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Gloes/superguest
Y a todas mis hermosas lectoras. Aquí esta lo que esperaban espero se les pare el corazón y me llenen de hermosos reviews.
Cualquier error una disculpa
un honor leerlas y que les esté gustando la historia gracias por sus reviews. Sin les dejo leer
Tumbada en su cama, Emma daba vueltas sin cesar. Tan pronto tenía frío, como se asaba de calor. Los acontecimientos del día bullían en su cabeza mezclados en un loco caleidoscopio: la espantosa visión de esa mano sobre su cama, la agradable cena con la detective en la cocina, el terror paralizante, la atracción que sentía por la policía... Desesperada, echó las sábanas a un lado y decidió bajar a la cocina para prepararse una de sus tisanas. Sin hacer ningún ruido, abrió la puerta y se paró a escuchar. Lo único que se oía era el vendaval que soplaba en el exterior, así que, descalza, bajó la escalera con cuidado. Se dirigía hacia la cocina, cuando le pareció escuchar un leño que caía en la chimenea del salón y le preocupó haberse olvidado de apagar el fuego. Nada más entrar, sus ojos chocaron de frente con los de la policía que permanecía muy quieta sentada en el sillón en la semioscuridad.
—¡Me has asustado! —exclamó Emma llevándose una mano a la garganta.
De pronto, fue consciente de que apenas iba vestida con un camisón corto de tirantes y ella, por lo que podía apreciar en la penumbra del salón, cuya única iluminación provenía de las brasas que aún ardían en el hogar, solo llevaba puestos esos formales pantalones que tan bien le sentaban.
—Lo siento, no podía dormir. —A Emma le pareció que su voz sonaba más ronca que de costumbre.
—Yo tampoco puedo, ha debido ser tu «café de primera», llevo horas dando vueltas en la cama. He bajado a prepararme una tisana que guardo para estas ocasiones, ¿quieres una? —Emma se dio cuenta de que hablaba atropelladamente y aspiro con fuerza, tratando de serenarse.
—Sí, por favor —respondió Regina con suavidad.
Bebería veneno puro si con ello conseguía que se quedara un rato haciéndole compañía. Notó que su corazón latía desbocado. A Regina no le había afectado el café. Su insomnio estaba provocado por la súbita revelación que había tenido hacía unas horas y, después de verla con ese fino camisón de satén que dejaba a la vista sus piernas interminables y la piel delicada de sus hombros, cualquier vestigio de sueño se había evaporado en el acto. Pocos minutos después, Emma entraba de nuevo en el salón con una bandeja en la que llevaba dos tazas de valeriana. Con cuidado, se sentó en el sofá frente a Regina y le pasó una de las tazas.
—Voy a echar un tronco, si no, te vas a quedar helada.
Emma la observó mientras se agachaba para sacar un par de leños del cesto que había junto a la chimenea y admiró la hermosa espalda que solo era cubierta con pequeños tirantes de una blusa interior. Al ver cómo parecía cobrar vida propia al resplandor de las llamas, tuvo que contener un jadeo; era la espalda más apetitosa que había visto jamás. Asustada por sus inoportunos pensamientos, se llamó al orden. Con dedos un tanto temblorosos cogió su taza y le dio un sorbo. Regina se sentó de nuevo, alzó la suya y
tras llevársela a la boca hizo una mueca de desagrado, que a Emma le provocó una sonrisa.
—¿No te gusta? —preguntó, contenta de tener una excusa para entablar una conversación insustancial y poder apartar los ojos de una vez de ese pecho generoso, cubierto por la blusa interior que dejaba ver un poco su sujetador con detalles en encaje, que parecía llamarla para que enterrara sus dedos en el.
—¡Es repugnante! —gruñó Regina volviendo a dejar la taza en su sitio.
—Yo ya estoy acostumbrada y la verdad es que sí que me ayuda a dormir.
Se hizo un silencio incómodo y a Emma no se le ocurrió ninguna frase con la que romperlo, así que, una vez más, se llevó a los labios la taza que sostenía entre las manos, como si estuviera muerta de sed. Notaba sobre ella la mirada ardiente de sus inquietantes ojos oscuros y no se atrevía a alzar la vista del líquido color ámbar.
—Emma... —Al escuchar su nombre pronunciado en un ronco susurro, a Emma se le puso la piel de gallina, pero siguió contemplando los posos que había en el fondo de la taza, incapaz de mirarla a la cara. La oyó ponerse en pie y notó cómo se hundía el almohadón del sillón cuando se sentó junto a ella, tan cerca, que sus brazos se rozaban.
—Será mejor que vaya a acostarme. —La joven trató de ponerse en pie, pero los dedos de la policía se cerraron en torno a su muñeca y, aunque no apretó, Emma volvió a sentarse.
—Emma... —De nuevo ese susurro acariciador, pero ahora muy cerca de su oreja. La nariz de la detective rozó su pelo y la escuchó aspirar con fuerza el aroma de sus cabellos, y aquel sonido áspero la enardeció.
Sin embargo, todavía luchó por mantener el control y volvió la cabeza hacia el otro lado; un movimiento que la policía aprovechó para apartar con dedos delicados la brillante melena rubia de la suave curva de su cuello. Regina acercó su rostro hasta que percibió el calor y la sutil fragancia que emanaba de su aterciopelada piel y, muy despacio, empezó a mordisquearla con una pericia exquisita. Emma cerró los ojos y se dejó llevar por las electrizantes sensaciones que la boca experimentada provocaba en ese punto tan sensible de su anatomía.
La cálida mano de la detective se deslizó por su hombro y por su brazo en una lenta caricia hasta cubrir por completo la de la joven y entrelazó sus delicados dedos con los suyos, pequeños y esbeltos, mientras su boca continuaba con su enloquecedora tortura. Unos segundos después, sin soltarla, la posó sobre su seno izquierdo y lo rozó, una y otra vez, hasta que ella sintió a través de la fina tela del camisón, cómo su pezón se endurecía bajo su propia mano, en una erótica caricia que la enloqueció. Al percibir el intenso estremecimiento de la joven, Regina esbozó una temblorosa sonrisa de satisfacción contra su cuello.
Sin poder contenerse ni un segundo más, Emma se dio la vuelta, enredó los dedos en los cabellos de la nuca de Regina y pegó su boca a la suya con un ansia voraz. Entonces, toda la pasión acumulada en el pecho de la policía estalló como una exhibición pirotécnica y engulló sus labios con la ferocidad de un caníbal ávido de carne humana. Con un rápido movimiento, la levantó del sillón y la colocó sobre su regazo. Sin apartar su boca de la de Regina, la joven dibujó con la punta de su lengua el labio superior de la policía y luego la introdujo, poco a poco, rozando y probando la húmeda suavidad del interior de su boca, mientras sus dedos recorrían su espalda como si quisiera aprenderse su orografía de memoria.
¡Dios, esa mujer sabía besar! Fue el único pensamiento racional que se abrió paso a través de la mente de Regina, embotada casi por completo por un deseo frenético. Igual que le había ocurrido con anterioridad, pensó que aquel beso era la prueba definitiva de que la fogosa adolescente que había sido Emma Swan no había desaparecido, sino que se había ocultado bajo capas y capas de convención social, hasta convertirse en la imperturbable psicóloga que todo el mundo conocía. Sin embargo, sus caricias la habían hecho surgir de nuevo y ¡por Dios que iba a aprovecharse de ello!, si es que no moría antes abrasada por su propia lujuria.
La estrechó aún más contra sí, de forma que los duros pezones de la joven se clavaron contra su pecho ya desnudo. Enredó los dedos en los suaves cabellos de su nuca, mientras introducía la otra mano bajo el camisón y la deslizaba hacia arriba, sobre la tersa piel de su cadera. Incapaz de contenerse, un gemido brotó de la garganta de Emma y Regina lo silenció, atrapándolo con su boca. El único sonido que se oía en la habitación era el del crepitar de las llamas en la chimenea, mezclado con el de las agitadas respiraciones de ambas.
—Te deseo... —jadeó Emma junto a sus labios, avivando con aquel ronco susurro las llamas que envolvían a la detective y que amenazaban con incendiarlo todo a su paso. En ese instante, lo que deseaba más que nada en el mundo era quitarle el camisón, separarle los muslos y hundir su lengua en su interior hasta que ambas olvidaran hasta su propio nombre. Sin embargo, Regina hizo un esfuerzo casi heroico y, sin retirar su delicada mano de su cadera desnuda, apartó su rostro del de Emma unos centímetros para mirarla a los ojos. Emma mantenía los suyos cerrados y sus labios, ligeramente hinchados y enrojecidos por los apasionados besos que habían compartido, permanecían entreabiertos, suplicando nuevas caricias.
—Abre los ojos y mírame —ordenó Regina con ferocidad.
Los párpados delicados de Emma temblaron durante unos segundos y, finalmente, se abrieron despacio, y aquellos preciosos ojos verdes, nublados de deseo, la miraron al fin sin comprender. A pesar de estar profundamente complacida por haber sido capaz de despertar en ella semejante grado de pasión, Regina sentía que aún no era suficiente, así que en un murmullo áspero, que a Emma le erizó todos los poros de la piel, añadió—: Quiero que sepas, sin sombra de duda, quién es la persona que te está haciendo el amor. Quiero que digas mi nombre.
Al ver la hechicera sonrisa que se extendió poco a poco por los seductores labios de Emma, y la tierna mirada burlona que brilló en sus pupilas, Regina pensó que se derretiría y tan solo quedaría de ella un montoncito gelatinoso a los pies de aquella pequeña bruja.
Entonces, Emma colocó sus manos a ambos lados del hermoso rostro de Regina, al tiempo que delineaba con sus pulgares las cejas definidas, luego apoyó con delicadeza su boca sobre la boca sensual y musitó:
—Gina, te deseo... —Al escuchar su nombre susurrado de aquella manera, dulce y provocativa a la vez, contra sus labios, a Regina le embargó una profunda emoción que nada tenía que ver con la embriagadora sensualidad que las envolvía a ambas. Sin decir palabra, tomo a Emma entre sus brazos y se puso en pie.
Emma rodeó el cuello de Regina con sus brazos y escondió su rostro en el cálido hueco de su garganta y así, en silencio, Regina Mills subió la escalera, empujó la puerta de la habitación de las niñas y, con suavidad, la depositó sobre la pequeña cama.
Se puso Regina a horcajadas de Emma mientras sostenía por encima de su cabeza las muñecas de esta, evitando que se soltara, comenzó besando y mordisqueando su delicado cuello mientras acariciaba por encima de la tela los pechos de Emma, ambas sentía el deseo reflejado en sus bragas, estaban ambas totalmente húmedas, y Regina no dudo ni un segundo en retirar por completo el camisón sensual de Emma, esta por su parte se dedicó a jadear y a masajear los pechos de la Morena Debajo de la blusa interior de esta, tocando por encima del sujetador mientras con su debo pulgar e índice pellizcaba el pezon regido, la morena jadeaba de placer y Emma no dudo en retirar toda prenda que la separaba del cuerpo totalmente de la Morena, así mismo bajo hasta la cadera de la Morena y apretó con sus manos las nalgas de esta, Regina gimió de placer al sentir el contacto de la rubia, con eso Fue suficiente para Emma para deshacerse de pantalón formal que se acomodaba hermosamente de la silueta de Regina, así lo hizo y se puso a la merced de la Morena.
Ambas completamente desnudas, Regina aprovecho para observar a Regina y penetrarla con esa mirada lasciva, que hizo que Emma se estremeciera de puro placer, aprovecho que la rubia estaba completamente fuera de si, y aflojo su amarre, Regina sentía que estaba a tope, ya no podía más, quería que esa sed que tenía de Emma fuera saciada ya, así que emprendo camino, beso tiernamente su cuello cada parte de el, sin dejar ni una pequeña parte sin haber tocado sus labios, descendió por sus hombros y emprendió camino por en medio de sus pechos, se detuvo un momento a observarlos detenidamente apreciando esa piel, ese color, ese aroma, que la volvía loca, loca de deseo, no se resistió mas y empezó a besar su pezon mientras que con una mano se dedicaba al otro pecho para no dejarlo desatendido, con el pezon en su boca empezó una danza, lo golpeteaba, lo besaba y daba círculos en este, lo mordió con delicadeza y no pudo dejar escapar el gemido de placer y dolor que salió de la garganta de la rubia, saco el pezon de su boca, y se encaminó lentamente hacia en otro pezon con un pequeño camino de besos y lamidas de un lado a otro, llego a este y empezó la misma danza de golpear, besar y morder los erguido pezon de Emma.
A Emma le parecía que ese placer nunca lo había experimentado, todo le daba vueltas, Regina era maravillosa, a su vez tierna, delicada y un poco salvaje pero le gustaba y mucho, esa tortura que Regina le propiciaba la estaba volviendo loca, sentía que no aguantaría mas, ya estaba a tope, su entrepierna lo sabia, pedía a gritos ser acariciaba, así que optó por decirle a Regina
—Regina por favor... —hablo entrecortada Emma que jadeaba de placer, Regina comprendió que ya la había torturado demasiado, así que no se hizo de rogar y emprendió camino hacia su entrepierna, no sin antes besarla lánguidamente, que de inmediato se convirtió en apasionado y Regina sintió, en ese beso toda la pasión que Emma desbordaba hacia ella.
Descendió lentamente por en medio de sus pechos, ya solo los miro, y beso por ultima vez, se posó en su vientre y se dedicó a besarlo lentamente, y ahí descendió hasta entrepierna, se detuvo sorprendida al observar lo mojada que estaba Emma así que le dijo
—mmm... Emma veo que estas muy deseosa, sabes me encanta, estas apetitosa, quisiera probarte.
Emma no contesto solo gimió y elevó sus caderas haciéndole entender a Regina que ella quería ser probada por la Morena, y así fue, la Morena se posó entre sus piernas y levantó un poco la cadera de Emma, la abrazo por su estómago, dándole completo acceso a ese pequeño botón que estaba rozado e hinchado por la excitación.
Regina lo diviso de nuevo y no dudo en posar su lengua en Emma, comenzó una danza con pequeños golpes sobre su clitoris, Emma se arquea y sus jadeos se convirtieron en gemidos, Regina aplico la danza que le otorgó a sus pechos, golpeteos, pequeñas mordidas y círculos sobre su botón, Emma gemía como loca, sentía que el orgasmo estaba cerca, así que la Morena optó por dejar su botón e introducir su lengua empezó a envestirla tiernamente, eran lentas y profundas, Regina la estaba volviendo loca, así que le dijo
—por favor Regina más rápido, no pares, estoy por llegar
Así lo hizo Regina sus envestidas se convirtieron en profundas y rápidas, Emma movía sus caderas al compás con la lengua de Regina para profundizar la sensación, gemía como una loca, resonaban en toda la habitación, para Regina era música para sus oídos hacia que ella misma estaba tan excitada que sentía que en su entrepierna corría una cascada cuesta abajo, siguió con sus envestidas cada vez más rápido, sintió que la rubia se estremecía, que su orgasmo estaba en llegar, acelero sus envestidas, Emma explotó en un grito de placer que retumbo en la habitación mientras que se corría en la boca de la Morena, Regina sentía que el interior de la rubia se contraía alrededor de su lengua, se retiró con delicadeza de ella, subió encima de Emma y la beso tiernamente en sus labios haciéndole probar sus sabor mezclado con el de su boca, Se dejó caer al lado de Emma que estaba recuperando su respiración y la miraba tiernamente, se volvieron a besar, y Emma se pego a Regina, su cabeza en su pecho, y abrazando a la Morena, se sentía tan tranquila, tan en paz, tan protegida, que cerró los ojos ante la sensación, complementada con el cansancio que hizo que Emma se quedara profundamente dormida al lado de Regina, la Morena la miraba con semblante tierno, la beso en la mejilla el acaricio los pechos, se inclinó un poco para besarla en los labios, aprovecho para atrapar la sabana y echarla sobre ambas, disfruto de la sensación de estar pegada a Emma, y se fundió en un sueño profundo que ambas compartieron.
Los rayos de sol que se filtraban a través de la contraventana de madera incidían sobre los rubios cabellos esparcidos sobre la almohada en un maravilloso desorden y arrancaban destellos de oro, iluminando la inmaculada piel de sus mejillas que lucían un suave rubor. Regina llevaba varios minutos contemplándola dormir, fascinada. Por lo general, le molestaba despertar con otra persona en su cama y siempre buscaba alguna excusa para salir corriendo una vez que había dado rienda suelta a sus necesidades más acuciantes. Sin embargo, aunque había pasado la mayor parte de la noche en una angosta cama infantil y estrechamente abrazada a Emma, nunca se había sentido tan descansada.
Su hermosura le cortaba la respiración, pero no era solo su belleza lo que le atraía de ella. La noche anterior había descubierto lo que era hacer el amor con la persona amada y sabía que ya nada volvería a ser como antes. Quería a Emma en su vida. Y eso la aterrorizaba.
Ni siquiera estaba segura de lo que ella sentía por ella. Deseo, eso era evidente, pero ¿había algo más? Emma hacía el amor sin medias tintas y su forma de entregarse a ella sin guardarse nada la había dejado sin aliento. Entre ellas no había habido falsos pudores, sino una compenetración perfecta a pesar de la novedad. Durante unos instantes, había tenido la sensación de que quizá en otra época, en otra vida, ya habían estado juntas. Sonrió, irónica, ante el rumbo que habían tomado sus pensamientos; a ver si ahora la reconocida cínica Regina Mills, además de enamorarse como una incauta, iba a empezar a creer también en la reencarnación...
Con suavidad, deslizó la sábana por el hombro de Emma y dejó al descubierto parte de un pecho blanco que subía y bajaba con suavidad, al ritmo de su respiración regular. Al instante, una ola de deseo voraz la invadió de nuevo. Despacio, continuó bajando la sábana, hasta dejar al descubierto la redondeada cadera. Sin poder contenerse, deslizó la palma de la mano por la tersa piel del interior de su muslo y, con delicadeza, buscó en el cálido hueco entre sus piernas el centro de su deseo. A pesar de que Emma no se había despertado, su cuerpo respondió por voluntad propia al contacto de aquellos dedos expertos y, al notar su humedad, la policía alzó el blanco muslo sobre su cadera y se deslizó en su interior con un rápido movimiento.
Observó como Emma abría los párpados con lentitud y, embrujada, fue leyendo las emociones que pasaban a toda velocidad por sus expresivos ojos verdes: sorpresa, reconocimiento y, por fin, una sensualidad salvaje, que logró que se pusiera a mil. Tuvo que recurrir a todo su autocontrol para no dejarse llevar; deseaba ver en sus ojos el momento exacto en el que Emma alcanzara el clímax, sentir como su cuerpo se contraía al rededor de sus dedos,. No tuvo que esperar mucho tiempo. Pocos minutos después, las pupilas esmeraldas se dilataron y sus labios se entreabrieron, mientras de su garganta surgía un profundo gemido que trató de contener mordiéndose el labio inferior. Aquel gesto enloqueció a Regina por completo, la Morena que estaba friccionando contra la pierna de Emma, jadeo, gimió, se dejó ir con ella, hasta alcanzar un lugar fuera del tiempo y el espacio en el que jamás había estado antes.
Cuando regresaron a la realidad, aún sudorosas y con la respiración entrecortada, permanecieron un rato con las mejillas pegadas a la almohada y sus pupilas entrelazadas. Al fin, Emma esbozó una lenta sonrisa y murmuró:
—Menudo viaje...
Satisfecha al no detectar en su mirada ninguna señal de arrepentimiento por lo que acababa de ocurrir entre ellas, la policía asintió con voz ronca:
—Sí, menudo viaje.
Regina notaba que miles de palabras encerradas en su pecho pugnaban por salir a la luz. Deseaba confesarle su amor, decirle que lo que había experimentado entre sus brazos era distinto de todo lo que había experimentado jamás y quería escuchar que Emma sentía lo mismo que ella, pero no se atrevió a hablar. Incluso en aquel momento tan especial desnudar su alma ante ella y quedar indefensa por completo la aterraba. Nunca había sido una cobarde, pero sus labios permanecieron en silencio. Sin embargo, aunque ella lo ignoraba, sus ojos oscuros, que no se apartaban ni un milímetro del precioso rostro de la Emma, hablaban por ella.
Emma extendió una mano y, como había deseado hacer desde que la conocía, peinó con sus dedos esbeltos los rebeldes mechones castaños, apartándolos de su frente. Se sentía feliz, colmada por entero, le hubiera gustado permanecer así durante horas y no tener que enfrentarse a la inquietante realidad que las acechaba, insoslayable, más allá de la seguridad de esa cama, Emma se alzó sobre un codo y depositó un suave beso sobre la hermosa mejilla de la Morena.
—Tenemos que ponernos en marcha —comentó y, con un esfuerzo inmenso, se apartó del agradable calor que le proporcionaba su cuerpo hermoso y desnudo.
Con los brazos cruzados detrás de la nuca, Regina oía correr el agua de la ducha y una vez más se preguntó qué demonios iba a ocurrir ahora. Maldiciendo su estupidez, apartó las sábanas a un lado con violencia y se levantó. El chorro caliente no logró despejar del todo sus ideas. Luego buscó en el armario de la otra habitación; ninguna de las prendas de Elsa le valía, así que maldijo de nuevo al percatarse de no le quedaba más remedio que volver a ponerse la ropa del día anterior.
Cuando bajó a la cocina, le esperaban una taza de café caliente y unas tostadas recién hechas. Regina se limitó a gruñir algo que, solo con mucha imaginación, podía interpretarse como un «gracias», se sentó a la mesa y pareció concentrarse en su desayuno. De pie, cerca de la ventana, Emma sorbía su café sin quitarle la vista de encima y pensó que a pesar de su aspecto desaliñado —el pelo húmedo sin peinar, sin ninguna gota de maquillaje y la arrugada camisa de seda del día anterior—, estaba muy atractiva, Tomó nota del ceño fruncido de la policía y de su cara de pocos amigos. Sin saber por qué, le resultó gracioso que estuviera de tan mal humor. Era evidente que la pobre mujer estaba un poco descolocada después de lo ocurrido, así que dijo unas palabras que pensó que la calmarían.
—No le des más vueltas, detective, somos dos mujeres adultas, y está claro que nos atraemos físicamente.
Regina levantó hacia ella sus ojos tormentosos. Sus palabras no parecían haberla tranquilizado en absoluto, al contrario, parecía aún más furiosa.
—Más que como dos adultas, nos hemos comportado como un par de adolescentes en celo.—respondió con violencia.
La policía tuvo la satisfacción de ver cómo se borraba del rostro de Emma la expresión divertida con la que la había recibido, mientras sus ojos se abrían sorprendidos ante el impacto de sus bruscas palabras. Luego los cerró de golpe, como si quisiera ocultarle sus pensamientos y, cuando los abrió de nuevo, volvía a ser la circunspecta psicóloga que la sacaba de quicio.
"—No es necesario que te preocupes por eso —declaró, serena, al tiempo que daba otro sorbo a su taza de café.
Sus palabras, pronunciadas con aparente indiferencia, se clavaron en el pecho de Regina produciéndole un dolor desconocido y, de nuevo, su absurdo orgullo habló por ella.
—Entonces no lo haré —respondió con un encogimiento de hombros.
Sabía que estaba actuando como una auténtica idiota, pero no podía dominarse. En realidad, ella no había tenido ningún control sobre la situación, pues estaba medio dormida cuando la tomó hacía tan solo unos minutos.
Lo extraño era que ella nunca se había planteado nada semejante antes de conocer a Emma. Y ahora no entendía por qué, pero quería herirla. Estaba asustada, no soportaba sentirse tan torpe e indefensa como una niña de pecho, mientras ella se mostraba segura y en control de la situación.
Echó la silla hacia atrás con brusquedad y se levantó para llevar sus platos al fregadero. Emma seguía de pie junto a la ventana con la taza en la mano, mientras sus ojos se perdían en las agitadas copas de los árboles que se sacudían, indefensas, frente al violento vendaval que no había cesado de soplar desde la noche anterior. Regina se detuvo junto a ella, pero Emma simuló no darse cuenta y permaneció inmóvil, sin apartar los ojos de ese paisaje, indómito y gris, tan turbulento comolas emociones que bullían en su interior.
—Emma...
Ella la ignoró de nuevo hasta que Regina le quitó la taza y la dejó sobre la mesa, luego aferró su barbilla entre el índice y el pulgar y la obligó a mirarla. Los iris verdes se enfrentaron a ella, desafiantes, pero el arrepentimiento que detectó en los ojos oscuros la desarmó y más aún cuando Regina hundió la cabeza en su garganta y susurró:
—Perdóname, Emma. No sé lo que me haces...
Emma percibió el temblor del delicado cuerpo de Regina, y una súbita oleada de ternura borró cualquier rastro de rencor que hubiera albergado. Alzó los brazos y, con delicadeza, enredó sus dedos en el cabello no demasiado corto de su nuca, forzándola a alzar la cabeza. Entonces, la miró a los ojos con toda la sinceridad de que era capaz y declaró:
—Esto también es nuevo para mí. Dejemos que las cosas sigan su curso, sin agobios, sin presiones. Lo que haya de ocurrir, ocurrirá.
Extrañamente tranquilizada por sus palabras, a pesar de que no eran las que hubiera deseado oír, la policía se inclinó sobre sus labios y, tan cerca de ellos que Emma podía sentir la caricia de su cálido aliento, susurró tan solo:
—Gracias. —Y posó su boca sobre la boca delicada de Emma, sin ejercer apenas presión. Después se separó de ella y se pasó la mano varias veces por el pelo castaño, hasta que consiguió tranquilizarse.
Justo en ese instante, se escuchó el timbre de la puerta y el estridente sonido relajó la tensión que flotaba aún en el ambiente.
—Voy a ver quién es.
Desde la cocina, Regina distinguió una voz femenina que se mezclaba con la de Emma. Intrigada, se dirigió hacia la puerta de entrada a ver quién era la recién llegada. Las cejas de Keyla Jones se alzaron en un gesto de sorpresa al percibir la figura de la detective detrás de Emma.
"—Caramba, detective, parece que usted empieza muy pronto su jornada laboral. —A pesar de que los dientes de la chica relucían en su sempiterna sonrisa, Regina notó un chispazo de ira en las pupilas de la recién llegada.
—Ya ve, la policía nunca descansa —respondió, socarróna, y colocó una mano posesiva sobre el hombro de Emma. Incómoda, Emma se apartó en el acto, pero el gesto no le pasó desapercibido a los agudos ojos verdes. A pesar de que Keyla seguía sonriendo, el calor de esa sonrisa no alcanzaba su mirada, pero sin demostrar ningún tipo de malestar, se volvió hacia Emma y preguntó:
—¿Ha ocurrido alguna novedad que justifique la presencia de la detective Mills en tu casa a estas horas tan tempranas?
A Emma la pregunta le pareció impertinente; ella no tenía por qué justificar la presencia de Regina ante su amiga. En su casa podía hacer lo que le diera la gana sin tener que darle explicaciones a nadie.
Molesta, le dio a entender eso mismo a Keyla, aunque trató de utilizar unas palabras más amables, pero al ver la rigidez de su expresión añadió:
—En realidad sí que ha ocurrido algo muy desagradable...
—Esa información es confidencial y no estás autorizada a revelar asuntos de la investigación. —La interrumpió Regina con brusquedad, sin apartar la mirada desafiante del rostro moreno de su rival. Resultaba evidente que entre las dos mujeres había surgido un fuerte antagonismo y a Emma la situación no le hizo ninguna gracia. Lo último que quería era convertirse en motivo de discordia entre dos mujeres, como en una de esas telenovelas latinoamericanas a las que Granny era tan aficionada.
—Será mejor que me vaya —dijo por fin Keyla.
—Sí, creo que será lo mejor —contestó Regina con grosería.
La recién llegada se dio la vuelta para marcharse, pero antes soltó una última andanada cargada de veneno.
"—Ten cuidado en quién confías, Emma. Sabes mucho mejor que yo que la poli nunca se portó bien con nosotros. —Emma se mordió el labio inferior y, por su expresión, Regina notó que el dardo había dado en la diana. Le dieron ganas de agarrar a la relamida visitante por las solapas de su elegante chaqueta y sacudirla, pero Keyla Jones ya se alejaba con rapidez en dirección a su lujoso todoterreno.
—Esa exhibición de posesividad trasnochada te ha quedado bastante ridícula —comentó Emma con acidez.
—¿Tú crees? Es mejor que cada una sepa qué terreno pisa. —La arrogancia de la policía la hizo apretar los puños. Rabiosa, se enfrentó a ella con los brazos en jarras y alzó la barbilla, desafiante.
—Ah, ¿sí? Y qué terreno es ese, si puede saberse.
—Tú, precisamente, no deberías ni preguntarlo. Te recuerdo que esta noche hemos compartido algo más que conversación —respondió con estudiada zafiedad.
La detective observó con gesto impasible los indicios de la ira irrefrenable que la invadió: su bonito rostro se sonrojó con violencia, los iris esmeralda despidieron llamaradas y la boca se abrió para hacerle saber de manera inequívoca lo que opinaba de una energúmena como ella, pero, antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, Regina la rodeó con un brazo y hundió los dedos de su otra mano en su suave melena rubia. Luego enrolló el dorado cabello alrededor de su puño y tiró con fuerza, obligándola a alzar la cara hacia ella. Una vez que los sensuales labios se entreabrieron en un gesto de dolor, se abalanzó sobre ellos y descargó con violencia la confusa amalgama de emociones que se agitaban en su pecho —ira, deseo, celos, amor...— sobre aquella boca indefensa.
—Me bajo ahora a Boston —anunció entre jadeos, separándose unos centímetros de sus labios—. Voy a ponerle las pilas a esos condenados vagos del laboratorio. En cuanto sepa algo te llamaré. Vete a buscar a los niños y explícales lo que creas conveniente, pero luego no abandones la casa. ¿Entendido? —preguntó dándole una leve sacudida—. No quiero que te quedes sola ni un maldito segundo.
La soltó con tanta violencia, que Emma se vio obligada a apoyarse en la pared para no caer al suelo. Con rapidez, la policía se puso su saco negro, metió el móvil y su cartera en uno de sus bolsillos, cogió su casco y abandonó la casa sin volverse a mirarla. Incapaz de decir nada, Emma la observó alejarse con las pupilas dilatadas, mientras se llevaba una mano temblorosa a la garganta. Con agilidad, Regina se subió a la imponente Honda y desapareció a toda velocidad por el camino de tierra.
Ya saben como es esto, reviews y entre mas sea más rápido y extenso será. Gusto de leerlas hasta la próxima.
