Ya sé, no tendría que estar haciendo esto, tendría que estar trabajando en las cosas en las que tengo que ponerme a escribir. Pero mi estancamiento inspiracional (?) sólo consiguió soltarse un poco con esto.

Inspirado en La Ciudad de la Furia, de Soda Stereo (ft. Aterciopelados en esta versión)

Personajes: Koushiro y Mimi


Noches de Odaiba.

Se había convertido en su pasatiempo favorito. Cuando se hacía alrededor de las tres de la mañana, salía a caminar. La ciudad nunca dormía, eso le parecía impresionante. Las luces nunca estaban del todo apagadas, las personas nunca del todo dormidas. La actividad parecía ser más que eterna. Podía sentirse un absoluto desconocido, así como todos lo eran para él, y de esa forma todos se conocían en algo. Las sombras bailaban en algunos callejones, componiendo algo que no le iban a dejar escuchar. La calle se sucedía a sí misma, y él estaba ahí, parado, sintiendo como si fuera el piso quien arrastraba sus pasos y no sus pasos quienes arrastraban a su cuerpo. Era la magia de salir a la noche, donde todo parecía ser más confuso. A las cuatro, siempre estaba de vuelta en su cama.

Un día, como cualquier otro, quiso levantarse, pero una mano se lo impidió. Hacía semanas ella había empezado a quedarse a dormir con él en su departamento, y siempre él tenía que esperar a que el sueño le bajara a la joven para salir sin ningún problema, sin que ella sospechara nada que no era. Ese día no fue así.

—Kou —escuchar su nombre en la voz de ella siempre le daba una especie de sonrojo, aunque cada vez aprendía mejor a dominarlo—, ¿a dónde vas?

No podía mentirle. Era uno de los grandes poderes que ejercía sobre él. Si le hacía una pregunta directa, él ni siquiera dudaba en contarle la verdad.

—A caminar.

—¿A esta hora? Si siempre odiaste el ejercicio.

—Esto no es ejercicio.

Se levantó, dejando a la castaña acostada con una mano levantada sobre las sábanas. Ella se levantó, algo indignada de que se hubiera ido así. Koushiro todavía no salía del departamento, estaba tomando agua antes. Ella lo atajó en la cocina.

—¿La razón?

—Me gusta pensar cuando tengo tiempo.

—Es tarde para pensar.

—Nunca es tarde para pensar Mimi.

Ella se sintió estúpida por haber escuchado ese comentario, y por haber hecho el anterior. Él le dio un beso, calmándola, haciéndole sentir que no era lo que ella pensaba. Mimi no quería que él se fuera, no le gustaba, desde que se había acostumbrado a esas semanas en las que frecuentaba la cama del pelirrojo para dormir, la idea de tener que volver a acostarse sola. Y tampoco le tentaba la muda propuesta de acompañarlo. No se movían, no se miraban a los ojos.

—¿Qué es lo que tanto te gusta de las noches de la ciudad?

—Eso es lo que me gustaría saber.

Claro. La curiosidad de él era más fuerte que su sueño.

—Hay muchas formas de conocer una ciudad por la noche —dijo Mimi, dándose vuelta y volviendo al cuarto.

Esa noche, Koushiro caminó en otro plano, sin tener que salir de entre sus sábanas. El amanecer sobre Mimi le dijo qué era lo que tanto le gustaba de las noches que nunca duermen.