Inspirado en Young Lust de Pink Floyd.

Personajes: Mimi y Yamato.


Tentaciones.

Fue todo por una llamada telefónica. Yamato atendió al segundo timbre, y no escuchó ninguna voz. A los dos segundos, alguien del otro lado estornudó y, reconociendo enseguida la voz, soltó un nombre. Del otro lado, le dijeron que no, que no era ella.

Mimi.

Pero claro, quien llamaba tenía que ser Taichi. Su mejor amigo y peor enemigo. Giró los ojos cuando el moreno dijo que estaba desesperado. Él no estaba desesperado. De hecho, estaba tranquilo. Muy tranquilo. Demasiado tranquilo. Sí, tranquilo, tranquilo, tranquilo... podía reconocer su tranquilidad a kilómetros. ¿Por qué Taichi no se callaba? Ahora decía algo sobre Sora, y sobre un partido de fútbol que Yamato no había ido a ver. ¿Qué le importaba a él que Takeru y Hikari hubieran estado en el cuarto de la chica, solos, mientras no había nadie en la casa? Bueno, eso sí le importaba, pero no demasiado en ese momento.

Entonces escuchó el timbre sonar, y dejó a Taichi en el teléfono, hablando solo. Cuando se diera cuenta, se quejaría, pero faltaba para eso. No preguntó quién era, cosa extraña en él. Se acababa de mudar, y pocos sabían dónde vivía, por lo que estaba perdiendo la costumbre de preguntar quién podría estar visitándolo. A veces eran vecinos molestos que le daban la bienvenida. Las desventajas de ser nuevo en el edificio.

Cuando abrió la puerta, vio a una chica castaña que le guiñó un ojo y entró, meneando la cintura. Se sentó en el sillón de su sala, y agarró el bajo que estaba a mano. Y Yamato no podía sino pensar en lo condenadamente sexi que se veía Mimi junto con su instrumento favorito. Pensó que lo mejor sería que tuviera el sombrero rosa. Y que estuviera desnuda. Eso. Desnuda, sombrero, bajo. Cama, sillón, ducha. Las imágenes se sucedían, y ella no había dicho ni una palabra.

—Yama-kun —Escuchó entonces, con ese tono de voz peligrosamente suave. Ya había caído, era débil cuando se trataba de Mimi. Ella había ido a provocarlo, y él lo sabía. Hacía dos semanas enteras que no se veían y, aunque se hablaran mediante celular, no era lo mismo. Él la quería tener enfrente, al costado, alrededor. Necesitaba escucharla, sentirla, tocarla. Y suponía que ella necesitaba lo mismo de su parte. Pero claro, Mimi no iba a ceder, y él no quería hacerle el juego tan fácil. Yendo a la cocina, haciendo como que nada le interesaba, le respondió:

—Sí, Mimi, ¿qué pasa?

Y ella se levantó de su asiento, dejando casualmente la chaqueta que llevaba puesta, y Yamato escuchó sus pasos, y supo que no tenía que darse vuelta. Por nada del mundo, iba a darse vuelta.

—Escuché que necesitas a una mujer algo... sucia.

Y lo rodeó con los brazos de atrás, y se apretó contra su espalda. Y Yamato se maldijo, porque sólo eso bastó para que soltara un suspiro, y Mimi una risita. Las manos de ella empezaron a moverse por el cuerpo de él. Yamato no tenía nada por hacer.

Era nuevo en el edificio. Había llegado hacía dos semanas. Pero tarde o temprano todos tendrían que escucharlos a Mimi y a él. Y, definitivamente, sería temprano. Y Taichi seguía hablando por teléfono, así que también escucharía. Que escuchara todo el puto mundo.

Se dio vuelta, levantó a Mimi para que lo rodeara con sus piernas, pegó sus labios a los de ella, y la empujó hacia la pared. No tenían ni siquiera que llegar al cuarto.


Bueno, no sabía cómo terminarlo, así que me decanté por esos finales repentinos que no sirven para nada.

Cualquier falta, avísenme por favor.

¡Saludos!