Notas del autor: ¿alguien creía que ya no actualizaría, desho? :v Pues sigo aquí~
Capítulo 22
Pasaron dos semanas desde aquella entrevista con el Capitán Kirkland.
Entre sus miedos y sus obligaciones, entre sus planes y sus observaciones, apenas era consciente del movimiento de su propio cuerpo. Era como no ser él mismo, como si sus extremidades se movieran por inercia ante la falta de órdenes conscientes.
Comía, dormía, trabajaba, emitía los mandatos de su capitán ya que el barco tenía que estar listo para partir hacia la Bahía del Cocytos, pero no controlaba mucho de sí; y si lo notaba o no, Arthur era más exigente con todos, más con él por el ´último episodio que vivieron en el camarote, así que su cuerpo amaestrado por él inmediatamente actuaba.
No obstante, su mente era algo privado: sus pensamientos imaginaban escenarios lejanos donde los protagonistas siempre eran Alejandro y él solos en una isla, quizá de incógnitos en alguna ciudad europea, en algún campo de las 13 Colonias; tal vez en la isla Tortuga, en un cuarto discreto de los barrios pobres… cualquiera que fuera el paisaje, lo constante era Alejandro y su mirada, su cuerpo, las manos y la voz que lo invitaban al más dulce de los placeres.
No sabía cómo pudo resistir todo este tiempo sin derrumbar la puerta del calabozo. Del mismo modo, tampoco sabía cómo resistía sus gritos dementes que pregonaban muerte y desolación hacia cada pirata del lugar. Incluso Carlos y Madeline eran víctimas de exclamaciones desoladoras, lo que provocaba un ambiente todavía más sombrío en la taberna.
¿Qué fue lo que Arthur le hizo? Se mordía el labio pensando en lo que pudo hacer y en el hecho de que ya no tenía derecho a preguntar.
El capitán le había retirado su confianza y ahora se limitaba a ser el Primer Oficial… por eso, el escalofrío que recorría su espalda al sentir su mirada no se comparaba a la ira que acumulaba en su contra.
No lo odiaba, jamás podría odiar al hombre que le dio un lugar en el mundo, pero la creciente culpa se acompañaba por el desinterés de su destino.
Ya no le importaba.
Decidió ayudar a Alejandro a escapar sin reparar en las consecuencias… lo haría a pesar de que eso significaba su propia muerte.
Tal vez era lo justo, la pena por traición era la muerte y no había traidores en la historia que no hubiesen pagado con sangre su crimen. La única explicación que podría dar cuando se encontrara en el infierno era que lo hacía por amor, porque quizá lo único puro en su alma era el sentimiento que nació aquella mañana en Campeche.
Casi podía reír imaginando cómo les explicaría a sus impiadosos jueces lo que sentía, la calidez de ese amor y su dulzura, la magnificencia y la pureza que únicamente le profesaba a Alex… y entonces no exigiría perdón porque no era merecedor. Se pudriría toda la eternidad en la oscuridad tan sólo anhelando encontrarse una mañana junto a él, o quizá implorando volver a empezar en aquella playa cuando Arthur le ofreció el mundo.
Morir por Alejandro. Morir por Arthur. Ambos eran lo más valioso que tenía… no había mejor manera de entregar su existencia.
Se convencía de eso cada día, cada momento en que observaba el barco y en que trazaba planes en absoluto silencio. Había tan pocas posibilidades de escapar con éxito, tan pocas salidas en la taberna y en la futura isla; no contaba con aliados ya que cada sujeto, incluso Madeline y Carlos, sabían que la muerte de Fernández era necesaria.
Estaba solo por ahora, pero su imagen estaba con él en cada sueño, en cada instante que recordaba sus palabras de amor. Era suficiente para resistir.
No obstante, algo en su interior se negaba a terminar así…
— ¡Hora de moverse, holgazanes malnacidos! — gritó con autoridad mientras caminaba por la cubierta — ¡Leven el ancla y desplieguen las velas! ¡Ajusten las cuerdas de la proa junto con las del mástil! ¡Si no zarpamos en 5 minutos voy a colgarlos como adorno de la popa!
El infierno era la única opción en su final, pero el momento no tenía que llegar todavía.
Junto a su resignación frente a la muerte, algo más lo impulsaba a continuar… ¡porque el escape de Alejandro no tenía que ser el final, sino el principio! Podían huir juntos, establecerse tierra adentro y pasar el resto de sus vidas juntos, ¡había tantas opciones! Comprarían o construirían su propia casa en un algún bosque, podrían cultivar y vender los excedentes en un mercado, tal vez podrían tener un perro al que llamaría "Tony" y acoger en el seno de su pequeña familia a un inocente niño para el cual serían sus padres… ¡padres!
Frente a él estaba la vida o la muerte. La decisión era suya… y por supuesto que también de Alejandro.
No habían hablado en todo ese tiempo, ni siquiera pudo verlo… tenía miedo de que pensara que estaba de acuerdo con todo esto, ¡quería tanto ir al calabozo y sacarlo entre sus brazos! Besarlo, acariciarlo, jurarle que nada cambió en su interior…
Miró de reojo hacia el timón.
Ya estaba Arthur revisando su brújula y un par de notas de un libro viejo. Su capitán y él eran los únicos que conocían la ruta que llegaba hacia la Bahía de Giudecca, por eso tomaron las medidas necesarias para que la tripulación resistiera las temperaturas bajas pero… el calabozo del barco era el lugar más frío de todos, lo prepararon como una pequeña bodega con grilletes y fierros sin que hubiera oportunidad de un rayo de sol.
Fernández viajaría ahí… o más bien, ya se encontraba en ese lugar. Kirkland personalmente lo arrastró un día antes junto con los hombres más fuertes de la tripulación. No lo dejaron estar presente y sin duda fue lo más sabio, ya que en su desesperación habría atacado con evidente desventaja y los habrían asesinado.
La única solución viable para su liberación era llegar hasta la Bahía y escapar hacia tierra adentro. Era un terreno peligroso, escabroso, pero lo bastante viable para perderse en pocos minutos. Sólo el fallecido Primer Oficial de Joao DeSouza y él conocían el lugar, así que podrían esconderse. Arthur entonces tendría dos opciones: perseguirlos, o abandonar la isla. Lo segundo era imposible tomando en cuenta sus intenciones así que optarían por la persecución.
Tendría que irse una cuadrilla que fácilmente podrían evitar, y los que quedaran los asesinaría. Lo más seguro era que Arthur los esperara así que habría un combate... pero no quería matarlo, no lo haría, por eso se limitaría a herirlo y tomar control del barco para huir. Después enviaría a alguien que los ayudara, pero para entonces ya habrían desaparecido. Sólo necesitaba que anocheciera en la Bahía.
— ¡Velas desplegadas!
— ¡Cuerdas sujetadas!
— ¡Todos a sus posiciones! — se colocó junto al mástil asesorando todo — ¡Muévanse, desgraciados inútiles! ¡Los quiero a todos en sus lugares!
… y quizá era un plan absurdo, ingenuo, pero era la única posibilidad.
La aprovecharía… ¡lo haría! ¡Sacaría a Alejandro de ese lugar!
Todo era mejor que verlo muerto.
— ¡Bien, señoritas, escuchen! — empezó a hablar Kirkland con voz imponente. Sin duda era el capitán, era el pirata más temido de los siete mares — ¡El mundo creyó que nos había derrotado! ¡Todos en España y en Reino Unido pensaron que un hombre insignificante era suficiente para vencernos! Perdimos el Black Gold, perdimos a muchos compañeros, ¡pero seguimos aquí! ¡Estamos aquí para hacerles conocer el sufrimiento y el dolor!
Por un momento se estremeció.
Se sintió como antes, como cuando era el Primer Oficial que se llenaba de orgullo y motivación por las palabras de su capitán.
Mucho había cambiado…
— ¡Vamos a demostrarles que no se ha terminado nuestro gobierno de terror! Nadie en los siete mares estará a salvo de nosotros, nadie en los puertos dejará de temernos, ¡nos vengaremos de todos aquellos que creyeron que nos derrotaron, empezando por el Capitán Fernández! — un grito de júbilo llenó el ambiente — ¡Su sangre será el preludio de la época más oscura en la historia del mar! ¡Su sacrificio será el primero de muchos! Nadie nos vencerá, ¡nosotros gobernamos el mar porque somos piratas!
Piratas…
Entre los gritos de júbilo y las exclamaciones de vanidad, se sintió nostálgico.
Ojala nada de esto estuviera pasando… porque entre Arthur y Alejandro ya había elegido.
Era un traidor.
Y como si el capitán gobernara al viento mismo, las corrientes de aire se manifestaron impulsando las velas hacia el mar.
Poseidón nuevamente les daba la bienvenida.
…
Les tomaría semana y media llegar a la Bahía de Giudecca.
Y una vez ahí todo se decidiría.
Era el atardecer cuando llegaron a la Bahía.
Los primeros días los acompañó un buen clima con sol y pocas nubes en el firmamento azul; las corrientes de aire los impulsaban rápidamente y el mar estaba tranquilo permitiéndoles el paso.
La motivación de la tripulación era enorme ya que los viejos tripulantes anhelaban la venganza y los nuevos ansiaban el comienzo de sus aventuras. El anuncio del sacrificio del capitán Fernández era la cúspide de todos los pensamientos, era lo que hacía del ambiente jubiloso y hasta divertido.
Él, por otro lado, sólo podía callar y bajar la mirada.
Tenía que salvar a Alejandro a pesar de todo… no obstante, en esos días también Arthur le volvió a dirigir la palabra con más soltura logrando que la culpa fuera creciendo en su interior.
Ojala no hubiera tenido que elegir…
…
Al quinto día fue cuando el cielo se volvió gris, abriendo paso a una neblina espesa que comenzó a congelarles la piel.
El viento ya sólo soplaba de a ratos, el mar en sí dejó de emitir sus naturales sonidos y en el barco simplemente se escuchaba el crujido de la madera. Ni siquiera en medio de ese silencio espectral se escuchaban los gritos de Alejandro.
¿Estaría bien? ¿Podría soportar el frío? Arthur había reducido su ración de pan y agua casi por completo para mantenerlo débil… pero mantenía la esperanza de que resistiría: Alejandro era el capitán Fernández, aquel que casi venció a Kirkland y quien le dio una paliza a más de 10 hombres aún estando herido, ¡claro que podría con esto!
¿Pero su corazón seguía estando con él?
Esperaba que sí.
…
Finalmente, en ese atardecer la neblina se abrió y reveló aquella isla. No estaban demasiado lejos, por eso ya podría distinguirse la línea de costa escabrosa y de la única entrada, atravesando un túnel oscuro; no se distinguía vegetación sana como la de cualquier isla, sino que todo estaba en un tono grisáceo-negro que no tenía nada que ver con la caída del sol.
Unas aves cantaban cerca de la costa, pero no eran gaviotas sino más parecido a graznidos de cuervos; tampoco saltaban los peces, no se notaba el fondo azulino característico.
Esa isla era algo oscuro… había un mal ahí que los piratas acogieron y moldearon.
Las reuniones en ese sitio era especialmente perturbadoras y no tanto por los grandes piratas que se reunían, sino porque la isla parecía respirar la neblina. Fuera de la fortaleza, en los más simples patios, era como estar vagando en un eterno purgatorio donde los cuerpos de los vigilantes se confundían con ánimas en pena.
Era como ver un pedazo del infierno en medio del mar.
…
Atravesaron el túnel y lograron ver el puerto. Había espacio para más de 30 barcos así que encontrarse solos únicamente acentuó el escalofrío en sus espaldas.
El único que parecía cómodo era su capitán, quien ordenó que soltaran el ancla para comenzar a descender.
Todos se movieron rápido, incluyéndolo. La combinación de tensiones que se acumulaba en su estómago casi lo hacían vomitar pero debía ser fuerte, ¡ya se acercaba el momento de actuar! Todos sus sentidos estaban alertas, todo pensamiento se ordenó para que en el instante justo no fallara.
No podía hacerlo.
El barco se quedó sólido con ayuda del ancla y comenzaron a bajar; los tripulantes enseguida tomaron posiciones en los diferentes sitios de ataque, haciendo lo propio al colocarse junto a la tabla de acceso.
El capitán Kirkland bajó pero sólo avanzó unos cuantos pasos para girar sobre sus talones y quedar de frente.
— ¡Bájenlo!
Su pecho se contrajo peligrosamente.
Alex… ¡Alex!
Cinco de sus hombres más fuertes estaban custodiando a Alejandro, dos de ellos lo sujetaban por los brazos fieramente a pesar de que tenía grilletes pesados en sus manos, pies y cuello… sin duda quería tenerlo controlado porque presenciaron sus habilidades en el pasado. Arthur no dejaría ningún detalle al azar.
Cuando iba bajando por la tabla pudo verlo mejor: su piel estaba ligeramente azulada, señal de que pasó mucho frío estando en el calabozo, sobre todo con el pantalón y la camisa holgada que se puso aquella mañana juntos; se notaba cansado por la falta de alimento y seguramente de sueño pero caminaba al ritmo que le imponían; su rostro… su rostro pudo verlo apenas por debajo de los mechones desaliñados que caían por la posición semi inclinada.
Pero cruzaron una mirada. En un instante fueron capaces de verse a los ojos.
…
Un inmenso alivio lo llenó por esas pupilas que lo observaron como siempre, con brillo e ilusión.
Nada había cambiado entre ellos. El amor seguía ahí y fue alimentando por la añoranza de volver a reunirse.
Eso era todo lo que necesitaba saber.
El plan seguía en pie, ¡sólo tenía que esperar el momento preciso! Por eso se obligó a soportar cuando Arthur jaló bruscamente al capitán y lo hizo caer de cara al suelo. El sonido del golpe seco le heló la sangre pero lo soportó, incluso cuando notó que sangró un poco, lo que provocó las risas de los hombres alrededor.
— Buenas tardes, capitán Fernández — el inglés hizo una burlona reverencia propinando… una patada en el estómago del otro — Espero que haya disfrutado su viaje en nuestra habitación de primera clase, ¿le gustó la comida, nuestra encantadora compañía? ¡Seguramente se dio cuenta que el ron de mi nave es el mejor de los siete mares!
Había más y más patadas que lo hacían temblar… pero Alejandro permanecía en silencio… por un momento le pareció que lo único que se escuchaba era el sonido de los golpes y del aceleramiento de su corazón…
Faltaba poco, ¡lo liberaría!
— Pero todo principio tiene un final, miserable sabandija — le jaló los cabellos bruscamente y lo obligó a que lo mirara — ¡Voy a hacer que pagues todo lo que me hiciste! ¡¿De verdad creíste que alguien tan insignificante como tú podría vencerme?! ¡No eres nadie! ¡Sigo aquí y ahora soy más fuerte que nunca! — estrelló su rostro contra el suelo… — Vas a morir aquí, ¡yo te mataré y colgaré tu cuerpo del mástil de mi nave! ¡Así el mundo sabrá que nunca seré vencido!
Le propinó más golpes que tuvo que aguantar… ¡pero ya no podía! ¡No más!
Sin embargo, justo cuando dio un paso hacia el frente, los centinelas anunciaron que un barco se aproximaba.
¿Otro barco? Los hombres se miraron con confusión y él sólo pudo mirar a Kirkland… ¿Q-Qué estaba pasando? ¿Por qué venía otro barco? ¡¿A quién había llamado?! Sólo los piratas más reconocidos sabían llegar a la isla, pero con el deceso de varios ya eran contados los que podían acudir, ¿por qué los involucró? ¡¿Qué tenían que ver?! ¡¿Acaso su intención era la de una ejecución pública?!
Su capitán era el único que estaba tranquilo observando el túnel pero… pero ese gesto…
Era una sensación… extraña… era de tranquilidad pero a la vez de alerta, de expectación, de unas ansias que le hicieron sudar las manos…
Sólo lo había visto así una vez y fue en Campeche, justo cuando decidió que Alex sería su prisionero… cuando supo que tenía que ver con la familia Fernández Carriedo…
…
Entonces lo supo.
Volteó tan rápido a mirar el túnel que pensó que se había roto el cuello…
Imposible… ¡Imposible…!
De la luz emitida por las antorchas distinguieron a un barco más pequeño de madera recién pulida y velas completamente blancas. En el costado de la proa se leía "La Esperanza" y varios de sus compañeros se asomaron para hacer señas de que todo estaba en orden.
Anclaron el barco e inmediatamente los hombres cercanos tomaron posiciones de batalla amenazando con sus sables y con los tiros de pistola que poseían. Arthur se limitó a dar un gran paso por encima del cuerpo tirado de Alejandro, su pobre Alejandro que ya sangraba por la nariz y la boca por los golpes propinados.
Desplegaron el pequeño puente de madera para comenzar a bajar. Primero lo hicieron dos de sus hombres y luego… venía alguien detrás de ellos, escoltado por otros dos hombres a sus espaldas.
Él… no podía pensar… se había quedado paralizado.
No podía ser…
Era un hombre de la edad de Arthur; alto, delgado pero con extremidades fuertes, de piel apiñonada que se notaba suave y cuidada bajo la luz del fuego; su cabello era castaño, semi ondulado, acomodado en una coleta baja con una cintilla roja y con varios mechones cayendo por su frente. Le pareció ver que en su oreja derecha tenía una pequeña arracada de oro en señal de su buena posición económica, pero también se notaba que su ropa era de altísima calidad: su pantalón era color marrón, camisa blanca de algodón fino, botas negras de cuero recién lustrado y una gabardina en color vino con botones de oro, hilos de plata y dobladillos bien cuidados.
Pero sus ojos… esos ojos verde esmeralda que lo veían todo con desprecio, con altanería, con una frialdad que no se comparaba al ambiente de la noche, pero que presentaban la ironía de la amabilidad y de la educación.
Bastó un leve recorrido para que varios de los presentes sintieran que no estaban frente a un hombre.
Esos ojos… se parecían a los de Arthur cuando su humanidad se perdía por completo… pero eran diferentes también.
¿Quién o qué era ese sujeto?
Pero ya lo sabía. Lo sentía tan bien en la boca del estómago que le crujieron los dientes.
Recordó esa primera noche con Alex… su llanto, sus gritos, el nombre que pronunció en medio de un relato escalofriante e indigno…
Malnacido hijo de perra…
Llegó al suelo y caminó un par de metros hasta llegar frente a Arthur.
Presenciar el encuentro de ambas figuras no se comparó a nada que hubiese vivido antes… esto era un nuevo nivel, era algo que ningún hombre debería presenciar.
Y entre su falta de respiración, en el instinto que les exigía escapar, pudieron escuchar las primeras palabras.
— Vaya, vaya, me alegra tanto que hayas decidido acompañarnos, ¿tuviste una travesía agradable?
— Por supuesto, sin duda recorrer un mar inexplorado siempre es emocionante, pero me temo que tus hombres no lo hicieron del todo placentero.
— Oh, me disculpo por sus malos modales, pero tienen órdenes de que exterminen a las ratas cuando las ven. No lo tomes personal.
—… pero es personal, ¿no, Kirkland?
Lo vieron crujir la mandíbula y varios retrocedieron alzando todavía más sus sables.
Nunca vio nada parecido.
— Efectivamente, esto es personal, Antonio.
Antonio Fernández Carriedo de Velazco y Mendoza. Juez de la Real Audiencia de Sevilla, miembro honorario del Consejo de Indias, descendiente de los Duques de Valencia y Córdoba, primo segundo de los reyes de España.
Antonio, "El Santo Inquisidor de los Piratas" frente a Arthur Kirkland, "La Bestia del Océano"
— Siempre lo fue.
