Disclaimer: Noragami no me pertenece, sino a Adachi Toka.
Esta serie de drabbles participa en el Mes de apreciación Marzo-2017: Kazuma del foro "Mar de Joyas Escondidas"
Rated: M (Mejor dicho, un intento de gore mal hecho xD)
Reminiscencia
II: Veneno
Era un escenario escarlata. El carmesí impregnaba la tierra y la superficie impecable de los tatamis. El aroma se viciaba cada vez más con el hierro, producto de los cuerpos que caían, convulsionando, ahogándose en su propio fluido vital, con el brillo de sus pupilas extinguiéndose, mermándose como la esperanza de la utopía de la gran Vaisravana.
En realidad, Yatogami era un dios de la calamidad. Desmembraba, cercenaba, aniquilaba, sin parpadear, sin hacer caso a súplicas, llantos o ruegos silenciosos. Pero Kazuma era peor, y él lo sabía. Sabía que allí, escondido, incapaz de enfrentarse a la muerte, sabiendo que merecía el mismo destino que el resto del clan "Ma", como si su cruel solución lo colocara en un pedestal que lo redimía de sus pecados; tan solo conseguiría su propia conmiseración y el peso de la palabra "cobarde" rondando en su mente por la eternidad.
Porque estaba consciente de ello y de la fragilidad de Bishamonten, había decidido cargar con ese peso él solo, en aras de evitar otra tragedia. Por ello, grabaría en su retina cada segundo de ese día, para tenerlo siempre presente y hallar formas de evitarlo en el futuro, para evitar lastimar a quien más quería.
Olía podrido. Los sentimientos reprimidos y malvados de los shinki se esparcían por el aire, cual esporas venenosas, contaminando más al resto, entre ellos y a ellos mismos. El paraje que se desplegaba frente a él era digno de la tragedia y desesperación en pleno campo de batalla mientras un solo ser sesgaba la maldad y lo retorcido con gráciles movimientos de su katana. De fondo, como un lejano aullido, se podían escuchar los ruegos de una de los siete dioses de la fortuna a la par que su cuerpo hallaba consuelo en la desaparición del dolor físico, pero su corazón y mente se hallaban perturbados por ver a su querida familia siendo asesinadas a manos de un desconocido, impávido, como si nada lo afectara.
Todo ocurrió en cuestión de minutos, pero se sintió una eternidad. Kazuma, cuando todo acabó, observó la espalda del dios errante alejarse por el sendero, acompañado de una figura pequeña y ataviada de blanco, como si todo hubiera sido una ilusión.
A pesar de parecer una pesadilla sacada de un subconsciente atormentado, había sido real, cada segundo, y él lo sabía. Tan solo restaba dejarse consumir por las dolorosas reminiscencias
