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Canción: Lego House de Ed Sheeran.


Te tomaré cuando estés cayendo.

Parte I

«Voy a recoger las piezas y construiré una casa de legos, así cuando las cosas vayan mal podremos derribarla […]Y si estás destrozada, yo te arreglaré y te mantendré abrigada de la tormenta que está azotando ahora.»

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Las persianas se abrieron dejando entrar la luz de los primeros rayos del sol de la mañana. Disfrutó cuando su olfato inundó con los olores de un nuevo día; desde la cocina el café recién colado entraba a la habitación de Sora. Un bostezo ganó la partida en la corrida a las energías, se dio palmadas en sus mejillas y sonrió, obligando a que el entusiasmo no se viera menguado por la noche sin poder dormir a causa de las pesadillas. El inicio del verano, la promesa de palabras que nunca fueron dichas la noche de los fuegos artificiales, nuevas experiencias la esperaban fuera e iba de cara a ellas, dispuesta a enfrentarla. El insomnio, la apatía, falta de sueño no impedirían que pasara un buen verano junto a sus amigos.

Takenouchi revisó su móvil. No tenía mensajes nuevos, pero era de esperarse, a la seis de la mañana, ¿quién iba a escribirle? Apenas el día comenzaba y era probable que sus amigos continuaran durmiendo aprovechando sus días libres de escuela.

Guardó el futón y puso música en su Ipod.

1 de agosto rezaba el calendario. ¿Por qué sus mejores momentos se ligaban con la fecha de su viaje al Digimundo? Sonrió alegre.

Sacó de su armario la ropa que llevaría a la reunión, sería la primera vez que se reunirían todos desde hace mucho tiempo; también podrían ver a Piyomon y los demás, no era un hecho seguro, pero ponía todas sus fuerzas para que así fuera.

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La mamá le miraba con el ceño fruncido durante el desayuno; Sora no lograba ocultar su incomodidad al respecto.

—¿Debería de castigarte por haber llegado muy tarde anoche? —preguntó la mamá, entre decepcionada y molesta.

El pan se atoró en su garganta impidiéndole respirar a la más joven. Buscó pasar el sólido con un trago de jugo de naranja. El alivio la invadió cuando el trozo de comida descendió. Respiró profundo tras el ataque de tos provocado por el ahogo. Su mamá no podía decir esas palabras en serio. ¿Treinta minutos era considerado tarde para ella?

—Te dije que lo siento mucho —Bajo otras circunstancias habría debatido con su madre, pero el día de hoy no iba a arriesgarse a que le castigaran no pudiendo ir a la reunión del 1 de agosto. Bajó las defensas—. No volverá a ocurrir.

Toshiko relajó sus labios en una casi sonrisa, aparentemente, su enojo no era tan profundo como creía la hija.

—Alguna vez yo también tuve diecisiete años —dijo en tono comprensivo.

Sora le interrumpió.

—¿Hace cuánto pasó aquello, mamá? —bromeó la hija, metiendo una cucharada de avena a su boca para disimular la sonrisa.

—Sora Takenouchi —soltó indigna, pero riendo de la burla—, respeta a tu madre que no es tan vieja como crees.

Sora le mantuvo la sonrisa divertida, masticando lentamente su comida.

—Como te decía —continuó Toshiko—. También sé lo que es pensar que nuestros padres no nos comprenden. Uno como hijo solo desea divertirse, y más cuando se es joven como tú. Pero los padres tenemos la costumbre de interferir acabando con la diversión; es lo que piensas, ¿verdad?

—Mamá…

—Yo solo espero de ti que respetes los horarios de llegada a casa, que me marques y digas a dónde iras y con quién estás. Probablemente hoy no me entiendas, pero algún día serás madre y conocerás la angustia que representa para nosotras las madres no poder proteger cada segundo del día a nuestros hijos.

—Probablemente ya te entienda —Sora sonó más maternal de lo que hubiera deseado.

Toshiko abrió los ojos de par en par, sorprendida y Sora cogió rápido la indirecta, palideciendo para luego ganar sonrojos hasta en las orejas. Se levantó de su asiento y golpeó la mesa con ambas manos abiertas.

—¡Mamá! —Se avergonzó de que su madre pensara que ella podría estar…—. No, qué dices; no, no, no. Lo decía por mis amigos. Yo siempre me preocupo por ellos y suelen decir que me ven como una madre por mi instinto de querer socorrerlos siempre.

La mujer mayor soltó una risilla apenas audible; a Sora le vino la imagen mental de una ardilla risueña. Sora volvió a tomar asiento, todavía con el rubor marcado en el rostro.

—Lo sé, hija. Desde que regresaste de ese Mundo de monstruitos extraños noté el cambio. Además, tus historias reflejaron ese aprendizaje y me da gusto que de alguna manera podamos entendernos.

—¿Alguna manera? —preguntó, parpadeando de más.

—A veces los padres no tenemos otra opción. También cometemos errores en nombre del amor. Y hay paradigmas que son difíciles no seguir…

—Ya, mamá —Sora dejo caer la cuchara sobre la servilleta a un lado del plato, ponía cara seria—, necesitas decirme qué te ha estado pasando estos días. Has actuado rara. ¿A qué se debe esto de las madres preocupadas y de Taichi no es bueno para ti? Porque te recuerdo lo ocurrido hace días y sé que todo tiene un por qué, y quiero que me lo digas ahora.

Toshiko cogió la taza de su café, llevándola hasta sus labios, no bebió de ella.

—Sé que lo he sido, Sora, pero hay algo que quiero contarte.

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Colocó su mano sobre la boca evitando que el bostezo escapara con libertad. Miró para todos los lados en búsqueda de una referencia del lugar a donde fue citada.

—Taichi dijo que me esperaría cerca de la farmacia —Se dijo así misma, los nervios la hacían hablar sola; aunque se mostraba tranquila—. Pero no lo veo por ningún lado.

Sacó el móvil sin señal, maldijo en pensamientos al estúpido aparato que fallaba cuando más lo requería usar. Echó la vista en dirección a la calle del frente: algunos peatones, parejas felices que caminaban de la mano; sintió náuseas que iban más allá de la usual repelencia a la cursilería típica de los novios, desvió la mirada pretendiendo seguir buscando…

—Rayos, Taichi, ¿en dónde estás? —Puso los pies en puntillas, y estiró lo más que pudo el cuello para ver si daba con la maraña de cabellera desordenada o la farmacia que parecía la tierra se hubo tragado.

No encontró nada de lo que buscaba, pero sí dio con una cabina de teléfonos públicos al otro lado de la calle.

Tanteó en el bolsillo delantero de su pantaloncillo y encontró varias monedas. En cuanto las halló quiso imitar a su amiga Miyako soltando un «¡Bingo!»que no exteriorizó en ese segundo de excitación.

Aguardó a que pasaran los coches, ansiosa, y cuando no vio ninguno cerca, cruzó la calle en una corrida urgida.

Debía de ser el peor día de su vida. Cuando los problemas estaban destinados a una persona, difícil poder evitarlos. A eso llamaban causalidad, ella lo llamaba «puta vida». El estúpido teléfono público funcionaba con tarjetas especiales de saldo. ¡¿Quién rayos llamaba de un lugar así?! ¿por qué complicar la vida cuando se supone debía ser más fácil? Debían de darle la oportunidad al menos de poder usar monedas en caso de emergencias.

De todos modos, no hizo falta.

Sora dejó caer el auricular del teléfono cuando se percató de un par de ojos que le asechaban.

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Taichi usaba su mano como visera sobre su frente, cubriendo sus ojos de los potentes rayos del sol, buscaba encontrar a su mejor amiga. Acomodó el bolso de medio lado, el peso del morral era difícil de ignorar; asió la correa con fuerza para que no resbalara de su hombro, y aquello le hizo recordar a Jou cuando en el Digimundo buscaba que Mimi se hiciera cargo del kit de primeros auxilios en caso de extravío y no lo conseguía.

Barrió el recuerdo que venía como arrastrado por las corrientes del pasado y sacó el celular para contactarla: Sora no tenía señal. ¿En dónde diablos estaba metida? Si minutos atrás recibió un mensaje de la misma pidiéndole reunirse antes de encontrarse con los demás; como ya había salido de su casa, regresar supuso para el joven doble esfuerzo físico y mucha flojera de por medio, así que le pidió a Sora que se encontraran cerca del parque donde solían jugar a los once años, a las afueras de la única farmacia adyacente a la zona de recreación infantil, pero no daba con ella y tampoco contestaba su teléfono fuera de servicio.

Caminó rodeando la zona, pensando en que quizás lo estaba esperando en otro lugar. Normalmente el distraído era él, lastimosamente no estaban en un punto de su vida que pudieran considerar normal para ninguno; el acercamiento hacia una relación íntima amenazaba su amistad con cada paso que daban, pero tampoco era el único problema: Sora seguía teniendo esas pesadillas y, lo peor, comenzaba a ocultarle que continuaba perdiendo horas de sueño.

Detuvo su andar cuando la encontró en la esquina opuesta a donde él se encontraba. Distinguió las piernas desnudas de la amiga, el pantalón corto de mezclilla apenas y cubría los lugares importantes de su anatomía, llevaba a combinación con el verano una camisa de tiras amarilla, con vuelos de telas ligera que, movidas por el aire, descubrían parte del abdomen plano de la chica. Dio un paso con la disposición de pegar un grito que la alertara de su presencia, pero le picó la duda de con quién estaba hablando. Siguió la vista de la muchacha que señalaba al Digimon con forma de mamut que flotaba en una nube, aparentemente.

Era evidente que hablaban. Sora movía sus labios y solo dejaba de hacerlo cuando el Digimon gesticulaba en respuesta. Tuvo en seguida una mala espina, nada en Sora advertía que era una plática amistosa. Y se suponía que los Digimon no deberían de estar en el mundo de los humanos tampoco.

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Sora negó a las palabras de Tapirmon.

—No sé qué es lo que quieres de mí.

El Digimon le respondió impávido.

—Hay preguntas que solo tienen respuestas si quien la busca está dispuesto a pagar el precio.

—Ya te he dicho que no busco respuestas. No sé de qué me hablas. ¿Por qué está aquí?

Tapirmon tardó en responder; no hacía más que mirar a Sora, dando a entender con su actitud sosegada, que el de la ventaja de la situación la tenía él.

—Pediste un deseo, ¿no es cierto?

—¿Un deseo? —Parpadeó confundida.

Tapirmon hizo un gesto que Sora tomó como la intención de una sonrisa amigable.

—Creo que estas confundido —explicó la muchacha, dando un paso al frente al Digimon, esperando que la acción no lo asustara y, con ello, la atacara.

A sus oídos llegó una voz que reconocía cuando escuchaba un audio grabado por ella misma. La voz repetía palabras que recordaba haber dicho; un deseo pedido con toda la seguridad de que se haría realidad habiéndolo pedido tanto como si no.

«Deseo que Taichi y yo siempre estemos juntos».

—Ya no es posible, ¿verdad? —Tapirmon estaba jugando sucio.

Sora hubo escuchado de la boca de Koushirou que Tapirmon, por naturaleza, era un Digimon inofensivo que solo se divertía entrando a los sueños de los Digimon para hacer travesuras, muchas otras veces, su trabajo consistía en velar para que las pesadillas no asustaran a las personas de corazón noble.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Sora, elevando la voz—. ¡¿Cómo sabes que ya no es posible?!

—Solo dilo —dijo Tapirmon, usando un tono de superioridad ante Sora—. Dilo y te libraré del compromiso que tus padres hicieron por ti.

Sus palabras golpearon a la alterada muchacha que se quedaba con la mirada perdida y los labios tiritando por el enojo y los miedos.

—No quiero —musitó inconscientemente, como ida de la realidad—. No quiero casarme con ese extraño.

Los ojos de Tapirmon se oscurecieron, la estela de un brillo que tan pronto nació, murió en su mirada.

Sora tuvo miedo.

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Taichi fue testigo de la cortina de humo que se levantaba en medio de Sora y el Digimon. Impulsado por su naturaleza de protector, corrió dejando caer el bolso pesado al suelo.

Flashes de imágenes, como de páginas que contaban una historia dibujada al pasarla a toda velocidad, se reproducían frente suyo. Sora cubría su cuerpo con los brazos, tocía, la densa neblina que causaba Tapirmon cortaba el aire que Sora necesitaba para respirar.

Su voz llegaba tarde en comparación a los pasos veloces que dio, al menos eso se dijo inconscientemente, no se daba cuenta que gritaba una y otra vez el nombre de Sora, pero que la sangre latiendo en sus oídos impedía que escuchara su propia voz de inmediato.

En pocas zanjadas ya estaba cerca de ella. La pelirroja se percató de la presencia de Taichi y extendió la mano.

Sus dedos se tocaron, entrelazaron sus manos, aferrándose a la esperanza de poder escapar del peligro que se avecinaba.

—¡Sora! —Pudo escuchar la sincronización de sus palabras con lo de sus labios, un zumbido, que a oídos de otros pudo escucharse como si exhalara con temblor en su voz.

Demasiado tarde para que el acto heroico impidiera que el vórtice que se formaba debajo de los pies de Sora se abriera y los engullera por completo.

En la calle, cerca de los puestos telefónicos, el viento barría el polvo del pavimento. Ni rastro de la escena dada por los dos muchachos quedó.


Como no quiero seguir abriendo historias nuevas, he decidido reciclar esta colección, que iba de canciones, para la actividad Escribe a partir de un vídeo musical. ;)

Gracias por los favs, pero no por los rvs ja, ja, ja. Suerte que no me gusta dejar las cosas a medias y que todo lo que está en esta plataforma tendrá un final tarde o temprano.