lyzzcullensalvatoreswanqueen/tamysnape/Sweetbastard/michii15/Franchiulla

/mariasagarmzn/NewBlitzsi

Cualquier error una disculpa

un honor leerlas y que les esté gustando la historia gracias por sus reviews. Sin les dejo leer


"…Pegada a la húmeda pared de piedra, trata de confundirse con ella. Inmóvil por completo, procura controlar su respiración agitada y aguza los oídos intentando captar el menor sonido que delate su presencia. Sabe que él está allí, oculto en algún lugar de aquella sofocante oscuridad, aguardando paciente...


El sábado Emma despertó tarde, pero con una inmensa sensación de cansancio. Jirones de aquel sueño recurrente se mezclaban en su cabeza con las imágenes de la detective Mills besándola enloquecida. Luchó por desterrarlas todas al rincón más oscuro de su cerebro. No quería pensar.

Con decisión, hizo a un lado las sábanas, saltó de la cama y abrió la ventana y las contraventanas de par en par. Después se inclinó sobre el alféizar, cerró los ojos y con un gesto de deleite, inspiró el aire fresco de la mañana que arrastraba aromas de jara y pino. Apenas quedaban un par de semanas para que el invierno tomara posesión, pero unos flecos tardíos del veranillo de Storybrooke hacían que el sol brillara con fuerza, si bien unas nubes espesas se habían posado, amenazadoras, sobre los agudos picos de la sierra. En ese momento, Emma escuchó en el jardín las voces de August y Ruby que, como de costumbre, parecían estar peleando por algo y les llamó:

—¡Chicos, necesito un par de voluntarios que vayan poniendo la mesa, hoy desayunaremos en el jardín! Me ducho y bajo en cinco minutos.

Al oírla, los pequeños dejaron de discutir. August miró hacia arriba y extendió la mano con el pulgar en alto. Ruby se llevó los dedos a la frente en un saludo marcial y contestó:

—¡A la orden! —Y ambos corrieron en dirección a la casa, olvidados sus pleitos por unos momentos."

Emma no tardó en bajar vestida con unos ajustados vaqueros, un cálido jersey de lana gris y el pelo suelto, todavía húmedo. Cuando salió afuera los tres chicos la esperaban sentados a la mesa sobre la que estaba dispuesto un apetitoso desayuno y los pequeños gritaron:

—¡Sorpresa!

—¡No puedo creerlo! ¡Qué detalle! ¿De dónde han sacado el pastel? —Emma se sentó, y se sirvió un poco del aromático café.

—Lo hizo Granny ayer. Yo solo he preparado el café y los enanos se han ocupado del resto. —Elsa sonrió y la violencia habitual de su semblante se diluyó como un azucarillo en un vaso de agua.

—Mil gracias, chicos, es todo un detalle. ¿Qué tal está tu mano? —preguntó Emma mientras cortaba un trozo de pastel y se lo pasaba a August, que en ese momento estaba de lo más entretenido comiéndose con la cuchara los grumos de cacao que flotaban en su taza.

—La férula resulta algo incómoda, pero no me duele. Lo malo es que esta semana quería acabar de reparar la mesa que me dejó la dueña de la mercería. —Elsa se encogió de hombros, resignada.

"—No te preocupes, solo tendrás que llevarla durante una semana y estoy segura de que Mary no tiene prisa.

El desayuno resultó muy alegre y Emma se rió varias veces con las ocurrencias de los niños. Con la llegada de la mañana, los temores y las preocupaciones del día anterior parecían haber desaparecido como por ensalmo. Rodeada de la belleza de los altos pinos, con los rayos de sol resbalando sobre su rostro y los trinos de los pájaros en las ramas, parecía imposible que ese hermoso universo pudiera albergar ningún tipo de maldad. Acababa de dar cuenta de la última miga de su porción de pastel, cuando escuchó el motor de un vehículo. Todos volvieron la cabeza hacia el camino, pero fue Elsa, que tenía vista de halcón, la primero en reconocer a la visitante.

—Es Keyla. —En su voz se adivinaba un ligero fastidio.

Keyla Jones los saludó desde lejos y se acercó hacia la mesa con rapidez. A pesar de su semblante preocupado estaba muy atractivo con los elegantes pantalones de franela gris, el jersey de angora y un par de relucientes zapatos que parecían fuera de lugar en el campo.

—Emma, ¿cómo estás? En el bar del pueblo no se habla de otra cosa. —Su amiga se sentó a su lado en una de las sillas de las que acababan de levantarse los pequeños, tomó su mano y la miró con inquietud.

—Estoy bien, Keyla. Fue un desagradable incidente y gracias a Dios y gracias, por supuesto, a Elsa aquí presente —Emma le guiñó un ojo a la muchacha—, ya pasó.
Keyla se volvió hacia ella, pero antes de que pudiera decir nada, Elsa se levantó, recogió su taza con gesto hosco y se marchó en dirección a la casa.

—La chica es muy posesiva contigo, está claro que no le gusto. —Keyla acarició la mano de Emma con suavidad, hasta que ella la retiró algo incómoda.

"—Es una fase. Dentro de nada se le pasará —contestó la joven, quitándole importancia

—. ¿Quieres un café? ¿Un trozo de pastel?

—Nada, gracias, acabo de desayunar. ¿Te hizo algo ese hombre? —Sus ojos, verdes se clavaron en las pupilas de Emma como si trataran de arrancarle la verdad. Al ver esa mirada atormentada, fue ella la que extendió la mano y la colocó sobre su brazo tratando de tranquilizarla.

—De verdad que no. Elsa llegó justo a tiempo.

—¡Bendita Elsa ! —Keyla esbozó una sonrisa, que Emma le devolvió con dulzura. A los ojos de la mujer asomó una profunda emoción, pero antes de que ella consiguiera descifrar su expresión, Keyla se levantó echando la silla hacia atrás—. Bueno, tengo que marcharme. solo quería ver cómo estabas, tengo una reunión en Boston y ya llego tarde.

—Pero si es sábado —protestó Emma que se levantó a su vez y la acompañó hasta el coche—. Trabajas demasiado."

"—Algún día bajaré el ritmo —prometió Keyla, sonriente. Al instante, recobró la seriedad y, como si fuera incapaz de contenerse, la rodeó con sus brazos y la apretó con fuerza contra sí, mientras susurraba en su oído—: Cuídate, Ems, No podría soportar que te ocurriera nada malo.

La soltó de golpe, y sin volverse a mirarla, subió al coche, arrancó y el vehículo desapareció a toda velocidad por el camino de tierra.

—Que escena tan enternecedora. —Una voz sarcástica resonó a su espalda y Emma se volvió, sobresaltada.

La detective Mills, la miraba indolente, con el hombro apoyado sobre el grueso tronco de un pino y los brazos cruzados sobre su pecho. Debía haber aparcado antes de llegar a la casa porque Emma no vio ni rastro de la Honda negra. Con sus pantalón tan formal, y el saco abierto mostrando una camisa de algodón y unos pechos y sujetador sobresaliente de esta.

La inesperada aparición de la policía tiñó las mejillas de Emma de rojo y la joven se mordió el labio inferior, mientras trataba de recuperar la calma. Cuando consiguió serenarse un poco, preguntó enojada:

—¿Qué haces aquí?

—Estoy investigando un caso de asesinato, ¿recuerdas? —contestó, mordaz.

Regina estaba rabiosa. Al verla en los brazos de Jones su primer impulso había sido abalanzarse sobre ella y tumbarla sobre la áspera tierra de un puñetazo, y esa estúpida reacción la ponía aún más furiosa. Miró el rostro sonrojado de Emma y deseó, más que nada en el mundo, enrollar su puño en el sedoso cabello ya seco que parecía crepitar bajo los rayos del sol, forzarla a levantar el rostro hacia ella y besarla hasta cortarle la respiración. Frustrada por no poder dar rienda suelta a la incendiaria pasión que la atenazaba cada vez que la miraba, le soltó uno de sus corrosivos comentarios—: No todas tenemos tiempo que perder pasando de mano en mano.

—¡Eres una...! —Emma apretó los puños hasta clavarse las uñas en las palmas pero, con un esfuerzo sobrehumano, consiguió controlarse y se contentó con lanzarle una mirada de desprecio.

Furiosa, se dirigió hacia la mesa donde empezó a recoger los restos del desayuno. Llenó una bandeja con un montón de platos y tazas y se alejó en dirección a la casa. Al llegar a la cocina la soltó con un golpe seco sobre la encimera y, al volverse, casi se dio de cabeza con el pecho de la detective que entraba en ese momento con la cafetera en una mano y el plato con los restos del pastel en la otra.

—¡Caramba, Emma, mira por donde vas! ¡Encima de que trato de ayudarte, por poco me haces tirar el café! —exclamó con fingido pesar.

—Si de verdad quieres ayudarme lo mejor es que te largues a buscar a Jefferson Jorgal. Te aseguro que en esta casa no lo vas a encontrar —bufó ella, rabiosa, tratando de esquivar el obstáculo de su cuerpo.

"—Tranquila. Tengo a varios hombres rastreando el monte, te prometo que no se va a escapar. Por cierto, registramos su casa y encontramos tu ordenador y el reloj de Granny

—declaró sin hacer ningún intento de apartarse de su camino, mientras observaba, divertida, su desacostumbrada demostración de mal humor.

—Me alegro. Granny le tiene mucho cariño a ese reloj.

—-Quiero que vengas conmigo.

—¿A dónde? —preguntó, desconfiada, alzando mucho la cara para tratar de descifrar su expresión.

—A Boston.

En el súbito silencio que se hizo en la cocina, el único sonido que se oía era el del grifo del fregadero que goteaba. Emma se quedó rígida y su rostro empalideció de golpe.

—¿Qué pretendes? —Sus palabras sonaron ásperas, parecía que les costaba trabajo salir de su garganta.

La detective, que ahora estaba muy seria, posó sus delicadas manos sobre sus hombros, clavó los ojos en las pupilas esmeralda de Emma y, sin apartar la vista de ella, afirmó después de unos segundos:

—Es hora de conocer la verdad.

Por los expresivos iris de Emma pasaron muchas emociones, pero para la policía la más evidente fue el pánico. Resultaba obvio que si no había tratado antes de averiguar nada sobre su pasado era debido al paralizante temor que le producía lo que pudiera descubrir, pero ella estaba decidida a que hiciera ese viaje en el tiempo. Ya era hora de que Emma Swan averiguara, por fin, por qué su infancia y su primera juventud habían sido como la deriva de un madero que alguien hubiera echado al mar, a merced de las olas y el viento.

Como si ella hubiera llegado a la misma conclusión, cerró los párpados durante unos instantes y, cuando los abrió de nuevo, había un brillo de determinación en su mirada."

"—Tienes razón. Iré contigo.

Orgullosa de ella, Regina apretó sus hombros con fuerza, tratando de transmitirle su apoyo y luego la soltó. Antes de salir de la cocina, se volvió una vez más y le ordenó

—Abrígate, iremos en moto.

Un cuarto de hora después, rodaban encima de la potente Honda por las cerradas curvas del Puerto de Navacerrada. A pesar de que la carretera estaba limpia, había nieve acumulada en las cunetas y sobre las ramas de los inmensos y fragantes pinos de Valsaín. Mills conducía a gran velocidad y en alguna de las famosas Siete Revueltas de la vertiente de Boston su rodilla rozó peligrosamente el asfalto. Emma se aferraba con fuerza a la cintura de la detective, dividida entre el temor a sufrir una caída y la excitación de sentir la aceleración del poderoso vehículo y la fuerza del viento que empujaba hacia atrás el casco que le había prestado Elsa. El aire era frío, pero el sólido cuerpo de la detective le transmitía su calor y, con la cabeza casi apoyada sobre su espalda, Emma veía pasar como una exhalación el bello paisaje serrano.

En lo que a ella le pareció un abrir y cerrar de ojos, avistaron el impresionante acueducto que en tiempos de los romanos abastecía de agua a la ciudad. Regina se dirigió hacia el antiguo casco urbano sorteando coches y turistas con habilidad y, poco después, se detuvo ante el portal de una antigua casa de piedra, rehabilitada y convertida en pequeños apartamentos. La policía detuvo el motor, se quitó el casco y se volvió hacia ella, ahuecando sus enmarañadas greñas con sus dedos delicados.

—¿Qué tal la excursión? Ha estado bien, ¿verdad? —Sus ojos oscuros brillaban con un resplandor gemelo del de las pupilas de Emma.

—Sí, ha estado bien —admitió Emma, al tiempo que se quitaba el casco y sacudía su melena rubia para que recuperase el volumen."

"—Se nota que estás acostumbrada a ir en moto. Casi no sentía tu peso y te anticipas muy bien en las curvas. —Regina se quitó los guantes mientras hablaba, sin apartar la vista del resplandeciente rostro de Emma, enmarcado por los suaves cabellos dorados. Emma se encogió de hombros y contestó:

—Salvo el día en que me acompañaste hasta la estación, no montaba en moto desde los dieciséis años. Reconozco que me ha gustado revivir esa sensación de intensa libertad que te da rodar a toda velocidad.

Al escuchar la referencia al tiempo que había pasado desde la última vez, Regina ató cabos con rapidez y dedujo que la moto en la que había montado a esa edad debía ser la de su novio muerto. Sin saber por qué, eso la molestó y su ceño se volvió tormentoso una vez más. En silencio, aseguró la moto con la pata de cabra y le puso el candado. Luego tomo los cascos de ambas y masculló con brusquedad:

—Sígueme.

Sin saber qué había dicho que hubiera podido molestarla, Emma se encogió de hombros y obedeció. La detective pulsó el timbre del portero automático y, segundos después, entraban en un oscuro vestíbulo. La puerta de un piso próximo a la escalera se abrió y un hombre, de unos setenta y tantos años y abundante pelo blanco, salió a recibirlos con un saludo amable.

—Buenos días, detective Mills. Soy Henry Colings. — se estrecharon la mano y la detective le presentó a Emma.

—Esta es Emma Swan.

—Emma Swan... —repitió el hombre en voz baja, haciéndose a un lado para que pasaran—. Entren, por favor. Estoy deseando verla, señorita Swan, aquí no hay suficiente luz.

El anciano les condujo a una pequeña sala bien iluminada por los rayos de sol, en la que un fuego acogedor chisporroteaba en la chimenea encendida. Se detuvo junto a la ventana, agarró las manos de Emma y permaneció frente a ella en silencio, contemplándola durante un buen rato. Después pareció salir de su ensimismamiento y le rogó a la joven que lo disculpara.

"—Perdone a este pobre viejo, señorita Swan, pero aunque usted no pueda recordarlo la tuve en mis brazos cuando apenas tenía unos días de vida. —Los ojos del hombre se empañaron y Emma tuvo que tragar saliva para deshacer el nudo que se le había formado en la garganta.

—Llámeme Emma, por favor. —La dulce sonrisa de la joven hizo que Henry Colings parpadeara un par de veces, antes de contestar:

—Emma, era usted un bebé precioso y se ha convertido en una hermosa joven. A mi mujer le hubiera encantado verla, pero hace ya dos años que murió. —Un poso de tristeza veló sus pupilas durante unos segundos, pero enseguida se repuso, señaló la mesa camilla y les dijo—: Vaya modales los míos. Siéntense por favor, les traeré algo de comer.

—No se moleste —intervino Regina —, solo queremos hacerle algunas preguntas.

—Es la hora del almuerzo. Insisto —respondió el hombre con buen humor—. Tengo un chorizo y un lomo para chuparse los dedos, y el pan de la tahona de la esquina no tiene rival.

—En ese caso, estaremos encantadas de comer con usted —afirmó Emma y lo acompañó a la cocina para ayudarlo a traer las cosas.

La comida resultó muy agradable. El exagente de la benemérita les habló de algunos de los numerosos casos que había investigado en el pasado y de lo duro que le resultó al principio jubilarse y pasar a un segundo plano. Luego, mientras tomaban el café recostadas sobre los cómodos sofás del saloncito, Regina sacó por fin el tema que las había llevado hasta allí.

—Por favor, Henry, cuéntenos cómo encontró a Emma.

—Recuerdo aquel día como si hubiera sido ayer... —empezó el hombre, tras dar un sorbo a su taza de café—. Serían las ocho y media de la mañana. Me disponía a hacer mi ronda diaria cuando el chico del carnicero llegó corriendo y gritó que tenía que acompañarlo.

Nos subimos al coche patrulla y conduje a toda velocidad hasta el Estanque y allí estaba, a la entrada del puente de piedra. Un cesto de buen tamaño y, en el interior, bien envuelto en una manta de lana con el nombre bordado de Emma, el recién nacido más hermoso que había visto jamás, mirándome muy seria con sus enormes ojos.

—¿Había una nota, algo que diera alguna pista sobre su procedencia? —preguntó Regina, depositando su taza sobre el platillo.

—Nada. La manta había sido tejida a mano y el cesto era uno de esos corrientes que utilizan los agricultores para almacenar la cosecha. Muy nervioso, lo cogí, lo puse sobre las rodillas del hijo del carnicero y, con cuidado, conduje hasta la casa del médico. El doctor Whale, que en paz descanse, desvistió a la criatura para examinarla, le calculó un par de días de vida, y concluyó que parecía estar sana y bien cuidada.

»Después de dar aviso en el cuartelillo, compré leche y biberones en una farmacia y me la llevé a casa. Mi mujer apenas podía creer lo que veían sus ojos. Dios no nos había concedido la bendición de unos hijos, y mi Luisa en seguida se enamoró de la chiquilla. La tuvimos una semana con nosotros, una de las más felices de nuestra vida. Quisimos adoptarla, pero éramos una pareja entrada en años; mi Luisa pasaba de los cuarenta y no nos dieron esperanzas. —El anciano parpadeó un par de veces para retener la humedad que amenazaba con desbordar sus párpados, al tiempo que le lanzaba una sonrisa de disculpa a Emma, que se había olvidado del café y escuchaba la historia con viva atención. En su mente, la idea de lo distinta que habría sido su vida si ese amable anciano se hubiera hecho cargo de ella bullía como un abejorro molesto.

«No tiene sentido obsesionarse con lo que pudo ser y no fue», se dijo con firmeza, pero, a su pesar, Emma no pudo evitar pensar que, seguramente, su existencia hubiera sido muy, muy diferente.

—¿Investigó el asunto? ¿Trató de encontrar a la madre? —La voz profunda de la detective la sacó de su ensimismamiento y Emma volvió a centrar su atención en la conversación.

"—Interrogué a todas las comadronas de la zona y rastreé en los hospitales de la provincia, pero nadie parecía saber nada. Sin embargo al cabo de los años, por pura casualidad, me enteré de algo que podía tener relación con el nacimiento de la niña. —Los sentidos de la Emma se pusieron todavía más alerta y se echó un poco hacia adelante, como si no quisiera que se le escapara ni una sola de las palabras del anciano. Regina observó la rigidez de la joven y, siguiendo un impulso, colocó su mano sobre una de las delicadas manos Emma. Estaba muy fría. Entretanto el exguardiacivil, ajeno a todo lo que no fueran sus recuerdos, siguió relatando lo que había ocurrido hacía tantos años—: Un día en un bar, un grupo de agricultores que jugaba al dominó empezó a hablar de una tragedia ocurrida hacía años en un pueblo cercano. Era una historia disparatada, mezclada con muchas de las supersticiones locales. Verán, en un pueblo cerca de Boston, aunque quizá no tanto tal vez una de las zonas mágicas de la península, abundan las historias de magia, brujerías y mal de ojo. Así que no habría prestado mucha atención a la misma si, en un momento dado, los parroquianos no hubieran hablado de una mujer, casi una chiquilla, con fama de bruja que había muerto al dar a luz a un bebé.

Al escuchar la palabra «bruja», la tez de Emma adquirió un tono ceniciento y Regina interrumpió al anciano para preguntar:

—Emma, ¿estás bien?

—Sí, sí. No te preocupes. —Como si no fuera consciente de lo que hacía, Emma apretó los dedos de Regina hasta hacerle daño y le rogó al señor Colings que siguiera contando. El anciano la miró preocupado, pero al ver la señal que le hacía la policía continuó:

—Dijeron que la chica había tenido trato carnal con el diablo y que había muerto al dar a luz un niño con dos cabezas; que la madre de la muchacha, al ver aquello, había clavado un cuchillo con mango de plata en forma de cruz en el corazón de la horrenda criatura y que, más tarde, se había colgado de una viga del techo."

"En fin, una sarta de estupideces muy común en aquellos tiempos en los que la mayoría de las personas que trabajaban en el campo eran analfabetas. Sin embargo, pensé que no sería mala idea investigar un poco.

Henry Colings interrumpió su relato, se levantó y sacó de una alacena una botella y dos vasitos de cristal. Sirvió un poco de líquido de un bonito tono rojizo en ellos y le tendió una a cada una.

—Es licor de moras casero. Lo elaboro yo mismo.

—Buena idea —declaró, Regina. Se volvió hacia Emma y ordenó—: Bebe.

Sin ganas de discutir, Emma se lo llevó a la boca y le dio un trago. Era fuerte y dulce a la vez y pareció revivirla. Satisfecha, Regina se volvió de nuevo hacia su anfitrión y le rogó:

—Siga, por favor.

—Fui al pueblo donde, según contaron, habían ocurrido los hechos y estuve preguntando a los pocos vecinos que encontré. Ninguno parecía dispuesto a hablar y lo único que saqué en claro fue que, en efecto, una mujer muy joven había muerto al dar a luz. No quise seguir investigando. Hacía diez años que había encontrado al bebé y, para entonces, me imaginé que la niña llevaría una vida feliz con su familia adoptiva. Pensé que sería mejor no remover viejos asuntos...

Regina se sintió decepcionada al comprender que aquel parecía ser el final de la historia, pero ella no era de las que se rendían con facilidad y no estaba dispuesta a abandonar así como así.

—Quizá sería bueno que Emma y yo echemos un vistazo a ese pueblo.

—No tengo ningún inconveniente en decirles el nombre y explicarles cómo llegar, pero me temo que ya han pasado demasiados años. —El exguardia civil las miró pesaroso, como si de pronto se sintiera culpable de no haber tratado de llegar un poco más lejos con su investigación.

—No perdemos nada por pasarnos por allí, a lo mejor ahora que han pasado los años la gente está más dispuesta a hablar. Le agradecemos su hospitalidad, Henry, nos ha sido de gran ayuda

Emma se inclinó sobre el anciano, lo abrazó y lo besó en la mejilla.

—Mil gracias. Por todo. —Al oírla, los ojos del hombre se llenaron de lágrimas una vez más e, incapaz de decir nada, le apretó la mano con fuerza."


Ya saben como es esto, reviews y entre mas sea más rápido y extenso será. Gusto de leerlas hasta la próxima.