Sentía como mi cuerpo temblaba. Las ganas de salir corriendo me consumían, pero no podía hacerlo. Tenía la respiración errática y a mis pulmones le costaba conserguir todo el aire necesario.
Las miradas estaban puestas en mi, escaneándome. Cuando la mujer alzó una de sus manos para subir mi rostro, mi cuerpo se contrajo de forma instintiva. Cogió mi mentón con rudeza y, haciéndome daño, levantó mi cara. Sus ojos negros como la noche, fieros y audaces, se clavaron en los míos. Pude distinguir la maldad y el odio en ellos y un estremecimiento me recorrió entera.
—¿Dices qué es esta?— preguntó con escepticismo alzando una de sus delgadas cejas. No muy segura si creerlo o no, terminó por encogerse de hombro—Me la llevo. Total, si no resulta que es, además de pagar tu las consecuencias, mis hombres podrán jugar con ella—espetó la mujer, soltándome el rostro, y de la fuerza, terminé con este ladeado. Apreté los labios e intenté que no se me escaparan las lágrimas. La mujer, con una mueca de superioridad, soltó un suspiro disgustada— Esta vez no ha habido buena mercancía, Nott—comentó pasando un mechón de su cabello gris tras su oreja.
El hombre a su lado, mas o menos de la misma edad que la mujer, rodando unos 40 y tantos años, se inclinó en señal de respeto.
—S-señora, es l-lo que pud-pudimos encontrar— balbuceó nervioso, retorciéndose las manos.
La mujer gruñió y con su mano hizo un gesto haciendo que uno de los jóvenes que se encontraba al final de la estancia rápidamente se acercara a ella y se inclinara, como el señor Nott, con sumisión.
—Coge a las dos escorias que he dicho y llevatelas al carro. Y no tardes, deseo tomar el té de las cuatro— ordenó y sin decir o hacer nada más, se marchó. El señor Nott rápidamente salió tras ella murmurando para él.
Cuando se marcharon, de pronto, la sala se llenó de murmullos y sollozos. Yo, por mi parte, solté el aire que había estado conteniendo todo este tiempo, sintiendo un vacío en mi estómago. ¿Qué pasaría ahora? Me llevé mis manos a la cara y me di cuenta que una lágrima se me había escapado.
—¡Vamos!— gritó el joven al que la mujer le había ordenado. Estaba cogiendo a una muchacha a tres sitios a mi derecha (Pansy, creo que se llamaba) y apretaba con fuerzas su brazos. La chica se retorció para soltarse mientras gritaba, pero nada funcionó. Después de dársela a otro chico que la cogió en volandas, el chico vino hacia mi. Con el cuerpo paralizado lo observé andando hacia mi y un gemido de dolor salió de mis labios cuando el joven me aferró fuertemente del brazo.
Al igual que la chica, me retorcí para soltarme, pero su agarre se intensificó haciendo que se me clavara sus uñas en la piel. De un tirón me acercó a él.
—Te recomiendo que te estés quietecita y calladita, si no quieres que te pase algo—masculló muy cerca de mi rostro con enfado.
No sé de donde salió mi arranque de valentía, pero lo próximo que supe era que le había escupido en la cara el joven, mientras clavaba una mirada firme. Poco me duró.
Después de quitarse mi saliva de su cara con asco, con su mano libre me dio una bofetada, ladeándome completamente la cabeza.
—Basta ya de jueguecitos, sangre sucia
Y me subió a su hombro como si un saco de patata de tratara.
Me retorcí, grité, pataleé, golpeé... hice todo lo que se me ocurría en aquel momento, mientras sentía como la adrenalina corría por mis venas pero de nada me sirvió. El joven me sacó de la habitación y en medio del pasillos que atravesamos para salir del exterior del asqueroso cuchitril donde los encontrábamos, percibí tanta furia y odio en sus amenazas que paré. No quería que me mataran.
Cuando salimos fuera de la "casa", el frío del invierno impactó en mi cuerpo impregnándose en mi piel, haciendo que un escalofrío me recorriera de pies a cabeza. El joven anduvo unos cuantos pasos mas y, de pronto, sentí como me tiraba.
Con un golpe seco caí a una superficie dura. El dolor me recorrió todo el costado y tuve que ahogar un gemido. Alcé la mirada y me encontré con la sonrisa burlona del joven momentos antes de cerrar una verja, dejándonos encerradas en una especie de caja metálica. Estaba todo cerrado, incapaz de ver el exterior, salvo la puerta que estaba llena de barrotes.
Un sentimiento de vacío se instaló en mi estómago cuando la caja empezó a moverse indicando que estábamos en movimiento, dirigiéndose a no-sé-dónde. Con lágrimas en los ojos observé la pequeña y descuidad casucha donde había vivido durante 3 años convirtiendose, eventualmente, en un punto a lo lejos.
En algún momento sentí como el aire frío de fuera entraba por la puerta e inútilmente me rodeé con mis brazos e intenté estirar algo el borde de mi fino vestido para que me tapara un poco mas las piernas. De nada sirvió. Un tembleque se formó en mi cuerpo y mis dientes empezaron a castañetear.
¿A dónde vamos? ¿Por qué yo? ¿Qué me pasará a partir de ahora?, me preguntaba mientras observaba el sendero por donde íbamos y sus alrededores llenos de nieve. Estaba acostumbrada a vivir una vida llena de penurias y anhelos, no sabiendo que me deparará el futuro. Siempre había tenido un futuro incierto... pero en ese momento lo era aún mas. Aunque no supiera qué me pasaría, siendo bueno o malo, había sentido esa "casa" como mi refugio. Un poco de agua, comida, un lugar caliente donde dormir y un techo para cuando lloviera... Pero ahora, ni si quiera sabía a donde me dirigía, cómo sería ese lugar... Estaba asustada.
—Aléjate de ahí si no quieres coger una pulmonía, pareces tonta— dijo, de pronto, una voz a mi espalda. Rápidamente me di la vuelta y, con el corazón desbocado, descubrí a la chica que también se llevaron, acurrucada en una de las esquinas de la caja— No me mires como si fuera una aparición, llevo todo el tiempo aquí— espetó con voz dura, intentando esconder su castañeteo de dientes.
Hice caso a lo que me dijo, queriendo conseguir aunque sea un poco de calor, y me senté en la otra esquina, frente a la chica.
—Eres... eres Pansy, ¿verdad?—pregunté tras estar varios minutos en silencio. Necesitaba distraerme con algo para no perderme en mis pensamientos y, aunque no tuviera ganas, hablar con ella ayudaba... pues que así sea.
Pero ella no estaba por la labor, puesto que se quedó en silencio, sin siquiera mirarme de reojo o algo.
—Eras la hermana de Astoria, ¿no? — volvía preguntar vacilante. Obtuve el mismo resultado.
Iba a volver a abrir la boca para hablar cuando, de un movimiento, me miró con furia.
—¡Cállate, ¿quieres?! ¡Cállate, olvídame, déjame en paz!— gritó.
Apreté firmemente los labios e ignoré el nudo en mi estómago.
Pasaron los minutos en silencio. Esos minutos llegaron a convertirse en horas y esas horas en días. Creo que llegué a contar tres veces la luna desde que nos montaron en este sitio. Una vez al día, el joven que nos metió aquí, no daba un poco de comida y agua y nos dejaba salir una a una, durante cinco minutos, para estirar las piernas y hacer nuestras necesidades.
Pansy, si era ella, no volvió a hablar en todo el tiempo y yo tampoco lo hice. Cuando no estaba dormida miraba fijamente el camino y observa los copos de nieves caer.
Fue al tercer día, casi al anochecer, cuando divisé el primer signo de población. Era una pequeña aldea, a lo lejos, pero un sentimiento irreconocible se instaló en mi corazón, haciéndolo saltar. Al siguente día, llegamos a nuestro destino.
Supe que lo hicimos cuando el joven nos sacó a las dos juntas de la caja. Nos encontrábamos en patio trasero lleno de fuertes y hermosos árboles que mostraban su esplendor aún estando en invierno. A un lado había una enorme mansión, aunque, también se podía considerar practicamente un castillo. Era enorme y de varias plantas, por lo menos cuatro, con una fachada blanquecina. Arriba unas cuantas estatuas la adornaban. Si esto era la parte de atrás, supuestamente, y era tan... imponente, no quería imaginarme verla de frente.
Una corriente gélida se adentró en mi cuerpo cuando mis pies descalzos se plantaron en la nieve que había cuajado en el suelo.
Cogiendo a cada una de un brazo con firmeza, el joven tiró de Pansy y de mi hasta llegar a una puerta trasera. Me soltó a mi un segundo para llamar a la puerta y rápidamente me volvió a coger. Pasaron unos segundos y entonces, la puerta se abrió revelando una señora mayor. Su rostro tenía algunas arrugas que se había formado alrededor de sus ojos cafés y su pelo corto era de color negro oscuro teniendo en las raices el signo de las canas.
La señora miró con sorpresa al joven y después posó su mirada en nosotras dos. Su ceño se frunció ligeramente y finalmente una sombra de tristeza cruzó su mirada.
—¿Qué se te ofrece, Tom?—preguntó con voz tensa. Como respuesta obtuvo una carcajada por parte del joven a la vez que nos empujaba hacía dentro de la mansión. La señora se apartó de un salto por el improvisto y, de un momento a otro nos encontrábamos dentro con el chico en el marco de la puerta. Notaba punzadas de dolor ahí donde me había estado agarrando.
—Lo sabes perfectamente, vieja. Ahí traigo dos mas. Ahora apañatelas tú— espetó y sin dar una segunda mirada se marchó.
Con el corazón latiendo a mil por hora, mis ojos se escaparon para observar a mi alrededor. Estábamos en una enorme cocina. Llenas de calderas, fogones, encimeras, muebles... Y personas mirándonos fijamente. Rápidamente aparté la mirada, apurada. ¿Dónde nos habían metido?
—¿Cómo os llamáis?— preguntó de pronto la voz de la mujer. Mis ojos, temerosos, vagaron hacia ella no sabiendo si responder o no. Pero al ver una suave mirada algo en mi se ablandó, por primera vez en mucho tiempo escuché una cálida voz.
—S-soy... soy Lily—murmuré e inconscientemente me aferré a unos de mis mechones de pelo pelirrojo. La mujer me asintió y miró a Pansy que observa a su alrededor en silencio, como si no la hubiera oído o si lo hubiera hecho la estuviera ignorando.
—¿Y tú?—volvió a preguntarle la mujer.
Pansy dejó de mirar a su alrededor y la observó esbozando una pequeña sonrisa sarcástica.
—¿Quién eres tú en primer lugar? No tengo por qué darte mi nombre— espetó con dureza y sarcasmo.
La mujer frunció el ceño y dio paso hacia Pansy. Mi respiración se quedó atascada en mi garganta al sentir la pose de la mujer... imponía respeto. Era capaz de intimidar cuando quería.
—Dejemos claras las cosas de un principio, jovencita. Aquí la manda en las cocina soy yo y debes acatar todo lo que diga, ¿entendido? Siento mucho lo mas que hayas podido vivir y entiendo lo enfadada que puedes estar con el mundo, pero ahora la señora te ha comprado y ya no tienes forma de escapar. Estás anclada aquí y no hay más que decir, ¿me has oído?— dijo la mujer con tono firme. Una presión se instaló en mi pecho, oprimiéndome el corazón cuando escuché sus palabras. Lo que siempre había temido...
Pansy miró fijamente a la mujer y cuando ésta terminó de hablar, bajó la cabeza y por un segundo me pareció como una lágrima salía de sus ojos. Después, alzó la mirada y un poco mas sumisa (pero sin perder su postura rebelde), contestó:
—Me llamo Pansy.
Oh, vaya había acertado.
La mujer asintió satisfecha.
—Yo soy Arabella, pero llamadme Maestra—dijo dejando de estar tan tensa. Entonces, de la nada, dio una fuerte palmada haciendo que me sobresaltara— ¡Los demás, dejad de mirad, es lo de siempre! ¡Seguid con los labores, hay que tenerlos todo preparado para dentro de tres días!— ordenó con voz fuerte y los demás jóvenes (y algunos adultos) no la contradijeron, rápidamente acataron sus órdenes. Después se giró a nosotras— Muy bien, no sé ahora mismo en qué estará pensando la señora pero por ahora estaréis encargada de la cocina, ¿entendido?
Pansy y yo asentimos sin decir nada mas. Durante mi niñez me gustaba observar a mamá cuando cocinaba y algo se me había quedado, podía servir de ayuda.
—Seguidme ahora, debo daros vuestro uniforme—nos dijo junto con una seña. Nos llevó a una parte de la cocina donde había una despensa enorme. Lo abrió y de allí sacó un vestido negro que llegaba la falda a mitad de la rodilla con un delantal negro también— Según sea a lo que os dediquéis aquí, vuestro atuendo variará. Por ahora usad esto— nos explicó amablemente.
Después de eso, nos sacó de la cocina por unas escaleras hasta subir a un largo pasillo, que según nos dijo, también pertenecía a la parte del servicio. Nos llevó al final y nos dejó varios minutos para cambiarnos de ropa en una pequeña habitación llena de sábanas, cortinas y alrededores limpios. Cuando me quité el vestido para cambiarme al otro, además de sentirme bastante incómoda al tener las piernas a la vista, no pude evitar mirar con nostalgia, la prenda de ropa blanca en mis manos. Una solitaria lágrima surcó mi rostro al darme cuenta del cambio en mi vida. Ya nada sería como antes.
Salí de la pequeña habitación y fuera me esperaban la Maestra y Pansy, ya cambiada. Me quitó mi antiguo vestido mientras mascullaba para ella y nos volvió a llevar hacia las cocinas.
Justo cuando nos encontrábamos llegando a las escaleras, el sonido de pasos proveniente de arriba nos alertó. La Maestra se paró y con una movimiento fluido se inclinó haciendo una reverencia, justo cuando aparecía una persona. Mi cuerpo entero se tensó y fui incapaz de moverme ¿Esto también lo tendría que hacer yo cada vez que viera a alguien? ¿Esta era la vida que me esperaba? Paralizada, observé a la persona que bajaba.
Era un chico de mas o menos mi edad (quince años). Vestía unos pantalones negros elegantes y una camisa blanca con los tres primero botones desabrochados. Su pelo era de color negro y estaba rizando, llegándole sobre su barbilla. Su mirada gris destilaba entusiasmo y en sus labios había una sonrisa.
—Oh, Arabella, justo te estaba buscando— comentó cuando vio a la mujer. Fue entonces cuando sus ojos vagaron hacia donde yo me encontraba y la sorpresa surcó sus fracciones.
—Dime lo que necesite, señor—dijo la Maestra con voz solemne. Pero el "señor" no escuchó sus palabras. Su mirada no se había quitado de la mía y un rubor empezó a formarse en mis mejillas al sentirla tan intensa.
—No te había visto nunca por aquí— me dijo directamente—, ¿eres nueva?
Apreté firmemente los labios, intentando ignorar las chispas que se habían formado en mi pecho y asentí.
—Acabo de llegar hoy— murmuré en voz baja. Su ceño se frunció un poco y por un momento parecía que estaba pensando un asunto muy importante.
—Señor... dígame lo que desea—musitó la Maestra queriendo sacarlo de sus cavilaciones. El chico parpadeó varias veces y volvió a mirar a la Maestra, dándome una tregua.
—Uh, sí. Venía a pedirle que me dijera donde dejó mi silla de montar, deseo montar a caballo— pidió.
—La silla se encuentra en la cuadra número 3. Justo con las demás, señor— respondió la Maestra haciendo una pequeña inclinación de cabeza. El "señor" asintió conforme— Si no necesita algo mas debemos retirrarnos, con su permiso— volvió a hacer una reverencia y con un gesto de su mano, nos indicó a Pansy y a mi que la siguiéramos. Nosotras lo hicimos, yo deseosa por escapar del escrutinio del chico, pero justo cuando iba a bajar las escaleras, sentí como me agarraban del brazo.
Mi primera impresión fue encogerme, esperando que el dolor me llegara, mas esta vez solo fue una suave presión. Lo justo para no pudiera caminar y seguir a la Maestra y a Pansy hacia las cocinas. Mi corazón aumentó de velocidad y confusa me giré para ver al chico.
—¿Cuál es tu nombre?— me preguntó el "señor" escrutando mi rostro. De nuevo, las chispas en mi pecho.
—L-Li-Lily— balbuceé apartando la vista y posandola en el suelo. Mi pelo pelirrojo cayó por mi rostro formando así una cortina.
Pasaron unos segundos en silencio, hasta que, finalmente, el chico asintió y me soltó. Rápidamente atraje mi mano a mi regazo.
Entonces, sentí sus manos en mi mentón, alzando así mi rostro. Sus ojos grises se conectaron en los míos.
—Encantado pues, señorita Lily. Mi nombre es Sirius. Sirius Black.
¡Aquí está el primer capítulo! Espero que os haya gustado. En este y el siguiente iré, mas o menos, encauzando la historia para que os vayáis situando con los personajes y su situación, ¿vale?
Espero que os guste. ¿Que me decís?
ValeV este capítulo va dedicado para ti. ¡Muchas gracias por comentar! :D
Muchas ranas de chocolates y grageas de todos los sabores ^^
¡Nos vemos!
