Capítulo 4 – My Alcoholic friends

El problema de presupuesto de Annie y Reiner para la fiesta de cumpleaños de mi hermanastro no se solucionó. Mi padre se negó en rotundo a hacer una donación, bueno, en realidad Sarah fue quien dijo que no podíamos hacer aquella fiesta. Les había edulcorado las ideas de Reiner y Annie, por supuesto, y la había convertido en una fiesta nocturna para niños de doce años, pero si Sarah decía no, mi padre no iba a contradecirla.

Me pregunto exactamente ¿Qué pensaban? Éramos adolescentes y teníamos inquietudes de adolescentes, pedir aquella cantidad de dinero no era para comprar éxtasis, cocaína o heroína, a pesar de lo que pudieran creer. Yo era un niño bueno, uno de esos que hasta se sienten algo culpables cuando rompen una norma, aunque no sé si se podía decir lo mismo de Reiner... Pero de todos modos los padres de Reiner tenían una filosofía distinta a la del resto de padres, probablemente porque eran viejos hippies que habían pasado toda su vida fumando en camionetas y en relaciones abiertas.

Sea como fuera, Annie y Reiner tuvieron que apañárselas sin donaciones amplias, solo una pequeña aportación de mi parte como la que daba todos los años. También Jean aportó algo de dinero pensando que debía participar, pero al no conocer a ninguno de mis amigos allí fue algo menor que la mía.

Fui un pesado las dos semanas previas a que nos fuéramos de viaje. Lo cierto es que Jean decía que le gustaba que me apasionara de aquel modo para contarle sobre mis amigos, pero realmente debía ser cargante oír hablar de gente que ni fu ni fa. Creo que empecé por hablarle de Annie y lo poco que solía hablar. Resultaba divertido porque a veces estar a solas con ella podía llegar a ser incómodo si no la conocías bien, pero cuando bebía empezaba a hablar por los codos, y hasta parecía alguien sociable. Al principio yo creía que le caía mal, hasta que nos emborrachamos juntos, creo que a partir de ahí empezó a hablarme más a menudo.

Cuando conocimos a Historia fue retorcido y confuso. La chica se presentó con el nombre de Krista, con un carné que decía que a pesar de aquella minúscula estatura tenía más de veintiún años y que trabajaba de cajera en un Tesco mientras se sacaba la carrera de ingeniería. Todo eso era mentira, iba a un colegio de alto standing, jugaba al lacrosse y no tenía más de 14 años. Con los años aprendimos que todas aquellas historias eran en realidad tan creíbles porque era la biografía de su hermana mayor.

De todos modos Jean me sorprendió mucho. Aunque me confesó que estaba hartísimo de todos aquellos cuentos ajenos, me suplicó que siguiera contándoselos porque tenía algo de miedo a volar. Era extraño que alguien que había viajado tantísimo se asustara de ir en avión escasos 70 minutos, pero quizá a él le pareciera raro que tomáramos el avión en vez del ferry o del tren.

Sentado a su lado en el avión fue extraño. Él estaba asustado y supongo que por eso lo hizo, no me cabe otra posible explicación al hecho de que tomara mi mano como lo hizo. No es que me sintiera incomodo en aquel momento por aquello, pero fue tal y como he dicho antes, extraño a pesar de que debo admitir que me gustó sentir sus dedos sobre los míos. A parte de algún que otro placaje en el rugby, Jean y yo no habíamos tenido contacto físico antes y supongo que por eso se me hacía raro.

El viaje se me hizo realmente corto. Estaba ansioso por estar ya allí, y me sentía a gusto con Jean a mi lado. Recuerdo que mi madre nos miraba de reojo desde su asiento. Tenía una risilla que se me hacía molesta, como si calculara las posibilidades de que ocurrieran cosas que yo no era capaz de prever.

Fue irritante. Cuando llegué mi antiguo cuarto ya no era mi cuarto, ahora era el despacho de Sarah. No es que yo sea nadie para juzgar si Sarah necesita o no un despacho, pero era florista y en su floristería ya tenía una trastienda con habitaciones varias, archivos, escritorios… ¡Lo que quisiera y más! Pero lo realmente irritante no era que yo hubiera sido desplazado del lugar que me pertenecía, lo irritante era que fue que movieron todas mis cosas sin que yo supiera a dónde o cómo. No es el caso, pero si tuviera un montón de revistas de la penthouse me hubiera sentido francamente avergonzado de que ellos las tocaran. Me lo puedo imaginar, "oye, papá ¿dónde está mi pornogafía? Voy a cascármela". Solo de pensarlo me horrorizo. Puse buena cara, y por supuesto no dije nada al respecto, pero por primera vez en años sentía que Sarah era una intrusa.

—Les dije que no movieran nada sin ti, pero no me hicieron mucho caso— dijo Bert al enseñarnos mi nueva habitación a Jean y a mí.

—No pasa nada — dije con una mueca de conformismo. Tampoco era como si montar un drama cambiara o solucionara nada. Lo hecho, hecho estaba.

Todo estaba bien, dentro de aquellos parámetros en los que podía no estar de acuerdo pero respetaba, a excepción de una cosa. En mi antigua habitación había una litera de madera, tipo militar, y en aquella otra habitación sólo había una cama. Yo había contado con mi litera para que Jean y yo durmiéramos. No fue como si a Jean le importara, ni siquiera reparó en aquello. Dejó su maleta de mano en el suelo y se dejó caer sobre el colchón.

Miró mi viejo edredón de las tortugas ninja y sonrió algo burlón. En casa no tenía cosas de mi infancia casi, no al menos a la vista, a mi madre le gustaba cambiar la decoración una vez al año por lo menos y aquello incluía mi cuarto, me gustara o no.

— Me moría por este edredón cuando era crío — dijo Jean rompiendo mi idea de que iba a meterse conmigo.

— ¡Que dices! Seguro que tú tuviste cosas geniales en tus viajes— dije mientras dejaba mi maleta junto a la de Jean—- Bert, este tío ha estado en Corea y en EEUU, ha visto más cosas que tú y yo juntos.

Mi hermanastro sonrió sorprendido.

— ¿Es diferente el bulgogi coreano del de los restaurantes Europeos? — preguntó, porque a Bertholdt también le apasionaba la cocina, en especial la extranjera. Por cosas como esa las chicas perdían la cabeza por él, pero él solo pensaba en Annie, la única a la que parecía no importarle lo más mínimo si le gustaba cocinar, la literatura o saltar a la comba.

Jean se encogió de hombros e hizo un ruido extraño que no sonó como si fuera sí o no. Solo sonó como que a él la barbacoa coreana le importaba un pimiento, pero Bert no insistió, no solía hacerlo nunca ,y con alguien que acababa de conocer menos.

— En el cajón de debajo de la cama hay otro colchón — explicó Bert señalándonos el cajón en cuestión.

Ambos asentimos ¿Qué otra cosa podíamos hacer? Abrirlo para comprobar que no tenía chinches, supongo. También podíamos ponernos a saltar en la cama, pero era un acto un tanto infantil que quizá haríamos más tarde.

— ¡Maarco! — sonó la voz de Sarah, que probablemente venía desde el piso de abajo.

— Polo — susurré con cierto fastidio. No tenía ganas de atender a Sarah con lo que fuera que quisiera contarme. No era que me cayera mal, y en el fondo atendía con cierto aprecio a cualquier detalle que me indicara, pero era tedioso igual.

Bertholdt me golpeó con el codo mientras se reía por mi chiste malo. Jean desde la cama me miraba con una mueca extraña que no sé si era de risa o de lástima, pero a mí me gustaba hacer el idiota.

Me fui en busca de mi malvada madrastra y escuché que Jean se reía, probablemente porque Bertholdt le contaba sobre los bizcochos que solía esconder, dadas las costumbres raras de Sarah. Ella creía que la víspera de Navidad se debía ayunar, para llenar mejor el estómago durante la fiesta del día siguiente.

Lo que quería Sarah era que dejáramos todo listo para ir con ella a la misa del gallo… costumbres católicas. Cosas que no entendía en absoluto, puesto que en mi casa había crecido en un ateísmo absoluto. Todo aquello de misas, ayuno y rezos me parecía una pérdida de tiempo. La vida son dos días, no hay por qué pasar hambre sin necesidad, ni asistir a un templo para ser buena persona. Cabe decir que mi madre no estaba de acuerdo con que asistiera a misas o ayunara, pero no decía nada porque éramos invitados.

Después de aquella conversación, Bertholdt, Jean y yo jugamos al Risk. Bert nos pateó, porque se le da genial la estrategia detrás de su introversión. Mantuvimos aquella partida hasta que la madre de Berholdt se marchó irritada a la misa. Comimos pastelillos y salimos de casa con el permiso de mi padre. Nuestro destino no era otro que el pub de los padres de Reiner.

Diría que el sitio tiene nombre, pero siempre será como ir a casa de Reiner, ya que vive justo encima. Nosotros llegamos y pasamos saludando al portero, que en realidad solo era un tipo que estaba allí para hacer que los fumadores se fueran a tirar sus colillas a la acera de en frente. Todo estaba lleno de banderas arco iris. Y es que aunque en principio no era un local LGTB, desde que Reiner había salido del armario a los trece con un "me gustan las pollas" literal, sus padres habían decidido adoptar aquella apariencia en apoyo a su hijo menor. Su frase siempre se ha conservado como una impresión clara de la personalidad transgresora que tiene, aunque supongo que a los trece tampoco no lo pensó demasiado al decirlo. Solo se dejó llevar y bueno, su familia es el apoyo puro que todo ser querido quiere recibir.

Allí estaban Annie, Reiner e Historia, en una mesa de la esquina con varias pintas de cerveza.

—Y aquella chica era preciosa — la voz dulce de Historia se coló por mis oídos.— Pero me llevo como doce años con ella y no si tengo que llamarla o…

—¿Y ella piensa que tienes su edad? — preguntó Annie antes de levantar la cabeza y vernos a nosotros tres.

Reiner se levantó enseguida acercándose a abrazarme y hizo una de esas cosas raras que hace cuando pasa algo torpe; terminó abrazándonos a los tres a la vez.

Les presenté a Jean, que saludó de forma cordial y extraña. Era como si estar rodeado de todos mis amigos, mis verdaderos amigos, le hiciera sentir cohibido o diferente.

—¿Caling para los ingleses? — preguntó Reiner más en broma que otra cosa. Él tenía la mofa de que como yo era del Reino Unido no entendía de cervezas negras de calidad, por lo que era un desperdicio tan siquiera ofrecerme una Guinness.

—Vete a la mierda, Reiner — dije a modo de saludo mientras él se alejaba a la barra para traernos nuestras pintas, que seguramente elegiría a su gusto para bueno o para malo.

Nos sentamos a la mesa y proseguimos aquella conversación de Historia llena de intrigas con una mujer de veintiocho años que perdía la cabeza por ella, una chica de dieciséis que mentía más de lo que valía. Que no era poco.

Estuvimos allí varias horas, pinta tras pinta, diciendo chorradas y riéndonos. Para mí fue muy divertido, y cada vez que observaba a Jean me daba la sensación de que tampoco se aburría. Una parte de mí temía que mezclar amigos de Dublín y de Londres fuera un desastre, pero al contrario, parecía ser un gran éxito.

Cuando llegamos a casa, tuvimos que acompañar Bertholdt a la habitación, porque a duras penas se aguantaba derecho. No solía beber, pero en ocasiones especiales Reiner le llenaba las pintas, y no se podía negar si Annie miraba. Lo cierto es que Reiner era algo cruel y creo que le daba dinero a nuestra amiga para que observara a Bert con detalle en los días en que se celebraba algo, aunque solo fuera la Navidad. Yo cruzaba los dedos para que ni mi padre, ni Sarah se enteraran.

Una vez estuvimos en la habitación, yo no estaba por la labor de ponerme pijama, así que me quité los pantalones y después de dejarlos tirados en el suelo me metí en la cama. Estaba un poco enajenado, no nos vamos a mentir. No soy de esos que toleran el alcohol demasiado bien, entre otras cosas porque solo bebo cuando estoy en Irlanda y suele ser muy poco tiempo.

Estaba tirado sobre el colchón y supongo que Jean también se sentía de un modo parecido a mí, y deduje en aquel instante que le daba pereza sacar su colchón por lo que se tumbó a mi lado. Digo deduje porque entonces hizo algo que me dejó totalmente confundido. Uno de sus brazos pasó por mi abdomen rodeándome y noté su aliento casi tocándome el rostro. Recuerdo sus ojos castaños con aquella luz que se filtraba por la ventana, la forma en que su mirada me congeló. No sé describir cómo me sentía, pero siguiendo el cliché, mi corazón se aceleró más si es que el alcohol no lo había puesto ya en taquicardia y entonces me besó.

El tacto de sus labios algo resecos, el sabor de su saliva y su lengua en mi boca, era todo una mezcla extraña que por primera vez en mi vida despertaba un impulso puramente visceral. Creo que cuando se apartó susurrando aquel leve "buenas noches" yo quería más, pero me quedé quieto. Estaba tan confuso y solo podía pensar que era mi mejor amigo y que quería más, mucho más que solo ser su amigo.

Me giré, dándole la espalda, pero dejando que su brazo me rodeara. Si en aquel momento hubiera tenido una erección me hubiera sentido peor que mal a pesar del calentón. Era tan raro, tan difuso, no era capaz de entender qué acaba de pasar, o si ese tipo de pensamientos siempre habían estado latentes en mí. Aunque sobre todo pensaba ¿Qué diablos pasa por la cabeza de Jean?

Gracias a un Dios en el que creía Sarah, aunque yo no, me dormí pronto y los pensamientos quedaron ocupados en el silencio de los sueños.