Así, sin segundas miradas los hombres simplemente depositaron en el río helado los cuerpos de los niños, sin importarles en lo más mínimo que algunos de ellos aún respiraban.
-Ayuda… por favor… no importa quién… no importa qué… sólo ¡qué alguien nos ayude!
Pero la voz del niño se escuchaba desgastada y vacía mientras su cuerpo era acuchillado por el frío lacerante de la noche sin estrellas, como si a pesar de la desesperación contenida en su súplica realmente no hubiese esperanza detrás de la petición.
-Ayuda…
-¿Para qué es para lo que suplicas de forma tan lastimera? – Escuchó a una voz dura pero débil susurrarle al oído – ¿tan desesperadamente insistes en aferrarte a una vida que sólo te oferta dolor y miseria como para suplicar como un vil ratón que ha sido acorralado por el gato?
Los ojos del niño se abrieron con estupor ¿de dónde rayos provenía esa voz?
-¿Qué? ¿Tienes demasiado miedo de mí como para responderme?
-No… yo… estoy asustado de ti… seas lo que seas no puedes ser peor que ellos.
-¿Ellos? ¿Te refieres a los que te pusieron aquí?
-Sí.
La palabra en sí misma fue un simple susurró débil y lastimero que sin embargo se llevó en su articulación lo último que aún quedaba de las fuerzas del moribundo chiquillo.
-¡Vaya reacción interesante! Y sin embargo, aún en estas circunstancias te siento luchar con la oz de la muerte que intenta perforar tu pecho. ¿Por qué lo haces? ¿Por qué insistes en luchar una lucha que no puedes ganar?
-Llámalo terquedad o estupidez – pensó el niño – pero no sé la respuesta… yo sólo sé que… yo sólo sé que…
Lágrimas se derramaron por sus parpados cerrados.
-Un día tuviste una vida muy diferente – le explicó la voz – veo que es así. Entonces ¿qué es lo que quieres? ¿Quieres que te saque de aquí para que regreses a esa vida feliz que antes de perteneció?
-Yo… no.
¿Ah no? – Por primera vez la voz sonó sorprendida – entonces ¿qué es lo que deseas?
-Yo... – el niño titubeó inseguro de la respuesta a esa pregunta – yo no… no me queda nada… no ahora que ellos han muerto. Pero… yo… quiero…
-¿No te das cuenta? Lo que quieres o no quieres hace mucho ha dejado de ser relevante. Las personas a las que amaste se han ido y nada podrá hacerlas regresar, y aquellos que te han lastimado están ahora lejos, fuera del alcance de tu cuerpo débil.
-¡No! – Chilló mentalmente el chiquillo – ¡eso no! no las dejaré ir así… no después de lo que hicieron.
-Pero tú no estás en posición de hacer nada al respecto. Vaya, apenas y puedes mantener los ojos abiertos y ya no hablemos de abrir los ojos ¿puedes hacerlo, pequeño mocoso? ¿Puedes siquiera abrir esos ojos tuyos tan llenos de miedo y de dolor?
-Yo… yo…
Sus ojos se abrieron entonces, su corazón latiendo desbocado, su respiración agitada y su cuerpo empapado de sudor después de la pesadilla que había tenido. Como muchas otras veces despertó con un grito desgarrador que resonó por la habitación y los pasillos cercanos, pero desde ese día – que por cierto nadie se atrevía a mencionar en voz alta – había despertado violentamente de sus pesadillas todas las noches, por lo que ya nadie se molestaba en acercarse a investigar qué es lo que le ocurría ni a brindarle cualquier intento de consuelo.
El niño no tenía más de trece años y su estatura concordaba apenas con la de un pequeño de once pero cualquiera que le viera directamente a los ojos entendería que ese "niño" era mucho más un adulto que muchas de las personas a su alrededor y la expresión dura de sus ojos, combinada con la frialdad que a veces se reflejaba en sus ojos azules, hacían que a su corta edad Ciel Phantomhive fuese respetado – y temido – por todos los niños, adolescentes e inclusive algunos de los adultos a su alrededor.
En ese momento había un sudor frío empapando la piel de su frente, pero al escuchar que alguien tocaba a la puerta de su habitación se apresuró a limpiarlo con el dorso de la mano y adoptó una postura erguida sobre el colchón de la cama.
-Adelante – ordenó con una voz dulce y melodiosa pero cargada de autoridad.
Entonces la puerta se abrió y un hombre ya entrado en años penetró en la habitación llevando consigo un carrito de alimentos.
-Ho, ho, ho. Buenos días, joven amo – saludó el hombre con voz cordial.
-Buenos días Tanaka – respondió el pequeño con aire recompuesto.
-Su tía lo espera en el comedor – anunció mientras comenzaba a desvestir al pequeño para reemplazar su ropa con una camisa de seda y un traje de aspecto realmente fino – tenemos invitados al desayuno así que no podemos darnos el lujo de retrasarnos.
-¿Ha llegado alguna noticia con respecto al paradero de mi padre?
-Hoy no ha llegado ninguna carta del amo Vincent, pero el joven amo no debe preocuparse de nada, después de todo – se agachó para atar los cordones de los zapatos – si hay alguien con la habilidad para regresar con bien de una misión como esa, ese es el amo Vincent.
-No podría ser de otra forma – concedió el chiquillo –. Ahora vamos, tía Frances no será amable si llegamos tarde a tomar el desayuno.
Y con ese diálogo ambos comenzaron a caminar en silencio.
Como era de esperarse, el niño llegó a la mesa con el tiempo exacto para recibir a los invitados y acompañarlos en el desayuno… nada menos se esperaba de él y habría sido tolerado por su tía Frances después de todo, porque ese niño no era otro que Ciel Phantomhive.
¿Y qué decir en este punto?
La familia Phantomhive tenía toda una reputación por ser – desde seis generaciones atrás – una de las más importantes cabezas estratégico-militares de esa guerra peleada con los demonios, y por ser además una de las más poderosas dinastías de hechiceros en todo el reino.
Ante los ojos del mundo no era ningún secreto el poder y prosperidad crecientes de la familia Phantomhive, pero lo cierto es también que sus tragedias eran también materia de conocimiento público, y si bien nadie envidiaría la vida de cualquiera de los miembros de la familia, Ciel era tal vez el que había tenido que cargar con las cosas más grotescas y dolorosas.
Ahora, era normal que los niños nacidos en medio de una guerra como la que se estaba viviendo debían soportar algunas carencias, pero desde que estalló la guerra los estatus económicos fueron reemplazados por la autoridad militar pero aún los hijos de los más socialmente relegados humanos eran protegidos a costa de todo y de todos para que vivieran por lo menos medianamente felices y alegraran con sus cantos y juegos las vidas vacías de las personas que los rodeaban.
Y sin embargo, como único hijo vivo de Vincent Phantomhive Ciel no sólo cargaba con la responsabilidad de ser el próximo heredero de la grandeza de su apellido, sino que además los enemigos de su padre emprendían constantemente acciones en su contra y fruto de esas acciones su madre y su hermano habían sido asesinados delante de sus ojos cuando él tenía apenas diez años de edad.
Esos hombres que mataron a sus personas amadas no sólo destruyeron su familia sino que no conformes con eso a él lo torturaron hasta que perdió sus sueños, su dignidad y hasta su último gramo de esperanza…
Y sin embargo, lo único que ese "niño" no perdió fue su voluntad de vivir.
Antes de esa horrible fecha aquel que preguntara a Ciel por sus sueños y anhelos habría recibido como respuesta que el pequeño deseaba terminar la guerra para que los que se fueron volvieron a casa y todos pudiesen vivir felices y contentos, pero ahora la realidad era que si bien Ciel aún deseaba terminar la guerra ahora no tenía la menor duda de que nuevas desdichas e infelicidades llegarían con el final del conflicto.
-No saborees el postre tan descaradamente sobrino – le reprochó su tía – eres un Phantomhive y como tal debes tener propiedad en la mesa.
Ciel Phantomhive era un niño con un alma compleja y más experimentada que cualquiera de los que estaban a su alrededor, pero a fin de cuentas era un niño y como tal era natural que fuera reprendido constantemente por las personas responsables de su educación y su tía Frances Midford – única hermana de su padre – no era ni remotamente alguien fácil de complacer, por lo que reprimendas, correctivos y reproches llegaban continuamente al chiquillo si este demostraba en cualquier momento algo que no fuese la encarnación misma de la perfección, así que ocultando un mohín el niño obedeció.
El padre de Ciel era alguien que ocupaba el número uno en todo lo que hacía independientemente de si el reto que enfrentaba requería habilidad física o mental y Frances Midford por su parte se había casado con un espadachín con fama de "invencible" después de derrotarlo en un duelo… Ciel tenía un parecido físico increíble con su padre pero distaba mucho de ser un atleta y su aspecto frágil y delicado combinado con un par de ojos de cielo y alaridos nocturnos producto de sus terribles pesadillas hacían que aquellos que no lo conocían se preguntasen si en verdad ese chiquillo lograría convertirse un día en la cabeza de una de las más importantes familias de guerreros de todo el reino.
Sin embargo las dudas eran infundadas porque si bien Ciel Phantomhive era un niño de aspecto frágil, sus enemigos aprendían siempre a la mala que no había peor error en el juego que subestimarlo.
Una vez terminado el desayuno Ciel se vio envuelto en seis horas de clases estrictas sobre estrategias militares y manejo de armas a distancia, ya que su asma y sus alergias le impedían una participación activa en actividades físicas intensas.
Sin embargo, lo siguiente era lo que el niño más disfrutaba, porque después de terminadas las clases Ciel era dueño de su propio tiempo, de manera que – consciente de que debía estar de regreso a tiempo para la cena – el muchacho tomó varios papeles de un escondite en su escritorio y partió con rumbo a ese lugar donde él no era el débil hijo de Vincent Phantomhive… ese sitio en que él era nada menos que el amo mismo.
