Capítulo 6 – Feeling this

Año nuevo, beso nuevo. Cuando Jean y yo nos separamos fue raro pensar en el hecho de que se había abalanzado sobre mí de aquella manera, rápido y lioso, como si hubiera sido una gran prueba para él. Creo que si pensé en ello fue porque desde el día veinticuatro por la noche yo había actuado pasivamente. Ya no quería seguir en aquella línea.

—Jean, me gustas mucho ¿sabes? — dije para sonrojarme infinitamente después. Notaba el calor que desprendían mis mejillas y Jean se reía como si hubiera contado un chiste muy gracioso o algo así.

—¿Y eso es malo? — preguntó él como para sí mismo. Su mano se aferró a la mía, entrelazando sus dedos con los míos y me sentí estúpidamente especial. Era como cuando compartes tu postre favorito con alguien de pequeño, pero porque tú quieres compartirlo y no porque te obliguen. No sé explicarlo con palabras—. Tú a mí no me interesas tanto, por eso te he besado, ¿Quién besaría a alguien que le gusta tanto? Un idiota probablemente.

Me reí y asentí con la cabeza. Podía pasarme hasta el fin de los tiempos de aquella manera.

—Sí, probablemente un idiota — añadí y me acerqué despacio y algo tembloroso a besarle de nuevo. Esta vez despacio, aunque era un poco difícil besarle porque al igual que yo sonreía todo el tiempo.

Nos separamos y me quedé apoyado contra su hombro, fijándonos en un tipo que iba muy borracho y hacía el tonto delante de la mesa del comedor. Si antes me gustaba hacer mil cosas con Jean, ahora aquello incluía estar en silencio y no hacer nada más que notar el calor que desprendía su cuerpo pegado al mío.

— No te lo he dicho antes, pero…— dijo Jean y yo levanté la cabeza para mirarle. — Gracias, muchas gracias por no dejarme solo en Navidad.

Antes de que pudiera decirle nada, como que era una estupidez eso de dar las gracias por algo que quería hacer, Historia apareció delante nuestro rompiendo la escena cursi empalagosa que me estaba encantando.

—Marco, tienes que venir— dijo muy seria—. Tenemos que darle el regalo a Bert y echarle la bronca a Reiner por lo que tiene pensado hacer.

Historia nos dirigió por las escaleras de la casa hasta el piso superior, donde delante de una puerta, Reiner esperaba pacientemente. Lo hacía porque decía que Historia y yo debíamos darle el mediocre regalo que le habíamos preparado. Decía que era mediocre por ser de segunda mano, lo mismo pasaba con los detallitos que me mandaban para mi cumpleaños.

Jean venía agarrado a mi mano, y a mi lado estaba Historia que sujetaba el libro de Rimbaud bien envuelto con papel de diario. Se lo entregó a Bert que sonrió, sabiendo que le gustaría sin ni siquiera haberlo abierto.

—En realidad es una edición de bolsillo de 50 sombras de Grey — bromeé mientras desenvolvía el papel de diario con la delicadeza que le caracterizaba al hacer prácticamente todo.

—Seguro que ahora mismo, a las puertas de recibir el mejor regalo de cumpleaños, ese libro le sería útil — dijo Reiner sacando el preservativo del bolsillo de su camisa y dejándolo encima del libro que Bertholdt tenía entre las manos.

Bertholdt miró el preservativo por un lado y por el otro, como analizando qué quería decir que le diera aquello así sin más.

— ¿Y esto? Creo que soy tímido, pero podría comprarlos yo mismo — dijo arqueando las cejas y fijándose en la expresión taimada con una sonrisa exagerada de Reiner. A cualquiera le hubiera asustado.

— Con tu madre católica encima de ti todo el día, no creo — bromeó Jean. Bueno, creo que bromeaba, porque a veces Jean es tan sincero que no se da cuenta del daño que puede hacer. Le di un codazo sutil, a la par que veía cómo Bert se reía.

— En realidad tienes razón — añadió mi hermanastro. En realidad en ese momento todos nos reímos un poco, aunque me preocupaba que estuvieran metiéndose con Sarah. A fin de cuentas era buena a mujer a pesar de todo.

Reiner golpeó la puerta con las palmas de las manos a modo de tambor y volvió a mirarnos.

—Es que ese no es mi regalo, mi regalo está detrás del telón — dijo sosteniendo el pomo de la puerta y manteniendo aquella mirada que daba miedo.

—Será el regalo de ella...— se quejó Historia en voz baja, murmurando y como medio enfadada por que dijera aquellas cosas.

Antes de que Bert pudiera decir nada Reiner le agarró con su mano libre del brazo y lo empujó dentro de la habitación con presteza, cerrando a puerta tras de él y sosteniendo de nuevo el pomo, cerrándole la posibilidad de volver a salir.

— Y una explicación ¿qué tal? — pregunté algo confuso.

— Annie ha decidido que no quiere jugar más — explicó Historia con un suspiro —, se suponía que ella iba a pedirle salir, pero Reiner cree que tiene que ser especial.

— Bert no lo haría nunca si no se le aprietan las tuercas — añadió Reiner aun sujetando la puerta. Era obvio que Bertholdt no iba a salir o se oiría como rascaba y golpeaba la puerta, pero de todos modos él seguía en aquella pose.

Yo los miraba a los dos, que casi siempre parecían llegar a acuerdos en todo, pero no era así aquella vez. Tal vez porque en muchas cosas Reiner quería contentarla e Historia siempre solía pensar en los sentimientos de los demás antes de tomar decisiones aceleradas, nunca antes los había visto pelearse.

— Reiner, que tú vayas por ahí teniendo relaciones sin más, no significa que todo el mundo quiera o pueda hacerlo. Bertholdt es alguien realmente sensible y lo estás forzando — se quejó Historia casi gritando. Realmente estaba enfadada por aquello —. Por no hablar que Annie, o que salir con Annie no es un regalo, las personas nunca pueden ser regalos. Parece mentira que seas amigo nuestro y no seas capaz de ver todas esas cosas. Annie podía pedirle salir de forma normal, sin que nadie le entregara un preservativo a Bert, como si tuvieran que follar solo porque tú lo haces con cualquiera.

Solté la mano de Jean por un instante y me coloqué delante de Historia. Estaba tan alterada y Reiner parecía ni escucharla. Resultaba una situación muy violenta.

—Reiner no hace y dice las cosas en ese sentido— dije intentando paliar aquella situación—. Sabes que él es teatral, y también que Annie y Bert no son...

No sabía cómo decirlo, era tan confuso. Yo apenas sabía describir las cosas que yo pensaba, así que explicar lo que los demás pensaban resultaba casi imposible.

—Solo quería que se quedaran a solas, que tuvieran esa oportunidad, Historia — murmuró Reiner y tras decir aquello soltó la puerta y desapareció escaleras abajo dejándonos un poco perplejos.

Y en cierto modo tenía razón. Probablemente Annie nunca iba a buscar una situación para estar a solas con Bert, y Bert sentía ansiedad con solo pensar en una situación de aquellas. Pero sí, Reiner era intrusivo y no decía las cosas de la forma más adecuada.

—No, tú mismo estuviste hablándome de esto ayer — se quejó ella—. Piensa en cómo te sentirías si fueras Bert.

¿Es que ella no le había dicho nada a Jean de mí? Porque tenía la sensación de que sí. Y al final, cuando sabía tan bien que tanto Reiner e Historia tendían a estar siempre un paso por delante de los demás, resultaba tan confuso saber si habían o no provocado cualquier situación. La miré confuso y ella me lanzó una mirada reprobatoria y se marchó también por las escaleras abajo.

Jean me miró y se encogió de hombros.

— ¿Estás bien? — preguntó arrugando la nariz de una forma singular. Debía notárseme mucho que estaba descolocado, porque mira que era raro que él preguntara algo así.

— Supongo que sí — dije encogiéndome de hombros y tomándole de la mano de nuevo —. Hasta los mejores amigos se pelean, ¿no?

Con a mano libre me acarició el pelo y me empujó despacio contra él para besarme en los labios. El sabor de su boca me parecía tan encantador, cautivador, mágico... que se me olvidaba el resto de la existencia, todo.

A nuestra izquierda había otra puerta, Jean me empujó dentro de la habitación, y sin encender la luz nos dejamos caer encima de la cama que había en el fondo de esta. Jean estaba encima de mí, sus manos pasaron desde mi cuello hasta mi cintura sin que yo me diera cuenta, y su boca pegada a la mía me encendía. Él sabía qué hacía, estaba claro, pero yo no. No tenía ni idea, y me dejaba llevar porque cada vez que sus labios rozaban mi piel y sus dientes me mordían suavemente el cuello me excitaba y no tenía ni idea de si aquello estaba bien o no.

Me sobraba la ropa, la mía y la suya, así que traté de incorporarme y me deshice de mi camiseta para después quitarle la suya. No sé si sentí algún tipo de vergüenza, ya nos habíamos visto sin ropa después de los entrenamientos, pero aquello era totalmente diferente.

—Jean, no sé qué hago — dije tontamente para después volver a comerle la boca, porque francamente parecía no importarle nada de lo que hiciera. Entonces él empezó a reírse y me empujó contra el colchón de nuevo.

—Bueno, Marco, no es como si hubiera un manual — dijo y se apoyó contra mí, mordiéndome el cuello otra vez. Dejé escapar un gemido, notando como mi pantalón empezaba a aprisionar mucho mi pene que bueno... — Yo tampoco tengo ni idea ¿sabes?

Pero a pesar de que hubiera dicho aquello, su seguridad y precisión al hacer lo que hacía eran impresionantes. Su lengua sobre mi piel o sus manos desabrochando mi cinturón con tanta soltura.

Me quité los zapatos con los pies, para que él pudiera deshacerse de mis pantalones y entonces yo le despojé de los suyos. Cuando volvió a tenderse sobre mí pude notar su erección, a través de la fina tela de nylon del calzoncillo, sobre mi pierna y la cálida piel de Jean. Sentía cosas, quiero decir más allá de lo físico, pero ahora mismo no sabría decir qué o cómo. Era como si faltara el aire, como si el tiempo se dilatara y encogiera en un momento y ya no tuviera una percepción real de nada, quizá solo podía pensar que quería más aunque no supiera exactamente qué era ese más.

— ¿Tú quieres ponerte encima o debajo?— preguntó Jean rápido, porque supongo que él también pensaba en aquel "quiero más" que no llegábamos a contemplar como algo claro.

—No lo sé— dije pasando mi mano por su espalda. Me gustaba agarrarle por la espalda y notar sus formas definidas. Sus omoplatos perfectamente definidos entre sus músculos y cómo se marcaban sus vertebras porque tenía aquel cuerpo escuálido.

Él se rió de forma suave y levantó mis piernas deslizando mis calzoncillos por estas. Tengo que admitirlo, en ese momento me sentí un poco asustado y si antes no sabía qué hacer, entonces aún lo supe menos. Me empujó un poco, apoyándose contra mis piernas y levantándome ligeramente, mientas deslizaba sus propios calzoncillos por sus piernas.

Aquello fue extraño, cuando me penetró quiero decir. El parecía tan seguro y todo estaba yendo tan bien que cuando me dolió me chocó. Al principio solo dejé escapar un leve grito, pero Jean no paró, así que la segunda vez que lo hizo le paré yo.

—Esto no se supone que tenga que doler así — dije sintiéndome imbécil después de pronunciar aquellas palabras. Quizá simplemente nos faltaba mucha información, ni siquiera estábamos usando un preservativo.

Su mirada denotaba casi culpa o arrepentimiento por causarme dolor sin darse cuenta, pero no dijo nada. Se acercó a besarme los labios de nuevo y mientras con una mano me acariciaba la cara, su otra mano agarraba mi pene. Empezó a masturbarme despacio, sin parar de besarme, y yo noté aquel súbito calor otra vez. Recuerdo que deslizó sus labios poco a poco por mi cuello sin parar de mover la mano y bajó por mi pecho. Notaba su aliento sobre mi piel, pero no era como si mi mente funcionara demasiado en aquel momento. Cuando introdujo mi pene en su boca fue una sensación diferente. Además del movimiento de sus dedos, también estaba su lengua tocándome y se percibía una calidez muy placentera.

Yo no sabía si tenía que aguantarme o no la corrida, era confuso, normalmente lo habría hecho sobre un pañuelo o… Bueno, el caso es que lo dejé ir en su boca, porque tampoco sabía cómo pararle para decirle que me iba a correr. La sensación de placer y tranquilidad que me abordó tampoco me dejó ver si se lo había tomado a mal o no, aunque creo que se lo tragó o de lo contrario lo habría escupido contra el suelo o no sé. No sé qué hizo.

Cuando volví un poco en mí, tampoco tardé demasiado creo, Jean estaba aún frente a mí y se dejó caer a mi lado. Él agarró mi mano y la colocó sobre su pene instantes antes de besarme y yo le empecé a masturbar a él. Me fijé en las caras que ponía a cada movimiento de mis dedos y me parecía tan atractivo. La posición de su boca y sus ojos entrecerrados, mientras dejaba ir algún que otro jadeo me parecían tan fascinantes. A veces aún me acuerdo de la sensación que me producía la imagen de la textura de sus labios dejando escapar aquellos sonidos involuntarios.

Cuando terminó me manchó la mano, y yo solo miré la corrida de Jean para luego limpiarla contra el edredón de Historia. Porque sí, aquella era su habitación. Jean y yo dormimos un rato, allí estirados y abrazados. A veces creo que la sensación tan grata que tuve durante aquella noche, durmiendo desnudo con él, es algo que nunca voy a olvidar del todo.

Al despertarnos nos vestimos sin mucha prisa. Era algo raro porque nuestra reacción había pasado de amigos a confusión pura, y de ahí a simplemente dejarnos llevar por el momento.

— No me mires, Marco, estoy desnudo — bromeó Jean al notar que yo sí sentía cierta incomodidad por tener que vestirme delante de él —. ¿! Qué haré ahora en los vestuarios del instituto contigo ahí!?

Le lancé un cojín y me tapé la cara con mi camiseta.

— ¡Cállate Jean! — dije través de la tela de la camiseta que resultaba no ser la mía. Porque sí, Jean llevaba la mía y yo la suya.

Él caminó hacia mí y me rodeó con los brazos, dijo vale y se quedó apoyado en mi hombro ¿Podía pedir algún otro regalo de Navidad mejor?