Capítulo 5 – Smells like teen spirit

Durante la mayor parte de días de Navidad Jean no me volvió a besar, ni siquiera mencionó el tema y yo me sentía un demente total ¿Lo había soñado? Bertholdt no me podía verificar siquiera si habíamos llegado a casa, porque no se acordaba de nada y…

Seamos sinceros, quizá Jean me había besado solo porque estaba borracho y pensaba en la chica que le gustaba ¿Le gustaba alguna chica? Sacudía mis pensamientos tratando de ser amable con Sarah y sus peticiones excéntricas, me convertí hasta en un buen hijastro. De todos modos eran vacaciones, así que hice lo posible por relajarme y no agobiarme con todo aquello que probablemente no tenía ninguna explicación compleja.

El día antes de fin de año dejé a Jean y a Bert solos. Bertholdt había ganado como dieciocho veces al Risk y Jean estaba picadísimo con que tenía que aprender su técnica y ganarle. Yo estaba harto hasta niveles insospechables, y es que mis capacidades de concentración no eran tan altas. Cabe decir que mi padre también les acompañaba, como excusa para no tener que ayudar en la cocina a su mujer y a su exmujer, porque jugar le importaba más bien poco.

Se suponía que habíamos quedado Historia y yo para comprar algún regalo para el cumpleaños de Berthold, que era ese día mismo, pero no se lo daríamos hasta el día siguiente. Reiner y Annie podrían haber venido, pero estaban encargándose de conseguir el sinfín de bebidas espirituosas que supondrían el ritual de cambio de año sin que ninguno nos acordáramos de nada.

Paseábamos por el mercadillo de antigüedades y piezas de segunda mano, cuando Historia me asaltó con la pregunta del millón de dólares.

— ¿Te has enrollado ya con Jean? — preguntó clavándome cada palabra como pequeñas agujas de acupuntura. Me puse rojo como un tomate y negué con la cabeza sin poder evitar pensar en el beso imaginario de la nochebuena. — Oh, entonces, algo sí que ha ocurrido.

—Sí, pero no, es que no sé — me corté ahí y le señalé un libro de segunda mano de Les Iluminations de Rimbaud que a Bert podía gustarle.

Historia, Bert y yo teníamos el código de regalarnos cosas de segunda mano. Annie y Reiner no querían participar en aquel tipo de propuestas, pero para nosotros tenía cierta magia usar cosas que hubieran pertenecido a otro en el pasado. Era como incluir a una persona de la que no conocíamos el rostro en una actividad que nosotros disfrutábamos. Como recoger a un sin techo o adoptar a un huérfano.

—Pero sí que ha pasado algo ¿verdad? — dijo Historia manoseando aquel libro y fijándose en el buen estado de la cubierta y las amarillentas páginas de este.

—Sí, pero estaba borracho— dije tras un profundo suspiro—. Yo también lo estaba, así que no cuenta.

En aquel momento ella golpeó la tapa del libro, como asegurándome que aquello era lo que debíamos comprarle a nuestro amigo y se encaminó a la caja para pagarlo.

—Cuando os marchasteis Reiner y Annie hacían a puestas sobre si te enrollarías con él o no — Me dijo mientras sacaba el dinero de su monedero. Yo le tenía que pagar mi parte después.

Mi sonrojo era evidente, quiero decir que me parecía algo vergonzoso que todo el mundo hubiera sabido antes que yo que entre Jean y yo podía suceder algo así. Pensaba en la risilla de mi madre en el avión o en mi padre con su insistencia para que tuviera novia. Lo de mi padre podía no estar relacionado con el tema, pero era tan clásico como Sarah en el aspecto de que me pudiera interesar el género masculino.

— De todos modos no creo que trascienda… — dije pensando que era terrible que terminara todo al tiempo que me daba cuenta de que me gustaba de aquella manera.

— Pero no dejas de pensar en ello — se rió. Ya salíamos de la tienda y buscábamos un café en el que sentarnos. Había estado observándome durante un rato, y era como si me hubiera leído la mente —. Tal vez debería decírselo a Reiner, él es bueno acelerando procesos románticos.

No, no, no. Eso era ir demasiado lejos. Negué con la cabeza, no quería que Reiner se metiera en aquello. Era una celestina casi mágica, porque Franz y Hannah no se hablaban a pesar de gustarse mucho y él les sentó juntos y dijo dos frases como en un hechizo druídico y ¡Pam! Ahora viven pegados. Claro que no siempre ha funcionado, porque a Mina Carolina, una compañera de clase de Annie, le gustaba un tipo que salió corriendo a toda pastilla después de hablar con Reiner. La teoría de Historia en aquel caso es que Reiner intentó ligarse al tipo en vez de tratar de ayudar a Mina. Reiner la celestina no era una buena opción, ni para mí que me torturaría con un "Gallina, lánzate, yo creo en ti", ni para Jean. A saber qué le diría.

—A Reiner ni palabra — dije antes de que ella pudiera reaccionar. — Si él se entera, lo sabrán todas las islas británicas antes de que yo tenga claro nada.

Historia se rió y dimos por zanjada aquella conversación. Era agradable poder hablar de aquello con alguien, alguien que no fuera a sacar estereotipos ni a brincar de alegría o llorar dramáticamente que la primera persona que me gustara resultara ser alguien de mí mismo sexo.

En casa celebramos el decimoctavo cumpleaños de Bert con una tarta, y en nombre de nuestra familia y de Jean, mi madre le regaló una camisa hortera de diseño. Creo que él nunca usa las camisas que mi madre le regala, pero las guarda con cariño en el armario porque de pequeños él tenía un crush con mi madre. Bert nunca me lo ha confirmado, pero cuando mi madre le enseñó a usar su pintalabios y Sarah se enfadó con ella, él se sintió muy afligido. No era que mi madre quisiera afeminar a Bertholdt, pero es que mi madre nos encontró cotilleando sus cosas y él le preguntó que para qué servía aquel "plastidecor tan raro que no pintaba bien". Creo que teníamos tres y cuatro años, apenas lo recuerdo.

Cuando pienso en el tiempo en el que era pequeño, siempre me pregunto cómo debió sentirse mi madre cuando mi padre la abandonó por Sarah y se fue a otro país. Debió haber sido muy doloroso para ella, y aún y con esas, desde el primer día hizo el esfuerzo de llevarse bien con mi padre y con Sarah para que yo no perdiera a mi progenitor como figura paterna. Supongo que ella es un ejemplo de la persona en la que yo quiero convertirme algún día.

De todos modos todo aquello era agua pasada, y la real fiesta de cumpleaños de Bert era fin de año. Como no había fondos para un local, Historia ofreció su casa. Sus padres habían salido de viaje después de las Navidades, y no volverían hasta el día seis o el siete. La casa estaba un poco retirada del centro, así que cogimos el tren. Los vagones estaban atestados de gente, igual que las calles a pesar del frío y de la ligera nieve que había empezado a caer.

Eran las seis de la tarde, y aún no teníamos ni idea de qué íbamos a cenar. Porque primero pretendíamos hacer una cena relativamente intima. La idea era que solo estuviéramos los colegas de toda la vida para después el fiestón en el que olvidaríamos nuestros nombres gracias al alcohol con el resto de la gente. No es que esté bien eso de que siempre fuéramos a emborracharnos y perder el control, pero siendo sinceros el control es solo una falsa ilusión para encajar en el sistema y los adolescentes nunca encajan completamente en el sistema.

Cuando llegamos, Reiner había dejado varias pilas de cajas con latas de cerveza y botellas de otro tipo en la entrada, así que nos organizamos el trabajo pre fiesta y cena en dos grupos. Reiner, Bert , Jean y yo queríamos mover las cajas al patio trasero de la casa, donde la nieve conservaría toda la bebida fría, y Annie e Historia se encargarían de ir a por comida china. La idea principal era que Jean nos ayudara para que termináramos antes, pero al final no fue así.

— Jean puede ayudarnos a elegir la comida — insistió Historia, a quien en realidad nadie podía decir nunca que no porque a pesar de decir muchas mentiras siempre estaba pendiente de ayudar a todo el mundo —. Además que seguro que aporta a nuestra conversación más que Annie.

Dijo aquello de una forma que parecía un ataque, pero en realidad le giñaba el ojo. Lo cierto es que aunque hubiera sido un ataque directo a ella le hubiera importado poco, porque Reiner solía burcharla de los modos más incómodos y se sentía bien en el grupo hasta donde yo sé. Realmente lo terrible de la frase de Historia era que quería llevarse a Jean para sonsacarle información, y aunque sé que ella nunca hablaba más de lo que tenía calculado, temía que le dijera a él algo que cambiara nuestra relación.

Así nos quedamos solos Reiner, Bert y yo, moviendo cajas y soñando con el momento en que llegasen los otros tres con el cerdo agridulce y la familia feliz. Resulta muy irónico comer comida china en año nuevo cuando realmente el año nuevo chino no es hasta febrero. Lo que me hizo pensar que aquel febrero podía ser divertido acercarse con Jean hasta el soho, y comer pastelillos al vapor mientras nos transportábamos a china sin salir del país.

— Tu regalo de cumpleaños de mi parte es muy especial, Bert — dijo Reiner cuando terminamos sacando un preservativo del bolsillo de su camisa y guiñándole un ojo.

Bertholdt le miró, no sin un sonrojo aparente, y desvió la mirada antes de sentarse en una de aquellas sillas traídas de a saber dónde, porque los padres de Historia viajaban mucho y toda la casa era un sinfín de objetos de otros países. De hecho Historia sabía hablar y leer más de cinco idiomas, pero eso es otro asunto.

—No me interesas demasiado, eres demasiado peludo — dijo bromeando Bert. Seguramente se sentía algo incómodo, no solía abordar temas demasiado personales y su eterno enamoramiento con Annie le afectaba negativamente cuando otras chicas intentaban abordarle.

En algún momento de la conversación pensé que tal vez Bert y Reiner hubieran tenido algo, pero al mismo tiempo me parecía poco probable que algo así ocurriera. ¿Era posible que dos amigos de infancia tuvieran un rollo aún y cuando uno de ellos estaba enamorado de otra persona desde tiempos ancestrales? Alguna vez creí que a Annie le gustaba Reiner, pero aunque fuera así la idea que él tenía de las chicas estaba lejos del romance o las relaciones sexuales.

Devoramos la comida china viendo la misma película de todos los años desde que había salido, Watchmen. También alternábamos con V de Vendetta o cualquiera de superhéroes, pero Watchmen nos gustaba especialmente. La fina línea que separaba a los héroes de los villanos, la percepción de las cosas y cómo uno debía observar el mundo de una manera crítica y realista era uno de nuestros temas favoritos. Incluso Annie, que no solía pronunciarse demasiado, había dicho que le gustaba la película y debatía durante horas las distintas posturas posibles a adoptar.

Sobre las once la gente empezó a llegar a la casa. Annie recaudaba sus impuestos de fiesta obligándoles a pagar una tasa de bebidas y un plus si vomitaban, guardando ella sus carteras o móviles. En realidad no lo decía a aquellos conocidos, pero si tenía que limpiar vómito con resaca quería una retribución coherente.

Todo estaba bastante tranquilo la mayor parte del tiempo, Bert y yo estábamos en el sofá con nuestras cervezas y hablando de tonterías, cuando Mina Carolina apareció sentándose sobre mis piernas. Aquella actitud me asustó un poco, nunca parecía tomarse tantas confianzas. Su mano se apoyó contra mi nuca y colaba sus dedos entre el cuello de mi camiseta. Sus ojos grises o azulados, ni siquiera me había fijado jamás con detenimiento en cómo eran, estaban fijos en mi boca y creo que estaba un poco bebida para lo pronto que era. La peor parte fue que Bert se alejó al ver cómo ella se sentaba, me dejó abandonado y solo con aquella chica a la que a duras penas conocía.

— Ya casi es año nuevo — dijo con voz melosa, lo que aún me asustó más. Aquellas palabras se podían traducir con un "dame un beso de año nuevo", y yo no quería. No era nada personal, pero además de que no la conocía tanto, dar un beso de año nuevo siempre me había parecido algo muy formal. No sé, solo que no quería darle un beso a ella, aunque fuera muy guapa y realmente amable, y amiga de Annie y todas esas cosas que era Mina.

— Sí, debería ir a por otra lata — dije tratando de apartarla de encima de mí —, no voy a poder brindar con una lata vacía. Me traería mala suerte ¿no crees?

Antes siquiera de que Mina se pudiera apartar de mis piernas, la mano de Jean apartó la suya de mi cuello y me atravesó con su mirada.

—Feliz año nuevo — dijo tan rápido que casi no pude procesar lo que decía y su boca se pegó a la mía, mientras me arrastraba hacía adelante. Siguiendo el cliché, mi corazón latía tan fuerte que se me iba a salir del pecho. No estaba borracho, ni él, ni yo. El sabor de la cerveza se mezcló con el de su saliva y ni siquiera recuerdo cuando desapareció el peso de Mina sobre mis piernas. Solo recuerdo que acabamos tumbados en el sofá, entregándonos en un beso tan largo de año nuevo que Annie criticó como "el rollo de año nuevo". Sí, es posible que estuviéramos allí al menos una hora, quizá menos, no lo sé.

¿Era aquello un sueño? ¿Me había dormido viendo Watchmen y la fiesta no había empezado? Realmente creí que aquella opción era posible, pero no. Jean y yo nos besamos de verdad en el sofá de casa de Historia. Había testigos oculares que lo confirmaron, de hecho no estaba ebrio y yo también podía asegurarlo.