Disclaimer: Nada del Universo Harry Potter ni de su autora J. me pertenece.

Muy buenas! Disculpad la ausencia la semana pasada pero aquí estoy nuevamente con un episodio más! Espero que lo disfrutéis mucho y que os encante y ya sabéis, cualquier comentario, duda o sugerencia será bien recibida en un review. Un besito!

IV

Desconocido

Durante los días siguientes, previos a la cena, quise sonsacarle a mi madre quienes eran los Malfoy. Al parecer, era una familia de buena posición del centro de Londres, que disfrutaban jactándose de ser magos puros y que tenían una larga lista de antepasados relacionados con grandes hazañas de la magia mundial.

Sin embargo, nada de eso parecía llenar mi dosis de curiosidad hacia la familia Malfoy. Lo cierto era que intentaba alargar los días previos a la cena lo máximo posible, evitando pensar en dicha celebración, evadiendo los constantes halagos que mis padres decían hacia esa familia.

No obstante, la noche de la cena llegó más rápido de lo que deseaba en un primer momento. Aquel día, mi madre estaba más nerviosa que de costumbre, cuidando máximamente todos y cada uno de los detalles: como colocar las sillas, donde debía sentarse cada uno, la comida, la decoración…todo debía estar perfectamente milimetrado y nada debía de ser erróneo. Para la ocasión, mi madre había escogido un vestido azul de satén que le llegaba por encima de los tobillos. Estaba bastante elegante, ya que, según ella, esa era una noche muy importante para todos.

-Deberías ir preparándote ya - me dijo, al ver que todavía estaba vestida con la ropa de la mañana. - Los Malfoy tienen fama de ser bastante puntuales, así que estarán aquí cuando menos lo esperes. Date prisa. - me empujó escaleras arriba, sin esperar ningún tipo de respuesta mía.

Cerré lentamente la puerta de mi habitación y en lugar de ir hacia mi armario, me senté en la cama respirando profundamente, cerrando con fuerza los ojos. No quería enfrentarme a la realidad, ni sentarme a cenar con aquella familia desconocida a la que no quería conocer. En aquellos momentos, quería estar lejos de allí, quizá sola, quizá con Luna, quizá con…Harry.

Necesitaba tanto a Harry en aquel momento… con los ojos cerrados, recordé la profundidad de su mirada, el verde de su iris, su leve sonrisa, la ternura de su beso y la suavidad de sus palabras. Todo en él encajaba como un perfecto puzzle.

Pero volví a la realidad cuando escuché las campanas repicar. Debía darme prisa ya que, aunque no quisiera ver a los Malfoy, no podía hacer un feo a mis padres.

Mi madre me había comprado un vestido granate con mangas largas y escote corazón, adornado con una rejilla negra y una cinturilla del mismo color que el vestido. Me vestí y decidí recoger mi pelo en un moño bajo. Ni siquiera decidí maquillarme, no consideraba que la ocasión lo mereciese.

Bajé la escalera y visualicé a mis padres, ultimando los preparativos y esperando a que los Malfoy llegasen. Cuando mi madre me vio, juntó sus manos con sumo placer.

-¡Estás bellísima, hija! Sabía que ese vestido te sentaría bien. Charlotte tiene buena mano para la costura, ojalá se dedicase a eso profesionalmente. - Charlotte, aunque no se dedicaba a ello, era, en sus ratos libres, la modista más conocida de la parte sur de Londres. Bordaba vestidos, hacía punto de cruz, redondeaba mangas y ajustaba cinturas y vestía a las mujeres de la más alta sociedad de la época.

Antes de que pudiera contestarle a mi madre, se escuchó el timbre de la puerta. Con un "esperad aquí", ella misma se dirigió hacia la entrada para recibir a los tan esperados invitados.

-Buenas noches, pasad, pasad. Sed bien recibidos. - escuché decir a mi madre, con voz alegre y cordial.

-Buenas noches, Dana. - dijo una voz, sumamente fría y que arrastraba las palabras con cierta arrogancia.

-Gracias por la invitación, querida - dijo otra voz, esta vez femenina.

Las tres personas que entraron a la estancia iban vestidas completamente de negro, con sinuosos y a la vez, lujosos trajes. Los tres eran muy rubios y de piel pálida, parecían proceder del norte de Europa y no del centro de Londres.

El padre de familia tenía un largo cabello y los ojos de un gris profundo. Su rictus era serio y no podía evitar aparentar un aire de altivez y arrogancia. La mujer que lo acompañaba era bastante elegante, aunque un tanto estrafalaria, y sus ojos marrones también miraban con altanería. El que parecía ser el hijo tenía el cabello rubio bien peinado, y los ojos igual de grises que los de su padre. Éste no parecía tener ese aire de arrogancia, pero si miraba con una profunda seriedad y cierta amargura. Cuando clavó sus ojos en mí, tuve la sensación de que perforaba con su mirada.

Los Malfoy denotaban a mil leguas su pertenencia a una clase distinguida, no solo a nivel económico, sino también en el círculo de los magos.

-Bienvenidos - dijo mi padre, mientras estrechaba las manos de los hombres y besaba la mejilla de la mujer. Ellos sonrieron levemente, mientras que ella compuso en su rostro una amplia sonrisa.

Entonces mi madre reparó en mi y, cogiendome del brazo, me acercó a la escena.

-Ella es mi hija, Hermione. Hermione, por favor, saluda a los señores Lucius, el padre de familia, Narcisa, su esposa y … Draco, su hijo - dijo mi madre, con condescendencia. Saludé a la pareja, que estrechó firmemente mi mano. Cuando estreché la mano de Draco, esta era fría pero suave. Lo miré fijamente y el también me miró, pero no mostró en su rostro ningún tipo de sentimiento.

-Bueno - dijo mi madre, rompiendo el tenso silencio que se había creado en la sala. -¡Sentémonos a cenar! La comida se enfría…-comentó mi madre, entre risas, sentándose en la mesa del comedor e invitando a la mesa al resto de personas que había en la sala.

-Todo parece delicioso, Dana - dijo Narcisa Malfoy, mientras se sentaba a la mesa.

-Muchas gracias, querida.

Comenzamos a cenar en un silencio solamente roto por el sonido de los cubiertos repiquetear con los platos.

-Entonces, Lucius, ¿ya no trabaja para el Ministerio? - comentó mi padre, intentando sacar algún tema de conversación apropiado.

Lucius torció levemente el gesto, algo que no escapó a mi vista. Sin embargo, trató de disimularlo rápidamente con una leve sonrisa.

-No ya no, hace bastante tiempo que las cosas han cambiado en el Ministerio. Ahora todos estan pendientes de que a ese … Potter no le pase nada. Es el niño mimado. - comentó Lucius Malfoy. Mastiqué con fuerza el pedazo de carne que tenía en la boca, tragándome junto con él la ira que tenía en mi interior. Gracias a Harry, lo peor se estaba atrasando, debido a las numerosas estrategias que, junto con los aurores franceses, estaban llevando a cabo para contrarrestar los efectos de Voldemort, el cual cada día controlaba más ferreamente Zauberkunst y los magos alemanes, y se empezaba a aliar con la escuela Incanto, de Italia, controlada en aquellos momentos por mortífagos, sus seguidores más leales.

-La suerte es que Lucius es un hombre versátil. Sabe adaptarse a las situaciones. Gracias a la fortuna y los contactos que hemos ido ganando por el mundo, hemos sabido mantenernos en nuestra posición. - dijo Narcisa, con gran prepotencia.

Sin aguantar más, musité levemente unas palabras de disculpa y me levanté de la mesa, dirigiéndome hacia la cocina. No aguantaba más la actitud rutilante y pesada de Lucius y Narcisa, y el mutismo de su hijo Draco, que parecía no ser partícipe de la conversación.

Escuché unos pasos tras de mí. Me giré y vi a mi madre, mirándome con preocupación.

-¿Qué te ha pasado? ¿No te encuentras bien? - preguntó, examinándome.

-Es solo que me he mareado un poco - fingí, ya que mi madre estaba demasiado ilusionada con la cena como para decirle la verdad.

Mi madre pasó una mano por mi frente, acariciándome.

-Escúchame bien, hija. En los tiempos venideros, tener una ayuda nunca viene mal. Los Malfoy son una familia con muchos contactos en el mundo mágico, que pueden protegernos en caso de que algo … suceda. Sabes bien a lo que me refiero. - dijo, mirándome profundamente, intentando indagar en mis pensamientos.

Como imaginaba, toda relación con los Malfoy era pura conveniencia. Los ecos de una guerra eran cada vez más sonoros y según mi madre, convenía llevarse bien con aquellos que podían ser más fuertes, con los que tenían poder en caso de una contienda. Pero eso no era lo que a mi me interesaba, porque estaba completamente segura de que la relación con aquella familia no iba a ser simplemente amistosa.

-¿Y cuál es mi papel, madre? - pregunté, bajando la mirada. Aunque estaba preparada para escuchar todo lo que tuviera que decirme, algo de mí no quería hacerlo.

-Draco… es el mejor hombre para tí en estos momentos, Hermione. Es alguien que puede mantenerte protegida, que sabrá que es lo que necesitas en todo momento…

-Ni siquiera hemos cruzado una palabra esta noche… - dije yo, solapando sus explicaciones.

-Es lo que te conviene. - sentenció mi madre.

-No, es lo que usted cree que me conviene. - concluí, clavando mis ojos en los suyos. Ambas nos mirabamos sin comprendernos la una a la otra: ella no comprendía porque yo evitaba obedecerla y yo no comprendía porque ella desde hacía un tiempo intentaba dirigir mi vida.

-Ya veremos lo que va sucediendo. Mientras tanto… te pido, más bien, te imploro - dijo, comenzando a caminar hacia el comedor - que te hagas amiga suya. Por tu bien.

Se marchó, dejándome sola en la cocina, mientras intentaba asimilar todo lo que acababa de explicarme. No podía ser que mi madre quisiera a un hombre que ni siquiera conocía para que estuviese a mi lado, simplemente por el hecho de que era poderoso y podía servirme de protección en caso de que un conflicto bélico entre magos estallase.

No necesitaba protección a mi lado. Ella no comprendía que lo que yo necesitaba era amor. Y dudaba enormemente que una persona tan fría como Draco Malfoy, quien apenas me había dirigido la palabra, o apenas una mirada, pudiese profesar amor hacia alguien.

En una guerra mágica, nada podía protegerme salvo yo misma. No necesitaba de nadie, sino de mis propios conocimientos, de mis hechizos y de mi astucia para salvar mi vida y la de mis seres queridos. Por lo tanto, atar mi corazón al de otra persona por el mero hecho del miedo era condenar mi vida al fracaso más extremo.

Decidí abandonar todos aquellos pensamientos y me dirigí nuevamente al comedor, donde los Malfoy, a excepción de Draco, y mis padres, charlaban animadamente sobre la nueva política que se estaba llevando a cabo en el Ministerio de Magia. Intentando evadir cualquier tipo de conversación que estuviese relacionada con el destino del mundo, me senté alejada de ellos. Draco, que hasta ese momento parecía ausente, me miró.

-Vaya…parece que no saben hablar de otra cosa, ¿verdad? - murmuró, con una leve sonrisa en sus finos labios y que nada parecía conjuntar con su rostro, serio.

-Están preocupados por lo que pueda pasar. Todo el mundo parece estarlo - contesté yo.

-Es lo normal. Quien sabe si mañana mismo estalla una guerra y todos tenemos que alzar nuestras varitas. - en ese momento, Draco cogió la botella de vino y se sirvió un poco - ¿Vino, señorita?

-No bebo - contesté a su ofrecimiento. - Y ojalá que nadie tenga que alzar su varita. - comenté yo, en referencia a lo dicho por él anteriormente.

-Sí, ojalá - repitió él, con aire soñador - pero eso no será así. A veces, la ambición y el ansía de poder valen más que cualquier otra cosa, me temo. - decía, mientras observaba el vino en su copa, la cual movía de un lado para otro. Entonces, clavó sus grises ojos en mí y sentí un escalofrío. Tenía una mirada bastante profunda y penetrante, a la vez que fría y oscura. - Si tuviese que levantar su varita para luchar, señorita, ¿de lado de quién estaría?

Aquella pregunta se mantuvo en el aire sin recibir una respuesta inmediata.

-Por supuesto, del lado de aquellos que sepan luchar honorablemente, no de aquellos que solo tengan ansía de poder.

Pareció gustarle mi respuesta, dado que una nueva sonrisa se creó en sus labios, momentáneamente.

-Es ambiguo, ¿no cree? Todos creen que luchan honorablemente, nunca nadie va a admitir que es una mala persona. Todos piensan que son valientes. - sentenció, tomando un trago de su copa mientras me miraba fijamente.

-¿Por qué quiere saber eso, señor Malfoy? - pregunté yo. Me resultaba bastante llamativo que quisiera saber mi opinión sobre una posible contienda, teniendo en cuenta que minutos antes se quejaba de que ese fuera el tema central de la cena.

-Simple curiosidad. Y llámeme Draco, por favor - dijo, con cierta condescendencia.-Sus padres y los míos quieren que usted y yo seamos amigos. Y lo cierto es que - se inclinó un poco hacia mí, dejando de lado su copa - considero que es una idea acertada.

-Sí, sólo amigos - recalqué yo, dejando patente que no habría entre aquel hombre y yo nada más que una amistad, puesto que rechazaba tirar mi corazón a la basura por simple conveniencia.

-Por supuesto - dijo él, tras un rato de silencio y esbozando una tímida sonrisa.

Tras varias horas charlando sobre su profesión como empleado en el Ministerio de Magia, su amor por los dragones y mi futura carrera como profesora, los padres de Draco decidieron despedirse. Agradecieron a mi madre la magnífica cena y la acogida, y se despidieron de mi padre con un apretón de manos formal.

Cuando le llegó su turno de despedirse, Draco cogió mis manos entre las suyas y me miró profundamente con sus grises ojos, haciendo que volviese a sentir otro escalofrío. Había algo en su mirada que me petrificaba y me hacía sentir extraña.

-Su compañía esta noche ha sido sumamente agradable - dijo, con satisfacción. -Espero volver a saber de usted pronto. - En ese momento, soltó mis manos y me dio un pequeño beso en la mejilla. Al separarse, volvió a sonreír ligeramente y se marchó, mientras mis padres observaban con aprobación la escena.

Sin querer decir nada más ante todo lo ocurrido, me despedí de mis padres y me marché a mi dormitorio. Tras desvestirme, me metí en la cama y cubrí todo mi cuerpo con la manta. No quería pensar en absolutamente nada, pero no pude evitarlo y las lágrimas brotaron por mis ojos y corrieron por mis mejillas con furia, sin quedarse ninguna atrás.

En ese momento comprendí por qué meses atrás mi madre había estado en desacuerdo con que conociese a Harry, con que estuviese más cerca de él. Porque para ella, Harry representaba el verdadero peligro, uno de los motivos que podían desencadenar una Segunda Guerra Mágica y que por ende, podrían peligrar mi existencia en el mundo de seguir a su lado. Seguramente, ella y mi padre llevaban tiempo preparando todos los detalles para que yo pudiese conocer al hijo de los Malfoy, pero para mi, conocerle había sido el peor de los errores, puesto que lo consideraba una persona tan fría como una piedra, a pesar de sus leves intentos por parecer cercano. Ni siquiera el roce de sus labios con mi mejilla había conseguido detener mi corazón como lo hizo Harry el día en que lo conocí.

Después del llanto desmesurado, conseguí dormir, aunque a duras penas, puesto que la noche se hizo eternamente larga.

Tras aquella fatídica cena, los días siguieron pasando con la rapidez de un rayo. Draco comenzó a enviarme cartas en las que me contaba su día a día, al igual que Harry, quien trató de consolarme cuando se enteró de lo ocurrido en la cena de hacía unos días. Me explicó que pasaría un tiempo sin cartearse conmigo, puesto que los aurores y él debían trasladarse a Hogwarts una temporada e intensificar la jornada de trabajo, pero aunque me pidió que no me preocupara, no pude evitar sentirme peor, puesto que hablar con Harry a través de las cartas que su lechuza Hedwig me enviaba se había convertido en mi aliento de cada día.

En los meses siguientes, Draco empezó a frecuentar mi casa, a visitarme en las tardes y a intentar ayudarme con los últimos exámenes que me quedaban para convertirme oficialmente en una profesora de Transformaciones. Aunque agradecía sus intentos de ser cordial, Luna era mi verdadero apoyo y ayuda en mi camino hacia la docencia y también se había convertido en mi hombro de consuelo en aquellos tiempos difíciles en los que mi destino no estaba completamente delimitado.

-No te preocupes - me decía, pasando una mano por mi pelo - estoy segura de que todo saldrá bien.

Pero lo cierto es que no sabía con exactitud cuando llegaría ese día en el que todo saldría bien.

Pasaron algunos meses más y seguía sin saber de Harry. Esperaba una nueva carta suya acompañada de Hedwig, ya que me había prometido que él me escribiría primero cuando su trabajo se hubiese aligerado. De vez en cuando, en las noches, el pensamiento aterrador de que Harry no volviese a escribirme más se apoderaba de mi y no me dejaba dormir. Necesitaba saber de él a cada instante, conocer si estaba bien. Así que, una fría noche en la que no podía descansar, me levanté y encendí el candil de mi habitación. Me senté en la mesita y, haciendo aparecer con mi varita un papel y una pluma, comencé a escribir.

Querido Harry,

Espero que estés bien y tranquilo. Hace muchos meses que no sé de tí, y aunque sé que prometiste escribirme pronto, no puedo evitar preocuparme. Los días están pasando muy lentos sin saber de ti, sin saber si estás bien o si estás asustado y no puedo consolarte. Ojalá pudiéramos volver a vernos, aunque sé que tu trabajo como Auror te lo impide, aparte de otras circunstancias.

Por favor, respóndeme pronto. En unos días, me enfrentaré a mis exámenes finales y podré convertirme en una profesora de Transformaciones, como te prometí, si todo sale bien. Por favor, te necesito, necesito sentirte y saber que estás bien.

Te quiere,

Hermione.

Envié la carta con mi lechuza, esperando ávidamente su respuesta, hacia Hogwarts, el lugar donde Harry se encontraba actualmente trabajando de sol a sol por conseguir frenar los efectos de Voldemort, cada vez más fuerte que nunca.