lyzzcullensalvatoreswanqueen/tamysnape/Sweetbastard/michii15/NewBlitzsi
Gloes/superguest
Feliz Navidad retardada jaja, y gracias por tus buenos deseos y para mi es un honor leerles y sobre todo que les gusta mis historias jaja. Y yo creo me porte mal porque no recibí ningún regalo :( naa.. pero la vida sigue no creen?
Cualquier error una disculpa
un honor leerlas y que les esté gustando la historia gracias por sus reviews. Sin les dejo leer
"—Hola, Regina. He procurado llegar lo más rapido posible, pero el parque móvil del que disponemos en comisaría es de llorar —declaró, mientras dejaba caer en el suelo un pesado maletín negro, lo abría y comenzaba a sacar guantes de látex, mascarillas y todo tipo extraños utensilios.
—Tranquila, Zelena, lo sé. Ya he lanzado un SOS a las altas esferas, pero me temo que el asunto va para largo. Mira esto — añadió señalando la nota—, es el polvo ese que encontramos en el depósito.
Zelena se agachó y, con muchas precauciones para no contaminar la prueba, metió la nota y las partículas que iban con ella en una bolsa de plástico que selló de inmediato.
—¿Le han dicho ya los del laboratorio de qué se trata?—preguntó la agente, al tiempo que recogía con unas pinzas un pelo que encontró cerca.
"—Ya sabes cómo son. Casi tardaría menos en obtener una audiencia con el Papa. ¿Has visto a la señorita Swan ahí fuera? —preguntó Regina, preocupada.
—Sí, ella me dijo dónde encontrarte. La pobre estaba como el papel, pero, eso sí, tan guapa como siempre. ¡Qué pedazo de mujer!
Regina frunció el ceño al escuchar a su subordinada. Nunca le habían importado los comentarios que hacían sus compañeras sobre las mujeres con las que se había relacionado hasta el momento a pesar de que, en más de una ocasión, habían sido de dudoso gusto; pero no podía soportar que hablaran del aspecto de Emma, aunque fuera para decirle un piropo tan inocente como el que le había dedicado Zelena.
Al ver la expresión tormentosa de su hermana, Zelena cambió de tema con diplomacia. Empezaba a sospechar que los sorprendentes rumores que corrían por la comisaría de que la arisca y mujeriega Regina Mills estaba loca por una posible sospechosa en un caso de asesinato eran completamente ciertos.
—Me quedare un rato aquí —aseguró la agente Zelena—. Cuando termine lo dejaré limpio.
—Perfecto, yo voy a revisar el resto de la casa. Debo averiguar por donde ha entrado este bastardo. Un bastardo con un peculiar sentido del humor, por cierto.
Casi media hora después, la detective salió de nuevo al jardín y encontró a Emma en el mismo lugar en el que la había dejado, con las piernas subidas sobre el asiento de la silla y la rubia cabeza apoyada sobre las rodillas; se había puesto su saco y había subido la cremallera hasta arriba. Una buena porción de ambas mangas colgaba vacía, dándole un aspecto que en otra persona hubiera resultado patético y que, sin embargo, en A
Emma parecía tierno y sexy. Regina sacudió la cabeza con fuerza; su estado de idiotez crónica en cuanto aparecía en escena aquella diminuta mujer empezaba a ser preocupante. Así que en un tono más brusco de lo que hubiera deseado, declaró:
"—Zelena está recogiendo las evidencias. En unos minutos estará todo limpio. Luego te ayudaré a cambiar las sábanas.
—No hace falta. No creo que pueda volver a dormir en esa cama en la vida. Es más, no creo que pueda volver a sentirme segura en esta casa. —Los labios de Emma empezaron a temblar incontrolados y Regina, incapaz de soportarlo, fue más brusca aún:
—Tonterías. La casa es perfectamente segura. He revisado todas las ventanas y las puertas y ya sé por dónde ha entrado nuestro amigo. —Aunque resultara extraño, de nuevo, el tono despegado y frío de la detective contribuyó a serenarla más que si hubiera tratado de ofrecerle consuelo—. Hay una especie de trampilla por la que se accede a la leñera.
—¡La leñera! ¡Pues claro, lo había olvidado! ¿Cómo he podido ser tan estúpida? —se preguntó Emma dándose una palmada en la frente."
"—Me imagino que no la has usado nunca, así que no tiene nada de extraño que la hayas olvidado, además, estaba muy bien camuflada detrás de unos troncos. La he atrancado con una barra de hierro que he encontrado por ahí. Así que no debes de temer que nuestro amigo vuelva a colarse por ella.
—¡Deja de llamarle «nuestro amigo», me estás poniendo nerviosa! —Los ojos verdes brillaban, rabiosos, y Regina se alegró al ver que la deliciosa señorita Swan recuperaba algo de su temple— A pesar de todo, creo que voy a ver si, al menos por unos días, Mary me cobija a mí también bajo su ala.
—¿Quién es esa Mary? —pregunto Regina con su mejor cara de pocas amigas.
—Tranquila, desde luego no es una asesina en serie. Es la dueña de la mercería del pueblo. Somos bastante amigas y más de una vez me ha echado una mano con los pequeños. De hecho, los tres pasarán allí la noche. No quiero que se enteren de lo ocurrido.
"—Elsa ya no es una niña. —A Regina le molestaba de una manera irracional lo protectora que se mostraba la psicóloga con la muchacha.
—Lo sé —afirmó Emma con pesar.
—Anda, ven. Será mejor que entremos. Esto es como montar en bicicleta, si te caes lo mejor es volver a subirse enseguida —comentó la policía, mientras de un tirón la obligaba a levantarse de la silla y la conducía con firmeza en dirección a la casa.
—Sí, igualito —respondió, sarcástica, y añadió desafiante—: Y que sepas que no me gusta nada esta manía que tienes de llevarme a rastras a todas partes.
—Uy, es verdad, me había olvidado de la palabra mágica. Por favor, señorita Swan, sería tan amable de acompañarme al interior de su vivienda sin protestar tanto —replicó, con sarcasmo, mientras la llevaba sin muchos miramientos hasta la cocina. Luego separó una silla de la mesa y le ordenó—: Siéntate.
Al escuchar su tono autoritario Emma puso los ojos en blanco y, al verla, Regina no pudo evitar que los suyos brillaran divertidos. Definitivamente, le encantaba sacar de quicio a la señorita «palabramágicaporfavor».
Emma observó a la hermosa policía moviéndose de un lado a otro de la cocina, mientras buscaba lo necesario para preparar un café y pensó que parecía completamente fuera de lugar. Aún disgustada por su tiránica disposición, decidió no hacer el más mínimo esfuerzo por ayudarla.
—No pegas nada trajinando en la cocina. Me recuerdas al famoso elefante en la cacharrería —afirmó hiriente, aunque a la policía no pareció afectarle mucho su comentario. Con un soplido impaciente, Regina apartó su rebelde mechón de pelo y le guiñó un ojo.
—Eso es porque no me conoces aún tan bien como te crees, doña experta en psicología. De vez en cuando me gusta prepararme algo que no sea un bocadillo, esos los compro en el bar de abajo de mi casa. Y te lo advierto, hago un café de primera.
"—Hmm —se limitó a contestar Emma, acodándose sobre la mesa para observarla mejor.
Debía reconocer que el brillo travieso que asomaba a sus oscuras pupilas volvía a la morena y cascarrabias detective Mills «casi» irresistible. Para su sorpresa, enseguida tuvo a su lado una humeante taza de café que olía de maravilla.
—¿Huelo a café? —El rostro tristón de Zelena asomó por la puerta de la cocina y Emma la invitó a pasar con una sonrisa.
A la detective no le hizo ninguna gracia que su subordinada interrumpiera su agradable tête-à-tête y, de nuevo, arrugó la frente, irritada.
—Veo que ha recuperado el color, señorita Swan —afirmó, amable, la agente Zelena Mills dirigiéndose a Emma, al tiempo que fingía que no se daba cuenta del mal humor de Regina. Había sido víctima en más de una ocasión de los venenosos comentarios de la grosera de su hermana y ahora estaba disfrutando a tope con su pequeña venganza; saltaba a la vista que su pequeña hermana estaba que echaba humo por las orejas.
—Sí, me encuentro mucho mejor. Gracias.
«¿Por qué tiene que sonreír a todas las tipas de esa manera?», se preguntó Regina, irritada, posando la cafetera con violencia sobre la mesa. «A todas las tipas menos a mí, claro».
Luego se dirigió al microondas y sacó la jarra de leche que acababa de calentar, con tanta violencia, que estuvo a punto de derramar su contenido en el suelo. Maldiciendo entre dientes, Regina se sentó a la mesa sin que ninguna de las otras dos, sumidas en una educada conversación, parecieran percatarse de su presencia.
Emma tenía que hacer esfuerzos para contener una carcajada. Si no supiera que la detective Mills era un caso perdido, hubiera pensado que estaba celosa. Quizá era de esas machas alfa que no podían soportar que ninguna competidora se acercara a su manada. Sí, seguro que era puro orgullo femenino, pero no dejaba de ser gracioso tratándose de ella.
Después de tomarse la taza de café con lo que a Regina le pareció una lentitud exagerada, Zelena se levantó por fin de la mesa para marcharse.
—Muchas gracias por el café, señorita Swan.
—De nada y llámame Emma, por favor —lo interrumpió la chica.
—Ha sido muy agradable charlar contigo, Emma, a pesar de las circunstancias. Espero que podamos volver a hacerlo en alguna otra ocasión más alegre.
—Eso espero yo también, Zelena.
—Eso espero yo también Zelena —repitió Regina con voz falsa en cuanto Zelena desapareció por la puerta, sin parar de tamborilear con los dedos sobre la madera, impaciente.
—Cualquiera diría que estás celosa —afirmó Emma muy tranquila, sin apartar sus ojos verdes de las hermosas pupilas marrones.
"—Celosa, ja —respondió Regina, desdeñosa, tras estar a punto de atragantarse con el café—. Me parece que has visto demasiadas comedias románticas y te las has creído, pequeña psicóloga.
—Debe ser eso, reconozco que soy adicta. En especial, a las de Sandra Bullock y Jennifer Aniston —respondió ella con una sonrisa tan insolente, que a la policía le entraron ganas de sacudirla. Luego en otro tono añadió—: Si ya has terminado tu café, lo mejor será que nos vayamos de aquí cuanto antes.
—Negativo. Tienes que superarlo y no hay mejor momento que el presente —contestó la detective con irritante seguridad.
—¡No puedo quedarme aquí sola, me moriría de miedo!
—Me quedaré contigo —declaró Regina con simulada indiferencia.
—¿Tú? Estás loca —Emma la miraba, boquiabierta.
—Has dicho que los críos están en casa de tu vecina, ¿no? Pues yo dormiré en el cuarto de los chicos y tú en el de las niñas.
—Mira, detective, ya soy mayorcita para que me vengas con estos juegos. No me quedaré a solas contigo en esta casa porque no hay que ser muy lista para saber lo que ocurrirá.
"—¿No confías en mí? —La expresión herida de su rostro la conmovió a su pesar.
—Ni en ti ni en mí, si quieres que te sea sincera. Está claro que entre nosotras hay una cierta atracción física. Y ya sabes el dicho...
—No, no lo sé —respondió Regina, fastidiada por sus palabras. Así que, para ella, lo que había entre ambas era tan solo una cierta atracción física, se dijo irritada, olvidando a propósito que ella lo había calificado de la misma manera en más de una ocasión.
—El que evita la ocasión, evita el peligro.
—Tu conocimiento de refranes y chascarrillos populares parece no tener fin —declaró la detective muy irritada.
"—No te enfades. Sabes que tengo razón.
—No estoy enfadada. Solo pretendía ayudarte. Si dejas que pase el tiempo, la sensación de temor irá en aumento y, al final, sentirás un miedo cerval cada vez que estés en tu casa. Tú, que eres psicóloga, deberías saberlo mejor que nadie.
Emma se quedo callada durante un buen rato pensando en lo que acababa de decirle la policía y comprendió que tenía razón. Solo de pensar en quedarse a dormir en esa casa, se le ponían los pelos de punta. Quizá la presencia de la detective —una mujer de carácter fuerte y, además, armada— haría que esa sensación de terror desapareciera. Así que, de mala gana, decidió aceptar.
—Está bien. Haremos la prueba, pero nada de trucos.
—Te recuerdo que, cuando lo del pueblo cerca de aquí, fuiste tú la que intentó aprovecharse de mí.
Emma se puso roja como un tomate y Regina se sintió satisfecha al comprobar que no era tan indiferente como aparentaba.
—Está bien, tú ganas. Pero con una condición.
La detective enarcó las cejas en una muda interrogación.
—Como te gusta tanto presumir, te toca preparar la cena —declaró Emma, resuelta a decir la última palabra.
—¡Hecho! —Por una vez, Regina no trató de analizar la absurda sensación de felicidad que le embargaba—. Voy a ver qué tienes en la nevera.
Temerosa de estar a solas en cualquiera de las otras habitaciones. Emma se quedó allí, mientras la policía preparaba una cena sencilla a base de pasta y verduras que encontró en el refrigerador. En la cálida cocina el ambiente era inmejorable y la charla entre ambas fluía sin embarazosos silencios. Emma estaba sorprendida con el buen humor que desplegaba la detective que, la verdad fuera dicha, resultaba de lo más contagioso. Mientras Regina disponía la cena, la joven puso la mesa sin esmerarse mucho. No quería que esa mujer arrogante se hiciera ideas equivocadas.
—¿No vas a encender unas velas? —preguntó Regina, maliciosa, como si pudiera leerle los pensamientos.
—Creo que la luz que hay está muy bien.
—Tampoco necesitamos tanta —declaró la detective y apagó los downlights que había utilizado mientras cortaba y cocinaba los ingredientes.
Tan solo quedó encendida la lámpara que colgaba sobre la mesa, que la bañaba con un cálido resplandor y dejaba el resto de la cocina en penumbra. A pesar de que a Emma le pareció que la iluminación era algo escasa, decidió no protestar.
—¿Tienes vino?
—Como no sea el de cocinar... Espera, ahora que lo dices, los alumnos del centro me regalaron unas botellas la pasada Navidad, lo que no sé es donde las habrá guardado Mary.
Después de una minuciosa búsqueda por los armarios, Regina dio con una caja que contenía tres botellas de vino de una conocida bodega.
—Igual está picado, como aquí nadie bebe —comentó Emma con gesto de duda.
—El corcho parece estar bien —dijo Regina tras descorchar una de ellas. Después con una expresión de desagrado en su rostro declaró—: Habría sido un crimen que un buen vino como este se echara a perder.
—No me regañes. Y, sobre todo, no me hables de crímenes —replicó Emma con los brazos en jarras, mirándola con disgusto.
Al ver su actitud combativa, la policía lanzó una carcajada y le devolvió la mirada junto con una de esas seductoras sonrisas suyas que tan escasamente prodigaba, que hizo que el estómago de Emma se contrajera de forma extraña. Luego llenó las dos copas con el líquido granate y empezaron a cenar.
—¿Cómo llevas lo que averiguaste sobre tu madre y tu abuela? —Como de costumbre, Regina fue directo al grano.
Emma empezó a jugar con las verduras de su plato, mientras meditaba su contestación y, después de unos segundos, respondió:
—Me siento devastada. Por lo que les ocurrió a ellas y por la imagen que durante toda la vida he tenido de mi madre. Nunca había querido saber nada de ella, ni de lo que le impulsó a abandonarme. Siempre pensé que había sido un acto de puro egoísmo. Ahora que sé que no era más que una niña forzada por un miserable y que, lo más seguro, es que ni siquiera llegara a conocerme, me siento avergonzada de mí misma. A mi abuela no la juzgo. Puedo comprender a la perfección lo que una mujer rota de dolor es capaz de hacer.
—Desde luego no tuvieron una vida fácil. De hecho, la tuya tampoco ha sido un cuento de hadas, pero saber de dónde vienes te hace conocerte mejor y eso ayuda...
"—No me ayuda saber que esa sangre maldita de la que habló esa horrible mujer corre por mis venas. A Dios gracias, con un poco de suerte, desaparecerá conmigo —la interrumpió Emma, pinchando con ira un trozo de berenjena y tragándoselo de golpe, sin saborearlo.
—¡Ya te dije en otra ocasión que no quiero oírte hablar de maldiciones! —La voz fuerte de Regina resonó en la cocina y Emma dio un respingo. Luego la detective añadió con falsa indiferencia pues sus palabras, no sabía por qué, le habían molestado—: En algún momento te casarás, tendrás un par de críos, uno de ellos niña con toda seguridad, y te olvidarás de todas esas tonterías.
—¿Ahora eres tú la que tiene visiones? —preguntó, desdeñosa—. ¡Y ya te he repetido mil veces que no me des órdenes!
La mirada de Regina se suavizó al observar su precioso rostro sonrojado de indignación. Alargó el brazo y sujetó con fuerza la mano delicada de Emma, que empuñaba el tenedor como si se tratara de un arpón ballenero con el que atravesaba los trozos de verdura sin piedad.
—Tranquila, no hace falta que tú también asesines la comida. ¡Ups! —exclamó la policía, abriendo mucho los ojos con simulada turbación—. Perdona por la palabra, se me ha escapado...
Emma la miró indignada, pero al descubrir esas chispeantes pupilas oscuras clavadas en ella con regocijo, se mordió el labio inferior para ocultar la sonrisa traidora que pugnaba por asomarse a su boca. La verdad era que la detective Mills se ponía irresistible cuando bromeaba.
—Eres insoportable —afirmó sin emociones, mientras seguía comiendo con más calma—. Te perdonaré porque la cena está muy rica. La verdad es que lo último que esperaba de ti era que fueses una muy buena cocinera. No sé, no das el perfil. Puedo imaginarte sin problemas dándole una paliza a una detenida, pero nunca habría pensado que fueras capaz de preparar una cena tan deliciosa.
"—Gracias, querida señorita Swan, eres muy buena conmigo. —Regina le guiño un ojo con picardía y Emma soltó una carcajada, pero al instante recuperó la seriedad y le preguntó en un susurro:
—¿Sigues sin creer que puedo ver cosas que los demás no ven?
Regina, tomó su copa de vino, se la llevó a los labios y jugueteo con ella, su lengua pasaba sensualmente por el borde y dio un buen trago, mientras elegía sus palabras con cuidado. Emma observó esos dedos delicados, que acariciaban el tallo de la copa sensualmente, mientras veía a Regina hacer con la lengua esos movimientos no pudo evitar que su boca se le hiciera agua al igual que su entrepierna.
—Hace tan solo unas semanas te hubiera respondido que esos asuntos no son más que patrañas descabelladas, pero he visto con mis propios ojos cosas, cuanto menos insólitas, que no puedo explicar de forma racional —reconoció.
—¿Y no te doy miedo? ¿No temes que pueda anunciarte un posible accidente con esa moto que conduces a velocidad suicida? ¿O que alguien al que amas va a morir de repente? —interrogó Emma, provocadora, al tiempo que clavaba en ella sus iris verdes, en los que Regina decidió que podría perderse sin pensárselo dos veces.
La detective estudió el bello rostro, tan delicado, que bajo una capa de aparente indiferencia escondía un hondo dolor que la había acompañado toda su vida por ser «diferente» y contestó, serena:
—Lo único que me da miedo cada vez que te miro son las ganas que me entran de cogerte en brazos y llevarte a la cama más próxima para hacerte el amor durante veinticuatro horas seguidas. —Esa respuesta, dicha en un tono impasible, la descolocó por completo y Emma se quedó mirándola con la boca abierta, anonadada—. Pero aparte de eso —prosiguió, como si no fuera consciente del estupor con el que la examinaba ella—, lo que sí me gustaría saber es si sigues teniendo visiones, sueños o como demonios quieras llamarlos, respecto a este caso.
Emma hizo un esfuerzo para aparentar la misma indiferencia de la que ella hacía gala y respondió sin que le temblara la voz:
—Tengo un sueño muy a menudo. A veces se mezcla con las visiones del asesinato de Katheryn, pero sé que es algo distinto y no es Katheryn la protagonista. —Se quedó callada, contemplando absorta la densa lágrima que tintaba las paredes de cristal de la copa al agitar el vino en su interior.
—¿Quién es entonces? —preguntó la policía, a pesar de que ya conocía la respuesta.
—Soy yo —susurró Emma sin dejar de mover la copa—. Me encuentro en un lugar húmedo en el que la oscuridad es absoluta. Estoy hecha un ovillo y trato de fundirme con esa oscuridad porque, a pocos metros de donde yo estoy, alguien me busca. La sensación es opresiva, casi asfixiante, y la maldad que percibo en ese «alguien» que me acecha, me llena de terror.
—¿Y todos tus sueños se hacen realidad? ¡Demonios, parezco el jodido Walt Disney! —gruñó Regina, mientras se alborotaba aún más los cabellos castaños con la mano.
A pesar de todo, a Emma se le escapó una casi imperceptible sonrisa antes de contestar a su pregunta, la cual, en realidad, no tenía nada de cómica:
—No siempre. Aunque procuro avisar de alguna manera al protagonista. El don, ya que no te gusta la palabra maldición, no viene a mí de continuo. A veces pasan años sin que se manifieste pero, desde antes de la muerte de Neal, los sueños y las visiones comenzaron a acosarme como nunca antes me había ocurrido. La mayoría de las veces las imágenes que veo son vagas, pero estos últimos meses gozan de una asombrosa nitidez y, la verdad, verlas proyectadas en mi mente, noche tras noche, me tiene un poco preocupada.
Regina agarró una de sus manos por encima de la mesa en un reconfortante apretón y Emma la dejó estar, sintiendo un grato consuelo al notar su calidez y su delicadeza. Después de un rato, la retiró con suavidad, se puso en pie y empezó a recoger la mesa.
—Será mejor que nos vayamos a dormir. Son casi las doce.
La detective no dijo nada. La ayudó con los platos y la acompañó escaleras arriba en silencio. Al ver que Emma se detenía junto a la puerta de su dormitorio sin atreverse a entrar. Regina la agarró del brazo y, con escasa delicadeza, la introdujo en la habitación y la obligó a detenerse junto a la cama. La agente Zelena había retirado la colcha y había hecho un montón con las sábanas que había dejado en el suelo.
—Ves, es una cama como otra cualquiera. No pienses que va a salir una mano como la de la familia Adams correteando por encima del colchón. Los loqueros siempre dicen que cuanto antes te enfrentes con tus temores irracionales, mejor.
Emma pegó un tirón de su brazo y consiguió liberarse. Con los ojos echando chispas de cólera se volvió hacia ella y replicó:
—Tú sí que serías una buena loquera. Tus terapias son tan sutiles como chocar de frente contra una hormigonera. —Furiosa, sacó un camisón de la cómoda, su bata y los útiles de aseo necesarios, y salió de la habitación con rapidez.
Una vez fuera, se detuvo y se volvió hacia Regina que en ese momento cerraba la puerta del cuarto a sus espaldas. Regina se quedó sorprendida al ver que en los grandes ojos color esmeralda no quedaba ni rastro de la ira que esperaba. En vez de eso, Emma la miraba con una hechicera sonrisa en sus sensuales labios, que la dejó sin aliento.
—Sabes una cosa, detective Mills, no me has engañado. Esa escenita en mi dormitorio no ha sido una muestra de tu carácter brutal, como pensé durante unos pocos segundos. En el fondo, bajo ese aspecto arisco tras el que te escondes, eres una tipa de lo más tierna. Gracias.
Emma se empinó sobre las puntas de sus pies y le dio un ligero beso en la mejilla, luego se dirigió hacia la habitación de las niñas, se metió dentro y cerró la puerta. Incapaz de descifrar sus enigmáticas palabras y completamente estupefacta, Regina notó como palpitaba el punto de su mejilla donde los labios delicados de Emma se habían posado apenas y, justo en ese instante preciso, se dio cuenta de que sus peores temores habían sido acertados. Aterrada, reconoció que había caído en la horrible trampa que durante toda su vida se había jurado evitar: se había enamorado de Emma Swan como una idiota.
Ya saben como es esto, reviews y entre mas sea más rápido y extenso será. Gusto de leerlas hasta la próxima.
