NA: nos sentimos en el compromiso de anunciar que hasta el capítulo diez esta historia se escribió antes del Brexit... lo que significa que algunos detalles son obviamente pre Brexit.
Capítulo 3 – Live forever
Y la lista de alucines con Jean fue aumentando con los días. Hasta se unió al equipo de rugby y el tipo era increíble. Era como si no hubiera nada que hiciera mal, y parecía que yo le gustaba tanto como él a mí, no en un sentido romántico, o al menos eso creía yo.
Una de aquellas tardes a mediados de noviembre, la cual recuerdo muy bien aunque no sepa decir exactamente la fecha, corríamos por el campo de entrenamiento mientras una fina llovizna nos calaba los huesos. Yo tenía en balón y Zeramuski me había intentado placar hasta tres veces, no lo acababa de conseguir porque soy relativamente esquivo, así que conseguí pasársela a Jean. Fue increíble verle saltar a todos los contrarios, casi parecía una liebre. Corría directo a la zona de marca, así como si nada, marcó el try y se quedó tan ancho. Lo había hecho sin ayuda de nadie, sólo con mi pase. Ya tenía mi admiración antes de aquello, pero para el resto del equipo acababa de convertirse en la estrella.
Bueno, si lo hubiera hecho en un partido hubiera sido más mágico, pero según me había contado, sólo había jugado algo al futbol americano cuando había estado en EEUU. Decía no tener ni idea de rugby y se le daba tan bien. Sí, solo encontraba motivos para admirarle.
Nos despedimos rápido porque mi padre estaba en la ciudad, y era de las pocas veces que podía verle antes de fechas señaladas como la navidad, pascua o las vacaciones de verano. De hecho casi no tuve tiempo de despedirme de nadie, porque al saber que mi padre estaba en la ciudad y que pensaba ir a verle, Jean me echó del vestuario. Imaginé que trataba de ser empático, ya que hasta donde yo sabía él no veía tampoco mucho al suyo.
Mi madre me hizo ponerme ropa elegante cuando llegué a casa y me llevó en coche hasta el hotel en que se hospedaba mi padre. La verdad es que me hubiera gustado que se quedara, pero supongo que a Sarah le hubiera dado un ataque de celos o algo así. Siempre he creído que por eso cuando ella no estaba presente mis padres no pasaban más tiempo del indispensable juntos.
Arthur Bodt, mi padre, también era periodista, periodista deportivo, lo que me parecía un chiste, el chiché de los clichés para su antiguo matrimonio con mi madre. Mi pregunta siempre era si debía ser periodista de sucesos para redondear la ironía. El caso es que estaba en Londres para cubrir un evento, ni recuerdo cual porque aparte del rugby el resto de deportes me parecían aburridos.
El hotel The Gardens era muy bonito, precioso, de esos bonitos que siempre me hacía preguntarme de dónde sacaba el dinero el periódico local para el que trabajaba. Mi teoría era que pagaba él de su bolsillo billetes de avión, hotel y otros, con su macrosueldo de editor jefe solo porque le apetecía hacer aquellas cosas y podía permitírselo. Cuando llegué a la cafetería él estaba allí, leyendo su propio diario y asintiendo respecto al artículo que leía, a saber por qué.
Me acerqué al sitio en que estaba sentado y le saludé. Era ligeramente vergonzoso, porque a pesar de haberme puesto pantalones tejanos llevaba camisa, corbata y americana, y mi padre parecía un turista con camiseta, camisa de cuadros y deportivas.
— ¿Por qué vas tan arreglado? — me preguntó después de que nos saludáramos.
— ¿Mamá y su creencia de que me llevarás a sitios con clase, me presentarás a deportistas de élite y animadoras norteamericanas? — dije, lo pregunté porque no conocía el real motivo por el que mi madre, la mujer de la eterna bata y pelo enmarañado, me hacía vestirme bien para ir a cenar con mi propio padre.
Me preguntó si quería dejar americana y corbata en su habitación de hotel y eso hicimos. También me prestó parca de color caqui que me quedaba un poco ancha, porque mi padre mirar deporte el que quieras pero de ahí a practicarlo...
Salimos del hotel y nos perdimos enseguida por los callejones de Londres. A mi padre le gustaban este tipo de bares sucios en los que la cerveza no es demasiado buena y te sirven unos fish and chips grasientos no pensados para turistas. Ese tipo de bar típico que podías encontrar en una ciudad cosmopolita como era la mía, pero también en un pueblo más pequeño de los alrededores o en el puerto de Dover. Porque él, de ascendencia irlandesa, hubiera decepcionado a su abuelo con todo su ser por aquella alma tan inglesa que proclamaba tener a los cuatro vientos. Una de esas pasiones por la patria que aun no entiendo, y que según él adquiriría con la edad.
Estábamos sentados ya en la barra de uno de aquellos bares, con el suelo pegajoso y a la vista de que una cucaracha viniera saludarme entre mis botas, y no podía dejar de pensar en el entrenamiento. Supongo que también influía que en la televisión había un partido de rugby league, era de una liga menor, pero igualmente me emocionaba.
— Este año podemos ganar con el equipo, papá — le dije sin dejar de mirar el partido en la pantalla, el creo que me observaba a mí o a la camarera que fregaba vasos cerca de donde yo estaba —. ¡Ha llegado un chico nuevo que corre como un guepardo, y Connie ha mejorado!
— ¿Y tú? ¿Has mejorado algo?
— Papá — dije tontamente como cuando era pequeño y tenía intención de molestarle con algo en broma —, yo no necesito mejorar, sabes que soy el mejor.
Dije aquello y empezamos a reír los dos. Se suponía que era gracioso que dijera aquello, puesto que cuando empecé a jugar era un desastre incapaz de dar un pase decente. Recuerdo llegar a casa lleno de cardenales y golpes, y que mi madre negara con la cabeza llamándome cabezota, porque yo siempre insistía en volver al siguiente entrenamiento. "En el siguiente no me llevaré ningún golpe" le prometía repetidamente, sabiendo que era mentira.
— ¿Y qué hay de ser capitán? — Aquella era su pregunta favorita. Siempre la hacía, supongo que la idea de que yo tuviera dotes de liderazgo le hacía sentir orgulloso.
— Tal vez el año que viene — Feudenberg era el capitán. Había sido una elección unánime de los miembros del equipo, y a pesar de que él delegase en mí como vicecapitán, no me tocaba aquella posición si no me elegían todos una vez él se hubiera marchado.
Mi padre se quejó de mis compañeros, diciendo que no tenían ojos en la cara por no elegirme, algo que siempre se podía achacar a la pasión de progenitor. Nos trajeron la comida y charlamos amenamente de varias tonterías, del colegio y esas cosas. Yo trataba evitar de hablar de política, porque siempre se emociona y su carácter incendiario aparecía para quejarse de las políticas conservadoras. También se quejó de Berthold, su hijastro, que no se interesaba demasiado por los deportes.
A mi Berth me caía bien, realmente era como un hermano. Tenía un año más que yo y era un poeta talentoso. El problema era que mi padre a pesar de dedicarse a la escritura, no entendía de literatura y además Berth era demasiado tímido como para compartir según que poemas. De todos modos, sé que mi padre quería a ese chico como me quería a mí, tal y como él decía "puedo quererle como a un hijo aunque no haya salido de mi esperma", haciendo que Sarah le golpease con el codo por hablar de aquella manera.
—A ver cuando te echas novia — dijo mi padre cuando nos despedimos en el hotel mientras esperábamos a que llegara el taxi al que había llamado para que me llevara a casa.
No sé por qué lo pensé, pero el hecho es que pensé que yo no quería salir con chicas. Y la verdad no es que no me gustaran, las encontraba atractivas pero no había ninguna que me gustara especialmente. Si hubiera dicho eso delante de Connie, él hubiera dicho que era porque me debían gustar los chicos, pero tampoco estaba en lo cierto. Simplemente no había nadie en el plano real o ficticio que entrara dentro de esas posibilidades. Como el que espera a la pareja adecuada para bailar.
Me fui a dormir pensando en aquello, y como si solo hubiera dormido unos cinco minutos tuve que volver a levantarme para ir a clase. Desde que había conocido a Jean, quedábamos en una parada concreta para ir juntos a clase. Le esperaba mientras jugaba con mi móvil, cuando mi padre me preguntó por mensaje para cuando debía reservar los billetes para que fuera su casa en Navidad. Era un tema importante, aunque aún quedaba más de medio mes.
Jean llegó mientras estaba pensando en ello. No tenía muy claro si prefería volar el veinticuatro o en cuanto me dieran las vacaciones de la academia, aún quedaba demasiado.
— ¿Qué hay? — dijo a modo de saludo.
—Pensando en la Navidad — dije estirándome en un profundo bostezo mientras me levantaba del banco de la parada del autobús— ¿tú crees que nevará este año?
—¿Qué dices? En Londres nunca nieva — me contestó dejándome un poco sorprendido. Era cierto en aquella ciudad no nevaba casi nunca, pero yo no solía pasar la navidad allí, y era raro porque en principio Jean no había pasado muchas Navidades en Inglaterra.
Me golpeé levemente la cara, notando la lana de mis guantes sobre la piel instantes antes de que el autobús se parara frente a nosotros para que entráramos.
—Es verdad — dije mientras pasaba mi tarjeta por encima del lector para que cobrara mi bonobús mensual. Odiaba aquel sistema un poco, porque siempre fallaba los días que llegaba tarde, por suerte aquel no era uno de esos días.— ¿Qué vas a hacer tú para Navidad?
Hizo un gesto con la boca, mientras se encogía de hombros.
— Nada, mi padre no tiene permiso y mi madre estará en el sur de Francia con su tía — explicó —, iría yo también, pero me cae muy mal esa mujer, así que tal vez pida comida china y vea reposiciones de Doctor Who solo.
—¿Qué? — Me parecía horrible que pasara la Navidad solo como señor Scrouge. Jean aún no se había convertido en un rico empresario que le negaba los días de fiesta a sus empleados, que yo supiera. —No, ¡es imposible!
Me quedé pensativo mientras Jean arqueaba las cejas dada mi respuesta. Esperaba que dijera algo más inteligente, supongo.
— Tenemos que hacer algo, no puedes pasar la navidad de una forma tan...
— ¡Patética! — Terminó mi frase y se rió como si no importase. En realidad tal vez no era tan importante, y tal vez media Inglaterra se quedaba en casa viendo reposiciones de cualquier serie típica mientras se atiborraban, pero...
— ¡Te vienes a Irlanda!
Había dicho aquello sin pensar. No sabía si mis padres estarían de acuerdo en pagar un billete más para él o tendría que cruzar a nado el canal de San Jorge para llevármelo a Dublín. Aunque suponía, y supuse bien, que la histérica de mi madre podría el grito en el cielo si supiera que Jean iba a pasar unas Navidades tan grises. Y es que podía imaginarla comprándole más regalos a él que a mí.
Aquella tarde, cuando ya estaba en casa y tenía claro que Jean venía a Dublín en avión, recibí una llamada desde allí.
— Me gustaría ser amable, preguntarte qué tal y todas esas cosas, pero tenemos un problema económico grandioso en este país, y como ciudadano de la comunidad europea debes rescatarnos — dijo la voz al otro lado de la línea telefónica. Era Annie, y lo decía con una voz realmente seria como si se tratara de un real problema de estado. Nunca acababa de captar su humor, pero sabía que estaba tratando de bromear conmigo porque era la única amiga que tenía que bromeaba con temas de economía Europea en vez de cosas más simples. Aunque a veces me hablaba seriamente de los mismos temas y era difícil pillarla.
— ¿Qué? — Era obvio que necesitaba una explicación, sabía que quería dinero, pero sin contexto no podía entender el resto.
— Es por la fiesta de cumpleaños de Bretholdt — dijo sintéticamente —, Reiner ha encontrado un sitio un poco alejado en el que podemos ofrecerle la fiesta que se merece, pero es un poco caro.
Pensé durante unos segundos en aquello completamente en silencio. Con Annie no podía tener silencios muy largos vía telefónica porque se irritaba ante la idea de pagar para no decir nada, de modo que tenía que pensar rápido. Podía oír sus uñas golpeando contra la mesa con cierta impaciencia.
— ¿De cuánto dinero estaríamos hablando? —pregunté más por entretenerla que porque fuera un factor relevante, aunque supongo que sí tenía cierta importancia. — Porque supongo que mi padre, como orgulloso ciudadano inglés que vive en Irlanda podría hacer una donación.
— Vale — sentenció al oír mis palabras —. Te pasaré el presupuesto por email. De todos modos pensaba cobrar entrada a la mayoría de la gente así que una parte podríamos devolverla, supongo.
Y colgó sin decir adiós, así sin más. Porque así era Annie, directa al grano y sin rodeos.
