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Y a todas mis hermosas lectoras, gracias amo sus reviews. Cualquier error una disculpa.

un honor leerlas y que les esté gustando la historia gracias por sus reviews. Sin les dejo leer


"—¡Maldita sea! —exclamó Regina después de la última serie de estornudos. Esta vez había batido su propio récord, había contado más de doce.

—Qué raro, Gina, tú maldiciendo. Llevo un rato buscándote, no se me había ocurrido que estuvieras aquí escondida. Por fortuna, Astrid, que siempre está informada de todo, me ha dado una pista sobre tu paradero —dijo su hermana Zelena nada más entrar en la habitación.

El archivo de la comisaría era un cuarto de buen tamaño y sin ventanas, dividido por filas y filas de estanterías metálicas que llegaban hasta el techo, atestadas de polvorientas cajas y carpetas de cartón, que a su vez estaban llenas a reventar de papeles amarillentos.

La detective, que llevaba un buen rato en cuclillas revisando las cajas de una de las baldas inferiores, se alzó con dificultad y el chasquido de sus rodillas resonó en la estancia.

"—Joder, qué vieja estoy. Me crujen todos los huesos.

Bajo la luz mortecina de los fluorescentes su rostro tenía un aspecto sucio y en su mejilla derecha lucía dos negros tiznones de polvo. La camiseta blanca que enfatizaba sus pechos reflejaba también su paso entre esos amenazadores desfiladeros de sucios archivos.

—Sí, vieja, no quería decírtelo, pero creo que estás para sopitas y buen vino. No me extraña que ya no te llame la hermosa señorita Swan.

Al oír las guasonas palabras de su hermana, Regina no pudo evitar un gruñido. Podía reírse casi de cualquier cosa, pero en lo que se refería a su complicada relación con Emma, no había nada en el asunto que le hiciera maldita la gracia.

Como si fuera consciente de ello, Zelema Mills decidió cambiar de tema.

"—¿Se puede saber qué demonios buscas? Lo único que vas a encontrar por aquí serán los huesos roídos por las ratas del último incauto que se atrevió a bajar al archivo.

—Desde luego, la capa de polvo que hay indica que nadie ha limpiado en este agujero al menos desde que Tejero dejó un par de boquetes en el techo del Congreso. —Otra sucesión de estornudos siguió a sus palabras. Exasperada, Regina se retiró el pelo del ojo con los dedos y un nuevo trazo polvoriento apareció sobre su frente.

Al verla, Zelena lanzó una carcajada. Luego levantó la palma de la mano y dijo:

—¡Yo ser Zelena, tú Cabeza de Fuego, jau!

—Ja, ja —respondió Regina , sarcástica, al tiempo que dirigía una mirada de disgusto a sus manos ennegrecidas, que no tenían nada que envidiar a las de un mecánico al final de una jornada en el taller.

—Venga, en serio. ¿Qué estás buscando? Creía que ya habíais detenido al culpable. —Zelena le tendió uno de esos pañuelos no muy limpios que siempre llevaba en el bolsillo. La detective lo aceptó sin remilgos y se limpió las manos con él lo mejor que pudo.

"—Sí, tenemos un sospechoso y todas las pruebas están en su contra.

—¿Entonces? —Las cejas de su hermosa hermana se alzaron, interrogantes.

—No sé, hay algo que no encaja. Sí, puede que la chica estuviera obsesionada con su psicóloga y perdiera la cabeza. Yo misma, nada más verla, me di cuenta de que Emma le gusta más de lo debido, pero... creo que algo no cuadra. — Regina se encogió de hombros, incapaz de explicar lo que para ella tampoco tenía mucho sentido.

—¿Qué es lo que te ronda por la cabeza? —Zelena la conocía demasiado bien y tenía pruebas más que suficientes de que las corazonadas de esa mujer, que había resuelto más casos que nadie en la brigada, solían ser acertadas.

"—Siempre he pensado que los asesinatos están relacionados de alguna manera con el pasado de Emma. —Regina tamborileó los dedos con impaciencia sobre una de las cajas de cartón más cercanas.

—Bueno, es una posibilidad —respondió Zelena dubitativa, enrollando entre sus dedos sus rizos rojos—. Además, según me contaste hay una amiga suya que la conoce desde hace tiempo, ¿no?

Al pensar en la atractiva y siempre impecable Keyla Jones, Regina apretó los dientes con fuerza. Detestaba a esa mujer.

—Sí, Keyla Jones. Por supuesto que la he investigado, tiene una coartada bastante sólida. Al parecer, estuvo en Boston el fin de semana que desapareció Katheryn. He hablado con testigos que afirman haber estado con ella el viernes, el sábado y el domingo. Otra cosa es que ese mismo viernes pudiera haber cogido un coche para venir a Storybrooke, asesinase a Katheryn y regresara a Boston de madrugada. La hora de la muerte de la chica queda tan abierta, que resulta algo enrevesado, aunque no imposible. Además, hay varias furgonetas blancas a nombre de su empresa de construcción, podría haber camuflado el rótulo de alguna manera.

"—Joder, Gina, ¿se puede saber a qué esperas para ponerle unas esposas? — la interrumpió su compañera, perpleja.

—No tengo una sola prueba de todo esto. Ni siquiera logré una orden para inspeccionar las furgonetas. La tipa está completamente limpia. no tiene antecedentes. Por no tener, no tiene ni una simple multa de tráfico. Algo bastante sorprendente si piensas que formaba parte de la pandilla de Emma, un grupo de muchachos cuyo único modo de subsistencia era pegar un palo pequeño y no tan pequeño de vez en cuando. Quería ver el informe de la operación en la que murió el novio de Emma Swan. Como bien sabes, en nuestra base de datos no están registrados la mitad de los expedientes con una antigüedad superior a quince años, así que pensé que lo encontraría aquí. Llevo dos horas en esta ratonera, he buscado en todas las cajas con fecha de ese año y no he encontrado nada. Debe haberse traspapelado.

Furiosa, Regina le dio una patada a la estantería más próxima que osciló peligrosamente.

—¡Cuidado, Regina! —exclamó su compañera—. Como derribes una de estas te veo recogiendo papeles hasta Semana Santa. ¿Y qué crees que tiene que ver esa operación con los asesinatos actuales?

—Estoy convencida de que hay alguna relación. Es un presentimiento.

—Tía, das miedo, no me digas que se te está pegando lo de tu novia —soltó Zelena, burlona.

—¡No empieces con ese tema otra vez! Sabes perfectamente que Emma Swan no es mi novia —respondió la detective, malhumorada, aunque pensó para sí que la idea no le desagradaba en absoluto. Sentía que había encontrado una mujer con la que le gustaría pasar una buena temporada y, por primera vez desde que habían hecho el amor aquella noche memorable, la idea no lo asustaba lo más mínimo—. Así que no vuelvas a nombrarla.

Su compañera se pasó el índice y el pulgar unidos por los labios, como si cerrara una cremallera. Luego repitió el gesto en sentido contrario y abrió la boca para sugerir:

—Oye, Gina, vámonos de este antro tétrico de una vez y nos tomamos una caña en algún lado, necesito comer algo.

A Regina la idea le pareció de perlas, ella tampoco había comido, pero lo peor era la espantosa sed que tenía. El polvo de ese lugar se había pegado a su garganta y la sentía rasposa al tragar. Además, su búsqueda parecía destinada al fracaso. Si después de más de dos horas no había logrado nada, no creía que ese maldito informe estuviera dispuesto a aparecer ahora por arte de birli birloque. Con un suspiro, sacudió sus pantalones con energía—lo que levantó una polvareda importante— y siguió a su hermana escaleras arriba.

Minutos después, tras haber despachado una jarra de cerveza cada una, casi sin respirar,

Regina y Zelena devoraban ansiosas una ración de pulpo y otra de huevos estrellados con jamón sentadas en una de las mesas de madera del restaurante que hacía la competencia al bar de Pintxo, sin que la delirante decoración del local, que se debatía con ferocidad entre una mezcla de estilos muy distintos —Pub inglés, loft minimalista y bar cutre de toda la vida—, les quitara el apetito.

Zelena hizo una seña al camarero y le pidió una nueva ración, esta vez de morcilla. Mientras se la traían rompió su muda promesa de no hablar de ciertos asuntos y le preguntó a la mujer que devoraba tentáculos de pulpo frente a ella:

—Venga, tía, te conozco desde hace más de veinte años y estás rara, muy rara. Hace siglos que no miras a una mujer que no sea esa preciosidad rubia y no parece que ella te haga mucho caso. ¿Quieres decirme de una vez qué es lo que hay entre la psicóloga y tú?

La Morena alzó la vista de la comida y la miró con uno de sus ceños de las grandes ocasiones. Otra cualquiera se hubiera levantado de la incómoda silla blanca con asiento de plástico fucsia en el acto y habría salido corriendo, despavorida, pero Zelena permaneció sentada, sin inmutarse, con los ojos fijos en el rostro de su hermana.

—¡Te he dicho que no quiero hablar de ese tema! —exclamó Regina de malos modos.

—Sí, me lo has dicho —respondió ella con paciencia.

Regina lanzó un bufido y dejó su tenedor sobre el plato. De repente había perdido el apetito. Contempló a su hermana durante un minuto. Pocas veces le había ocultado nada. Zelena y ella se habían sacado mutuamente de apuros tantas veces, que habían perdido la cuenta y ya no sabían quién estaba en deuda con quién. La detective se llevó su segunda jarra cerveza a la boca y bebió hasta que solo quedó un rastro de espuma en el fondo, la alzó para indicarle al camarero que le trajera otra y volvió de nuevo la mirada hacia su hermana..

—No sé qué me ocurre con ella, Zelena. A su lado no soy la misma. "—Con dedos nerviosos se retiró el pelo de la cara. Hablar de lo que rondaba su cabeza a todas horas fue una liberación y, una vez que empezó, Regina no pudo parar—. Escucho su voz y ya estoy perdida. Me pone de los nervios y a la vez me encanta cómo es; su dulzura, su entrega a unos muchachos que no son nada suyo, el valor con que se ha enfrentado y, aún lo hace, a la vida. Es una fiera leona y, al mismo tiempo, a veces parece más frágil que las alas de una mariposa; me embruja y me saca de quicio a partes iguales. En tres palabras: me vuelve loca.

—Nunca hubiera imaginado que fueras una poeta... —El estupor de Zelena ante la confesión de su hermana, que la conocía desde siempre había jurado, una y otra vez, que jamás se dejaría atrapar por una mujer, era genuina.

—Ya te lo he dicho, esa mujer me vuelve loca. —La policía clavó los codos en la mesa y hundió la cabeza en sus manos, alborotando aún más sus cabellos.

"—¿Y tú crees que es mutuo?

Regina se limitó a sacudir la cabeza en una silenciosa negativa. Zelena aprovechó que su hermana no la veía y le dirigió una mirada de conmiseración. Siempre había sospechado —aunque jamás se lo dijo, por supuesto—, que el día en que Regina Mills conociera a la mujer que le hiciera sentir algo más que un mero deseo sexual, su hermana se enamoraría con la misma intensidad con que lo había hecho nuestro padre. Era algo que estaba escrito en su ADN. Zelena desconocía por qué estaba tan segura, pero lo sabía con certeza y también estaba convencido de que, si esos sentimientos de ternura que habían permanecido encapsulados durante tanto tiempo no eran correspondidos, su hermana lo pasaría tan mal como lo pasó nuestro padre cuando su esposa nos abandonó.

Finalmente, la detective alzó la cabeza y, con una expresión salvaje y decidida que a Zelena le puso los pelos de punta, declaró:

—No, no me ama, pero me desea y ese es su punto débil. Lo utilizaré hasta que caiga rendida a mis pies. No le daré tregua. No habrá compasión.

—Eres un capullo —fue todo lo que pudo decir su hermana de fatigas.

—Lo sé —afirmó Regina y su atractiva sonrisa brilló con intensidad, eclipsando la rebuscada iluminación del local.


Unas horas después, la policía cenaba sus habituales bocadillos repanchingada en el sofá del salón. La tele estaba encendida y, como de costumbre, los pensamientos de Regina estaban muy lejos de lo que emitía en ese momento. Acababa de empezar «Pasa palabra», un programa que la mayoría de las veces la entretenía, pero esta vez lo miraba, indiferente, hasta que aparecieron los paneles de la primera prueba sobreimpresionados en la pantalla. Esa prueba se llamaba «Letra a letra»; el concursante debía adivinar la primera palabra de un panel de cinco, y las demás tenía que acertarlas cambiando una de las letras de la palabra anterior y, a veces, incluso el orden del resto. De repente, la detective se quedó tan quieta que hasta se olvidó de masticar el último trozo de bocadillo que tenía en la boca y su atención se centró por completo en el concurso televisivo.

—¡Pues claro, joder! —exclamó en voz alta.

De un salto se levantó del sofá y corrió a su dormitorio en busca del portátil. Sus dedos volaron por el teclado mientras consultaba en Google. Descargó varias aplicaciones en su disco duro y empezó a probar, pero el resultado distaba de ser satisfactorio. Desencantada, chasqueó la lengua mientras miraba las numerosas páginas de internet que permanecían abiertas en la pantalla del ordenador. Sin embargo, en ese instante se encendió una bombilla en su cerebro, sacó su móvil del bolsillo trasero y llamó a un colaborador habitual que era un crack de la informática. No estaba en la nómina de la policía, pero su ayuda había sido inestimable en muchos casos relacionados con la pederastia en la Red.

"—Ricky, soy Mills. Necesito un trabajito para ya.

—¡Joder, tía, te he dicho mil veces que ya no soy Ricky! Me he rebautizado con mi nuevo nick, ahora debes llamarme «motherhacker». —La voz, masculina pero muy aguda, resonó al otro lado del teléfono.

—Vamos, Ricky, ni siquiera es original. Además, ya sabes que a las viejas como yo nos cuesta mucho cambiar de costumbres.

—Eres una cabrona, Regina—respondió el tipo, enfadado. El detective recogió velas; no le convenía cabrearlo, se dijo, esos genios de la informática tenían alma de diva.

—Venga, Ricky, no te enfades. Necesito la impagable ayuda de una mente brillante como la tuya.

Halagado, Ricky respondió en un tono más calmado:

—No puedo ayudarte, chica, iba a salir — Regina tapó el emisor del teléfono y lanzó un juramento. Esa bola de sebo tenía que elegir, precisamente, esa noche para salir de su guarida.

—En serio Ricky, esto te va a gustar, es un desafío a tu inteligencia. Además, no sé qué demonios puede llamarte ahí fuera, hace un día de perros; estarás más calentito frente a tu ordenador que rondando por esas calles llenas de gentuza.

—Había quedado... con... con una chica que he conocido por internet. —Su titubeo delató que las palabras de la detective le habían llegado a lo más hondo.

—Mala idea, créeme, no hay nada peor que romper el misterio. — Regina esperó un momento para que su nueva andanada surtiera efecto y luego añadió—: Está bien, si lo que te apetece es helarte las pelotas ahí fuera para ver a una tía que seguro que luego no merece nada la pena, se lo pediré a ese colega tuyo, ¿cómo se llamaba?

—¿A «Gollum2.0»? ¡¿Estás de coña?! Ese no encontraría tu tesoro ni en un millar de años. Está bien, ¿qué es lo que quieres?

—Necesito que me digas todas las posibles combinaciones de las letras de un nombre: Kusemagi.

—kuse... ¿qué? —preguntó Ricky, extrañado.

—Kusemagi, coge algo para escribir —ordenó Regina y se lo deletreó despacio.

—Esto es un problema combinatorio en toda regla. No creo que sea difícil encontrar un algoritmo adecuado pero, te lo advierto, para una palabra de ocho letras existen unas 40.320 permutaciones...

—Bueno, ese es mi problema no el tuyo —lo interrumpió Regina que no podía soportar a los «cerebritos» cuando empezaban a parlotear en esa jerigonza ininteligible—: Tú encárgate de encontrar cuales son esas palabras lo antes posible, genio. Es urgente.

—Está bien. Te demostraré que «Gollum2.0» es un friki patético a mi lado.

Regina colgó y se paseó nerviosa por el salón de su apartamento. Miró el móvil a ver si tenía algún mensaje nuevo, pero no había nada. Una vez más, marcó el número de Emma y, como siempre, una educada voz femenina le indicó que el teléfono estaba apagado o fuera de cobertura. Era la quinta vez que la llamaba, pero ella no se había dignado a contestar. La policía masculló una sarta de groserías y se tumbó de nuevo en el sillón; estaba agotada, y la tensión de los últimos días le estaba pasando factura. Sin dejar de pensar en Emma, sus ojos se cerraron despacio y, a pesar de que la luz y el televisor seguían encendidos, se quedó profundamente dormida.

Le pareció que solo habían pasado unos segundos cuando sonó el escandaloso tono que había elegido para su móvil y la despertó de golpe. Miró el reloj, eran las nueve y media, apenas habían pasado cuarenta minutos desde que cerró los ojos, pero al ver en la pantalla el nombre de Ricky se espabiló en el acto y descolgó. Sin perder el tiempo en preámbulos de ningún tipo el hacker le ordenó:

—Dame tu email y te paso la lista con todas las combinaciones posibles. —Regina se lo dijo y, pocos segundos después, un ruido de campanillas le indicó que había recibido un nuevo correo.

—Gracias, tío, te debo una.

—Si se lo hubieras pedido a «Gollum2.0», no te habría llegado la respuesta hasta mañana. Soy el mejor —afirmó con esa voz aguda que sonaba satisfecha y cargada de vanidad. Regina le dio la razón y colgó con rapidez.

Decidió imprimir la lista, que ocupó un alarmante montón de hojas y, con la ayuda de una regla y un lápiz, fue punteando todas las posibles combinaciones de la palabra Kusemagi que aparecían en las columnas.

ksemugi ksemagui kasemugi ksemuagi

ksemuagi ksemugi ksuemagi usemagik

usemugki usemukgi usamkugi usmkeugi

Después de casi una hora, cuando las palabras empezaban a bailotear frente a sus ojos y bizqueaba por culpa de esa letra tan pequeña, Regina leyó uno de los nombres y su corazón empezó a latir con violencia.

euskmgin eumkagni eumkangi eumnagi

Emsnkagi eunskagi Emuskagi mueskagi

Allí estaba lo que había estado buscando sin saberlo: «EMUSKAGI ». Por fin tenía la respuesta; si le quitaba la g y la i, la palabra se convertía en EMUSKA. Emuska, el nombre cariñoso que Neal utilizaba para llamar a su novia. Emma Swan no iba contándole a todo el mundo ese detalle tan íntimo. El tal Kusemagi que se había liado con Katheryn no podía ser otra que Keyla Jones. Ella era la único que estaba al tanto del apodo de Emma; Regina se había enterado por pura casualidad al leer la dedicatoria en esa tira de fotos de fotomatón.

Regina estaba eufórica. Tenía la clave de la verdadera identidad del asesino y algo dentro de ella le decía que no se equivocaba. A pesar de la antipatía que sentía por esa tipa, Regina no se dejaba llevar por sus sentimientos personales en estos casos. Tenía ganas de gritar, de saltar, de bailar pero, de pronto, un pensamiento cruzó su mente y su entusiasmo se apagó de golpe.

Ese «juego de palabras» no le serviría para que ningún juez le diera una orden de registro; se limitarían a decirle que no era un indicio suficiente y se la sacudirían de encima con una palmadita en la espalda. Soltó una ristra de maldiciones mientras se tiraba de los pelos. ¡Maldición, estaba como al principio! Sabía quién era el asesino, sí, pero no podía probarlo de manera fehaciente.

En ese instante, su móvil sonó de nuevo. Disgustada por la interrupción de sus negros pensamientos, miró el número que salía en pantalla; era un teléfono fijo y no lo reconoció.

—¡Mills ! —contestó con brusquedad.

—Detective Mills, soy Granny ¿se acuerda de mí? —Al escuchar la respuesta afirmativa de la policía, la buena mujer siguió hablando con voz temblorosa—: Es la señorita Swan... ¡Ha desaparecido!


Ya saben como es esto, reviews y entre mas sea más rápido y extenso será. Gusto de leerlas hasta la próxima.