La familia Black era los dueños de esa enorme mansión. Una de las familias sangre puras mas importante que había. Estaba formada por la señora Black (Walburga Black), la mujer que estuvo el día de mi compra. La señora era muy estricta, siempre quería que todo estuviera muy bien hecho, sin ningún fallo si no querías pagas las consecuencias. También era muy impaciente y... bueno, un calificativo por parte del servicio, odiosa. Nadie deseaba estar con ella. Todo el tiempo se la llevaba chillando e insultando y nosotros teníamos que pagar sus días de mal humor. Algún que otro golpe me había llevado porque ese día necesitaba... desahogarse. Siendo esta una mujer viuda, toda las responsabilidades recaían sobre ella y tenía la última palabra para las decisiones. La señora se rodeaba de sus amistades que eran igual que ella. Mujeres de clase alta, todas sangre puras, que no hacían otra que criticar y cotillear.

Por otro lado, tenía dos hijos. El mas pequeño era Regulus Black, un muchacho de unos 14 años. Siempre que me lo encontraba mientras hacía mis obligaciones, estaba serio y con la cara enterrada en un libro. Pocas veces lo escuchaba hablar, simplemente para hablar de poca cosa con su madre y para pedir a la servidumbre. Su pelo liso y sus ojos eran de un color negro intenso. Y su segundo hijo, el mayor, era Sirius Black, el joven que conocí el primer día que llegué. Éste, al contrario de su hermano pequeño, era extrovertido y alegre. Aunque, según había podido observar, se comportaba de dos formas diferentes: cuando se encontraba con su madre y hermano su tono era amargo y sarcástico y cuando hablaba con nosotros dejaba eso de lado y, se podía decir, era él. También me había podido dar cuenta que la señora Black repudiaba a su hijo mayor, al ver que este no seguía sus ideales, los cuales eran los sagre pura estaban muy por encima de los muggle y los sangre sucia.

—¿Entonces soy la única?— le pregunté una vez a Jane, una de mis compañeras. Sin razón algunas (bueno, intuía algo), la señora de dijo a la Maestra que no estaría en la cocina, sino que me haría cargo de las necesidades de la familia. Jane llevaba ya 4 años en la casa y tenía 20 años. Sus pelo era marrón y sus ojos eran castaños. Jane, Dave (un hombre de unos 35 años) y yo éramos los únicos encargados de eso. Los demás eran o la limpieza, las cocinas, cuidar los animales, el jardín, o demás cosas.

Una pequeña sonrisa surcó sus labios y asintió mientras cogía una bandeja donde llevaba el té de la señora.

—Hace un año llegó un muchacho de unos veinti-pocos años. También decían que era un sangre sucia, pero resultó que era mentira. Al final lo mataron— me contó terminando con un encogimiento de hombros. Un estremecimiento me recorrió entera y por un momento temí que se me cayera mi bandeja llena de canapés.

—Entonces... todos sois muggles, ¿no?— pregunté aun sabiendo la respuesta.

Janes asintió mientras andábamos a través de los pasillos para llegar al gran salón.

—A la señora no le gusta los muggles, les parecemos seres inferiores a ellos, pero... a los sangre sucia (perdón por la palabra) le tiene un odio atroz. No sé por qué te tiene aquí, la verdad.

Y esa pregunta me hacía yo cada vez que me levantaba de mi camastro.

Llevaba ya un mes trabajando en la casa y se podía decir que me había acostumbrado a esta vida. Levantarme al alba, servir con sumisión a la señora y acostarme a media noche cuando era un día tranquilo y no había fiesta. Había días en la que sentía mi cuerpo pesado y me costaba horrores levantarme y moverme, pero no podía hacer nada.

Desde que llegué solamente una vez me llamó la señora para hablarme en privado de otro motivo que no fuera sus necesidades. Fue tres días después de que llegara. Después de comer me mandó llamar a su habitación.

Flash Back

Adelante— escuché su profunda voz a través de la puerta. Lentamente y con mucho cuidado, giré el picaporte y me adentré en la habitación. "No mirar a los ojos", me recordé las palabras que me dijo el primer la Maestra después de mi accidente con Sirius Black. Uní mis manos en mi regazo e hice una reverencia delante del escritorio donde estaba sentada.

¿Qué desea, señora?—pregunté en voz baja. Con solo su presencia me intimidaba.

Sé lo que eres— dijo directamente sin ningún rodeo. Mi cuerpo se tensó, pero no dije nada más— También estoy segura de que sabrás por qué te habré traido, ¿no?

Seguí sin decir nada, aguantando la respiración.

Dio un golpe contra la mesa sobresaltándome.

¡Contesta!— bramó.

No-no, no l-lo sé— me apresuré a responder con voz temblorosa.

La señora suspiró frustrada.

La familia Black es una de las mas importante. Nuestras venas siempre habían estado llena de magia, somos una de las más antiguas—empezó ha hablar con voz orgullosa— Además de nosotros están los Zabbini, los Nott, los Malfoy, los Carrow, los Daewood, los Grengass... grandes familias puras. Sabes que pocas veces los sangre puras nos mezclamos con los asquerosos e insignificantes muggles, por lo que los pocos sangre sucia que ha habido siempre he sabido de ellos. Esos no merecen la libertad que tenemos los sangre pura... Estás de acuerdo, ¿no?— preguntó al final con un tono amenazador. Mi cuerpo temblaba de la rabia y mis manos se apretaban entre ellas, causándome un poco de dolor.

Por supuesto, señora— contesté en tono bajo.

Es por eso, que es mi deber encargarme de ellos. Y cuando creí que estaban todos a buen recaudo entre las demás familias, resulta que apareces de la nada. Una misteriosa sangre sucia— dijo con voz tensa. Por el rabillo del ojo vi como entrelazaba sus manos bajo su mentón— ¿Cómo lo conseguiste? ¿Cómo pudiste pasar desapercibida?

Un nudo se formó en la boca de mi estómago y mis manos empezaron a temblar.

Y-yo no... yo no hice nada— respondí observando el suelo de madera como si fuera lo más importante del mundo.

Lily, mírame — ordenó

Rápidamente lo hice. Sus ojos negros fieros me atraparon.

—Cómo lo hiciste — espetó.

Tuve que tragar para que se me quitara el nudo en mi garganta, impidiéndome hablar.

Se lo vuelvo a decir, señora. No hice nada, simplemente intentaba sobrevivir—musité con sinceridad a media voz. No podía decir nada más alto.

La señora me observó varios segundos, examinándome. No sé qué vio en mis ojos, pero finalmente, asintió con una mueca.

Muy bien, te creo. En realidad, no importa. Solo era curiosidad. Ahora que estás aquí no te dejaré escapar, de todas formas— suspiró— En ese caso, puedes retirarte.

Y sin que hiciera falta que me lo repitiera, salí de allí.

Fin Flash Back.

—¡Lily, vamos, despierta!— escuché de pronto como alguien me gritaba. Pegué un salto del susto y tuve que parpadear varias veces antes de encontrarme con Jane, que me miraba con una ceja alzada. Sintiendo como mis mejillas se ruborizaban, rápidamente cerré la ventana del pasillo donde me había quedado embobada mirando hacia el exterior. El enorme jardín delantero y su bosque alrededor se veía hermoso con las últimas nieves.

—Lo siento, lo siento, me quedé pensando en mis cosas— expliqué brevemente. Me agaché para coger del suelo una bandeja y empecé a andar por los pasillos con Jane a mi lado.

—¿Y se puede saber que son esas cosas?— preguntó mirándome de reojo. En sus manos llevaba bandeja con la tetera, de nuevo llena, que había pedido la señora.

Apreté contra mi pecho la bandeja que cargaba yo.

—Nada concreto— respondí soltando un suspiro— Simplemente pensaba en mi vida aquí con los Black.

—¿Sabes?— comentó Jane— Se puede decir que yo vine aquí por que quise. A mi nadie me obligó a venir aquí.

Mis ojos se abrieron de la sorpresa y rápidamente la miré incrédula.

—¿En serio? Bueno... cambio de pregunta... ¿quién en su sano juicio haría eso?

Jane hizo una mueca.

—Pareces ser una buena chica…— me echó una ojeada y una pequeña sonrisa surcó sus labios—¿Prometes que no se lo dirás a nadie? Creo que puedo confiar en ti…

—Claro—me apresuré a contestar— Ni una palabra saldrá de mis labios

Jane suspiró y llevando su mirada hacia el pasillo que atravesábamos.

—En ese momento no tenía mucho juicio. Tenía 16 años y se podía decir que tenía una vida más o menos estable. Una familia trabajando en el campo, un chico que me quería y dinero para poder subsistir. Era feliz... pero un día conocí a un chico, tendría unos dos años más que yo. Se hacía llamar Zander... y era el hijo los Daewood.

—¿Daewood? ¿Ellos son...?—la interrumpí.

Jane asintió.

—Si. La familia de los sangre pura. Nos encontramos en un pequeño bosque que a mí me gustaba ir para despejar mi mente y sentir la naturaleza. En un principio me asusté e incluso quise huir, había escuchado de pasada como eran esas personas, pero entonces... él me habló. Al contrario de lo que pensé que sería, su voz sonó tierna y suave (sin dejar ese tono varonil y grave) De una forma u otra terminé a su lado en la tierra, charlando como si fuéramos buenos amigos. Y, como si se hubiera formado una rutina, durante un mes nos vimos a la misma hora en el mismo lugar...—la voz de Jane fue bajando de volumen, como si se estuviera perdiendo en sus pensamientos. De pronto volvió en sí y, frunciendo el ceño, continuó— Cuando llegaba a casa me era imposible dejar de pensar en él... Llegó un momento en el que pensé que me había enamorado de él.

Yo simplemente escuchaba incapaz de procesar bien las palabras.

—Sabía que nuestra relación estaba prohibida, que no podía ser... pero fui tonta y le confesé mis sentimientos, creyendo, la inocente y estúpida de mi, que él me correspondería— dijo y esbozó una sonrisa vacía— Lo primero que hizo nada más escucharme fue reírse, y luego, por primera vez en todo el tiempo que estuvimos hablando, me insultó. Fue como si me hubieran pegado una patada al corazón para sacarlo de mi pecho. En ese momento, dolida, le pregunté del porqué de sus visitas entonces, pero no me respondió. Un día después mis padres aparecieron muertos junto con Henry, mi novio.

No supe exactamente en qué momento fue, pero cuando mi di cuenta me había parado en medio del pasillo. Era imposible... Mi mente se negaba a sacarle el significado de esa frase. ¿Mandar matar a tu familia simplemente por confesarle tus sentimientos a una sangre pura? ¿En qué cabeza cabía eso? ¡Era inhumano!

Jane se paró dos pasos más adelante y se giró.

—Angustiada y sola, pedí trabajo aquí y la Maestra me acogió.

—Pero... pero...— intenté decir algo, más nada me salía coherente. Con los ojos brillantes, Jane se encogió de hombros, como si no le diera importancia.

—Lily, cariño, no le des más vueltas. Solamente pasó y ya está— soltó y se quedó tan pancha. Mi boca se deslizó varios centímetros, sin creerme que se lo tomara tan bien. Y fue ratificado cuando Jane se volvió a girar velozmente ante de que se le escapara una lágrima.

—Pero... ¿lo volviste a ver? ¿Lo viste de nuevo después de esa tarde?— pregunté mientras me volvía a amoldar a su paso, puesto que había empezado a caminar.

—No. Esa fue la última vez... aunque, bueno, a su madre la veo prácticamente todos los días

Y sin dejarme decir nada más, rápidamente añadió:

—Ahora, calla. Debemos entrar, demasiado hemos tardado— dijo apresurada y con su mano libre abrió la puerta para llegar al gran salón, donde estaban las mujeres.

Me tragué todas mis preguntas y la conmoción la alejé a una esquina de mi mente mientras entraba tras ella y ponía una cara de seriedad.

Lo primero que sentí nada más entrar fue la mirada de la señora en mi. Con el odio destellando en sus pupilas negras. Tragué con fuerzas y rápidamente me dirigí hacia la mesa junto con Jane. Con práctica fuimos llenando otra vez las tazas vacías de las mujeres que conversaban entre ellas entre risillas y muecas.

—Esta misma tarde me ha llegado ese vestido que encargué hace una semana. Será ese el que me ponga para el baile de mañana. Al final, el cambio de última hora le sentó muy bien, quedó mucho mejor de lo que esperaba— estaba diciendo la señora Malfoy con una sonrisa orgullosa a sus amigas. Las demás asentían escuchando entre ellas y aportando sus opiniones.

—Lo más seguro que yo utilice el celeste, hace poco lo compré en París— aportó la señora Zabbini mientras la daba un sorbo a té, recién puesto. La señora Carrow asintió varias veces, como si lo que hubiera dicho fuera de vital importancia.

En ese momento, la señora Black, pareció que se olvidó de mí y sonriendo (en mi opinión, falsamente), preguntó a la mujer que se encontraba a su lado y, para mi sorpresa, nunca la había visto.

—¿Y tú, querida Alexandra?

Mis ojos se abrieron y con incredulidad observé a la mujer que se encontraba como sumida en sus propios pensamientos. Su pelo era rubio prácticamente dorado, recogido en un roete. Sus ojos azules estaban fijos en la taza que tenía apoyada en su regazo.

No podía ser... Alexandra... Alexandra ¿Daewood? ¿La madre de Zander? ¿Esa era la madre de Zander Daewood? Por algún motivo y obra del destino, no había tenido de cruzarme con ella en lo que llevaba de mes aquí, por lo que era la primera vez la veía. Parecía una mujer seria y retraída, una que no estaba acostumbraba a asistir a actos sociales... Pero su hijo... Todavía no me entraba en la cabeza lo que hizo su hijo.

Estaba tan asombrada y metida en mis pensamientos que la estúpida de mi (o, mejor dicho, de mi mano) no calculó bien las distancias y, sin querer, derramé el té de la señora Black cerca del final de la mesa. Jane tuvo buenos reflejos, por lo que con un trapo rápidamente cubrió la mancha para que esta no se extendiera y manchara a la señora, que ésta de la impresión se había levantado de la silla donde se encontraba sentada.

Mi cuerpo sufrió una sacudida y no caigo al suelo de milagro cuando la mano de la señora impactó en mi mejilla. El sabor metálico se adentró en mi boca haciéndome saber que tenía sangre en el labio.

No subí la mirada y ahogué un sollozo cuando me cogió del pelo para sacudirme.

—¡Eres una inútil! ¡¿En qué estabas pensando, eh?! ¡Cada uno de estos vestidos vale mucho más que tú!— me gritaba. De un tiró me soltó y caí de culo en suelo— ¡Márchate ahora mismo! ¡No quiero verte por aquí, ¿me has oído?! ¡LARGATE!—gritó.

No dejé que me lo repitiera otra vez. Con rapidez (y algo de torpeza por el golpe) me levanté del suelo y después de hacer una pequeña reverencia, salí de la habitación cerrando la puerta tras de mí, dejando a mi espalda la carcajadas de las demás mujeres.

Las lágrimas se habían salido de mis ojos, ya sea por el dolor en mi labio, mejilla y trasero o por mi estupidez cometida, pero la cuestión era que me obstaculizaba la visión. Anduve por los pasillos de la mansión, deseando encerrarme en al algún sitio y no volver a salir de allí nunca más.

Fue entonces cuando, de pronto, sentí como chocaba contra alguien. Ante la fuerza del impacto mi cuerpo estivo a punto de caerse de espaldas, pero esa persona tenía buenos reflejos y me pudo coger de los brazos antes de que ocurriera.

—¿Lily?— preguntó. Rápidamente reconocí la voz. Tímidamente alcé la mirada y me encontré con los ojos grises preocupados de Sirius— Oh, Lily, ¿qué te ha hecho mi madre ahora? — entonces, se fijó en mi labio partido. Su ceño se frunció y cogiéndome del brazo, empezó a tirar de mí, sin decir nada más. Confusa y, la verdad, sin ganas de nada, me dejé llevar a donde quisiera llevarme. Al final, entramos en su habitación.

Era una habitación espaciosa, el triple de grande de donde dormía yo. Un gran ventanal se encontraba frente por frente con la puerta. En la parte derecha había una enorme cama, que hice yo esa misma mañana, y al otro lado un escritorio con los papeles revueltos y libros por medio con la estantería medio vacía.

Con cuidado, me llevó hacia su cama y me sentó allí. Después se alejó y cuando regresó de nuevo llevaba un pañuelo en la mano. Mirándome fijamente, me cogió el mentón y alzó un poco mi cabeza. Las chispas volvieron a saltar en mi pecho.

Un estremecimiento me recorrió entera cuando sentí el trapo en mi herida e instintivamente me aparté de su mano. Una sonrisa de disculpa surcó sus labios.

—No te preocupes, no es nada. Solo será un momento—murmuró acercando de nuevo el pañuelo. Formé con mis manos dos puños y dejé que lo hiciera —Ya está, por lo menos ya no hay sangre— dijo después de unos segundos. Se separó y dejó el pañuelo a mi lado en la cama. Después, con delicadeza, pasó su pulgar por mi mejilla— Está roja.

De forma algo brusca, rápidamente me aparté de su lado y me puse de pie, mirando al suelo avergonzada.

—Fue culpa mía— respondí en voz baja— Por mi torpeza casi mancho el vestido de la señora.

Sirius soltó una carcajada.

—Oh, vamos. ¡Madre tiene montones de vestidos!— exclamó de forma agria.

Yo solo me encogí de hombros. ¿Qué podía decir?

Nos quedamos por un momento en silencio, el cual lo corté yo.

—S-será mejor que me vaya. Debo seguir con los quehaceres— pronuncié en voz baja mientras empezaba a andar hacia la puerta.

—¡No, Lily, espera!— me llamó.

Me paré y con la cabeza agacha, me giré para quedar cara a él.

—¿Sí, señor?— murmuré.

Sirius soltó un gruñido.

—Ya estamos con eso. Te dije que no me dijeras "señor", puedes llamarme Sirius, te lo he repetido varias veces ya— me reprochó. Se acercó a mí y colocó un mechón de mi pelo tras mi oreja. Asombrada, alcé la mirada y vi cómo me guiñaba el ojo— Aunque, por supuesto, puedes llamarme "mi príncipe" o "mi amor".

Sintiendo como me sonrojaba, inconscientemente le aparté su mano de mi.

—¡Sirius!— exclamé avergonzada.

Se rió.

—¿Ves cómo puedes llamarme por mi nombre?— objetó con una sonrisa. Un suspiro salió de mis labios y una pequeña sonrisa se formó en estos.

—No se puede contigo—dije mirándolo de reojo. De nuevo, me guiñó el ojo.

No sabía cómo ni por qué... pero tenía una sensación de... familiaridad con Sirius Black. Lo sentí esa primera vez que lo vi y cada vez que hablaba con él, dejando de lado las formalidades (como ahora)... me sentía a gusto. Y a él le pasaba lo mismo, según me dijo. "Tienes algo... No sé cómo explicarlo, pero, de una forma extraña, me atraes" me explicó después de dos semanas de que estuviera aquí. Ante esas palabras me sonrojé y empecé a balbucear cosas incoherentes. Con una sonrisa me cortó y actuó como si no hubiera dicho nada. Yo también lo hice (algo más cohibida)... aunque había veces en las que se me venía a la mente esa frase.

—Sabes que soy maravilloso— comentó dándose aires de grandezas.

Una risa salió de mis labios.

—Lo sé yo y las cientos de chicas que hay en el país, Sir Sirius Black— lo llamé como lo hacían cuando iban a fiestas de la sociedad y tenía que anunciarse.

Sirius se volvió a reír acampándome, después de hacer una mueca ante mi forma de llamarlo.

—Y... ¿qué querías? ¿Para qué me llamaste antes?— pregunté después de calmarnos.

Sirus se llevó una mano al pecho ofendido.

—¡Oye, ¿no podría haberlo hecho, simplemente, por saber cómo estás?!

Negué con la cabeza divertida.

—Sirius Black, dime.

Soltó un suspiro.

—Vale, me has pillado. Necesito tu ayuda— me pidió con una sonrisa inocente.

—Claro, lo que necesites. Te recuerdo que trabajo aquí—comenté con una ceja alzada.

Sirius chasqueó la lengua.

—No te necesito como "sirvienta", si no como amiga— explicó.

Una sonrisa se formó en mis labios. De toda la familia Black, Siruis era con diferencia el que nos trataba mejor. Aunque según me contó Jane, conmigo era la única con la que tenía esa complicidad.

—¿Y qué sería eso?— pregunté.

Esbozando una sonrisa ladeada, pasó un brazo por encima de mis hombros.

—Un querido amigo mío lleva varios años enamorada de Alice— me empezó a explicar— ¿Sabes quién es, no?

Asentí mientras me preguntaba para qué me necesitaba.

—Claro. Trabaja en las cocinas.

—Pues resulta que este loco desea expresarle su amor de una vez a Alice y ha decidido que sea mañana en la fiesta que se celebrará aquí, como sabes, viniendo gente de la nobleza—comentó con ironía esa última palabra— No hace falta que me mires así, querida Lily. Te juro solemnemente es un buen joven, no como otros que ves. No sería capaz de hacerle nada— añadió rápidamente al lanzarle una mirada inquisidora y sin darme cuenta llevarme la mano a mi mejilla.

—¿Quién ese chico?—pregunté. Conocía de oída algunas de las amistades de Sirius de las pocas veces que venían y cuchicheaban entre ellas mis compañeras.

—Frank Logbottom.

—No me suena—dije intentando hacer memoria— Bueno, no importa. ¿En qué, exactamente, tendría que ayudar yo?

Una amplia sonrisa surcó los labios de Sirius.

—Simple. A las 11 de la noche tienes que llevarla hacia el patio trasero, allí le aguardará él. Invéntate una excusa de que la he llamado yo o algo y ambas salís de allí.

Mi ceño se frunció. ¿Llevar a Alice ante un hombre que no conocía? Aunque... espera... Ahora que lo recuerdo... Alice había hablado más de una vez de ese tal Frank Logbottom, diciendo lo guapo que era y lo bueno que parecía. ¿Sería bueno, entonces? Además... Sirius no me mentiría... sobre todo referente al tema de la actitud, noble-sirviente. Bueno... si ese chico estaba enamorado de Alice y ésta quería hablar con él en persona... ¿quién soy yo para dejar pasar las oportunidades?

—Entonces... ¿qué dices?— preguntó Siruis mirándome fijamente.

Medité durando unos segundos más.

—Muy bien... Lo haré— dije segura.

¿Qué tan malo para mí sería eso?


Como vemos, ya se nos presentan más los personajes. La doncella, Jane, es un personaje inventado por mi que le dará bastante juego a la historia. ¡Sirius es super adorable! Después de James, es el que más me gusta.

Por cierto, en el siguiente cap... ¡sale James! Jejejeje

Espero que os guste. ValeV, Hyperion y RubiSwartz... ¡este capítulo es para vosotras! ¡Muchas gracias y lamento la tardanza!

Muchas ranas de chocolates y grajeas para todos.

¡Nos vemos!