebé, me convirtió en esto sólo por encontrarlos... ¿por qué, capitán? ¿Acaso... ellos hicieron algo que Fernández no fue capaz de perdonar?

Si él hizo esto... si él ocultó todo... s-significaba que toda su vida, que toda en lo que creía era...

— Y tú, Alejandro — se miraron de una forma extraña... como si no fueran tan diferentes — ¿No crees que es demasiada coincidencia que el hombre que persiguió a tus padres te adoptara justamente después de que los asesinaran?

¿Qué estaba... insinuando?

— Te adoptó precisamente a ti, a su sobrino, el hijo de Isabel y de Fernando que fueron asesinados por piratas...

Negó tratando de acallar su voz... las voces de ellos... las voces de todos esos hombres que asesinó en nombre de una compensación.

Todo este... tiempo...

— Te adoptó solamente a ti justo después de que perecieran tus padres... de todos los niños que hay en Nueva España, dio contigo en esa playa, en la iglesia cercana a tu casa cuando más necesitabas protección.

¿Qué había hecho todos estos años...?

Tomó tantas vidas... las tomó porque los piratas eran el mal de este mundo, la plaga que pudría todo lo bueno de la tierra... cada uno mereció colgar en el púlpito frente a las exclamaciones de la eufórica audiencia.

Pero el mal central... el origen de su propio mal...

Oh, Dios... oh, por Dios...

Se tuvo que inclinar al frente porque sintió que iba a desmayarse... la habitación le dio vueltas, se puso pálido... el corazón le latía tan rápido que podría caer fulminado...

Era... imposible... significaba que todo lo que había hecho... que todo la sangre que estaba en sus manos...

— Yo no tengo que decirte en lo que debes creer pero algo es seguro, capitán — sonrió... el malnacido sonrió... — Tú y yo conocemos a Antonio, somos sus creaciones, y como tales sabemos lo que es capaz de hacer.

Todo... todo fue en vano.

En vano.

No... ¡NO! ¡No, no, no! ¡No podía creerlo! ¡NO IBA A ACEPTARLO! ¡NO!

— Quizá no somos tan diferentes — escuchó la silla moverse en señal de que se levantó — Pero eso ya no importa porque lo único que pasará es que voy a matarte.

¿Qué?

De repente un par de grandes hombres lo levantaron de la silla y lo sujetaron con mucha fuerza. Luchó con fuerzas por mero instinto, aunque eso sólo le ameritó un golpe muy fuerte en el rostro y otro en el estómago.

Cayó en la madera sucia tosiendo y derramando algo de saliva combinada con sangre.

Nunca estuvo más vulnerable.

— ¡NGH! — el otro dio un tirón fuerte de su cabello para que lo mirara — M-Maldito...

— Sí, lo soy — esa mirada verde esmeralda había perdido la poca humanidad que vislumbró cuando hablaba de su historia... sin duda estaban podridos desde el interior — Disfrutaré tanto matarte frente a tu tío... ¿te imaginas la cara que pondrá cuando te apuñale lentamente? O quizá ya debería ver tu cadáver empalado en el mástil de mi barco... tal vez debería enviarle tu cuerpo pedazo por pedazo — sintió su navaja pasar por su cuello lo suficiente para hacerlo sangrar — Primero la cabeza... después un brazo, una pierna... o empezando por un ojo — le pasó la punta del arma por el párpado y luchó por no quejarse del corte — ¿Reconocerá el color de tus ojos entre toda la sangre que habrá?

De nuevo sintió un corte cerca de la mejilla. Por un momento pensó que realmente le sacaría un ojo... pero no pensó en eso cuando volvió a ver esa sonrisa...

La sonrisa de un pirata.

— ¡Sólo fueron mentiras! — habló importándole poco el riesgo de morir — ¡Toda esa mierda que dijiste es mentira! ¡MENTIRA!

La sonrisa que se extendió sólo despertó más de su ira porque... en el fondo consiguió lo que quiso...

Que se cuestionara el propósito de su vida.

— ¡MALDITO MENTIROSO! — gritaba histérico sujetado por esos hombres — ¡ERES UN MALDITO MENTIROSO! ¡NO TE CREO NADA! ¡ESTAS ENFERMO, MALNACIDO INFELIZ!

Luchaba fieramente requiriendo de más hombres para someterlo y llevarlo al calabozo... pero Kirkland seguía con esa sonrisa.

Con la estúpida sonrisa de quien se sabe ganador.

— ¡PIRATA DE MIERDA, TE ODIO! ¡LOS ODIO A TODOS! ¡VOY A MATARTE, JURO QUE VOY A MATARTE! ¡LO ULTIMO QUE VERAS ANTES DE IRTE AL INFIERNO ES A MI! ¡TU Y TODA TU ASQUEROSA TRIPULACIÓN COLGARÁ DE UNA SOGA EN EL PUERTO DE SEVILLA!

Lo llevaron de nuevo al fondo del calabozo donde lo arrojaron entre la mierda de las ratas y de los restos de humedad, pero ya no le importaba.

Lo único que quería era tener el cuello de ese hombre entre sus manos y apretarlo tan fuerte que le destrozaría la garganta. Ese deseo lo expresó apretando los barrotes de la puerta hasta que le sangraron las manos.

— ¡TE MATARE, ARTHUR KIRKLAND! ¡VOY A MATARTE! ¡IRÉ POR TI HASTA EL FIN DE ESTE AQUEROSO MUNDO!

Y gritó. Gritó tanto y tan desesperadamente que parecía haber perdido la razón.

Aun cuando cerraron la puerta con acceso al calabozo él continuó exclamando y jurando, maldiciendo el nombre de Arthur Kirkland con toda su voz.

Porque consiguió su propósito.

Lo consiguió.


¡¿Qué demonios había pasado?!

Esperó afuera del cuarto por tanto tiempo que pareció eterno, casi no pudo quedarse quieto imaginando de qué podrían estar hablando, pero cuando sacaron a Alejandro así... gritando... blasfemando... luchando como un animal embravecido y con esa mirada hundida en odio...

Vio dolor... vio desesperación... era un Alejandro que se hundía en una oscuridad desconocida.

Le crujieron los dientes y fue hasta la oficina abriendo la puerta de un golpe.

En el interior vio que su Kirkland le daba instrucciones al Segundo Oficial, órdenes de mantener al prisionero a pan y a agua, totalmente incomunicado. Nadie podría entrar a verlo a excepción del capitán.

¡¿Por qué?! ¡¿Por qué la entrada estaba prohibida hasta para él?!

El Segundo pasó a su lado rápidamente con la mirada baja por el temor de provocar su ira. Qué hombre tan inteligente, así se ahorró la bala que le hubiera metido entre los ojos.

— ¡Arthur! — dio un golpe en la madera del escritorio — ¡¿Qué demonios está pasando?!

— Ah, Alfred, estaba a punto de llamarte — parecía tan... relajado — Pensaba en un nuevo nombre para el barco, Morbid Trident, ¿es bueno, no?

— ¡Deja de tratarme como un imbécil! — nunca le hubiese hablado así pero estaba tan preocupado por la lamentable condición de Alex que ya no le importaba — ¡Quiero que me digas de una maldita vez qué está ocurriendo! ¡Te fuiste mucho tiempo sin decirme una miserable palabra, y ahora que regresas, te encierras con Alejandro sólo para dejarlo en esas condiciones!

Arthur lo miró… lo miró con ese brillo escalofriante y el gesto imperturbable, con los brazos cruzados y el ceño tranquilo, casi con una paz que precedía la más fiera tormenta.

Así… se comportaba cuando estaba pensando en algo importante, algo que estaba reflexionando meticulosamente para ordenarlo todo en una cadena trágica de sucesos.

En esas condiciones temió lo peor, pero por el bien de Alejandro no podía sentirse intimidado… por lo menos esta vez no.

Tomó aire sin dejarse vencer.

— ¡Maldita sea, ya no voy a soportar tus juegos estúpidos! ¡Quiero saber qué está pasando y qué estás planeando! ¡Tengo derecho a saberlo! — no hubo un cambio en el gesto de su capitán. Tampoco lo esperó — ¡¿Qué le vas a hacer a Alejandro?! ¡¿Por qué has ordenado que sus raciones se reduzcan?! ¡¿De qué hablaron para que lo dejaras así?!

Ya no… podía ocultarlo… había pasado todos esos meses intentado ser correspondido que negarlo sería traicionar sus propios sentimientos.

Arthur lo conocía, sabía que no estaba en su naturaleza fingir… y por eso mismo, seguramente ya comprendía todo. Cada palabra, cada acción, cada intervención por el bien del prisionero no escapó a su observación, y en esa situación lo mejor hubiera sido ser prudente… pero ya no, era imposible controlarse.

Bastaba mirarlo a los ojos para saber que algo mucho más grande nació en su interior.

Por eso no le interesaba en ese momento lo que su capitán pudiera hacerle, ¡quería saber qué pensaba hacer con Alex!

— ¡Ni siquiera yo puedo entrar a verlo! ¡¿Por qué demonios le ordenaste al Segundo que cerrara la puerta de acceso?! ¡Soy tu Primer Oficial! ¡Es a mí a quien deberías decirle qué estás pensando! ¡Yo soy quien tiene derecho!

— No, Alfred, no lo tienes.

Aun cuando momentos antes enfrentó su mirada… ahora la que pesó sobre él provocó un fuerte temblor en sus rodillas.

Casi olvidó cómo respirar.

Tuvo miedo.

— En vez de venir a reclamarme estupideces deberías recordar la posición que te corresponde — escuchaba el latido de su corazón en los oídos — Sí, eres mi Primer Oficial, y como tal lo mínimo que espero es absoluta obediencia y eficiencia.

Lo… traicionó…

— ¿O ya se te olvidó quien te recogió de ese orfanato maloliente? ¿Quién te alimentó, quién te enseñó a pelear y a ser un hombre? ¡YO! ¡Yo te di un nombre en este maldito mundo! ¡Todo lo que eres me lo debes a mí! ¡¿Qué hubieras hecho tú solo, eh?! ¡No eras más que un mocoso inútil y miserable!

Vio esa playa, esa figura imponente, la mano que le extendió invitándolo a conocer los rincones del mar…

Esos ojos verdes que le inspiraron temor, pero más que nada, admiración…

Quiso ser como él.

— ¡Yo te hice un hombre! ¡Yo te puse al alcance todo lo que has querido! ¡Pudiste conseguirlo porque yo te enseñé cómo, porque yo hice que explotaras tus capacidades! Te di un techo, comida, armas, ¡te di todo lo necesario para que conquistaras el mundo! Y LO ÚNICO QUE EXIJO A CAMBIO ES LEALTAD.

Tembló como aquella ocasión.

De no estar recargado en el escritorio estaría desvanecido en el suelo.

Su lealtad… ¿con quién estaba ahora?

¿Quién era el que merecía todo de sí?

— Me importa una mierda qué es lo que tuviste que ver con MI prisionero. ¡Es más! ¡Espero que te hayas revolcado con él hasta que le llenaras las nalgas de semen! Pero escúchame, ¡ESCUCHAME! — le sujetó del cuello de la camisa y lo levantó con… un solo brazo — ¡Ni tú ni nadie va a impedir que cumpla con mi propósito! ¡No me importa si tengo que encadenarte o arrojarte al mar con una piedra colgando de tu cuello! ¡VOY A MATAR A ESE BASTARDO! ¡VOY A MATARLO Y HARE QUE EL MALNACIDO DE ANTONIO LO VEA!

No podía respirar de tan fuerte que le estaba apretando la tela…

Alex… iba a morir… si no hacía algo iba a morir a manos del capitán…

Imaginarlo fue peor que la muerte misma.

— ¡Y CUANDO LE ARROJE LOS PEDAZOS DE ALEJANDRO A SUS PIES, DESPRENDERÉ SU CABEZA DE SU ASQUEROSO CUERPO! ¡ESO ES LO QUE HARE, ¿ESCUCHASTE?! ¡VOY A MATARLOS A LOS DOS Y A TI SI TE INTERPONES EN MI CAMINO!

Sintió el golpe fuerte de su cuerpo cayendo al suelo cuando lo arrojó. Tosió tratando de recuperar el aliento y escuchando a la vez los pasos del capitán salir de la habitación.

Lo… traicionó… le había fallado a Arthur al enamorarse de Alejandro.

Tenía razón, gracias a él tuvo todo lo que quiso, conoció el mundo, se ganó un lugar en las leyendas que inspiraban terror en el corazón de los hombres.

Alfred F. Jones era alguien gracias a Arthur Kirkland.

Pero… ya era tarde.

Entre el dolor del golpe y el shock emocional, entre los murmullos y el aroma a humedad, supo qué era lo que debía hacer…

… no, lo que quería hacer.

Salvaría a Alejandro.

Se incorporó ligeramente sintiendo que algo dentro de sí se quebraba… una parte muy importante de él, esa que inspiraba sumisión y obediencia hacia el hombre que le dio todo lo que tenía.

Deseó tanto ser como él… por esto tomó la mano que le ofreció esperando que el futuro le sonriera del mismo modo. Esperó… también tener un barco, ser un capitán pirata, seguir los pasos de su tutor llevando desolación a las coronas de España y Reino Unido. Esperó protagonizar su propia leyenda, ser recordado por sus fechorías y logros.

Quiso tanto ser como el capitán Kirkland.

Pero entonces llegó Alex.

Llegó con su fuerza, con su valentía, con tanto orgullo y misterio que no pudo más que caer rendido a sus pies. Le impactó tanto su discreción, su vanidad y su odio de capitán, pero también su amabilidad y diversión como amigo. Bastó verlo al despertar aquella mañana en Campeche para que supiera que su vida no volvería a ser la misma.

Se enamoró.

Cayó en ese abismo tan oscuro y hermoso que cada día agradecía en silencio despertar a su lado. Amaba su rostro al dormir, los mechones castaños que caían sobre su rostro, la piel morena que tenía un brillo especial con los primeros rayos del amanecer.

¿Qué era el agradecimiento frente al amor?

Traicionó a Arthur, lo más cercano que tenía a un padre, y lo hizo en nombre del capitán que estuvo a punto de acabar con él.

Y todavía iría más allá, porque iba a traicionarlo quitándole una venganza que anhelaba más que nada en el mundo.

Era escoria.

Se levantó despacio y salió de la oficina. Pasó cerca de las escaleras que llevaban al calabozo en que Alex… todavía estaría gritando… y luego salió a la taberna donde ya no había rastro de Arthur.

Hubiera deseado… no tener que elegir.

Pero lo hizo.

De nada servía tratar de escapar imaginando que era otra persona, en otro lugar, amando sin restricciones y siendo agradecido con quien había cuidado de él. Esa no era la realidad y tenía que enfrentarse a las consecuencias.

Porque amar era lo mejor y lo peor que le pudo pasar.

Tenía que salvar a Alejandro y no lo conseguiría si lo encerraban también en el calabozo. Tenía que mantener sus sentidos alerta, la mirada baja, la diligencia y la obediencia más impecable para no levantar la mínima sospecha.

Había elegido.

Ya no había marcha atrás.