Holaaa! Sé que no tengo perdón de Kamisama por la demora! Pero sean buenas y perdónenme :P puesss aquí la sorpresa, espero sea de su agrado.

Muchas gracias por su apoyo y gracias al review número 100 , de la hermosa Naomigomiz, aquí está el premio muñeca! Muchas gracias y a todas las demás que han pasado por aquí, enserio les agradezco mucho! Son unas linduras y me hacen feliz!

Disclaimer: La mayoría de los personajes de ésta historia pertenecen a Akira Toriyama, la historia es mía y alguno que otro personaje por ahí también.


DUDAS

Planeta Hendion

Lejos de su planeta natal, se frustraba y maldecía a si mismo por lo ocurrido, nadie podría arrancar de su pecho aquella sensación de culpa que lo inundaba, recordaba sus propias palabras y se sentía un bastardo. Él había incitado a su propia mujer a abandonarlo, porque la consideraba ya su mujer, pero él sabía que no lo había hecho por alejarla, sino por protegerla. ¿Pero qué había logrado? Que ella muriese en manos de ese maldito, en silencio y en su soledad se había permitido llorar, nadie jamás lo había visto así ni lo vería.

La soledad era la única que podría entenderlo. ¿Qué merecía él? ¿Qué más sino el exilio?, se auto sentenció al abandono y la soledad, sin ella no se sentiría nuevamente completo y lo sabía, estaba malditamente condenado al sufrimiento sin ella.

Y saber aquello fue algo que le costó horrores aceptar, aceptar que sus enormes ojos azules no volverían a mirarlo como sólo ella podía hacerlo, transmitiéndole tanta calidez y a la vez enloqueciéndolo, jamás volvería a sentir aquel calor abrumador al poseerla, no volvería a acariciar aquella suave y nívea piel, aquellos momentos no volverían. Aún se preguntaba por qué no pudo convertirse en súper saiyajin antes de que todo eso ocurriese, él aún seguiría estando en su planeta, ella aún estuviese allí junto a él.

¡Maldita sea! Maldito el destino por no haberlo logrado antes, maldito sea el tiempo…maldito sea todo. Todos los sucesos desde que planeó ir a Zarg a cobrar venganza, desde que posó sus ojos en los de ella, desde que se había dado cuenta de que estaba totalmente perdido por ella, de que la seguiría al fin del mundo y que ella, una débil y frágil humana, era quien podía pararlo, era quien podía darle un verdadero sentido a su vida.

Ella…Ella…Ella

-Bulma – gimió entre la total ausencia de luz - ¿Por qué no dejas de visitarme entre sueños?

Llegó al punto de pensar que había enloquecido por completo, se sentía en calma al hablar consigo mismo, pero era cierto; Bulma lo visitaba muy seguido cuando soñaba o tenía alguna pesadilla. Ella siempre estaba presente. Necesitaba una señal, algo que lo haga regresar a la vida, porque lo que ahora hacía era todo menos vivir. Respiraba por inercia y no tenía voluntad para nada, se sentía un guiñapo, si alguno de sus soldados lo vieses, sería la burla de ellos, estaba seguro. El nuevo Rey de Vegetasei estaba destruido, derrotado ante la ausencia de alguien a quien anhelaba con tanta fuerza que dolía, le lastimaba el alma.

¿Qué debía hacer? ¿Rendirse? ¿Olvidarlo todo?

No lograba encontrar las respuestas, sabía que podía volver, intentar vivir nuevamente como lo hacía, pero aquellos lugares, volver a su habitación, volver a caminar entre la frondosidad del bosque, lo llevaría a la locura sin remedio. Allí todo le recordaba a ella, allí aún podía percibir su aroma entre sus sabanas. No podía volver, aún no estaba preparado para olvidarla, se maldijo a sí mismo por ser tan débil ante este nuevo sentimiento, pero no sabía qué hacer, jamás se había sentido de una manera similar. Todo era tan nuevo y confuso que lo frustraba.

Había anochecido en aquel lejano planeta, en donde sin poder contenerse atacó y asesinó a miles de seres que trataron de atacarlo, descargó su frustración y su ira a través de aquellas almas, la culpa y la humillación lo perseguían. ¿Qué quisiera ella que hiciese? Jamás le hizo caso, jamás creyó correcto el tomarla enserio, en que todos sepan sobre aquel lazo que los unía, tarde se dio cuenta de que se había equivocado. Tenía que mantener la mente en blanco y esclarecer sus pensamientos, necesitaba encontrar la salida. Estaba recostado contra una de las rocosas paredes de una cueva, en donde se había refugiado ante la caída de la noche, llevaba en uno de sus bolsillos su nave, comprimida en una capsula.

Maldita sea…todo le recordaba a ella.

Se maldito por no haber logrado consumar la unión saiyajin, así al menos tendría una justa razón para morir sin ser juzgado, para derrumbarse ante el dolor. Pero no lo había hecho y se sentía miserable, ni siquiera fue capaz de darle aquello. De regalarle sus recuerdos, sus pensamientos, de que ella supiese a través de su vínculo cuánto la deseaba y la amaba. Él jamás había sido bueno con las palabras, si tan sólo se hubiese atrevido a hacerlo.

Pero ya era demasiado tarde, todo había terminado.

Estaba seguro de que huir no lograría hacerlo sentir mejor, ella estaba en todas partes y no tenía sentido seguir huyendo de los recuerdos. Debía volver, volver con los suyos, a su planeta. Y vivir, pero eso sí, nadie jamás ocuparía el lugar que ella había ocupado. El consejo y toda esa bola de inútiles podían irse al infierno si le exigían casarse, tener un heredero y tanta mierda. Esperaba que se atreviesen siquiera a sugerirlo y los pulverizaría allí mismo. Aquellos viejos no eran más que una peste para el planeta. Había decidido regresar a Vegetasei en unos días más, aún no terminaba con la población de este planeta y aunque se sentía miserable por volver a ser el de antes, no importaba. Estos insectos eran despreciables y el planeta tenía buenas condiciones. Por un momento se sintió igual al lagarto, pero lo negó al instante, ellos no eran iguales. Jamás lo serían.


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Un hermoso planeta despertaba a nueva mañana, el vivaz cielo azul y los rayos del sol bañaban suavemente aquellos bellos paisajes conformados por montañas, ríos y mares. Miles de animales vivían armoniosamente y además grandes ciudades comenzaban una nueva mañana tranquila, pareciese que el tiempo no tuviese memoria y aquí, se vivía como si nada jamás hubiese pasado. Como si aquel ataque masivo que sufrieron hace ya casi un año jamás hubiese sucedido. ¿Pero qué sucedía dentro de las mentes de aquellas personas que sí recordaban? Era imposible no cuestionárselo cuando hasta hace poco la realidad distaba de esto, cuando hace poco algunos viajaban por el espacio y otros, vivían en planetas lejanos. Pero al parecer en aquel planeta azul todo parecía haber vuelto a la normalidad. Un apuesto joven terminaba su entrenamiento con el equipo de beisbol del que era capitán, él y sus compañeros se dirigieron a los camerinos, dispuesto a darse una rápida ducha y alistarse para regresar a casa.

-Oye Yamcha, me enteré de que nuevamente tu mujer ganará ese premio de los científicos…no recuerdo cómo es que se llama – Le comentó uno de sus compañeros, un muchacho alto y de cabellos anaranjados.

- Ah sí…Bulma recibirá ese premio en unos días, es por el aporte a la tecnología en el que se ha visto envuelta la Corporación cápsula – sonreía pero una leve nostalgia podía percibirse entre sus gestos, aunque esto no era visible para sus amigos.

- Pues que suerte tienes hermano, tu novia es una mujer muy interesante – Contestó divertido.

- Sí, ella es una mujer sumamente especial – sonrió cabizbajo.

- ¡Ya nos enteramos que serás papá! – Los interrumpió otro de sus compañeros que ingresaba junto al resto del equipo a los camerinos – El entrenador nos lo ha contado, que escondido te lo tenías, vamos a perder fanaticada femenina… ¡felicidades Yamcha! Debes estar muriendo de felicidad - reía divertido, mientras sus amigos se acercaban a felicitarlo por la noticia.

- Bueno, les agradezco sus palabras y sí, mi novia casi cinco meses de embarazo, soy un hombre afortunado – Sonrió, tratando de convencerse a sí mismo de que así era. Después de todo, sólo él sabría la verdad.

Después de aquel momento con sus amigos, cada uno se alistó y partieron cada uno a su destino, él subió a su flamante auto rojo, y condujo intranquilo entre las calles de la Capital del Oeste, tenía pensado ir directamente a casa de su novia, pero lo había pensado mejor y necesitaba estar solo. Aún no podía creer lo que estaba pasando.

Recordaba claramente cada vez que estuvo a punto de morir, cada vez que tuvo que defenderse, que sobrevivir, para poder volver a verla. Aquel fatídico día en que esos invasores destruyeron su ciudad y lo llevaron prisionero, pensó que todo estaba perdido, que jamás volvería a tener a su novia entre sus brazos. Lo peor de todo fue pensar que esos malditos podían lastimarla. Por eso, cuando lo llevaron a otro planeta junto a otros humanos que habían sido capturados, los tuvieron como esclavos durante unas semanas, pero pronto fueron vendidos a otros extraterrestres. Estos no eran violentos, al contrario de lo que pensó, en aquel planeta lo liberaron, al parecer aquellos seres no estaban de acuerdo con los tratos ni métodos de Freezer. Así que investigó, viajó y descubrió sobre la existencia de unos extraños objetos que existían en un planeta cercano, del cual había conocido a algunos habitantes.

Los namekuseijin al contrario de los soldados de Freezer, eran seres pacíficos y amigables, un poco introvertidos pero buenas personas después de todo. Rápidamente la amistad que logró crear con un joven namekuseijin al cual le había salvado la vida, dio frutos. Él le había hablado sobre la existencia de las esferas del dragón de su planeta, de que eran capaz de conceder cualquier deseo. Y que éstas, serían capaz de volver todo a la normalidad. Entonces hizo hasta lo imposible por acompañar a ese joven de regreso a su planeta y confirmar con sus propios ojos que lo que Dende decía, era cierto. Una vez allí se dedicó a convencerse a sí mismo de que existían esas dichosas esferas y que podrían ser su salvación. Allí conoció al gran patriarca, allí fue que supo que aquellas esferas en verdad existían y al explicarle él todo lo sucedido al patriarca, él le dio su consentimiento para reunirlas y pedir el deseo que tanto anhelaba en su corazón. Porque después de todo Yamcha era un ser de corazón puro, el padre de los namekus lo supo.

Cuando finalmente reunió todas las enormes esferas del dragón, él ya había pensado detenidamente en qué pediría, tenía que volver las cosas a la normalidad, a como fueron antes de que aquel sucedo fatídico ocurriese. Ya había consultado con el patriarca y lamentablemente no podía regresar en el tiempo, aquello escapaba de los poderes de Porunga, el Dios guardián de las esferas. Por eso, decidió que pediría: Que la tierra volviera a ser un país próspero, que las cosas marchasen como si aquel día jamás hubiese sucedido y que todos los habitantes de la tierra, olviden lo que pasó, pero pidió no olvidarlo él, por si alguna vez nuevamente una amenaza así ocurría, sabría de la existencia de las esferas, no era tonto.

Y tan rápido como lo pidió, así volvió a la Tierra, no sabía cómo, pero allí estaba ante las puertas de la Corporación Capsula, recordó que aquel día, él había ido a ver a Bulma para ir a pasear al nuevo parque temático de la ciudad, una enorme sonrisa invadió su rostro, sonrisa que jamás se hubiese borrado, a no ser porque después de unas semanas su novia empezó a sentirse mal, indispuesta y pálida, preocupado ante esto, fueron a ver a un doctor, que le dio aquella fatal noticia.

No hubiese sido fatal en otras circunstancias, pero en ésta era totalmente descabellada.

Bulma estaba embarazada y de tres meses, y automáticamente supo la cruel realidad, él no era el padre de esa criatura, él apenas se había reencontrado con ella hace unas semanas, y ni siquiera la había tocado porque ella simplemente se sentía muy sensible, ya sabía la razón. ¿Pero qué hacer? ¿Qué decirle? ¿Sería capaz de hacer como que no importaba? ¿No le importaba saberlo? ¿En verdad?

No podía mentirse a sí mismo, se retorcía de coraje al imaginar a Bulma entre los brazos de algún otro sujeto, o de que quizás alguien haya abusado de ella. No podía con esa angustia, no se sentía tranquilo, ¿Cómo podría verla a los ojos y mentirle de esa manera? La veía ilusionada con su hijo, no era para menos. Pero lamentablemente él no podía compartir esa felicidad, porque ese no era "su" hijo.

¿Qué debía hacer? ¿Decirle la verdad?

No, ni loco. Ella lo abandonaría y no estaba dispuesto a perderla nuevamente.