Las sábanas eran suaves contra su piel, la cama era mullida y tan cómoda que no le apetecía abrir los ojos. No había dormido así de bien desde hacía mucho tiempo.
Suspiró plácidamente pensando en los sueños sin pesadillas que había tenido aquella noche, algo que no sucedía muy seguido últimamente. Se enrolló aún más entre las mantas mientras estiraba su cuerpo perezosamente, rodando para hundir su rostro en la agradable calidez de la almohada.
Pero cuando su abdomen tocó la superficie, un ardor abrasador quemó su estómago sin previo aviso.
Se quedó paralizada al sentir el dolor intensificarse con cada respiración que daba. Los segundos pasaron y sus ojos estaban abiertos como platos, observando el techo, en espera de que la horrible sensación pasara. Pero no desaparecía, sus pulmones se congelaban y poco a poco la angustia se apoderaba de ella.
Pero luego la ira tomó su lugar. Se encendió como fuego dentro de ella.
Gruñó entre dientes. Podía soportar el dolor de su cuerpo, pero el recuerdo que la atormentaba era más intenso que cualquier herida y la rabia nublaba cualquier otro sentimiento.
Empujó las mantas de un manotazo y salió de la cama con una violenta marea de odio corriendo por sus venas.
- ¿Dónde está?
Apretó los puños cuando el enojo la devoró por completo. Los recuerdos siguieron apareciendo en su mente, uno tras otro, impidiendo cruelmente que olvidara aquellos rostros.
Se mordió el labio furiosamente en un intento de concentrarse en la realidad y no en las imágenes del pasado. Suspiró por la nariz, congelando su mente con fríos pensamientos calculadores.
Sus ojos se movieron rápidamente, escaneando la habitación en la que había despertado. Pero algo más llamó su atención en ese momento.
Miró hacia abajo, observando su cuerpo.
Y ahora era la indignación quien superaba al enojo.
Llevaba puesto una camisa, de hombre.
Mil pensamientos oscuros pasaron por su mente y ninguno la ayudó a calmar su furia desbordante. Respiró hondo y su mente calculadora comenzó a traer a flote lo último que sus retinas habían capturado, lo último que había vivido.
Lluvia. Dolor. Odio.
Frío. Un paraguas naranja.
Un apagón. Oscuridad.
Luces. Un auto. Más dolor.
Se miró los brazos y no se sorprendió al verlos: moretones adornando su pálida piel con marcas oscuras.
Suspiró pesadamente y con movimientos lentos se subió la camisa lo suficiente para mostrar su abdomen, y con este, la horrible herida que lo atravesaba de lado a lado. Contuvo la respiración, armándose de valor para verla, pero parpadeó con desconcierto al notar las vendas cuidadosamente colocadas sobre su estómago. Ni siquiera tenía rastros de sangre...
No.
Frunció el ceño repentinamente, empujando a un lado todo sentimiento de angustia o de alivio que nublara la frialdad de su mente.
Debía irse.
- ¿Dónde está?
La ira volvió a engullirla al no ver su bolso por ninguna parte.
Podían robarle su ropa pero jamás permitiría que le arrebataran la única cosa importe para ella. Caminó hacia la puerta con pasos firmes y furiosos, importándole muy poco que sólo tuviera una camisa cubriendo su cuerpo. Al menos el propietario había tenido la decencia de dejar intacta su ropa interior.
De todos modos haría que lo pague.
Atravesó la sala, pasando por alto cualquier objeto que no fuese su mochila y luego un corto pasillo la condujo hacia la cocina.
No pudo contener la acción de apretar los puños cuando vio a los dos hombres allí. Al verla, ambos voltearon con sorpresa en los ojos, pero fue diferente en cada uno de ellos. Uno frunció las cejas, analítico, y el otro las alzó, aliviado.
(…)
Hashirama observo a la mujer frente a él con asombro. Había pensado que al menos le llevaría toda la noche recuperarse y descansar del accidente. Sin embargo, allí estaba, viéndose completamente firme sobre sus dos piernas como si nunca la hubiese golpeado un auto. Quizás si Tobirama no lo hubiera despertado y no hubiera frenado a tiempo, estaba seguro que ella se encontraría mucho peor ahora…
Sus pensamientos se bloquearon cuando sus ojos la recorrieron involuntariamente en un instante, atraído por la inusual imagen frente a él.
Su cabello largo y negro estaba despeinado de una manera salvaje que acentuaba sus fieros ojos negros. Vestía únicamente la camisa que le habían colocado y no parecía darse cuenta de lo poco que cubría. Se podía ver el inicio de sus muslos… Alzó rápidamente la mirada al notar a dónde estaban yendo sus ojos.
Si lo descubría mirándola no tendría una buena impresión de él, así que prefirió volver su atención a su rostro.
Le sorprendió ver su expresión, era fría como el hielo. Sus facciones eran afiladas. Sus ojos negros eran intensos y penetrantes.
Le costó que las palabras salieran de su boca sin tartamudear.- Me alegro que hayas despertado – le sonrió – Soy Hashirama. No sé qué es lo último que recuerdas, pero estabas herida y…
La mujer frunció el ceño y negó con firmeza.
- ¿Dónde está mi bolso? – Su voz lo interrumpió con dureza, sobrepasando la suya propia con un tono autoritario.
- Antes me gustaría saber si te duele algo – Hashirama dio un paso adelante con una sonrisa amable, pero la mujer dio un paso atrás y sus cejas se fruncieron aún más, esta vez con desconfianza – Soy enfermero – puso las manos en el aire en señal de paz – Sólo quiero ayudarte – se apresuró en decir – Debes estar dolorida por el golpe. Puedes quedarte aquí esta noche. Te llevaremos a un hospital por la mañana.
- Sólo denme mi bolso y me largaré.
Su voz sonó hostil, cortante. Tobirama frunció las cejas al ver que Hashirama se encogía sobre sí mismo ante la innecesaria rudeza. Sabía de sobra que a veces el castaño podía ser ingenuo e idiota, pero si había algo que admiraba de él y que lo hacía olvidar sus tonterías, era la que él mismo consideraba la mayor fortaleza de su hermano, y esa era la inmensa bondad que tenía con las personas. La determinación en su rostro borraba completamente su actitud de bufón y hacía surgir su benevolencia. Era genuina y honesta. Y por eso no permitiría que nadie menospreciara las intensiones de Hashirama, más aún cuando su conciencia estaba nublada de culpa por lo sucedido, y aquella mujer sólo agravaba esa carga al hablarle de esa manera tan despreciable.
- Oye, si no quieres quedarte entonces lárgate, ahí está la puerta – gruñó – Pero mi hermano te salvó la vida. Podrías dejar de comportarte como una desgraciada y ser más agradecida.
La mujer se cruzó de brazos y levantó el mentón, mirando fijamente sus ojos rojos.
- Les agradezco por atropellarme – espetó con sarcasmo - Ahora ¿Dónde están mis cosas?
El corazón de Hashirama se estrujó ante el cruel comentario. Se apresuró en tomar el brazo del alvino y jalarlo hacia atrás, rompiendo el duelo de miradas asesinas, y se colocó frente a ella.
Ante aquellos afilados ojos de hielo.
- De verdad lo siento mucho – dijo sinceramente mientras Tobirama bufaba detrás suyo – Me apena mucho todo esto. Te daré tu bolso – cruzó la mirada con su hermano y este salió de la cocina con otro bufido en busca de las pertenencias de la mujer – Pero no puedo dejar que salgas afuera – ante esto, la dama frente a él torció los labios en una mueca.
- No pienso quedarme aquí – gruñó.
Se quitó el cabello que caía sobre sus hombros en un elegante, pero impaciente movimiento y comenzó a caminar en dirección al comedor donde se encontraba Tobirama. No sin antes empujarlo con una mano para que se quitara del camino.
Hashirama ignoró el movimiento de desdén y la sujetó por la muñeca, haciéndola voltear súbitamente hacia él. Ella lo miró con ojos alarmados que al instante se entrecerraron con aversión.
- No me toques – se zafó del agarre con un fuerte manotazo que le dejó una leve sensación de ardor en la piel. Era más fuerte de lo que su pequeña figura aparentaba.
- Escucha – dijo suavemente, intentando calmar la situación – Hay una tormenta eléctrica. Tenemos suerte de que no se cortó la luz aquí, pero en las noticias dijeron que hubo apagones en muchas zonas de la ciudad y que pasará mucho tiempo antes de que se soluciones. Es peligroso salir ahora.
La mujer lo miró con escrutiño, como si buscara rastros de mentira o falsedad.
- No me gustaría pensar que una mujer anda sola a estas horas y con esa tempestad allí afuera.
Pensó de pronto en el accidente. La mujer estaba sola a esas horas cuando la atropellaron. La preocupación vino a él cuando la imagen de sus brazos sosteniendo su pequeño cuerpo pasó frente a sus ojos.
¿Qué estaría haciendo a las dos de la madrugada bajo la lluvia? ¿A dónde iba?
- ¿Dices que te llamas Hahirama? – su tersa voz cortó sus pensamientos.
Suspiró aliviado al ver que había recapacitado sobre la idea de marcharse.
- Es un placer – le tendió su mano y le dedicó una alegre sonrisa, animado de ver que su hostilidad había desaparecido.
- Madara – dijo simplemente.
Observó su mano extendida por unos segundos y luego pasó junto a él en dirección al comedor sin decir nada más. Hashirama volteó, observando a la mujer marchar. Por debajo de la camisa se asomaba el inicio de su ropa interior de color negro y el castaño sintió de pronto la cara ardiendo.
(…)
Tobirama encontró la mochila justo donde la habían colocado. Era de cuero, de color rojo, eso permitió que el agua resbalara y mantuviera secas sus pertenencias, por suerte. Si había estado tan impaciente por recuperarla, no se imaginaba cómo reaccionaría si le dijera que tenía que esperar hasta que se seque.
Se presionó el puente de la nariz con los ojos cerrados. Esa mujer… No le gustó la forma en la que se comportó. Parecía de la clase de persona que se dirigía a otros con superioridad. O al menos, eso es lo que pensó por su forma de hablar y por su tono de voz autoritario. También su postura le dio esa impresión… Espalda recta y mentón arriba, siempre sosteniéndoles la mirada como si los retara a desafiarla. Tobirama lo hizo sin pensarlo dos veces. La desafió, y con ello descubrió que no sólo era narcisista, también era orgullosa. Era del tipo de personas que podrían estar muriendo y aún así repudiarían toda mano bondadosa que viniera a ayudarlos. Y lo confirmó cuando rechazó la amabilidad de su hermano y rehusó cualquier atisbo de ayuda.
En una situación tan peculiar como aquella, una mujer quizás estaría asustada o confundida, pero ella más bien parecía molesta, impaciente.
Si le hubiera negado por segunda vez el darle su bolso, podría decir que ella los hubiera atacado a los dos con todo su furia, importándole poco la diferencia de fuerza y la inferioridad numérica. Pero de esto no estaba tan seguro, su temperamento también podría ser más sereno, pero lo dudaba, los narcisistas no recibían un "no" por respuesta. Eran como fuego que quemaban todo a su paso con su orgullo como mechero.
Suspiró, arrepintiéndose cada vez más de no dejarla en el hospital.
También parecía una mujer confiada, su postura lo demostraba, pero también observó que en sus ojos se reflejaba determinación, aparte de orgullo, idéntica a la que mostraba su hermano cuando se ponía firme con sus ideales. Sin embargo, en ella había algo más frío, más oscuro.
La determinación marcaba la decisión de cuál camino seguir, qué atajo tomar.
Podía arriesgarse en definir la mentalidad de aquella mujer con la frase "el fin no justifica los medios" a diferencia de Hashirama, quien creía que los medios por los que uno alcanzaba sus fines eran los que definía la esencia de una persona.
Los caminos, o decisiones, que alguien toma lo dice todo sobre él.
"Las personas perduran para alcanzar sus metas, pero dependiendo del camino que elijan… Cambian"
Recordaba las palabras de su hermano claramente. Lo había dicho hace muchos años atrás. Hashirama pensaba en su padre en ese momento, quien no le importaba usar métodos deshonestos para hacer crecer sus negocios. Ambos fueron testigos del cambio radical de su padre cuando sus ojos dejaron de iluminarse por la idea de cumplir su sueño y comenzaron a destellar aún más fuerte por el dinero que llegaba a sus manos. Siempre queriendo más.
Y algo en los ojos de la mujer le recodaba a su padre. Eran fríos, calculadores, pero ocultaban algo que pocos podían entender… una crueldad dormida, pero que despertaba ante la visión de una oportunidad, y no dudaba en atacar en donde más doliera con tal de conseguirla.
"El fin no justifica los medios"
Cuando la vio entrar al comedor con su paso firme pero aún así delicado, sus cejas se juntaron involuntariamente en un ceño fruncido.
- Ten – le dijo secamente, lanzándole su bolso que ella atajó con una mueca en los labios.
- No lo arrojes, cretino – dijo molesta - Si algo se rompe eres hombre muerto.
- No me insultes mujer. Mejor que aprendas a apreciar la ayuda de otros.
- No pedí su ayuda. Ustedes me trajeron aquí.
Tobirama apretó la mandíbula y se acercó a ella una vez más, mirando directo a sus fríos ojos negros. Ya no soportaba su actitud de niña ingrata.
- Mi hermano te salvó la vida – repitió con voz peligrosamente baja - Podrías haber muerto desangrada por esa herida en tu abdomen – señaló - herida que tenías desde antes.
Madara se tocó el estómago instintivamente, sintiendo la venda debajo de la camisa. Le sostuvo la mirada con expresión dura. Su odio sólo creció con cada palabra que pronunciaba. No solo le había hecho recordar algo desagradable para ella, lo decía acusadoramente, como si le debiera algo a cambio de su ayuda.
- No les debo nada – susurró con aborrecimiento tiñendo cada sílaba – Ustedes me atropellaron y a cambio curaron mi herida. Eso es todo. – sentenció – Lo considero un trato justo.
Tobirama estaba a punto de criticar su manera frívola de pensar pero de pronto su hermano apareció en el comedor con una prenda en la mano. Se detuvo junto a la mujer con una sonrisa nerviosa.
- ¿No te gustaría vestir algo más… abrigado?
La morocha se dio vuelta, sorprendida por la extraña pregunta, pero luego colocó las manos en las caderas y frunció las cejas hacia lo que llevaba en la mano.
- ¿Dónde está mi ropa? – exigió saber.
- Se está lavando. Tenía manchas de sangre. – atinó a decir – Puedo prestarte unos panta…
- Estoy bien así – lo interrumpió - Esperaré a que mi ropa esté lista.
Hashirama casi cae al suelo ante su testarudez, siendo esta vez Tobirama quien tomó su lugar de disuadirla. Sin embargo, no intentó ser sutil como su hermano.
- Eres demasiado impertinente para estar así – hizo ademán a sus piernas – frente a dos hombres que no conoces.
Volteó hacia él con una ceja alzada.
- Si me miras de una forma que no me guste, también serás hombre muerto – sentenció.
Volteó nuevamente con su cabello volando detrás de ella, pasó por su lado, indiferente, y se sentó en el alfeizar de la ventana para observar la lluvia, pero no sin antes extender sus largas piernas y apoyar su espalda contra el marco de madera. Su bolso estaba junto a ella.
Los hombres intercambiaron miradas.
Hashirama soltó una alegre carcajada luego de un corto silencio, al parecer divertido por la bizarra situación.
Por otro lado, Tobirama se limitó a bufar y abandonó el comedor para ir por algo de comer.
Le pareció un horrible horario para cenar.
Tres de la madrugada. La hora del demonio, o eso decían…
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