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Y a todas mis hermosas lectoras, gracias amo sus reviews. Cualquier error una disculpa.

un honor leerlas y que les esté gustando la historia gracias por sus reviews. Sin les dejo leer


Keyla Jones, no hizo ningún intento de negar esa afirmación. Esta vez eran sus ojos verdes los que brillaban, burlones, y en el mismo tono, amable y pedagógico, que utilizaría un profesor para explicar un sencillo problema de matemáticas a un niño pequeño y un poco tonto se dirigió a la detective:

—Mi querida detective Mills. Ahora es usted la que desvaría. Emma es amiga mía y jamás haría nada que pudiera hacerle daño. ¡De ninguna manera! Además, ¿dónde cree que la escondo? ¿Aquí en mi casa? —Hizo un gesto con los brazos que abarcó lo que había a su alrededor.

—No es un mal lugar, aquí hay sitio de sobra para esconder a varias personas. —Regina le devolvió la mirada, juguetona.

—Supongo que si hubiera traído con usted una orden de registro ya me la habría mostrado. —Keyla la miraba con aires de gato que está dispuesto a jugar con el ratón, pero solo hasta que este empiece a aburrirle.

"—En efecto, no tengo ninguna orden. —Regina extendió las palmas vacías hacia arriba y continuó hablando con calma—: Pero imagino que, tratándose de una buena amiga de la señorita Swan, a la que conoce desde hace tanto tiempo, no tendría ningún inconveniente en enseñarme su casa.

La mujer frente a ella la miró de arriba abajo con expresión pensativa y, finalmente, asintió sin tratar de reprimir la mueca maliciosa que asomó a sus labios.

—Muy bien, por mí no hay inconveniente. Usted primero, detective —dijo Keyla, con una elegante inclinación de cabeza.

Tardaron bastante en recorrer la casa en la que el único rastro de la presencia de Emma que encontró la detective fue un pequeño retrato suyo al carboncillo en el fastuoso dormitorio principal. Tres de las paredes de la habitación eran de cristal, de forma que el cuidado jardín pasaba a convertirse en un espectacular cuadro viviente. La enorme cama en el centro de la habitación, cuyo cabecero hacía las veces de mesillas de noche, era el único mueble visible. Los armarios estaban integrados en la única pared que no era de vidrio de un modo tan perfecto que resultaban casi invisibles. Era como si Keyla Jones se acostara todas las noches en mitad de la naturaleza.

Regina cogió el pequeño marco y lo examinó con curiosidad. A pesar de los trazos monocromos y sencillos, una Emma de sublime belleza la miraba desde el papel, con esa luz tierna que a veces aparecía en sus enormes ojos verdes, que tenía el poder de derretirla en menos de dos segundos. Le costó arrancar los ojos del retrato y dirigirlos hacia la mujer que permanecía en silencio a su lado.

—Parece que le gusta la señorita Swan, ¿no? Es una mujer muy bella.

Por primera vez, Keyla pareció perder un poco de su sangre fría y, con un movimiento algo brusco, le arrebató el marco y lo volvió a dejar en su sitio, como si no pudiera resistir que lo tocara alguien que no fuera ella. La detective tomó nota de su comportamiento, trazando planes en su mente sobre la manera de utilizarlo más adelante.

—Verá, conozco a Emma desde hace años. Hemos pasado por muchas cosas juntas y la aprecio, sí—. Era obvio que Keyla había recuperado el control de sus emociones. Su apariencia volvía a tener ese velo de encanto y amabilidad que parecía la marca de la casa. Le dirigió una agradable sonrisa a Regina y agregó—: Bueno. Ya hemos visto todo lo que hay que ver, ahora usted debería empezar a buscar a Emma en serio, me preocupa mucho.

—No me ha enseñado el sótano y los trasteros —la interrumpió Regina con rudeza.

La mujer soltó un suspiro de cansancio, alzó los ojos al cielo y le dijo sin perder ni un ápice de su amabilidad:

—Sígame.

La planta subterránea era enorme a su vez y contenía una piscina cubierta, el garaje, el cuarto de calderas, los trasteros y numerosas habitaciones vacías. Sin embargo, los agudos ojos de Regina detectaron algunos elementos que no cuadraban. A pesar de su tamaño, la planta le pareció algo más pequeña que el nivel superior. Se preguntó si eso significaría que había espacios ocultos en algún lado. Para comprobarlo necesitaría un georadar que tendría que pedir en comisaría y que no llegaría antes de un par de semanas, lo que la haría perder un tiempo precioso.

—Espero, detective, que admita que ha... patinado, por decirlo suavemente. Dígame, ¿de dónde ha sacado la extraordinaria teoría de que yo soy la persona que retiene a Emma? —La mirada entre arrogante y despectiva que le lanzó, reafirmó a la policía en sus sospechas. Keyla Jones estaba demasiada tranquila, demasiada segura de sí misma. Olía a culpabilidad por los cuatro costados.

Sin embargo, Regina era consciente de que estaba a punto de perder la oportunidad de averiguar lo que necesitaba, así que decidió poner en práctica el plan que había trazado sobre la marcha. Con decisión, se irguió para mostrarse imponente, cruzó los brazos sobre sus pecho y se enfrentó a ella con una expresión severa en el rostro.

—Sé que usted la oculta en algún lugar. Sé que está enamorada de Emma desde hace años y que ella no le corresponde. Sé que fue usted la que envenenó al mastín, apuñaló a Katheryn hasta la muerte y acabó también con la vida de Jefferson Jorgal.

—Ja, ja, detective. Perdone que me ría a pesar de que las acusaciones que está formulando son muy serias, pero es que en la vida había oído nada tan peregrino. —La mujer la observaba sin inmutarse con las cejas, negras y delicadas, alzadas ligeramente, como si estuviera haciendo acopio de paciencia para escuchar sin enfadarse todas las

sandeces que decía la policía.

—Usted es Kusemagi —la acusó Regina.

Por unos segundos, la sorpresa brilló en sus pupilas pero, al instante, Keyla recuperó su expresión serena.

—Se equivoca, detective, soy Keyla Jones, constructora. Jamás he oído ese nombre.

—¿No? ¿De verdad no lo ha oído? —preguntó Regina. Despacio, se acercó hasta que sus cuerpos estuvieron a menos de medio metro, empequeñeciendo por la figura imponente de la detective Mills. Incómoda, Keyla se vio obligada a echar la cabeza para atrás para mirar el rostro implacable de la detective—. Qué raro. Kusemagi es un ingenioso juego de palabras que oculta algo, algo importante.

—No sé de qué me habla —Keyla dio un paso atrás para alejarse de la agobiante cercanía de aquella figura imponente.

—Katheryn dejó escrito un diario. —De nuevo Keyla fue incapaz de ocultar su sorpresa, pero nada en su actitud traicionó el más mínimo matiz de temor ni ninguna otra emoción delatora—. En él hablaba de su idolatrada Kusemagi, de la que estaba locamente enamorada. Sin embargo, esa amante infiel la traicionó con otra mujer. Pero aquí viene lo más cómico, la mujer a la que Kusemagi ama con toda su alma, la desprecia. Nunca la ha mirado como a una posible amante y nunca lo hará.

Esta vez, Keyla se quedó rígida y sus párpados se entornaron tratando de ocultar el brillo helado de sus ojos verdes, muy alejado del encanto que derrochaban de manera habitual. Regina tomó nota mental de aquellos sutiles signos y prosiguió:

—emuska, la mujer que se esconde tras el nombre de Kusemagi, nunca será suya porque ya ha encontrado a otra mujer que la satisface más.

—¿Ah, sí? Parece saber mucho del tema, detective. Me gustaría que me dijera por qué está usted tan bien informada. —A pesar de que Keyla Jones no había movido ni una pestaña y sonaba perfectamente calmada, el frío fulgor de sus pupilas se había transformado en un destello homicida.

—Mi fuente de información soy yo misma, señora Jones, alias Kusemagi. Me he acostado con ella. Un polvo de los que no se olvidan, créame —se jactó Regina, al tiempo que le guiñaba un ojo. Su vulgaridad y la sonrisa petulante posada sobre su boca hubieran bastado para que cualquiera se sintiera tentada a borrársela a golpes.

—No me creo que alguien como Emma se haya acostado con una tipa como usted. Una policía vulgar, grosera, e idiota, que, ni en mil años, sería capaz de darle a una mujer como ella lo que necesita. —Keyla lq miraba, desdeñosa, con las manos metidas en los bolsillos de su batín.

—Ah, ¿no? —respondió la policía al tiempo que sacudía su cabello castaño, desafiante, y pasaba una mano por su entrepierna en un gesto provocativo—. Pues a juzgar por sus gemidos de placer, parece que a ella le gustó bastante que le tocara esos maravillosos pechos, blancos y erguidos. Jamás he visto una piel tan pálida, tan suave y perfecta como la suya. La cara interna de sus muslos es como el terciopelo y, cuando subes un poco más, te das cuenta de que es una zorrita bien enseñada, tan húmeda y dispuesta que...

No pudo acabar la frase. A pesar de que estaba atenta al más mínimo movimiento de Keyla Jones, la mujer que tenía enfrente consiguió sorprenderla. Con un gesto fluido que los ojos de Regina fueron incapaces de registrar, sacó la mano del batín y trató de clavarle a la policía el pequeño pero afilado cuchillo que empuñaba. Por fortuna, Regina consiguió reaccionar en el último segundo y alzó el brazo izquierdo para cubrirse, así que el tajo que iba destinado a su garganta, acabó desgarrándole el antebrazo. Al instante, sintió un dolor lacerante y empezó a sangrar con abundancia pero, a pesar todo, no se distrajo y siguió esquivando el ataque de keyla como pudo. La mujer tenía una espectacular habilidad en la lucha con cuchillos y sus movimientos, rápidos y certeros, obligaban a Regina a esquivar una puñalada tras otra. La policía maldijo en silencio. La afilada hoja debía haberle seccionado algún músculo o tendón; los dedos no le respondían y no podía echar mano de su pistola.

Herida y desarmada, estaba en clara desventaja frente a su oponente, así que Regina recurrió a la única defensa que en una situación como aquella le quedaba.. Con un valor rayano en la temeridad, se abalanzó sobre su atacante, la agarró como pudo de la muñeca, tratando de detener las cuchilladas que le lanzaba sin pausa, y con su cuerpo la arrinconó contra la pared de hormigón del sótano. Sin embargo, no consiguió desarmarla pues, a pesar de que Keyla era un poco más baja y menos pesada que Regina tenía una fuerza sorprendente, incrementada por el odio enloquecido que brillaba en sus pupilas.

Mientras forcejeaban por la posesión del cuchillo, cuya afilada hoja quedaba en ese momento a menos de dos centímetros del rostro de Regina, Keyla jadeo: "—Emma es mía... La has tocado y vas a morir...

Regina no perdió el tiempo con chácharas inútiles. Como tenía la mayor parte del brazo izquierdo inutilizado, aplastó a Keyla con su hombro contra la pared hasta que consiguió inmovilizarla, mientras que con la otra mano seguía apretando la muñeca de su atacante con todas sus fuerzas. Milímetro a milímetro, logró alejar el punzante acero de su cara y siguió retorciéndole la muñeca hasta que los dedos de su enemiga se abrieron y soltó el cuchillo. Sin embargo, Keyla, entrenada en infinidad de peleas callejeras, no se dio por vencida.

Con un rápido movimiento, metió la mano que tenía libre bajo el saco de la detective y le arrebató la pistola de su funda. Apuntó con ella hacia el estómago de la policía, pero, antes de que pudiera apretar el gatillo, Regina consiguió volver el cañón hacia ella y cuando el disparo retumbó de forma ensordecedora en el inmenso sótano, la policía no habría sido capaz de decir si estaba herida o no. Fue al notar que el peso de su agresora sobre su hombro aumentaba, cuando Regina comprendió que era a Keyla a la que le había alcanzado la bala.

Con cuidado, la ayudó a deslizarse hasta que quedó tendida sobre el frío suelo de cemento, apartó el batín de seda, cuyos colores se iban apagando a medida que la mancha de sangre aumentaba sin pausa, y vio que la cosa no pintaba nada bien. A toda prisa, Regina se deshizo de su saco, se quitó la camisa quedando solo en blusa interior, hizo con ella un revoltijo y presionó con fuerza sobre la herida. Con la otra mano sacó su móvil del bolsillo de su pantalón y llamó al 112 para pedir una ambulancia y refuerzos policiales.

—No... te molestes. Estoy... jodida.

Keyla Jones la miraba con el rostro muy pálido pero, a pesar de la situación, lucía una mueca retorcida en su boca. La policía no sintió ninguna lástima de ella y con brusquedad preguntó:

—¿Dónde está Emma?

"—Ja, ja... —La inoportuna risa le provocó un ataque de tos y un esputo sanguinolento le salpicó la barbilla. Sin embargo, le dirigió una mirada llena de odio y, aunque le faltaba el aire, añadió—: Nunca la encontrarás... si no es... mía, no... lo será de... nadie.

La detective la agarró por las solapas y la sacudió sin importarle que estuviera herida.

—¡Dímelo, hija de puta! —gritó. Regina tenía miedo; si esa bastarda moría sin hablar quizá no volvería a ver a Emma—. La tienes escondida en esta casa, ¿no es así? Seguro que tienes una habitación del pánico o como demonios se llame.

—Frío, frío... —Los iris verdes no dejaban de observarla, burlones—. Está bien... has acertado... aunque se trata... más bien...de un pequeño apartamento. Lo preparé... para Ems... en el caso... de que no quisiera... al principio... estar conmigo.

—¡¿Dónde está?! ¡¿Dime cómo llego hasta él?! —La detective tenía la frente perlada de sudor.

"—¿Ves... esa... palanca...?

Regina giró la cabeza y vio una pequeña palanca roja, muy parecida a las llaves del gas de las calderas. Con rapidez, se levantó y la giró primero en una dirección y, al ver que no ocurría nada, en la otra. De repente, un pesado mueble de acero que contenía un montón de herramientas y que parecía que llevaba siglos anclado en ese mismo lugar, empezó a deslizarse con suavidad hacia un lado dejando a la vista una puerta oculta. Con el corazón latiéndole alocadamente en los oídos, Regina se abalanzó sobre el pomo y lo giró impaciente, pero estaba cerrada con llave. Sin perder ni un segundo, la policía se echó hacia atrás, cogió impulso y aterrizó con el hombro sobre la madera. La puerta se abrió de golpe y Regina accedió a un apartamento. Una habitación, un baño y una cocina, todo en tamaño diminuto y sin ventanas. Por supuesto, estaba vacío. Angustiada, la detective salió, se arrodilló junto al herido y apretó la camisa contra su estómago una vez más.

"—¿Dónde está? —Esta vez, las palabras de la policía sonaron como una súplica.

Las pupilas cada vez más turbias de Keyla Jones bebieron extasiadas la desesperación de la, hasta hace pocos minutos, arrogante detective Mills.

—Así... que... la amas... —El esfuerzo por pronunciar esas palabras hizo que Keyla tosiera más y un hilillo de sangre se deslizó por la comisura de su boca.

—Sí, amo a Emma. La quiero como jamás pensé que podría querer a una mujer —confesó la detective. Al escucharse pronunciar esas palabras en voz alta, Regina se sintió extrañamente reconfortada y, por una milésima de segundo, olvidó las difíciles circunstancias que la rodeaban.

—Me... alegro... así... sabrás... lo que... es... quererla... sin... esperanza —Al terminar la frase, Keyla Jones sufrió una violenta convulsión y murió.

"—¡Hija de puta! —gritó Regina, al tiempo que acercaba los dedos índice y corazón a su cuello, pero fue inútil, no encontró el pulso de la arteria carótida. Desesperada, se tiró de los pelos; tenía que encontrar a Emma antes de que fuera demasiado tarde.

Regina bajó la vista una vez más hacia la mujer que yacía en el suelo con los ojos muy abiertos y tuvo que contener el fuerte impulso de soltarle una patada. Sin parar de maldecir, recogió su saco del suelo y se la fue poniendo mientras subía por la escalera. Necesitaba aire fresco para poder pensar. Al salir al exterior notó que había empezado a caer una fría llovizna. Justo entonces, escuchó el ruido de un motor y vio las luces de las sirenas en el camino que conducía hasta a la casa. Además de la ambulancia, dos todoterrenos de la Guardia Civil se detuvieron a su lado.

—Detective Mills. —Saludó el agente nada más bajarse del coche y Regina lo reconoció al instante, era el mismo que lo había llevado hasta el depósito de agua en el que apareció el cadáver de Jefferson.

"—Me temo que es demasiado tarde, la mujer está muerto.

El guardiacivil, acostumbrado a las malas noticias, se encogió de hombros y comentó como si pensara en alto:

—Por qué será que todo lo malo ocurre en las noches oscuras y húmedas. —Y, sin esperar respuesta, se alejó en dirección a la casa en pos de sus compañeros.

Las palabras de aquel hombre trajeron a la memoria de Regina otras palabras:

...Me encuentro en un lugar húmedo en el que la oscuridad es absoluta. Estoy hecha un ovillo y trato de fundirme con esa oscuridad porque, a pocos metros de donde yo estoy, alguien me busca. La sensación es opresiva, casi asfixiante, y la maldad que percibo en ese «alguien» que me acecha, me llena de terror...

Regina salió corriendo detrás del agente Vázquez.

—¡Agente! —gritó

"El guardiacivil que acababa de subir los tres escalones de la entrada se volvió en el acto.

—¿Sí, detective?

—Usted es de la zona ¿verdad?

—Sí, yo nací en el pueblo de al lado y desde crío...

Regina lo interrumpió, impaciente.

—Necesito saber si existe una cueva por los alrededores o algo parecido.

—¿Una cueva? —El joven agente pareció sorprendido por la pregunta, pero enseguida contestó—: Bueno, está la mina de plata cerca de Bustarviejo, pero queda lejos de aquí. A unos cincuenta kilómetros más o...

La detective lo interrumpió de nuevo con brusquedad.

—No, demasiado lejos no puede ser.

—A ver, déjeme pensar. —El guardiacivil se rascó la cabellera por debajo de la gorra verde—. Está también la cueva del monje.

"—¿Es grande? ¿Muy oscura y húmeda? —preguntó la policía a toda velocidad con los ojos chispeando de esperanza.

—Para nada, como mucho sirve de refugio a unas cuantas personas si cae una buena tormenta, hay gente que piensa que es un dolmen, aunque... —Al percibir la mirada de desesperación de Regina, el joven se detuvo, pensó a toda prisa y añadió—: Puede que se refiera usted a unas viejas galerías excavadas durante la guerra civil. Las usaban los combatientes para refugiarse de los ataques aéreos. Son un pequeño laberinto y la última vez que estuve con mis sobrinos, alguno de ellos se llevó un buen susto a pesar de que íbamos con linternas.

Como si hubiera tenido uno de esos presagios de los que tanto se burlaba antaño, Regina supo sin ninguna duda que ese era el lugar que buscaba.

—Necesito que me lleve hasta allí, agente, la vida de una mujer está en juego.

El médico de la UVI móvil, que llevaba un rato curándole la herida del antebrazo comentó:

—Ya no sangra y le he inmovilizado el brazo, pero necesita cirugía. Debería venir conmigo al hospital.

—Gracias, ahora no puedo. Vamos, agente Vázquez, que sus compañeros vayan haciendo el atestado. ¿Tiene una linterna?

—Sí, siempre llevo un foco en el coche —respondió el joven, contento de poder ser útil; desde que conocía a la detective Mills su vida se había vuelto mucho más emocionante.

—Perfecto. Pise fuerte.

El guardiacivil condujo a toda velocidad por los caminos sin asfaltar. Sin embargo, la impaciencia de la detective por llegar hacía que no le pareciera que iban lo suficientemente rápido. En silencio, hizo algo que no recordaba haber hecho desde que era niña: rogó a Dios que Emma se encontrara sana y salva.

El agente Vázquez detuvo el coche en un claro apenas iluminado por la luz de la luna y rebuscó en la guantera.

—¡Aquí está! —Sacó un foco de buen tamaño y lo encendió—. Desde aquí tendremos que ir andando, detective Mills, las galerías están como a un kilómetro y medio.

Avanzaron con rapidez por el bosque, solo el bullicio de las criaturas nocturnas y el sonido de sus pasos apresurados interrumpían el silencio nocturno. La temperatura era gélida, pero Regina no lo notaba, tampoco se daba cuenta del dolor que sentía en el brazo a pesar del analgésico que se había tomado. Tan solo se concentraba en seguir la luz del foco con atención para no tropezar con una raíz o una piedra. En su mente solo tenía cabida una idea: llegar hasta Emma cuanto antes.

Después de lo que le pareció un siglo el agente Vázquez anunció por fin:

"—Casi hemos llegado. La entrada está detrás de ese montículo. —El hombre se detuvo frente a lo que a Regina tan solo le pareció un amasijo de zarzas y exclamó—: ¡Alguien ha bloqueado la puerta con unas piedras!

El agente dejó el foco a un lado y empezó a quitarlas. Al momento, la detective estuvo a su lado ayudándolo a mover las pesadas rocas que obstruían el acceso a las galerías, sin pensar en su brazo herido. Cuando consiguieron despejar la entrada, Regina cogió el farol y empujó la puerta. A la luz del potente foco, las tinieblas retrocedieron.

—¡Emma! ¡Emma! —Su voz profunda resonó con fuerza y el eco retumbó por los diferentes pasadizos, pero no hubo respuesta—. ¡Emma, soy yo, Mills, contesta por favor!

Nada.

Si no hubiera sido por los gritos de la detective el lugar habría sido una tumba. Fuera de sí, la policía recorrió los túneles uno a uno, dejando marcas con una piedra afilada para reconocer las galerías por las que ya había pasado. Empezaba a desesperarse cuando la luz del foco alumbró algo de un color más claro que las paredes. Con el corazón a cien latidos por segundo, Regina se acercó y reconoció la figura de Emma hecha un ovillo contra la pared. La detective calló de rodillas a su lado y sus ojos se llenaron con una insólita humedad.

Regina tenía miedo, mucho miedo, temía haber llegado tarde.


Ya saben como es esto, reviews y entre mas sea más rápido y extenso será. Gusto de leerlas hasta la próxima.

habra llegado regina a tiempo?