Martes 3 de Mayo de 2011

6:15 hrs

Otogakure, País de los Campos de Arroz

Dos heridos, una casa y un automóvil destruidos es el saldo tras una explosión registrada a las afueras de Otogakure sin que de momento se conozcan las causas de la detonación.

La explosión tuvo lugar del lado este de la ciudad, en un lugar cercano a la presa de Las Cuatro Nieblas Negras, la vivienda afectada pertenecía a Fūma Jigumo, asesinado dos días antes en un supuesto ajuste de cuentas que posiblemente sea también el motivo para la destrucción de la propiedad.

El auto pertenecía a las víctimas de la explosión, identificados como agentes periciales de Konoha, uno de ellos se encuentra en estado grave y posiblemente sea trasladado a su país de origen para recibir tratamiento. No se han hecho declaraciones respecto a los motivos de su visita al domicilio y solo queda la especulación de una relación con el caso de "El asesino de la Señora Uchiha" implicando con ello, posibilidades más amplias en el curso de la investigación.

Hatake Kakashi expresó su descontento con las consecuencias de tal acto, asegurando con ello que su permanencia en el País de los Campos de Arroz no se vería amedrentada, y pese a la baja en su equipo no reemplazaría la vacante, añadiendo además, un comentario con la seguridad de que pronto verían luz en el camino para revelar al verdadero culpable.

También expreso su confianza en que las autoridades locales cumplirían su deber respecto al incidente, y de probarse que fue un acto deliberado con conocimiento de la presencia de las víctimas, solicitarían extradición para juzgarle bajo las leyes de Konoha.


Kimimaro estaba furioso aunque su semblante apacible no lo demostrara, la nota del periódico había despertado en él tanta rabia y desprecio que no terminó el almuerzo, por lo que Jūgo, la persona con quien había pasado la última hora para almorzar, debió recoger todo y pasarlo a la bolsa de basura.

—Esos imbéciles — se quejó en voz alta sin completar el sentimiento de impotencia que le daba ver cómo se permitía que Konoha se inmiscuyera con tanta libertad en su sistema. No solo se habían aparecido reclamando derecho sobre un asesinato que ya tenían cerrado, dudando de la eficiencia de sus profesionales y métodos, retando las leyes que habían levantado a ese pequeño país de la más vil de las ruinas, si no que se daban el lujo de llamar la atención de los medios sutilmente reiterando una y otra vez que sus métodos no eran eficientes.

—No van a interferir en la autonomía del país, sí claro, como si se les pudiera detener cuando meten la mano.

— ¿Qué crees que pretendan? — preguntó el muchacho de pelo naranja terminando de limpiar el escritorio dejándolo libre de migajas y secando el percance con el café causado luego de arrojar el periódico sin cuidado.

— ¿La verdad? Hacernos quedar como idiotas ineptos, pedirán una intervención con la cámara de La Alianza y el País del Fuego tendrá vía libre para intervenir en los asuntos en los que "no somos competentes" — escupió con la sensación amarga en la boca del estómago llenándose de más rabia solo de imaginarse que los sesenta años desde consumada su independencia volverían a verse presos, solo que con una vil fachada "legal" que, de oponerse ellos, se verían con fuerzas armadas replegadas en sus fronteras y en avance.

Los odiaba. Odiaba a esos malditos políticos que no soportaban la idea de que poco a poco surgiera una nueva nación capaz de competir con ellos en el intrincado sistema que habían tejido solo unos cuantos. Odiaba que no los reconocieran, que no aceptaran que eran perfectamente capaces de dirigir su propio destino lejos de la rancia doctrina del País del Fuego, odiaba que no aceptaran esa soberanía, esa independencia que les había tomado a sus abuelos años de lucha.

De buenas a primeras, aquellos engreídos pensaban que podrían controlarlos nuevamente infiltrando gente de a poco.

Golpeó con fuerza el escritorio y se puso de pie para caminar al ventanal que daba vista a la ciudad, su ciudad. Enseguida desvió la mirada a un sitio de la pared contigua donde en una vitrina se exhibía un viejo uniforme militar. Al igual que su abuelo, él lucharía por protegerla.

—Jūgo…— llamó quedamente no queriendo canalizar su mal humor al mejor amigo que tenía. El enorme muchacho se detuvo antes de salir con la bolsa de basura en mano asintiendo para hacerle saber que le había escuchado.

—Llama a los chicos, quiero al infeliz que detonó esa bomba en mi ciudad — ordenó con solemnidad, dictamen que fue recibido con el mismo gesto severo.

.

—Esto no me gusta — expresó Yamato tras haberse asegurado de que ninguno de los demás estaba cerca. Kakashi levantó la vista despegándola solo unos segundos del libro que estaba leyendo y la dirigió a su compañero que tenía la angustia pintada en el rostro pero con el disimulo bien ejecutado.

— ¿Cómo te fue? — pregunto regresando su atención al encuadernado naranja, pasando de hoja, reanudando la lectura.

—Gai y yo revisamos todo, pero no hay nada de nada. Bueno nada que pudiera resultar incriminatorio, es como si hubiera limpiado a consciencia.

—Eso es porque sabía que iríamos, Neji tramitó una orden.

Yamato no dijo nada al respecto, eso era un punto. Precisamente el que no encontraran nada era por demás un hecho obvio que Orochimaru no pasaría por alto, el hombre era un genio, el despiste y el error no formaban parte de su léxico, y eso solo lo arrastraba a concluir que todo iba por algún tipo de maraña de la que, como ya habían notado, no saldrían muy bien librados. Tal como todos los demás, habían ido a ver a Shino antes de que lo trasladaran a Konoha donde sería su recuperación. El chico estaba despierto, consciente, bastante lúcido, pero con serias quemaduras en el cuerpo y eso había complicado un poco la cirugía en el hombro por un disparo.

Kiba estaba furioso consigo mismo, del auto no había podido saber nada más que el modelo y el color, porque no había placas, no había visto a nadie y la única pista tal vez sería el perro, si este tenía a bien recordar el olor, pero no era un perro rastreador, era un guardián que había sido enviado a Control Animal con destino incierto.

Kakashi había terminado la página luego de solo unos minutos sin pronunciar palabra al respecto. El silencio era casi sepulcral en aquella instancia a medias luces. La perilla de la puerta hizo un leve ruido rompiendo la inexistente conversación entre los dos hombres, Neji entró con solemne porte que garantizaba que justo regresaba del hospital.

—Naruto dice que Sasuke sí le habló del divorcio — dijo Kakashi.

El recién llegado abrió los ojos al igual que Yamato más de lo que usualmente los tenía, no cabía en sí la sorpresa ante el gran logro del rubio, pero claro, después de todo era posiblemente la única persona con el poder de arrancarle algo de la lengua a Sasuke.

—Dice que pelearon porque Karin no quería tener hijos — agregó escuetamente. Su compañero se acercó tomando asiento en la butaca del tocador que Kakashi había encontrado más cómodo que el propio silloncito para servir de asiento.

— ¿Y Sasuke sí quería? — preguntó con escepticismo Neji, pues aunque poca fuera su capacidad imaginativa, ver al muchacho en rol de padre se le antojo por demás imposible. Ante la pregunta Kakashi levantó la ceja, de Neji a Sasuke no había mucho tramo de diferencia y el abogado ya tenía una niña y en camino otro.

—Te sorprendería saber que era uno de sus objetivos más claros desde que lo conocí, tener familia es importante para él. Aunque no lo creas, quiere en cierta forma, retomar el hilo que perdió cuando sus padres murieron siendo él un niño.

— ¿Crees que… retiró la demanda porque ella accedió?

—Tal vez.

—Y… Oh… no estaba embarazada cuando la mataron ¿Verdad?

—No.

Volvió a generarse el silencio. No era particularmente relevante la información para el caso, al menos ya estaban seguros de que Sasuke encontraba más viable dejarla por la vía legal que matarla, pero quedaba pendiente aún el detalle del supuesto chantaje que quería encubrir, muerto el chantajista y destruidos los registros quedaba ese inmenso agujero que los frenaría un rato mientras encontraban algo para rellenar. Quedó pensativo, el accidente con Shino había cambiado un poco el panorama, a Neji se le había ocurrido que incluso podría ser algún tipo de represalia por tantear un terreno peligroso más que un ajuste con Jigumo como originalmente se había previsto.

.

La varita de incienso despedía un hilillo blanco de humo que se perdía en la obscuridad del templo alzándose al techo muy por encima de su cabeza. Ya era tarde, no se habían encendido las farolas que daban servicio a la calle que conducía a aquél recinto donde se contenían los restos mortales de los integrantes de la familia Uchiha desde varias generaciones atrás.

De pronto, la puerta se abrió con un rechinido dejando entrar también un poco de luz lunar que dibujó la imponente silueta de un hombre con las manos en los bolsillos, era demasiado alto, corpulento, del tipo tosco que pocas veces se veía en un escenario más ideal que aquel tétrico contexto.

—Uruchi-san pensó que se trataba de un ladrón — dijo una voz a su espalda que pertenecía a quien había entrado luego de tan espectral contemplación momentánea.

—Debí encender una lámpara, lamento el mal momento que le hice pasar a la señora — respondió educadamente aquél hombretón aunque la ronca y profunda voz no enfatizaba el carácter de auténtica disculpa que pretendía dar.

El recién llegado avanzó un par de pasos hasta quedar a su lado. Ambos miraron la varita consumirse lentamente desprendiendo su olor característico, extrañamente aquél artilugio religioso había conseguido esparcir una sensación de tranquilidad apropiada para el recinto.

—No sabía que fuera devoto — comentó el segundo. Su compañero esbozo una media sonrisa con sus gruesas facciones deshaciéndola en cuestión de segundos, sombras luctuosas regresaron a matizar su expresión seria.

—No lo soy, es tal vez solo respeto costumbrista. No tardo en irme.

—No hay prisa, solo venía a asegurarme, el templo siempre está abierto.

—De verdad no tardo.

Y, sin embargo, ninguno de los dos se movió ni un ápice, contemplaron el humo desvaneciéndose, aunque los dos conocían el motivo de esa oración no pronunciada que seguramente sería la última en mucho tiempo, pues no había nadie más a quien pudiera interesarle llevar una ofrenda a aquella mujer que se encontraba tan lejos de su casa.

—No podemos controlar todos los finales de las cosas, Ibiki-san — volvió a comentar casi como un consuelo sin sustento, algo que en realidad estaba muy por encima de lo que pudiera esperarse en aquellas conversaciones de hombres regios.

—Lo sé, pero a veces me pregunto si eso es verdaderamente cierto, si no había modo de preverlo.

— ¿El Capitán Ibiki Morino está sentimental?

El aludido resopló, finalmente el incienso había alcanzado su límite apagando el punto rojo que destellaba en esa oscuridad dejando claro que la visita había terminado.

—Envía mis condolencias a tu hermano, Itachi-san.

—No quiere saber nada de mí, pero si tengo la oportunidad lo haré.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

Ibiki se fue, avanzando tétricamente por el camino que había tomado para llegar hasta ahí una vez que estuvo libre de curiosos y periodistas, por el contrario, Itachi se quedó unos instantes más mirando la placa de mármol que cubría el nicho donde las cenizas de Karin se hallaban protegidas, justo debajo de las de Mikoto y Fugaku Uchiha. Inclinó la cabeza como una señal de respeto y también cruzó el umbral cerrando la puerta a su espalda.


Comentarios y aclaraciones:

No tengo notas, solo tan solo un completo y sincero:

¡Gracias por leer!