Capítulo 2- Stand too close
A la mañana siguiente del incidente en el baño, Jean Kirschstein nos habló sobre si mismo durante el rato que fumábamos en la parte de atrás del colegio. Nos contó que vivía algo retirado del centro, que su padre era militar y su madre trabajaba para una compañía extranjera. En conclusión que siempre estaban fuera del país y a pesar de haber vivido con ellos, ya estaba cansado de tanto viajar. Dijo que había estado viviendo en España y Alemania, también en Estados Unidos y Corea del sur.
— Y ¿Qué sabes decir en coreano? — preguntó Sasha asombrada, que se nos había unido con Connie.
—No, no, ¿Cómo se dice cómeme la polla en alemán? — preguntó Connie.
— Tampoco es como si fuera tan interesante — cortó la conversación Eren —, Marco viaja muy a menudo a Irlanda, y Mikasa es japonesa, no veo que a ella le hicierais alguna vez preguntas sobre si sabe japonés.
Jean le miró con cierto tedio, pero se rió enseguida restándole importancia a la bordería que acababa de soltar.
— No es como si Irlanda estuviera tan lejos — redimí con una risa tonta —. Y hemos ido a clase con Mikasa desde parvulario, Eren.
Su mirada me dejó claro que era mejor que mantuviera la bocota cerrada, aunque la verdad, no acaba de entender por qué tanta adversión hacía el pobre recién llegado. Supongo que era envidia, o no lo sé, la realidad era que al estar fumando, aquel porro enturbiaba un poco mi mente y me sentía tan a gusto con Jean que me daba igual.
La conversación fluyó a pesar de todo, y Eren no se dedicó a lanzarle pullas constantemente a pesar de lo que podía parecer que sucedería. Cuando nos íbamos a clase, Armin y Mikasa se nos unieron y volvió a salir el tema, pero tampoco Jean parecía querer lucirse con sus viajes, hablaba de ello solo como una circunstancia que le había tocado pasar.
— ¿De verdad viajas mucho a Irlanda? — me preguntó Jean justo antes de que entráramos en clase. El resto del grupo ya se había metido dentro y hablaban sobre algo que había ocurrido en los cursos inferiores, peleas tontas y vandalismo injustificado de nuestros compañeros —. No tienes acento.
— Sí, mi padre vive allí con su esposa — dije sin pensar muy bien en lo confuso que podía resultar que mi padre tuviera una esposa y que no fuera mi madre, en realidad era muy claro y sintético, pero no lo había expresado del todo bien. De hecho Jean me miró raro, así que me reí y se lo expliqué mejor —. Mis padres están divorciados, él rehízo su vida allí. No se puede decir que yo sea irlandés.
— Cualquiera lo diría con esas pecas — me dijo tocándome la cara con el dedo. Me sentí algo abrumado por aquel gesto, no sé si era contacto físico no deseado o solo inesperado, pero me sonrojé y temí que se notara — ¿de Belfast?
Negué con la cabeza, y sonreí más cómodo, porque ya no estuviera tan cerca de mí. No es que me incomode el contacto físico en general, pero supongo que sí, aquel gesto había sido repentino y poco común.
— Dublín—afirme, sacándole de aquel error. Supongo que era fácil para alguien que había viajado tanto confundir detalles como Irlanda del norte e Irlanda a secas. Imaginaba a la familia de Sarah, la esposa de mi padre, muy incómoda con aquella confusión.
Estaba a punto de preguntarme algo más, pero Hange era la profesora que nos tocaba y estaba colocada detrás nuestro con su típica expresión de "¿Cómo no habéis entrado ya en clase?", que cortó nuestra conversación y nos hizo empezar el día de clases.
La clase de bilogía con la profesora Hange era divertida, todo el mundo pensaba que aquella mujer estaba loca pero era ameno, y a pesar de ello yo me había quedado con ganas de continuar hablándole de Irlanda, de mi familia y los amigos que tenía allí a Jean. Otra parte de mí quería preguntarle por sus viajes, si tenía amigos con los que se escribía emails muy seguido, o si simplemente se había marchado y olvidado a la gente con la que había estado. Parecía alguien tan interesante.
Mentalmente estaba en Corea, preguntándome cómo debía ser la vida de Jean allí, pero mi cuerpo tomaba apuntes de alguna manera irreflexiva tratando de seguir el temario, cuando un papelillo aterrizó frente a mí. Pensaba que al no tener a Sasha al lado las notitas de Connie disminuirían a cero y sería libre de aquel yugo tortuoso, pero ahí estaba la notita que resultó ser de Jean. Que podría haberme susurrado su mensaje, sí, pero prefirió escribirlo con su caligrafía nada peculiar, sorprendentemente para haber tenido que escribir en hangul coreano.
"Enséñame el Londes de un chico patata esta tarde, ¿o tienes entrenamiento de nuevo?". Chico patata, por lo menos no me había llamado Spud, como la mayoría de ingleses se refieren de forma despectiva a los irlandeses inmigrados al Reino Unido. Chico patata ¿Debía llamarlo chico kimchi? ¿o chico paella? No me atreví a formular en mi cabeza lo de chico frankfurt. Toda aquella sensación era algo extraño, la gente solía caerme bien, pero nunca tan bien. Era demasiado wow, para tratar de definirlo sin onomatopeyas. Básicamente conecté con el de alguna manera, como esa gente que acabas de conocer y no sabes por qué pero te sientes capaz de contarle toda tu vida sin saber muy bien cómo ha llegado eso a suceder.
—Vale — susurré y traté de poner de nuevo mis pies en el suelo y volver a la mecánica tarea de tomar apuntes.
Supongo que me entendió, aunque decir vale a su pregunta no tenía mucho sentido.
La hora del almuerzo fue detonante de otros eventos más importantes, pues la desgana de Sasha por aquellas albóndigas veganas precocinadas que servían los jueves hizo que hubiera lluvias de comida sobre nosotros. No era que aquella comida estuviera mala, pero era mejor dejarla para un apocalipsis zombie inesperado. Yo logré zafarme, pero desafortunadamente toda la solapa de la chaqueta de Jean acabó grasienta y llena de tomate. Nadie sufría por la pérdida de aquellos trozos amorfos y prefabricados de a saber qué supuestas hortalizas, a excepción de si te caían encima. El asunto es que a raíz de aquel incidente, el paseo con Jean terminó en mi casa.
Cuando entramos en casa mi madre estaba tirada en el sofá, tecleando alguno de sus artículos para la revista de moda en la que trabajaba. Quizá suena extraño que yo lo dijera, pero una señora que se pasaba el 90% de su tiempo tirada en el sofá envuelta en una bata daba consejos a las mujeres del mundo para que se calzaran unos tacones que ella veía de muy en mucho, y se los quitaba gritando que eran incómodos. Así era Aura Bodt, mi madre, el ser más irónico de la tierra.
— ¡Lee esto! — gritó levantándose del sofá y sin mirar hacia la puerta.
Desde la puerta se podía ver toda la planta baja del dúplex, a excepción del baño claro, y Jean vio como mi progenitora se paseaba en bata, descalza y con el pelo enmarañado. Del mismo modo al levantarse, mi madre vio a Jean con su sucia chaqueta del uniforme.
— ¿Otra vez albóndigas veganas? — preguntó acercándose a nosotros y buscando manchas en mi uniforme. Después se ofreció a limpiar la chaqueta de Jean y me mandó a preparar algo de té para nuestro invitado.
Jean me siguió, sin la chaqueta del uniforme que mi madre frotaba con uno de sus productos milagrosos que quitaban manchas imposibles mientras hablaba para ella sola.
— Tu madre es muy guay — dijo Jean mientras yo sacaba tres tazas y la caja del té y trataba de leer el ridículo artículo de mi madre en la pantalla del ordenador portátil. No éramos ingleses arquetípicos de cliché, pero nos gustaba el té.
Me reí algo ruborizado. La mayoría de mis amigos conocían a mi madre, pero a excepción de Armin que había venido a mi casa varias veces, ellos conocían a la versión de ella con zapatos y ropa de diseño, no la que se trabajaba en casa.
— En realidad no tanto — me limité a decir mientras él me pasaba la tetera que se escurría a unos centímetros del lavavajillas que nunca usábamos y yo lo llenaba de agua y la ponía a calentar.
— ¿Tu amigo se va a quedar a cenar? — preguntó mi madre, como si alguna vez ella hubiera cocinado algo. Luego se dirigió a él sin esperar respuesta alguna—. Podemos pedir pizza, así que puedes llamar ya a tus padres y decirles que vas a cenar fuera.
Le alargaba el teléfono inalámbrico, en parte para que llamara y en parte para que fuéramos nosotros mismos quienes pidiéramos la cena.
—En realidad, mis padres no están en casa, así que no tengo que avisar — dijo desviando la mirada como si le agobiara la idea de decir aquello. Pensé que se sentía triste, que tal vez que yo no encontrara a mi madre interesante le resultaba incómodo porque los suyos parecían tan geniales.
— ¡Oh! Pues te quedas a dormir también — añadió mi madre y luego me miró— ¿Qué piensas del artículo? Creo que tiene un toque demasiado clásico, pero es que la editora jefa ya me ha dicho que a veces soy demasiado transgresora y…
—Mamá — la corté. Conocía aquella historia de su editora al dedillo y realmente no pensaba nada de aquel artículo —, yo no entiendo de todas esas cosas, llama a Sarah, ella lo entenderá.
Lejos de lo podía ser, mi madre y la esposa de mi padre se llevaban bien, y ella la ayudaría mucho más de lo que yo sería capaz. A parte de que me sentía un poco avergonzado por tener que hablar de aquello delante de Jean Kirschstein. Terminé de preparar el té, y después de dejar en el mármol de la cocina la taza de mi madre, le endosé las otras dos a Jean y me lo llevé escaleras arriba hasta mi habitación.
— Bienvenido a mi humilde morada, este es el lugar real al que llamo casa —dije abriéndole la puerta de mi cuarto. Era una habitación no muy grande, con una cama alta, escritorio y mi parte favorita: mi tele de plasma con mi XboX—. Siento lo de mi madre, me avergüenza un poco.
Jean dejó las tazas de té sobre la mesa japonesa y se sentó encima de mi puff verde como si fuera su propia casa. Lo cierto era que el único que parecía algo incómodo, era yo.
— Descuida, me gusta tu madre.
— No has querido decir eso, ¿no? — aquello salió de mi boca a modo de chiste sin que lo pensara demasiado y enseguida noté como me sonrojaba.
— Ya, ha sonado muy mal —contestó. Vi un ligero atisbo de vergüenza en su gesto, que pronto se disipó — ¿Jugamos a la videoconsola? ¿Qué juegos tienes?
Dejé sobre la mesilla los juegos que tenía algunos eran un poco antiguos, pero me entretenían. No era un gran gamer, pero me gustaba jugar.
— Podemos jugar al que prefieras — dije.
Solo echó una ojeada y enseguida cogió la caja del último Call of Duty y empezó a enumerar detalles sobre la jugabilidad, sobre cómo había mejorado el juego y varias historias más que para mí eran totalmente irrelevantes.
—La verdad es que solo te puedo decir que a mí me gusta jugar, y ya — dije quitándole el juego para ponerlo en la XboX.— Todos esos rollos de puntuaciones y tal, me parecen un sistema para vender más juegos que otra cosa.
Le lancé el mando, cediéndole el player 1, y preguntándome si le caería mal por aquello. Me echó una mirada analítica y pensé que iba a comerme.
—La verdad es que… — dijo antes de alargar el brazo para tomar algo de té. Yo me sentía un poco tenso, tanto si le caía bien o no iba a tener que quedarse a dormir y solo tenía una cama para compartir, aunque fuera grande y no fuera exactamente como dormir juntos—, tienes razón, pero es un juego cojonudo.
Nos reímos y jugamos durante un par de horas en las que me machacó como si fuera un profesional. Se reía de mí por mis errores constantemente, pero no se lo tuve en cuenta. Me imaginé que si su padre era militar debía haber visto incluso armas de aquel tipo en la vida real. Cuando dejamos el juego ya era tarde, mi madre había pedido las pizzas y estaban en la mesa de la cocina.
Recé a todos los dioses que conocía para que Jean no fuera un detractor de la pizza con piña, pero lo era. Aquello supuso una pequeña guerra con mi madre que no dejó de preguntarle por qué estaba tan asustado de amar, considerando que la pizza con piña era una innovación casi mágica. Pero a Jean se le daba bien discutir, podía imaginarle como un futuro abogado o algo por el estilo. Fue ameno, en realidad muy agradable.
Lo cierto es que fue divertido, y más aún cuando le vi con mi pijama puesto. No le conocía de hacía más de un día, pero iba a dormir en mi casa y con ropa prestada mía. Absurdamente me sentía emocionado ante aquella idea, nunca había tenido nada parecido a un mejor amigo, no como siempre había visto a Eren y Armin, o a algunos de mis amigos de Irlanda, y creía que Jean podía ser aquel tipo de amigo para mí.
