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Wou! Como es eso que ya saben quien es la asesina? Me quieren contar?
michelle eh! Cuida el vocabulario.
Jaja ntc me encantan tus reviews llenos de emoción.
respecto a la otra historia quien la sigue uff. Tardare un poco digamos que mi inspiración falla.
un honor leerlas y que les esté gustando la historia gracias por sus reviews. Sin les dejo leer
Regina seguía pensando en lo que acababa de escuchar, mientras esquivaba el denso tráfico de Boston subido a su Honda negra. En un momento dado, se cuestionó los motivos por los que investigaba el pasado de Emma Swan en vez de centrarse en el presente para esclarecer el asesinato de Katheryn Nolan. Era cierto que la psicóloga la atraía más de lo que deseaba admitir y, después de oír su historia, se sentía aún más fascinada por ella; pero no era por eso por lo que estaba llevando esa investigación paralela. Tenía el presentimiento de que, a pesar de que las apariencias y los antecedentes de Katheryn apuntaban a un móvil sexual, el asesinato estaba relacionado de alguna manera con la señorita Swan. Si no, ¿por qué alguien había envenenado a su perro? Además, ¿quien había entrado en su habitación mientras dormía? Quizá esa muchacha que estaba loca por ella. Regina Mills no descartaba a ningún posible sospechoso. Había echado un vistazo al historial de Elsa Arandela y, desde luego, la chica no era ningún angelito. No, ahí había algo más de lo que a simple vista podía apreciarse. La policía siempre había confiado en su instinto y hasta entonces no le había fallado.
Nada más llegar a la comisaría Astrid le informó de que la había llamado el forense, así que en cuanto se sentó en su mesa le devolvió la llamada.
—Buenos días, Mills. Ya he averiguado cuál fue el arma del crimen. —El forense, con el que había trabajado en multitud de ocasiones, no se anduvo por las ramas—. La muchacha fue asesinada con un corvo chileno.
—¿Un qué? —Regina jamás había oído hablar de semejante arma.
—Es un cuchillo tradicional de Chile que se usa para la lucha cuerpo a cuerpo. Al parecer es una versión del llamado cuchillo de marras que se usaba en la Península Ibérica para la vendimia. En Chile desarrolla un tamaño y un peso mayor, y fue utilizado por ganaderos y agricultores hasta la guerra de la Confederación Perú-Boliviana...
—Venga, doctor Whale, no me maree con tantos datos —le interrumpió la detective sin contemplaciones. Al parecer el forense debía estar acostumbrado, porque no se molestó en ofenderse.
—Ya sé que desperdicio mis conocimientos en una panda de analfabetos funcionales como ustedes. En fin, usted se lo pierde, Regina, acuérdese de la famosa frase: el saber no ocupa...
De nuevo el la detective lo cortó en seco. El doctor Whale era un gran profesional, pero tenía alma de profesor frustrado y en cuanto empezaba a disertar sobre un tema era difícil detenerlo.
—¿Puede mandarme una foto?
—Abra su correo; la está esperando en su bandeja de entrada. En fin, le haré un pequeño resumen: con un corvo no se pueden asestar puñaladas frontales. La hoja es introtorsa, es decir, el filo principal es el interno, por lo que se coloca con la punta para abajo y se utiliza como si fuera la garra de un animal. Las heridas que provoca, similares a los zarpazos de un gran felino, son devastadoras. Los corveros buscan siempre un golpe certero para acabar con sus oponentes de un solo tajo pero, en esta ocasión, o el asesino no sabía usar ese tipo de cuchillo con destreza o lo utilizó de forma sádica. Yo soy de la opinión de que el asesino buscaba causar el mayor daño posible.
A pesar de que Regina Mills era una policía curtida, las palabras del forense le provocaron un estremecimiento.
—Muchas gracias por la información, doctor Whale.
En cuanto colgó con el forense llamó el agente de la policía científica encargado de buscar huellas en la furgoneta de Jefferson Jorgal, para decirle que no había encontrado ningún rastro de la presencia de la chica en el vehículo. Regina consultó sus notas sobre Jefferson. El hombre había nacido en Ecuador, lo cuál tampoco significaba nada. No hacía falta ser chileno para manejar uno de esos cuchillos; era como decir que ningúna persona de Boston aficionado a las artes marciales podía estar en posesión de una katana.
En ese instante, sonó el teléfono una vez más. Esta vez Astrid no se molestó en preguntar y le pasó con Emma Swan directamente:
—¡Detective, he encontrado algo que pueda interesarte! —Ni siquiera le dio los buenos días. La voz de la joven sonaba tan excitada que Regina no pudo evitar que los latidos de su corazón se aceleraran—. Su diario. ¡El diario de Katheryn! Estaba dentro del colchón. Habla de una mujer. Al parecer estaba enamorada de ella, pero en ningún momento la llama por su nombre.
—¡Bien hecho, Emma! Les daré un buen tirón de orejas a mis hombres por haberlo pasado por alto cuando revisaron las pertenencias de Katheryn
—La verdad es que estaba muy bien escondido. Incluso se había molestado en coser un pequeño cierre en la funda del colchón, por lo que la abertura resultaba casi invisible. Por fortuna, Granny es de las que limpia a conciencia y cuando ha quitado la funda para lavarla lo ha descubierto. En cuanto termine en la consulta, se lo llevo; calculo que pasaré por la comisaría hacia las cuatro.
Emma colgó antes de que Regina pudiera decir algo.
—Se te ve contenta —afirmó Zelena que entró justo en ese momento. La detective borró de sus labios la sonrisa que había esbozado sin darse cuenta y se encogió de hombros.
A las cuatro menos cinco Zelena, que se había encontrado con Emma delante del edificio, la escoltaba con amabilidad hasta el despacho de Regina.
—Regina, la señorita Swan te busca —dijo y se dio la vuelta, no sin antes guiñarle, maliciosa, un ojo a Regina con disimulo.
La detective reprimió la irritación y, deliberadamente, permaneció sentada en la silla, al tiempo que la saludaba con fingida indiferencia. Sin prestar ninguna atención a su fría actitud, Emma se acercó a la mesa y le tendió un pequeño cuaderno con los ojos chispeantes de entusiasmo.
—Lee esto. —Se aproximó aún más a Regina y se inclinó por encima de su hombro para buscar con dedos nerviosos la página deseada.
La mejilla de Emma quedó muy cerca de la suya y la suave fragancia, fresca y ligera, que la caracterizaba asaltó sus fosas nasales con violencia, mientras un pecho suave rozaba apenas su hombro. Regina miró la página que Emma le señalaba, pero estaba demasiada aturdida para concentrarse, y la desordenada escritura de Katheryn Nolan bailó ante sus ojos sin que pudiera encontrarle ningún sentido. Enojada consigo misma, Regina hizo un esfuerzo para recuperar sus facultades.
—Una amante secreta... —fue lo único que dijo cuando consiguió descifrar la enrevesada caligrafía.
Emma asintió, mirándola con sus luminosos iris de color esmeralda.
—Kusemagi, un apodo extraño "Nunca lo había oído, quizá nos dé una pista. Al final del todo —siguió explicando, mientras se inclinaba sobre Regina vez más y pasaba las páginas del diario, impaciente—, parece que se pelean. Desde luego, es evidente que ella está furiosa.
—Veamos. —Regina apartó un montón de papeles y desenterró su portátil. Tecleó Kusemagi en el buscador de Google y enseguida aparecieron ante sus ojos numerosas páginas repletas de información. Abrió una de ellas y empezó a leer en alto—:
«Kusemagi -no-tsurgise (joder, menudo trabalenguas): espada legendaria japonesa. Se dice de ella que tiene muchos y devastadores poderes que se reciben al usarla, entre ellos, le otorga al que la lleva el poder de controlar el viento. La espada se guarda junto con otros de los tesoros imperiales de Japón». Parece que nuestra amiga, si es que es la misma que asesinó a Katheryn, tiene fijación por los objetos cortantes: la espada Kusemagi, un cuchillo corvo chileno..."
"—Objetos cortantes de lo más exótico —precisó Emma— . Nunca había oído hablar de esta espada, ni del cuchillo que acabas de mencionar.
—No podemos estar seguras de que la amante sea también la asesina —replicó la policía.
—Yo estoy convencida de ello —afirmó Emma con los ojos brillantes.
—Uuhh, ¿llevas la bola de cristal en el bolso?
—Eres una idiota, detective —respondió ella, mirándola con el ceño fruncido.
—Venga, vamos a tomar algo. Tengo hambre —anunció Regina, impaciente, al tiempo que se levantaba y cogía su saco del respaldo de la silla.
Molesta por sus modales autoritarios, Emma estuvo a punto de negarse pero, en ese instante, sus tripas emitieron un sonido elocuente y le recordaron que aún no había comido. Justo cuando salían del edificio, estuvieron a punto de darse de frente con una mujer vestida con unos ceñidos pantalones de cuero, botas negras con tacones de al menos diez centímetros, chaqueta entallada y ribeteada de piel que resaltaba el considerable tamaño de sus senos y, por contraste, su estrecha cintura—, y unas enormes gafas de sol que casi le tapaban el rostro. La mujer se acercó a ellas con un provocativo contoneo de caderas y la rubia melena ondeando al viento.
—Regina, querida, necesito hablar contigo. Te invito a tomar algo en el bar de Pintxo.
Ni siquiera se molestó en dirigir una mirada a Emma que, divertida, observaba la expresión ceñuda de la detective.
—Lo siento Ingrid, pero iba a tomar algo con la señorita Swan. —A pesar de que sus ojos estaban ocultos tras las inmensas gafas de sol, Emma adivinó la mirada desdeñosa con la que la llamativa amiga de la detective recorrió su cuerpo.
—Me gustaría saber desde cuando te gustan a ti las mujeres con una copa B de sujetador. —Su voz, ligeramente aguda, destilaba veneno."
"—¡Ingrid! —grito Regina, haciendo que ambas se sobresaltaran.
—No se preocupe, Ingrid. La detective Mills no tiene ninguna intención amorosa respecto a mí, simplemente íbamos a hablar de uno de los casos que está investigando. —La amplia sonrisa de la psicóloga le indicó a Regina que la joven se lo estaba pasando en grande a su costa y que disfrutaba de su evidente incomodidad. Furiosa, rechinó los dientes, pero antes de que pudiera decir algo, Ingrid se dirigió a Emma en un tono mucho más amable.
—Perdona, cariño, pero tengo que hablar con Regina. Es urgente. Tenemos que arreglar un malentendido.
—Ahora no, Ingrid. Ya te llamaré, y te lo advierto, si vuelves a buscarme a la comisaría o causas el más mínimo escándalo cerca de Emma, te arrepentirás. —Su mirada amenazadora no dejaba dudas respecto a la sinceridad de sus bruscas palabras.
La policía agarró a Emma de la muñeca y tiró de ella en dirección a un modesto bar que había en la esquina, pero la joven se volvió y le gritó a la mujer que se había quedado inmóvil sobre la acera:"
"—Ingrid, no debe permitir que nadie le hable así. Usted es mucho más que un gran par de pechos. Si solo se ve a sí misma como un cuerpo atractivo y no como un ser humano con necesidades y sentimientos, las mujeres no la tratarán mejor que a un pedazo de carne, como acaba de hacer la detective Mills. No lo permita, Ingrid, usted se merece mucho más. Créame, sé de lo que hablo, soy psicóloga...
Emma se vio obligada a dejar de lado sus consejos, pues ahora Regina la arrastraba, literalmente, hacia el bar.
—¡Eres una mujer horrible! —le soltó la chica mientras se derrumbaba sobre una de las sillas de madera y se frotaba la muñeca dolorida—. No entiendo cómo alguien puede tratar así a una persona. Espero que algún día te enamores de una mujer que te haga sufrir.
—¿Qué es esto? ¿La maldición de la bruja Avería? —Su sarcasmo hizo que Emma la mirara con rencor—. ¿Y puede saberse a qué ha venido ese psicoanálisis barato en mitad de la calle? —colérica, Regina se pasaba la mano, una y otra vez, por el revuelto cabello castaño.
—Me voy —afirmó haciendo amago de levantarse de la silla, pero la policía posó una de sus manos sobre su hombro y la obligó a sentarse de nuevo, al tiempo que con la otra hacía una seña al camarero—. ¡No puedes obligarme a comer contigo! —siseó, furiosa.
—Perdona. —Atónita, la joven clavó en Regina sus pupilas como si no pudiera creer que esa sencilla palabra, pronunciada en un tono apenas más fuerte que un susurro, hubiera salido de los apretados labios de aquella mujer que, sentada frente a ella, la miraba con expresión tormentosa. También Regina estaba sorprendida consigo misma; pedir disculpas no era uno de sus deportes favoritos, precisamente. Emma la observó sin decir nada y esperó a que fuera Regina quien hablara, así que Regina continuó—: Ha sido una escena desagradable, no debiste verte envuelta en ella.
"—Soy una mujer fuerte, detective, puedo resistir casi cualquier cosa, pero odio ver cómo la gente es cruel con sus semejantes. —La detective tuvo la decencia de enrojecer ligeramente y Emma se alegró al comprobar que todavía era capaz de sentir cierta vergüenza—. Es evidente que la pobre Ingrid está enamorada de ti algo que, aunque no puedo entender —Regina no pudo contener un respingo al oír sus palabras—, imagino que no puede evitar, así que, por favor, intenta tratarla un poco mejor, aunque solo sea por caridad humana.
Sus hermosos ojos verdes la miraban muy serios y, a pesar de la incomodidad que sus palabras le causaban, Regina se alegró al ver que parecía haber olvidado su intención de marcharse. También se alegraba de captar su completa atención, aunque solo fuera para recibir una reprimenda. Sus confusos sentimientos respecto a la señorita Swan empezaban a asustarla. Regina siempre había buscado mujeres físicamente espectaculares y, a ser posible, no demasiado inteligentes. Su "lema era: «disfruta del sexo presente, sin caer en el aburrimiento futuro». Así que, en cuanto notaba que la mujer de turno se volvía posesiva, soltaba lastre de inmediato y se alejaba de ella a toda velocidad.
Pero tenía claro que una relación con Emma Swan sería algo diferente por completo. En el caso de que ella accediera —lo cual vista la antipatía que sentía por ella no parecía muy probable—, presentía que no le iba a ser fácil salir por pies y con el corazón indemne. Solo de pensar que pudiera enamorarse la aterrorizaba, había visto de cerca lo que el amor le había hecho a su padre y había jurado no caer jamás en esa trampa. De pronto, Regina oyó que ella le preguntaba algo, así que hizo un esfuerzo para hacer a un lado esas sombrías imágenes que no la conducían a ninguna parte.
—¿Perdona?"
"—¿Qué opinas de lo que has leído en el diario de Katheryn? —repitió.
El camarero llegó en ese momento con las bebidas y unas raciones que devoraron, hambrientas, sin dejar de hablar del caso. Luego surgieron otros temas de conversación más generales y sus carcajadas resonaron a menudo durante la comida. Las dos tenían un marcado sentido del humor —el de Regina un tanto mordaz— y, cuando Emma anunció que tenía que irse, la detective miró el reloj sin poder creer que hubiera pasado ya una hora y media.
—¿Has venido en coche?
—No. Yo bajo a trabajar en tren todos los días.
—Venga, te acercaré a la estación. Nuevos Ministerios, ¿no?
—Sí, pero no hace falta que me lleves, iré en metro —respondió Emma abotonándose la chaqueta.
—No discutas. Te acercaré en la moto, no tardaré nada. —Regina zanjó la discusión con su habitual tono autoritario.
—No me gusta que me des órdenes, detective. Está claro que no conoces la palabra mágica —gruñó, enojada."
"—No te estoy dando órdenes. ¿Y cuál es la palabra mágica? —Regina colocó una mano en la parte baja de su espalda y, con una leve presión, la condujo con firmeza en dirección a la comisaría.
—Por favor.
—Por favor, señorita Swan, ¿me concede el honor de acompañarla a la estación de tren?
—preguntó, sarcástica, pero Emma le dirigió una sonrisa burlona y contestó:
—Será un placer, detective Mills.
La Honda estaba en el aparcamiento de la comisaría, así que tomaron el ascensor que en ese momento iba lleno de gente para bajar al tercer sótano, donde Regina tenía su plaza de aparcamiento. Seguían charlando animadamente cuando, de repente, la cabina se detuvo con brusquedad y las luces se apagaron de golpe. El leve resplandor de la luz de emergencia apenas atravesaba la penumbra reinante, y varios de los ocupantes del ascensor empezaron a chillar, asustados.
Sin perder la calma, Regina pulsó el botón de socorro y consiguió hablar con un operario. Al parecer, se trataba de una avería en la red eléctrica y solucionarla iba a llevar bastante tiempo. El técnico de mantenimiento les dijo que tendrían que acceder al ascensor de forma manual y, al haber varios aparatos en el edificio, aún les tocaría esperar un rato hasta que les llegara el turno.
—Será mejor que nos pongamos cómodas.
La policía se sentó en el suelo y obligó a Emma a sentarse entre sus piernas. El resto de los ocupantes del ascensor las imitó y, al ser tantos, el espacio quedó bastante reducido.
—¡Estás temblando! —Sorprendida, la rodeó con uno de sus brazos y la atrajo hacia sí.
—Confieso que no me gusta la oscuridad, de noche siempre enchufo una de esas lamparillas para bebés en mi habitación.
Hablaban en susurros y sus palabras pasaban desapercibidas entre las protestas y las quejas del resto de los encerrados.
"—¿Y eso?
Sin poder contenerse la detective hundió la nariz en su pelo y aspiró con fuerza. Su suave perfume le provocó un escalofrío, sintiendo que se mojaba lentamente. Sin percatarse de nada, Emma se acomodó mejor contra Regina, buscando una postura más confortable, y Regina apretó las mandíbulas hasta hacerse daño en un intento de evitar que un gemido atormentado saliera de su garganta. Era increíble el deseo que esa pequeña mujer podía despertar en Regina. Si no estuvieran rodeados por esa multitud quejosa, pensó Regina, la tumbaría sobre el frío suelo del ascensor y, sin perder el tiempo en estúpidos juegos previos, le bajaría los pantalones, le arrancaría las bragas y le introduciría los dedos hasta lo más profundo de su ser de una sola embestida.
—Una de mis numerosas familias de acogida, decidió curarme mis «rarezas», como ellos las llamaban, encerrándome en un armario. A pesar de que he acudido a terapia durante años, no he conseguido superar mis terrores infantiles."
Las palabras de Emma cortaron en seco el rumbo lascivo que habían tomado los pensamientos de la policía. Avergonzada de sí misma, Regina la estrechó aún más y ella se sintió un poco más relajada. Notó como los labios de la detective se posaban con suavidad sobre su pelo y, de nuevo, la sorprendió que ese mujer que, en general, era brusca y antipática pudiera, al mismo tiempo, comportarse con tanta ternura.
En ese momento se oyeron algunos golpes y voces fuera del ascensor y, pocos segundos después, uno de los operarios de mantenimiento del edificio abría la puerta de acero con una llave especial. Hubo un suspiro colectivo de alivio. La única que lamentó la liberación fue Regina, que se encontraba de lo más a gusto con la señorita Swan recostada sobre ella. De mala gana se incorporó, la agarró de los brazos y la levantó con cierta violencia, como si no pesara nada. La dulce sonrisa de agradecimiento que le dirigió Emma fue un nuevo ataque frontal a su autocontrol, así que la miró con una expresión molesta que hizo que Emma se preguntara a qué se deberían los frecuentes cambios de humor de aquella mujer.
—Toma. —Regina quitó el candado de la moto y le tendió un casco, pero Emma se negó a tomarlo.
—Prefiero que lo uses tú.
Con brusquedad, Regina se lo colocó en la cabeza, se lo ató de malos modos y le dio una palmada en lo alto que hizo que Emma viera las estrellas.
—Te gusta mucho discutir.
—¡Eres una mandona y un bestia! —replicó, enfadada, al tiempo que se ajustaba el casco que la policía le había incrustado hasta casi taparle los ojos. Sin prestarle atención, Regina ordenó:
—Sube y agárrate fuerte.
Hacía mucho que la joven no montaba en moto y menos a la velocidad a la que conducía la detective, así que obedeció y se aferró a su cintura como una larva.
«Tenía que ser policía», se dijo, irónica, mientras zigzagueaban de manera temeraria entre los coches.
En pocos minutos llegaron a la estación de Nuevos Ministerios. Emma se bajó de la moto y le devolvió el casco, se despidió con: «Adiós y gracias», y se alejó a toda prisa. A la policía le divirtió su actitud hostil y la siguió con la mirada hasta que desapareció por unas escaleras mecánicas. En cuanto la perdió de vista, a pesar de estar rodeada por una multitud de gente que iba y venía, Regina Mills se sintió extrañamente sola.
Ya saben como es esto, reviews y entre mas sea más rápido y extenso será. Gusto de leerlas hasta la próxima.
