Disclaimer: Nada del Universo Harry Potter o de la autora J.K. Rowling me pertenece.
Buenas nuevamente 3 He querido subir este primer episodio para que veáis cual es el rumbo que sigue la historia. Espero que os guste mucho. En caso de que sí, subiré el próximo el miércoles que viene. MUCHAS GRACIAS ^^ Besos 3
I
Conocerte
Corría el año 1935 en Londres. El mundo mágico estaba en una paz que parecía solemnemente perpetua. La gente iba de un lado para otro, preparando todo para la gran Fiesta de Verano que tenía lugar todos los años cerca del Río Támesis y para la cual faltaban tan sólo unos días. Por supuesto, el lugar era oculto a los ojos de los muggles, gracias a un hechizo que permitía la aparición de una gran capa invisible que cubría todo el lugar del evento, lo que permitía disfrutar de la celebración con total tranquilidad si eras un mago o bruja.
La Primera Guerra Mágica había causado estragos alrededor del mundo y de los distintos colegios de magos de todos los países: Hogwarts, en Reino Unido, Beauxbatons en la República Francesa, Durmstrang en el Reino de Bulgaria, Zauberkunst en Alemania o por ejemplo Incanto, en Italia. Sin embargo, los mejores magos y brujas de cada país habían sabido dirigir con valor a sus ejércitos, y desempuñando sus varitas, habían luchado por salvar a sus familias y amigos del terror.
Tras la Primera Guerra Mágica, reinaba la paz en el mundo, aunque con algunas carencias en distintas partes del mundo, como en Alemania, donde la ausencia de galeones y sickles había dejado a medio millar de niños sin acudir a Zauberkunst, o en Italia, donde la tensión aumentaba por momentos debido a la gran cantidad de hechizos que magos enloquecidos realizaban delante de los muggles, quienes miraban incrédulos.
Mi padre, George Granger, era un simple dentista muggle cuando se desató la Primera Guerra Mágica. El no tuvo que luchar, y yo apenas era una niña cuando todo eso ocurrió, pero mi madre, Dana Granger, sintió la pérdida de mi abuelo materno, el cual me había desvelado hacía tiempo sus raíces mágicas. Él si luchó en la guerra de lado de Hogwarts, y aunque peleó honorablemente por proteger a su familia, perdió la vida en el intento.
Y luego estaba yo. Una jóven que ya alcanzaba los 22 años de edad y que había pasado por la mejor escuela de Magia y Hechicería en su momento más brillante, Hogwarts, justo en el año 1924, cuando Londres bailaba al son del charleston y conquistaba las calles con un lento jazz importado de los Estados Unidos, o cuando el Reino Unido muggle era gobernado por Stanley Baldwin y el mágico por Earl Thon, el cual incluyó grandes avances en la ciencia mágica.
Había sido una de las alumnas más brillantes, con notas excelentes. Lo cierto es que no aprendí a hacer magia, sino que por alguna extraña razón, ya la llevaba en mi interior, en mi corazón mestizo que, aunque gritaba externamente y a los cuatro vientos que yo era muggle con poderes mágicos, en mi interior susurraba que era bruja con rasgos muggle. Me encantaba la magia y todo lo que tenía que ver con ella, y ahora me preparaba para ser maestra en Hogwarts. Quería ser profesora de Transformaciones, era uno de mis grandes sueños. Me encantaba cambiar cualquier cosa a otra, desde una pequeña pluma a una aguja brillante, hasta un armario por un elefante. El arte de transformar se había convertido en una de mis grandes pasiones, junto con la de enseñar.
Para prepararme como maestra, tenía que acudir a un centro especial para magos cualificados, la escuela Enseñanza y Magia Docentia. A decir verdad, en los pocos meses que llevaba acudiendo a la escuela, no había conseguido hacer muchos amigos, quizá por mi carácter tímido y mis ansias por hacer siempre lo correcto. Desde pequeña, me encantaba acatar las normas y cumplir siempre con lo que se me pedía, superando las expectativas. Nunca había infrigido una ley, ni recibido un castigo, razón por la cual la mayoría de los otros niños me consideraban aburrida. Por eso sólo había conseguido tener una mejor amiga, Luna Lovegood, la cual había seguido los mismos pasos que yo y acudía a Docentia.
Y era gracias a su amistad que aquel año esperaba con muchísimas ansias la Fiesta de Verano que se celebraba cerca del Río Támesis: la música, los bailes, los vestidos elegantes, risas y diversión, juegos en la feria, ver gente diferente…todo dentro de un ambiente mágico. Aquel sería el primer año que acudía, sin la compañía de mis padres y siendo mayor de edad, pues veces anteriores había asistido agarrada del brazo de mi padre y dando saltos de emoción, deseando subirme a la noria encantada.
Para la fiesta, mi madre llevaba unos cuantos días intentando remendar un vestido que había usado mi abuela cuando tenía 16 años. Según mi madre, la abuela Mary lo llevaba puesto en la Fiesta de Verano de 1876 (tras haberse colado, siendo muggle, con la ayuda de una amiga suya) cuando conoció a mi abuelo, Isaac, y se enamoraron.
-Tu abuela decía que daba mucha suerte. Conoció al amor de su vida, tu abuelo, llevando este vestido. Y desde entonces, nunca lo tiró y lo lavaba cada final de mes. - contaba mi madre, mientras introducía con cuidado la aguja, afinando la cinturilla.
Se trataba de un vestido de seda color blanco roto, con una suave caida de hombros y que llegaba hasta las rodillas. En su tiempo, había sido el vestido de la noche, el que más miradas atrajo, aunque lo cierto era que mi abuela había sido una belleza de su época, con grandes ojos marrones y pelo castaño.
En eso yo, Hermione Granger, me parecía mucho a mi abuela. Compartíamos los mismos grandes ojos y el mismo pelo, y según mi abuelo, teníamos la misma dulzura, apocada por la tímidez.
Me gustaba parecerme a mi abuela. La consideraba un referente de vida, un icono que había sabido sobreponerse a las necesidades de la vida y luchar contra todo aquello que le parecía injusto.
-Es muy bonito - dije yo, observándolo con admiración. Ese vestido tenía tanta historia en su interior… La historia de un amor que se había antepuesto a una lucha familiar, a una madre estricta y a la falta de comprensión del mundo muggle hacia el mundo mágico, pero que no había sido capaz de contrarrestar los efectos de una guerra.
-Y cuando esté terminado será aún más bonito. ¡Te quedará tan bien! Estoy segura de ello. - decía su madre, asintiendo con la cabeza mientras seguía enhebrando aquella pequeña aguja, dejándose las pupilas (y las manos) en cada puntada.
-Y… ¿no crees que terminaríamos antes si yo…? - comencé a proponerle yo.
-Ah, no no, de ninguna manera. Quiero arreglarlo yo, me hace mucha ilusión - repuso mi madre, con una sonrisa - no hay nada mejor que el trabajo artesanal de una madre, ¿no crees?
Le sonreí, asintiendo con la cabeza. Tras aquella conversación, me marché a mi dormitorio y abrí las páginas del libro Lidiar con las Características Mágicas de los Niños. Aunque todavía no había empezado el último curso, tenía muchas ganas de aprenderme las nuevas lecciones. Es más, yo disfrutaba aprendiendo hasta la última palabra, el último guión, el último punto y coma. Mientras pasaba una a una las páginas, devorando su lectura, un pensamiento cruzó mi mente.
Aunque yo siempre había sido una muchacha independiente y Londres era bastante avanzada a su tiempo en mi época, empezaba a caminar en esa edad en la que sería apropiado tener un esposo que te quisiera y unos hijos. No era que me asustase la idea, en absoluto, yo también quería formar una familia como lo habían hecho mi madre y mi abuela en su momento, pero nunca había conocido a un hombre al que quisiera, a pesar de haber tratado con muchos a lo largo de mi vida y ni siquiera habia rozado los labios de algún joven, ya fuera por casualidad o por atrevimiento.
Entonces, ¿estaba preparada para el amor? ¿Para amar profundamente, para sentir sensaciones distintas en mi corazón? Eso, según decía mi madre, eran cosas para las que todo ser humano había nacido, sólo que para unos tardaba más en llegar que para otros. Lo llamaba "amores efímeros", esos en los que todo era risas y coqueteo, hasta que llegaba el amor verdadero.
-Y, ¿cómo sabré cual es el de verdad? - le pregunté una tarde de primavera. Aquella duda se había sembrado en mi desde que Luna me había contado que había conocido a un muchacho pelirrojo del que se había enamorado, durante un viaje a Liverpool, y el cuál me presentaría en la próxima Fiesta de Verano, puesto que ella ya sabía que era el "verdadero" y con el que "se casaría tan pronto se convirtiese en maestra y él consiguiese una casa y un trabajo en Londres".
Mi madre sonrió levemente.
-Lo sabrás - dijo mirándome - por que serás el único al que veas esa noche, frente a ti. Puede haber mil hombres a tu alrededor, que, por alguna extraña razón, sólo lo verás a él. - se tornó melancólica - el corazón sabe lo que elige y por qué lo elige. Y nosotros no tenemos porque luchar contra las decisiones del corazón, hija, sino seguirlas, caminar por sus senderos y entenderlas, ver hasta donde nos llevan.
¿Hasta dónde me llevaría mi corazón? Quizá eso era lo que realmente me asustaba, el destino, el futuro, el porvenir. Lo que estaba por pasar, si sería capaz de aguantarlo y de superarlo, o sin embargo, me quedaría estancada entre un millón de sensaciones distintas. Decidida a no pensar más en el futuro, y viendo que no avanzaría mucho más en la lectura del libro, lo cerré, a la par que cerraba los ojos.
Pasaron los días con suma rapidez, llegando, por fin, el final del mes de agosto. Aquel día, concretamente, aquella noche, se celebraría por fin la Fiesta de Verano de Londres, sólo apta para los magos y brujas de todas partes de las Islas Británicas.
Aquella mañana, al despertarme, no me levanté rápido, como acostumbraba, al primer cantar del gallo, sino que me quedé un poco más en la cama. Otras veces, solía desperezarme instantáneamente, calentar un poco el fuego y ayudar a mi madre con el desayuno, mientras mi padre se despedía alegremente para ir a trabajar. Para él todos los días eran alegres y motivo de dicha, pues, según él, "habíamos amanecido nuevamente".
Di una vuelta en la cama. La Fiesta de Verano… había deseado tanto la llegada de aquel evento durante meses, y ahora que estaba ahí, cerca de mí, separados por tan sólo unas horas de distancia, parecía que mi corazón estaba encogido y lleno de miedo. Algo me decía que tenía que asistir, algo muy fuerte, lo que relacioné con la emoción del momento, con que mis padres me hubiesen dado permiso para salir a la verbena sola con una amiga. Quizás ellos consideraban que iba a un evento rodeado de personas como yo, mágicas, y no tendría de que preocuparme.
Armándome de valor, decidí levantarme de la cama. Bajé a la pequeña cocina de mi hogar, que estaba justo al lado del comedor, sencillo pero cálido. Mi casa no era de las más grandes del lugar. A pesar de toda la fama y respeto que mi abuelo había cosechado durante años (y también la gran fortuna que había amasado siendo un gran mago), nunca nos habían gustado los lujos y las ostentosidades, vivíamos como una familia humilde.
En la cocina ya estaba mi madre, sentada en una silla, terminando efusivamente de dar las últimas puntadas para que el vestido quedase perfecto. Estaba tan concentrada que ni siquiera se dio cuenta de mi presencia.
-Buenos días, madre - dije, con dulzura. - ¿Cómo está usted? - aunque adoraba a mi madre, era costumbre por aquella época tratar a los progenitores de "usted" como señal de respeto.
-Pues mira hija - dijo, algo angustiada - intentando coser esta flor bordada, que está algo rebelde.
Miré la flor de la cual hablaba mi madre. Se trataba de una pequeña flor bordada de color blanco que, unida a otras tantas, daba forma a una cinturilla que afinaba el vestido por la parte inferior del pecho. Lo cierto era que, tal y como decía mi madre, no terminaba de encajar del todo, por muchas puntadas que diese con aquella fina aguja brillante. Pero quizá si yo hacía uso de mi magia, todo sería más fácil…
-Madre, déjeme intentarlo - dije, con los ojos brillantes de emoción. Durante el verano, no había podido realizar ni un sólo hechizo, y se había convertido en algo que echaba de menos demasiado, porque sólo podía conjurar magia dentro de los límites establecidos por la escuela Docentia. Mi madre me miró, con una mezcla de sorpresa y angustia, pero estaba tan desesperada que accedió. Sonreí levemente y saqué mi varita de una pequeña caja de madera, guardadada en un cajón de la cocina, lejos de cualquier mirada indiscreta. Dando un sutil giro de muñeca, exclamé la palabra Reparo mientras apuntaba con la punta de la varita hacia la flor.
Inmediatamente, y como si una legión de agujas finas y pequeñas se hubieran puesto a trabajar orquestadas, la flor se alzó unos centímetros por encima del vestido y se ubicó rápida y obedientemente junto al resto de florecillas, haciendo su función.
-Gracias al Señor que tienes ese don - dijo mi madre, sonriendo. Pero rápidamente, restableció su semblante serio y se levantó de la silla, con el vestido en la mano. Sacudiéndolo, dijo - rápido, rápido, hay que probártelo para ver si te queda bien.
Sin pudor, mi madre me desabrochó el camisón y lo dejó caer al suelo, aprovechando que estábamos solas en la casa. Sin que yo pudiera replicar, lanzó el vestido por encima de mi cabeza.
La prenda era a mi cuerpo como el agua al mar. Parecía que aquel vestido se había hecho específicamente para mi, a pesar de haber sido usado por mi abuela tantos años atrás, y modernizado para seguir la moda de la Gran Depresión. El vestido se deslizó por el tronco de mi cuerpo hasta cubrir mis rodillas, no dejando entrever nada, pero realmente no hacía falta, por que por si sólo era lo suficientemente bello como para intentar sugerir algo.
Aunque pudiera parecer insignificante la prueba de un vestido, para mi la sensación de la tela de seda rozando mi cuerpo me transmitió toda la historia que llevaba en su interior, liberándola. Aquel vestido estaba lleno de emociones y sensaciones, sentimientos gritados pero también silenciados, repleto de amor.
Sonreí para mi misma. Me encantaba.
-Bueno, parece que te queda de maravilla. ¿Quizá este hombro…? - mi madre alzó la aguja de nuevo, pero la detuve suavemente.
-Está perfecto, madre. Se lo agradezco muchísimo - la abracé con fuerzas y mi madre sonrió, contenta de haberme hecho feliz.
Tras la prueba del vestido, las horas pasaron muy lentamente. Luna me había envíado una postal el día anterior, diciéndome que estaría en mi casa a las seis de la tarde para prepararnos juntas y ayudarme a "transformarme" según sus palabras textuales.
No es que yo fuera poco femenina, al contrario. Aunque no seguía a rajatabla los dictámenes de la moda de la época, ni seguía a esa joven Coco Chanel que se había adentrado en el mundo de la moda, pisando fuerte, me gustaba arreglarme y sentirme bonita. Al fin y al cabo, cualquier mujer que dijese lo contrario estaría mintiendo, y no todo eran libros y aprendizaje, siempre había algo más allá de aquel inmenso mundo que eran las letras.
Finalmente, llegaron las codiciadas seis de la tarde y, puntual, el timbre de la puerta resonó en toda la casa. Antes de que mi madre o mi padre pudieran levantarse a abrir, yo ya correteaba por todo el pasillo hasta el recibidor, ansiosa por ver a Luna después de semanas sin mirar su joven rostro, sus ojos vivos de intenso color azul y su cabello, casi tan blanquecino como la nieve.
Y cuando abrí la puerta, ahí estaba ella, deslumbrante con un vestido añil largo hasta los tobillos, de tela de lino y unos guantes azul claro de satén que combinaban a la perfección, tanto con el vestido como con su figura, pulcra y cuidada. Su pelo ondulado se recogía en un suave moño bajo, lo que la hacía parecer aún más joven.
-¡Estás preciosa! - dije, abrazándola. Repentinamente, me di cuenta de que con mi efusividad podría haber arrugado su hermoso vestido, así que me separé rápidamente - Lo siento - sonreí.
-No te preocupes, mi vestido tiene un hechizo para estar impecable toda la noche - comentó, risueña.
-Pero tu ya estás tan elegante…pensé que nos arreglaríamos juntas - le dije, recordando las palabras de su postal.
-Oh, sí, eso pensé al principio. Pero luego recordé que esta es tu noche - enfatizó, aunque diciéndolo casi en susurros para que mis padres no pudieran oír - y quiero que seas tú quien brille. Así que manos a la obra, que no tenemos tiempo que perder.
Luna me empujó hacia mi dormitorio con suavidad, donde ya estaba el vestido preparado sobre la cama y el tocador, con algún que otro rouge pero nada más. Pero eso no parecía ser problema para ella, ya que con un rápido toque de varita, hizo aparecer todo aquello que necesitaba: placas con calor para moldear el pelo, rouges de varios tonos (rosa, rojo, carmesí e incluso morado intenso), sombras de ojos (según ella, las mejores de todo Reino Unido, hechas con marfil) y un precioso collar de brillantes blanco que hacía juego con mi vestido.
Mientras Luna levantaba lentamente un mechón de mi cabello y hacía una suave onda con la placa de calor, me comentaba como había sido su verano cerca de aquel muchacho pelirrojo de Liverpool. Se llamaba Ronald Weasley, aunque prefería que todos le dijesen Ron, y pertenecía a una numerosa familia de magos, todos ellos pelirrojos. Luna contaba que, aunque era algo despistado, resultó ser un hombre trabajador y romántico. La había invitado, con la aprobación de sus padres, a pasar unas semanas en su casa, cerca de un bosque, donde pudo conocer formalmente a su familia. Para ella, todos habían sido muy agradables y humildes, a la par que hospitalarios. Ron también había pasado una semana en Londres (el poco tiempo que su trabajo como Auror le permitía estar) y había conocido a los padres de Luna, aunque estos no habían sido tan cordiales con él como lo había sido su familia con ella.
-Mis padres - comentó Luna - no son como la mayoría de padres de nuestro tiempo. Aunque están contentos con mi relación con Ron, ellos prefieren que me centre en terminar mis estudios y en ser una gran profesora. Pero, quién los entiende, ¿verdad? - dijo, riéndose. - Bueno, creo que estás preciosa, aunque siempre lo eres.
Luna me acercó un espejo de mano (no había querido que me observase durante todo el proceso) y lo puso frente a mi. Me quedé bastante sorprendida, pues me costó reconocer mi reflejo en el cristal.
Mi cabello estaba suelto, con unas suaves y delicadas ondas que caían por mi espalda y adornadas, por un lado, con un avalorio blanco en forma de flor pequeña. El maquillaje era dulce, con las mejillas sonrosadas, los ojos ligeramente maquillados y los labios de un color carmesí muy suave. Por primera vez en mi vida, me sentí bonita y segura de mi misma. Agradecí a Luna que me hubiese arreglado tan perfectamente y ella sonrió. Acto seguido, me ayudó a ponerme el vestido de tal forma que todo siguiese en su sitio, y posteriormente, los tacones, también blancos, de un tacón bajo. Cuando ya estuve vestida completamente, Luna no pudo retener una lágrima de emoción.
-Estas bellísima - susurró, completamente alegre - es que estoy más que segura que esta será tu noche.
Justo cuando me aventuraba a preguntarle a qué se refería cuando decía "tu noche", mi madre entró en mi dormitorio. Nada más verme, sonrió y se acercó a mi.
-Eres preciosa, hija mía - dijo, pasando suavemente su mano por mi mejilla - supongo que ya estaréis a punto de iros, el festival comienza a las nueve y son las ocho y media. - comentó, mirándonos con alegría.
-Si, tu madre tiene razón, Hermione - dijo Luna - tenemos que irnos.
De repente, se me hizo un nudo en el estómago. ¿Irnos? ¿Ya? ¿No podíamos esperar un poco más? Estaba demasiado nerviosa como para articular palabra y tenía miedo de que algo malo pudiera pasar, sin improviso. Pero de repente, mi madre cogió mi mano y un sentimiento de seguridad me invadió. Nada malo podía pasar aquella noche, porque era la Fiesta de Verano de Londres, y ese día todo el mundo era feliz.
-Antes de que te vayas hija, creo que no puedes ir a tu primera Fiesta de Verano como una mujer sin darte esto. - mi madre sacó de una cajita de terciopelo azul unos bellísimos pendientes de diamante, que, discretamente, conjuntaban con todo el vestido. - Pertenecieron a tu abuela, los llevaba esa noche que conoció a tu abuelo, y luego me los dejó a mi y yo los llevaba puestos la noche en que te di a luz. Así que, como comprenderás, son muy especiales, y ahora sólo puedes tenerlos tú.
Emocionada, le di un fuerte abrazo a mi madre. Aquellos pendientes representaban algo más que una prenda familiar,habían estado presentes en las situaciones más relevantes para la vida de cada mujer de la familia, desde conocer al primer y único amor, hasta el nacimiento de un hijo, y ahora estaban en mis manos. Podía parecer un pequeño detalle, pero había sido el más grande para mi.
-Bueno bueno, pero ahora no es momento para lágrimas - dijo mi madre, secándose discretamente los ojos. - Tenéis que iros, que llegaréis tarde. - nos regañó, con dulzura.
Tras despedirnos nuevamente de mi madre, Luna y yo bajamos las escaleras. Mi padre nos miró y nos llenó de halagos y de abrazos, por lo que Luna optó por encantar también mi vestido y mi pelo para evitar que cualquier cosa pudiera cambiar su estado durante la noche. Fuera de nuestra casa, ya nos esperaba un coche que nos llevaría hasta el Río Támesis.
-¡Qué dos bellezas me llevo esta noche! Es una lástima que para los muggles, al menos hoy, sean invisibles, señoritas. - dijo el chofer, arracando la marcha.
Aunque vivía a pocos kilómetros del Río Támesis, el camino se me hizo eterno, quizá por la terrible mezcla de emociones que se estaban cuajando en mi interior: miedo y felicidad. Por una parte, deseaba ir a la fiesta con todo mi corazón, y había esperado muchos años hasta poder ir sóla por fin. Pero, por otra parte, tenía miedo, pues no estaría mi madre cerca para decirme si estaba actuando correctamente, para aconsejarme si estaba haciendo las cosas bien.
Durante el camino, Luna sacó un pequeño espejo de su bolso y un pintalabios y se lo aplicó, mientras miraba con seguridad su reflejo.
-Esta noche - dijo, sonriente - estará Ronald con nosotras. Pero no te preocupes, no serás una carabina, le he pedido que traiga a su mejor amigo con él para que estemos los cuatro juntos.
Abrí muchísimo los ojos. ¿Tener la compañía de un hombre durante toda una noche, sin conocerlo previamente? Eso no podía ser cierto. Luna pareció haber leído mi pensamiento, porque se empezó a reír.
-¡Tranquila! ¡No tienes de qué preocuparte! Su amigo es un gran y buen hombre. Muy respetuoso… y cuando veas quien es, vas a emocionarte muchísimo. Y vas a pedir que me hagan una estatua en Londres, al lado del Big Ben.
-¿Por qué? ¿De quién se trata? - pregunté. Otros intentos de Luna por encontrar una pareja para mí habían resultado fallidos: hombres desapegados o su total opuesto, demasiado desesperados, algunos que no tenían mucho tiempo y otros que tenían todo el tiempo del mundo, algunos que solo hablaban de libros y otros que solamente hablaban del barbero de su pueblo, todos ellos sin conocerlos en persona, simplemente a través de cartas y más cartas, que habían quedado abandonadas y empolvadas en alguna parte de mi dormitorio.
-Ya lo verás - dijo ella, con misterio. -Ah, mira, ya hemos llegado.
Bajamos del coche y había un gran edificio blanco con columnas majestuosas y unas escaleras que habían sido cubiertas por terciopelo rojo. Recordé las palabras del chófer, pero aplicadas al recinto. Era una pena que los muggles no pudieran deleitar su vista con semejante construcción.
Pero si era una pena perdérselo por fuera, mas aún lo era perdérselo por dentro. El color dorado reinaba dentro del gran edificio. Escaleras doradas, combinadas con el rojo terciopelo, lámparas de cristal que colgaban del techo y al fondo, una pared invisible que dejaba ver todo el Río Támesis, decorado con farolillos flotantes. Al otro lado, se abría camino el sendero hacia la feria, donde los feriantes estaban vendiendo comida, joyas o entradas para la noria encantada. Se escuchaba un ligero swing de fondo, que amenizaba el ambiente, gracias a una orquesta, ataviada con trajes de chaqueta azul marino.
Las personas estaban tan elegantes como el recinto. Las mujeres llevaban sinuosos vestidos de colores neutros, como azul, blanco o negro. Todas estaban peinadas y arregladas cuidadosamente para la ocasión. Los hombres parecían haberse puesto de acuerdo en la vestimenta, pues estaban ataviados con trajes de chaqueta negros, con una rosa en el ojal de la chaqueta. Algunos llevaban un pequeño sombrero, otros no llevaban nada, sino el pelo repeinado y brillante. Habían algunos niños correteando por el salón, pero la mayoría estaban fuera, con sus padres, en la noria.
Luna y yo caminamos hasta el centro del salón y un camarero con un chaleco azul con bordes blancos se acercó a nosotras.
-¿Un vermut, señoritas? - dijo, señalando las finas copas que contenían un líquido de color rojo intenso. - ¿O prefieren champagne? - esta vez señaló las copas del otro extremo de la bandeja, con un liquido semitransparente y burbujeante. Las dos opciones llevaban alcohol y yo nunca había tomado, pero cuando estaba a punto de rechazar la oferta, Luna se adelantó.
-Un vermut para mi y un champagne para la señorita, por favor. - dijo ella, sonriendo. El camarero también sonrió y nos tendió las dos copas, y tras hacer una pequeña reverencia, se marchó a servir más copas. Miré a Luna, estupefacta.
-¿Por qué has hecho eso? - susurré, mientras ella mantenía la sonrisa. - Eso es alcohol.
-Las mujeres de hoy bebemos, Hermione - dijo Luna, mirándome con una gran sonrisa y con tono informativo - y fumamos, y reímos y hacemos lo que queremos. Es la nueva era. Y deberías de saberlo.
La nueva era. Nunca había escuchado hablar sobre eso. Sí era cierto que en algunas revistas dedicadas al público femenino muggle, como Vogue o Vanity Fair , las nuevas mujeres que ocupaban las portadas se mostraban más libres, más seguras y más decididas y que el cambio de actitud se había vuelto más que patente cuando se había pedido el sufragio femenino en 1921, pero nunca lo había asociado a cosas tan cotidianas de la vida, como beber alcohol en una fiesta o fumar un cigarrillo.
-Pruébalo - me dijo Luna, señalando a mi copa, que seguía intacta - te sentará bien y perderás la timidez. Es el mejor remedio contra eso.
Tomé un poco de mi copa. La sensación burbujeante me picó la lengua y me quemó un poco la garganta, pero el sabor era dulce cuando te acostumbrabas a su tacto. No sabía si realmente era cierto que deshinibía y quitaba la timidez, pero era delicioso.
-Oh, no, no lo bebas tan rápido - me dijo Luna, cuando fui a darle otro sorbo - no tiene el mismo efecto que el agua, si lo bebes muy rápido, me han dicho que puedes empezar a ver cosas extrañas y te pueden confundir. Oh mira, ¡ahí está Ron y su amigo!
Cuando alcé la vista para mirar al lugar que señalaba Luna, lo sentí. Sentí la sensación dentro de mí. Parecía que el mundo se concentraba sólo en aquel hombre, que todo lo demás se había difuminado, desteñido, desaparecido, roto. Que los únicos que quedábamos intactos en aquel perfecto espacio - tiempo éramos él y yo. Sentí mi respiración cortarse, mi corazon encogerse y mi piel temblar. Sentí todo aquello que mi madre me había dicho que sentiría cuando viese a áquel hombre, a ese que llamaban el verdadero.
Pero no sentía esa alegría que parecía implicita en su relato. Más bien sentía verdadero pavor, temor, no sabía que hacer ni cual era el siguiente paso a seguir.
De repente, Luna me despertó de mi ensoñación.
-¿Vienes, Hermione? - dijo, mirándome preocupada.
-Si, si, por supuesto - dije, algo nerviosa. Caminé como un cervatillo camina al nacer: con temblor, con inseguridad, con miedo a pisar aquel mundo tan nuevo y tan amplio que se abría a su paso.
Nos acercamos a los dos hombres y ambos sonrieron caballerosamente. Uno de ellos, pelirrojo y de intensos ojos azules, sonrió y miró a Luna con cariño.
-¡Mi preciosa novia! - saludó él, y dio un beso cortés en la mejilla a su amada Luna. Luna sonrió y le dio otro beso en la mejilla. No era muy bien visto que las parejas se besasen en la boca en público, eso lo reservaban para el hogar o para cuando estuviesen casados oficialmente.
Entonces Luna me miró y sonrió nuevamente, acercándome a ellos con ternura.
-Oh, esta es mi gran amiga, Hermione, de la que te he hablado tantas veces, Ronald. Hermione, este es Ronald, mi pareja. - ambos se dieron dos besos en la mejilla, saludándose cortesmente. Entonces Luna se giró hacia el otro hombre, al cual todavía yo no había tenido el atrevimiento de mirar. - Y este caballero es Harry, Harry Potter.
¿Harry Potter? ¿De verdad era él? ¿El joven que con tan sólo 16 años había derrotado a las más grandes y peligrosas criaturas mágicas? ¿El auror que con tan sólo meses de edad había hecho retroceder al Señor Oscuro? ¿El hombre que me había hecho temblar con su presencia hacia unos instantes?
-Harry, ella es Hermione. Hermione, Harry es el mejor amigo de Ron y trabajan juntos como aurores. - dijo Luna, que estaba esperando ansiosa a que yo me dignara a mirar a los ojos de Harry Potter, y dejase de mirar aquel pequeño cuadro de mármol del suelo. Entonces, me armé de valor y levanté la mirada.
Me encontré con los ojos verdes más intensos que había visto jamás, cubiertos por unas lentes. Su pelo azabache contrastaba a la perfección con sus rasgos finos, que parecían tallados por el mejor escultor del mundo. Sus pequeños labios, rosados, me sonreían con ternura.
-Buenas noches, señorita. - dijo, acercándose a mi y dandome dos suaves besos en la mejilla. Su olor era una mezcla de jardín con pino, mi olor favorito. Me sentí embriagada por su olor y mi piel volvió a temblar.
-Buenas noches, señor. - dije, con timidez y con voz baja. No quería que notase el mar de nervios que había en mi interior.
-¡Parece que está sonando un jazz! Que cada uno coja su pareja y baile - ordenó Luna con alegría. Todo el salón parecía haber acatado su orden, pues inmediatamente, hombres y mujeres comenzaron a bailar. Ron y Luna hicieron lo mismo, alejándose de Harry y de mi, dejándonos sólos ante la incertidumbre, dejándome sola en el abismo.
-¿Le gustaría bailar conmigo? - me preguntó Harry en ese entonces, después de unos segundos de silencio. Me ofreció una mano, firme. El jazz era para bailar muy juntos, usualmente con alguien con quien compartías un vínculo romántico. Temblorosa, no sabía que hacer, si aceptar o no aceptar, ¿cuál era la mejor opción?
De repente, algo dentro de mi, algo que no supe (o no quise) controlar, tomó su mano y asintió con la cabeza. Él sonrió y caminamos juntos hasta el centro del salón. Empezamos a bailar, bastante pegados, pero mi cabeza miraba hacia su hombro, no me atrevía a establecer contacto visual con él. Lo cierto es que nunca había estado tan cerca de un hombre como aquella noche.
-¿Así que se llama Hermione? - me preguntó, intentando que no existiese el silencio entre nosotros.
-Sí, así es. - contesté yo, cada vez más nerviosa.
-Pues, si me permite, Hermione, déjeme decirle que es usted la mujer más hermosa que hay en esta sala.
Aunque seguía mirando a su hombro, mis ojos se abrieron con sorpresa. No esperaba ese halago y menos de él, de alguien tan famoso como Harry Potter. De nuevo, el miedo se apoderó de mi. ¿Y si él estaba acostumbrado a ese tipo de cortesía con todas las mujeres que conocía? No debía dejar que se apoderase de su corazón, no se lo perdonaría.
-Se lo agradezco mucho, señor Potter, pero no es necesario que sea cortés conmigo.
-¿Por qué no? Soy un hombre de decir lo que veo - me hizo girar sobre mi misma, copiando los pasos de baile que los demás seguían, y al terminar la vuelta me pegó a él sobremanera. - Es usted una mujer bella y creo que sería impropio por mi parte no decírselo.
Me sonrojé. En ese entonces lo miré y él me estaba mirando de una forma extraña, como aquella persona que observa una aparición o que no ha visto nunca a una mujer.
-Es sorprendente - dije, intentando parecer distante - que un hombre tan famoso como usted se moleste en decirme esas palabras.
Sonrió ligeramente y dejó escapar una risa.
-La fama no va ligada al corazón, Hermione. - dijo, clavando sus ojos esmeralda en los míos, marrones. - Eso es algo que no se escoje. - sentí mi mundo temblar con aquella mirada.
Seguíamos bailando, rodeados de muchísima gente que para mí, se había desvanecido desde hacía bastante tiempo, pues en mi campo de visión, solo estaba aquel hombre.
-Ahora mismo - dijo él - tengo sobre mi todos los ojos del salón. Y no crea usted que eso me agrada - repuso, con una extraña alegría ensombrecida con tristeza - a veces me gustaría ser invisible. - comentó.
-Ser invisible a veces no es la mejor opción - contesté yo. Era extraño, pero nos hablábamos como almas antiguas, como viejos amigos, como personas que se conocen desde siempre pero que acababan de verse por primera vez hacía unos minutos. Seguíamos bailando.
-¿Está segura de eso? - dijo. De repente, la música acabó y sin saber como, un aluvión de personas se abalanzaron sobre nosotros.
-¿Es él?
-¿Es Harry Potter?
-¿El niño que vivió?
Todas y cada una de las personas formaban un círculo alrededor de Harry, apresándolo, agobiándolo contra su voluntad. Él se limitaba a sonreír, parecía haber aprendido como actuar ante esas situaciones tan estresantes. Todos querían estrechar su mano, verlo de cerca. Algunos se empujaban y otros me empujaban a mi, hasta que una de las mujeres que formaban el círculo se percató de mi presencia.
-¿Es usted su esposa?
-¿Por qué bailaba con él?
-¿Su prometida?
Me sentí como si estuviese en medio de un torbellino. Muchos ojos curiosos intentaban mirarme, algunos otros incluso evaluarme. Y entre tantas miradas, sus ojos verdes me miraban con consternación, buscando la disculpa en los míos.
-Lo siento, yo…yo no soy nada suyo, sólo una conocida.
Salí corriendo sin mirar atrás, alejándome del tumulto, sintiendo su mirada.
