No podía creer esto.

¿Cómo alguien podía tener tan mala memoria?

Iba a matar a su hermano.

No sólo necesitaba de una secretaria para recordar las tareas cotidianas del trabajo, sino que dependía completamente de ella para no olvidar cosas cruciales como sacar un maldito boleto de avión.

Y ahora esto.

Hashirama había alcanzado un nuevo nivel de irresponsabilidad. No… de estupidez.

Abrió cada puerta y cada cajón de la cocina, cada vez más furioso. Él mismo no podía creer que había sido tan estúpido de confiarle algo tan sencillo y esencial como comprar comida. Esto iba más allá de su comprensión. Prácticamente su hermano tenía que poner su vida entera en las manos de una secretaria para no morir de hambre, para que alguien le traiga su ropa limpia, hasta para que le recuerde ponerse pantalones para ir a la oficina.

Estaba seguro que sin él, Hashirama no sobreviviría en un departamento, él solo con su perro.

Suspiró con fastidio y comenzó a rebuscar en la heladera mientras pensaba en cómo matar a su hermano.

- ¿Qué haces?

Resopló. Lo que le faltaba…

Volteó con un monumental ceño fruncido, ahora agravado por la presencia de aquella mujer. Se encontraba parada en la entrada de la cocina con los brazos cruzados, en nada más que una camisa.

- ¿Qué no es obvio?

La morocha alzó una fina ceja inquisidora y caminó hasta él con la gracia depredadora de un felino. Lo empujó con la cadera repentinamente, apartándolo a un lado, y se inclinó hacia la heladera.

Tobirama dio un paso atrás, bufando ante la osada familiaridad con la que se comportaba en la casa de un desconocido, como si fuese la suya propia…

Sin embargo, sus pensamientos se cortaron en el momento que sus ojos cayeron sobre el brazo descubierto que sostenía la puerta del electrodoméstico. Tenía algunos moretones oscuros que resaltaban contra su pálida piel. Observó luego sus piernas, demasiado a la vista debajo de esa única prenda. Había un leve raspón aquí y allí pero nada grave, por suerte.

No es que se preocupara por ella. Al contrario, la detestó desde que abrió la boca. Pero no negaba que su estado se veía doloroso, especialmente si pensaba en la herida de su abdomen donde la piel había sido de alguna manera… desgarrada. De verdad que no podía entender cómo es que estaba tan tranquila, caminando como si hace una hora no la hubiera atropellado un auto.

- ¿Qué te dije acerca de mirarme así imbécil?

Tobirama apartó la mirada al instante y parpadeó repetidas veces mientras volvía al pensamiento inicial de que la detestaba.

Se cruzó de brazos, bufando otra vez.

- No seas paranoica – espetó – No miraba así.

- No seas cretino.

- Si tanto te molesta, ponte unos malditos pantalones.

- Si tanto te molesta a ti, mírame a los ojos antes de mirar otra cosa.

Tobirama resopló con sarcasmo.

- ¿Seguro que no me convertirás en piedra?

- Ojalá fueses una. Las piedras no hablan.

- Maldita bruja… - entrecerró sus ojos hacia ella.

- Cretino.

Madara le sostuvo la mirada por unos instantes, pero luego pronunció un arrogante "hmh" y volteó. Su largo cabello voló con el movimiento y abofeteó la cara del alvino.

Volvió su atención a la heladera y sacó unos cuantos huevos con una sonrisa ladina en los labios.

Tobirama frunció aún más el ceño. Primero su hermano y ahora esa mujer….

- ¿Qué haces? – espetó al verla rebuscando entre las ollas.

- ¿Qué no es obvio? – dijo con sorna – No pienso quedarme sin hacer nada. – dijo - Ya que estoy aquí, hare mi parte.

El alvino frunció los labios mientras la veía atarse el cabello en una coleta en lo alto de su cabeza y se ponía a trabajar.

- Estás herida – la apartó con firmeza, pero suavemente, recordando una y otra vez que su estado era frágil - Yo lo haré.

Ella apretó los labios y puso sus manos en las caderas.

- Estoy perfectamente

- Es obvio que no lo estás.

- Oye – se colocarse frente a él y lo observó fijamente desde su baja estatura – Si este es tu intento de ser caballero… Es patético.

Tobirama la miró con reprimido enojo, entrecerrando sus ojos en una mirada fulminante.

- No soy de las que lloran por una uña rota – cada palabra sonaba calmadamente, pero con una amenaza latente detrás, como si fuese ira silenciosa – Así que apártate y déjame que les cocine de una vez.

Tobirama se quedó estático en su lugar. Lo sorprendía su comportamiento de una manera que llegaba a dejarlo sin palabras. Su temperamento era prácticamente bélico, como si estuviera en constante alerta para atacar ante la más mínima muestra de amenaza hacia su persona, aunque no se trate de una amenaza en lo absoluto.

- No pienso comer nada que esté hecho por ti - comentó de pronto.

Levantó una ceja desconcertado. No podía creer lo que acababa de escuchar.

- Eres muy paranoica.

Madara le lanzó una mirada fugaz por encima de su hombro.

- Tengo mis razones para serlo.

(...)

Hashirama entró en el departamento luego de ir a buscar a su pequeño cachorrito que se había quedado en la casa de la vecina durante su viaje. El perro saltó desde los brazos de su dueño hasta el sofá, donde su nariz comenzó a olfatear desenfrenadamente cada centímetro de este.

- ¿Por qué está tan inquieta la bola de pelos? – Tobirama salió de la cocina con un monumental ceño fruncido y se acercó a observar al peludo animalito marrón. Alzó una ceja al verlo, para nada contento.

- Me prometiste que ya no lo llamarías así.

- Quizás siente el olor a sangre de antes – comentó, claramente ignorándolo.

Madara entró a la sala en ese momento. Llevaba tres platos hábilmente mientras caminaba hacia la mesa.

El perrito levantó el hocico al sentir el olor a comida. Ambos hermanos observaron cómo saltaba del sofá y corría a toda velocidad hacia la mujer, saltando a su lado sin parar. Madara se dio vuelta hacia él como expresión molesta.

Levantó una ceja hacia el animalito.

- ¿Qué significa esto? – dijo con indignación al ver al perro olfateando sus piernas con su pequeña nariz.

- Su nombre es Doffy – sonrió el castaño, enternecido ante la imagen – Creo que le agradas.

- ¿Doffy? – intentó alejarse de él, pero este comenzó a saltar juguetonamente otra vez. - ¿Qué clase de nombre es ese?

- ¿No ves? – señaló el alvino – Hasta esa bruja piensa que es horrible.

Hashirama se desplomó en el piso con un aura de depresión lloviendo sobre él.

- Tú le pondrás nombre la próxima vez…

- No habrá próxima vez – sentenció el menor, cruzándose de brazos autoritariamente.

- No te atrevas a llamarme bruja otra vez – espetó con desprecio la mujer, mirándolo con los ojos asesinos.

- Tú me llamas cretino todo el tiempo – espetó en su contra – Es un trato justo.

Hashirama se levantó en un instante y puso una mano en el pecho de su hermano, alejándolo de Madara.

Aun así, no pudo evitar que se siguieran mirando con odio.

- Seguro todos tienen hambre – sonrió, rogando internamente que no se mataran – No dejemos que la comida se enfríe…

(…)

El cansancio se hizo aún más evidente luego de la cena. Tobirama no paraba de bostezar y no podía esperar para cerrar los ojos de una vez. El viaje había sido un infierno, no sólo la parte del auto, sino las reuniones a las que había ido sin dormir por culpa de haber llegado tarde. Por culpa de su hermano, más bien… Y lo peor era que su odisea no terminó allí. Su hermano se durmió al volante y atropelló a una despreciable mujer que ya estaba herida, y hubiera muerto en su sofá de no ser por su hermano, que de milagro aún recordaba cómo sostener una aguja pero no recordaba que debía comprar comida…

Se presionó el puente de la nariz y observó al castaño quien a su vez observaba a la mujer.

Sería mejor que se fuera de una vez a dormir. Ya no tenía reservas de paciencia para tratar con ninguno de esos dos.

(…)

- Madara - ella miró al castaño desde su lugar en la ventana. Tenía las piernas flexionadas frente a ella. Su bolso estaba entre el hueco entre estas y su torso y la utilizaba como una almohada para sus brazos.

Hashirama se acercó y se sentó en el borde opuesto. Observó en detalle su rostro bajo las luces cálidas de la casa y los destellos azules de los relámpagos en el exterior. Llevaba un flequillo largo hasta el mentón que ocultaba casi la mitad de su rostro, y con ella, la venda que protegía su sien. Era un peinado extraño, pero extrañamente en ella quedaba perfecto. El negro de su cabello hacia contraste con su piel, haciéndola todavía más pálida de lo que era. Estaba desordenado y eso le daba la apariencia de que acababa de despertar… o de ser atropellada… pero se veía realmente bien.

- No pude evitar ver dentro de tu bolso – comentó

Ella abrazó con más fuerza el objeto, atrayendo también sus rodillas hacia su pecho como si quiera protegerlo inconscientemente. Sin embargo, su expresión era seria, imperturbable.

- Como enfermero, a veces es crucial saber si el paciente tiene alguna alergia o enfermedad para no empeorar su salud.

La mujer lo miraba con ojos frívolos, sabiendo exactamente a dónde quería llegar con esa justificación.

- No me detuvo en nada personal, descuida – se apresuró en decir al ver su mirada fulminante – Pero no pude evitar notar que la mayoría de tus cosas es ropa.

- ¿Y?

- ¿Ibas a algún lado? – preguntó preocupado. Sabía que fácilmente rechazaría su ayuda, pero al menos debía intentarlo – Si es así, podríamos llevarte. Caminar con esa herida tan reciente…

- No iba a ningún lado – dijo luego de unos segundos, sus ojos de pronto perdidos en algún punto del suelo.

Hashirama frunció las cejas con confusión. La mujer frente a él ahora se veía repentinamente devastada. Sus ojos estaban cubiertos por tristeza, ya no tenían la determinación de antes, ni siquiera mostraban frialdad o rudeza. Había otra clase de dolor reflejado en ellos, no por su herida, sino algo más desgarrador.

Al verla de esa manera, no pudo evitar acercarse y colocar una mano en su hombro. Sentía la urgente necesidad de confortarla, de abrazarla y decirle que todo estaría bien. Pero dudaba que lo aceptara de buena manera, porque a pesar de todo, a pesar de lo mucho que quería borrarle esa expresión de tristeza y hacerla sonreír, nada quitaba el hecho de que eran desconocidos.

Ella se sobresaltó al sentir una mano cálida en su hombro. Parpadeó varias veces antes de volver a reconstruir el ceño fruncido que ya comenzaba a ser familiar en ella.

Pero Hashirama lo veía claramente. Su enojo sólo era una máscara. Intentaba ocultar su dolor a toda costa.

- Puedes confiar en mí – le dijo con voz suave.

Lo miró fijamente en busca de algún rastro de falsedad, de mentira. Sus profundos ojos negros lo observaban de cerca, tan intensamente que el castaño podía sentir como si quedara completamente expuesto ante ellos.

La mujer suspiró con cansancio luego de un tiempo, casi con resignación. Su mirada volvió al suelo y luego otra vez a él, como si estuviera dudando de algo.

Parecía el tipo de persona que no les gustaba sentirse vulnerables. Del tipo que siempre intenta ser fuerte a pesar de todo, pero que cuando se quiebra, lo hace silenciosamente.

De las que nunca lloran, de las que nunca muestran sus sentimientos...

- No tengo a dónde ir – susurró, abrazando con más fuerza su bolso contra ella, como si fuese la única cosa a la que podía aferrarse.

Hashirama parpadeó por un instante. ¿Esa era la razón de que anduviera sola por la calle a altas horas de la noche mientras llovía? Su corazón se partió un poco.

El castaño casi se lanza a abrazarla, quería estrujarla hasta que todos sus demonios se asfixiaran. Pero de alguna manera se contuvo, quizás al ver la inseguridad de Madara cuando lo dijo. Su desconfianza lo hizo frenar en sus pensamientos. Él no tenía problemas en ser transparente, en mostrar abiertamente lo que había en su corazón, sin embargo, eso no le impedía comprender a las personas como ella, o como su propio hermano. Eran gente cerrada que no se sentían cómodos expresando sus sentimientos.

Hashirama la observó morderse el labio. Ella estaba intentando mantener sus emociones encadenadas en el rincón más oscuro de su mente, fuera de la vista de todos. Conocía ese gesto demasiado bien. Lo había visto muchas veces antes, especialmente en su hermano.

- Sé que soy un desconocido para ti – le susurró, decidiendo que el contacto físico sólo la haría alejarse más, así que descartó la idea de abrazarla – Pero puedes quedarte aquí todo el tiempo que desees.

Madara parpadeó por un instante, como si no lo pudiese creer. No mucha gente se molestaba en ayudar a otros, menos en ofrecerle un lugar donde vivir indefinidamente, menos si era su propio hogar, menos si era a un desconocido.

- ¿Lo dices en serio? – sus ojos se vieron esperanzados cuando lo vio asentir, pero luego se apagaron casi al instante, opacando su brillo con amargura – No tengo dinero para…

- ¿Por qué crees que te pediría dinero? – preguntó con confusión, como si acabara de decir algo absurdo.

- Todo el mundo quiere dinero - refunfuñó.

- Sé que no tienes dinero, revisé tu billetera.

- ¿Entonces qué quieres? – espetó, irritada.

- ¿Por qué piensas que quiero algo?

- Todo el mundo quiere algo – dijo desconfiada.

- Cuando te digo que puedes quedarte el tiempo que desees, lo digo de corazón. Lo único que pido es que trates bien a Doffy.

Madara se lo quedó mirando con las cejas alzadas. Parecía irreal.

- ¿Por qué? - quiso saber – ¿Por qué dejarías a una extraña quedarse en tu casa tan abiertamente?

Hashirama la miró a los ojos, viendo más allá de su gruesa capa de hielo.

Su voz sonó seria, pero brutalmente honesta.

- No abandonaré a alguien que necesita ayuda.

En este capitulo quise mostrar cómo Madara interactúa con ambos hermanos y también cómo ellos la ven. Todos sabemos que el Uchiha es un personaje muy... amigable ¿o no?

Gracias a dani1.9sh, ocarina y a Anien por sus comentarios :D