Muchas gracias por leer.
K Project y sus personajes le pertenecen a GoRa y GoHands...y a mucha gente que desconozco.
19: Eterno.
Hoy era, finalmente, el gran día.
Cuando Fushimi le explicó a Nanahara y a Munakata que dentro de un par de meses se iría a vivir junto a Misaki, fue una expresión más que una afirmación.
La verdad del asunto es que les tomó más tiempo del pensado poner en orden sus ideas: primero con la forma en que administrarían el hogar de forma equitativa y el cómo se las apañarían con el trabajo demandante del otro. También consideraron el hecho de que Munakata llegara al codiciado puesto de ministro, debido a que ello significaría que el trabajo de Fushimi aumentaría de forma considerable y que tendría que viajar fuera del país de vez en cuando, con pocas posibilidades de avisar con antelación. Y otro punto importante: los eventos de skateboard de Misaki sucedían en fechas y lugares de lo más inesperados y Fushimi puede que no lo pudiese acompañar debido a su carga laboral.
A ninguno le hacía gracia pensar en que el otro debiese permanecer fuera de casa durante un largo tiempo, pero llegaron a un acuerdo después de meses de largas y tranquilas conversaciones.
Fue en una fría mañana, a sólo pocos días de Navidad, con un tímido sol que apenas calentaba, que bajó por segunda vez de la camioneta de Scepter4 cargando con la última caja que poseía sus objetos personales.
A veces se preguntaba si era correcto malgastar recursos gubernamentales para una mudanza de índole personal en un día de trabajo, pero Munakata había sido categórico cuando dijo que quedaba de camino de todas formas y dejó de preocuparse, aquel no era su problema después de todo.
Se subió al ascensor del edificio, cargando su equipaje con desgana pensando en lo problemático que sería trabajar el día de hoy después de la noche anterior. Y sonrió con cierta malicia pensando en los dos castaños más problemáticos del escuadrón.
La noche anterior debió pasarla en los cuarteles, como una especie de venganza por rechazarlos la última vez en que se habló sobre fomentar vínculos entre todo Scepter4. No fue del todo desagradable, si tenía que ser sincero. La comida fue aceptable y sus subordinados no habían sido tan ruidosos como las últimas veces, aunque quizás eso se debía más a la presencia intimidatoria del Capitán y la Teniente, a la cual, por cierto, debieron decirle amablemente que ellos se encargarían de la cena y que ella sólo debía disfrutar la noche.
No fue sino hasta que el alcohol hizo mella en los más débiles y transformaron la fiesta de despedida, en una supuesta despedida de soltero que encontró la excusa perfecta para huir cuando Hidaka y Doumyouji comenzaron a bailar sobre la mesa y Munakata sacó las cartas de quién sabe dónde, mientras Akiyama y Benzai trataban de reprimir la mueca de fastidio cuando el par de borrachos aceptó que todos se divirtieran con el Capitán. Fushimi no se hizo mayor problema. Se acercó a su radiante y sonriente superior y, aludiendo que aún tenía cosas que empacar para la mudanza, se fue a su habitación a las tres de la mañana sin esperar respuesta, suspirando aliviado cuando puso distancia de por medio de todo ese barullo.
Sí, podía imaginar la clase de reproches que recibirían esos dos a penas pusieran un pie en la oficina y su sonrisa maliciosa sólo incrementaba al pensar en ello. A diferencia de ese par de idiotas, Fushimi pudo descansar un poco más que de costumbre, aunque no dejaba de sentirse extraño en una cama tan grande. Vacía, mejor dicho.
Se había acostumbrado a sentir algún tipo de golpe en sus piernas o en su vientre durante las noches, no tener cerca la presencia de Misaki logró que una molesta sensación de soledad lo embargara por unos momentos. Después de tranquilizarse, comenzaba a sentir ansias al imaginar cómo sería su vida de ahora en adelante; porque después de unas cuantas horas en que saliera el sol al otro día, él estaría viviendo oficialmente en otro lugar.
Y ahí estaba, frente a la puerta de la casa de Misaki, que de ahora en adelante sería el hogar de ambos, sin poder encontrar sus malditas llaves después de hurgar en todos sus bolsillos y con una notoria expresión de desagrado dibujada en su cansado rostro porque pudo dormir sólo un par de horas.
Suspiró en voz alta, resignado, no sabiendo si sería buena idea despertar a Misaki a las seis de la mañana de un día sábado, no después de saber que Yata tuvo que trabajar hasta muy entrada la noche y que en las próximas horas deberían viajar rumbo a Brasil para una nueva competencia. A pesar de todo eso, no quería quedarse como un imbécil delante de la puerta y alertar a cualquiera de sus nuevos vecinos por comportamiento sospechoso, así que simplemente tocó el timbre un par de veces con ligera incomodidad.
No pasó mucho hasta que un desaliñado y recién despertado Yata le abriera la puerta, con su camiseta sin mangas cuya tira izquierda se había deslizado por su moreno hombro. Incluso tenía el patrón de la almohada dibujado en el rostro.
Nunca había agradecido tanto que el castaño heredara el buen oído de su progenitora como en esos momentos, sino le tocaría esperar muchísimas horas fuera de casa.
—¿Qué demonios Saru...? Si te entregué la jodida llave —reclamó con voz ronca, siendo interrumpido por un largo bostezo, logrando que Fushimi sonriera ante la particular escena—.Fue para que la usaras, maldición... son las seis de la mañana...
—Buenos días para ti también, Mi-Sa-Ki— respondió con malicia, apoyándose en el resquicio de la puerta—.Esa no es la forma de recibir a tu pareja que viene a mudarse ¿No crees?
Yata, quien seguía más dormido que despierto, cerró los ojos por unos momentos, para volver a bostezar y rascarse su plano vientre con aburrimiento. Lentamente enfocó su vista en los objetos personales del azabache y la cara de desagrado que puso momentos después logró que Fushimi se pusiera alerta para soportar una reprimenda, o algo parecido. Incluso dio un paso hacia atrás.
—¿¡Dos cajas!? ¿¡Es una maldita broma!?—gritó con reproche, señalando los objetos con incredulidad—.¿¡Cómo demonios has vivido hasta ahora!?
—Que ruidoso, recuerda que es temprano y es sábado—comentó impasible, logrando que Yata, de forma adorable, se cubriera la boca con sus manos—.Casi todas mis cosas están acá, literalmente ya estábamos viviendo juntos. No me digas ¿No te diste cuenta?
Negó con la cabeza, con diversión y como si se hubiese resignado a esa estupidez tan característica de Yata.
—Ya, como sea, entra que hace frío y quiero seguir durmiendo—ordenó Misaki con una mirada cargada de aburrimiento mientras ingresaba hacia el recibidor.
Saruhiko lo siguió con algo de cautela, cargando con fastidio y pereza las dos pequeñas y livianas cajas de ropa. No bien cerró la puerta y dejó sus cosas en el recibidor que escuchó un ruidito de felicidad proveniente de Yata, quien se detuvo frente a él.
Lo observó con curiosidad unos momentos, quitándose los zapatos con sus propios pies.
—Con esto acá...Estamos viviendo juntos, otra vez—comentó Misaki con una sonrisa tan cálida que sintió sus mejillas acalorarse. No pensó que aquello haría tan feliz al mayor—.¿Vas a ordenar ahora o prefieres... desayunar?
Saruhiko negó de forma ligera con la cabeza. Misaki no daba más de sí mismo gracias al cansancio, era bastante el esfuerzo que hacía para no desplomarse en el suelo, pero Fushimi conocía a Yata como la palma de su mano.
—Anda a dormir, Misaki. Yo prepararé el desayuno—comentó desganado después de oír un nuevo bostezo por parte de su pareja.
—Con esa últimas palabras tuyas, temo por la seguridad de nuestra casa...—murmuró con temor fingido —.¿Cuándo aprendiste a cocinar?
—He aprendido muchísimas cosas en el último tiempo, Misaki —dijo con exagerada seguridad, cruzándose de brazos con una sonrisa confiada.
Bien, sus palabras no eran mentiras del todo. Pero cocinar no estaba entre lo que le habían enseñado en Scepter4, y al parecer Misaki algo sospechaba.
—No sé por qué, pero no te creo...—murmuró Yata con desconfianza, para luego hacer un gesto con sus manos para minimizar el asunto—.Como quieras. Te encargo las verduras, recuerda que tienes que saltearlas un rato.
—Bien —añadió después de unos segundos, para luego acercarse a Misaki y darle un suave beso en los labios, ocasionando un tierno sonrojo en su cansado rostro—.Dulces sueños, Mi-sa-ki.
El castaño gruñó algo inteligible antes de darle un breve empujón e irse a descansar, dejándolo envuelto en el silencio de la sala de estar.
No era la bienvenida que se esperaba, si tenía que ser honesto se había imaginado que Yata lo recibiría con una sonrisa y los brazos abiertos, no con una cara de pocos amigos y ladridos varios. Pero no podía culparlo, el hecho de que no pusiera más resistencia a la idea de que Fushimi Saruhiko preparara el desayuno ya debía de ser la prueba suficiente de que Yata estaba más dormido que despierto.
Suspiró resignado, memorizado con cierta desconfianza la palabra desconocida que tenía que hacer con las verduras. No es que nunca la hubiese escuchado, tener de novio y cuñada a un chef te hace aprender palabras de lo más extrañas. Pero una cosa era escucharla y otra era entenderla.
Encendió la luz de la cocina y observó a su alrededor con cautela, como un gato recién llegado a un hogar.
Generalmente cuando entraba a ese lugar era para robar algo del frigorífico o para ayudar a Misaki a lavar la vajilla después de la cena. O para abrazar al más bajo por detrás y ponerlo nervioso mientras acariciaba su trabajado abdomen bajo la ropa... Pero nunca para intentar cocinar; aunque si pensaba fríamente en ello, no debería ser tan difícil. Sólo debía buscar una receta sencilla en su PDA y seguirla al pie de la letra y saldría del problema en el que se metió sin ayuda de nadie.
No es como si Misaki le exigiera cocinar. Esa era una de las tantas cosas en las que se habían puesto de acuerdo en los pasados meses, pero no quería interrumpir el descanso del castaño por algo insignificante que podría preparar por sí mismo, o hacer el intento. Si quedaba bien, Misaki no tendría por qué enterarse de que en su vida jamás ha intentado cocinar y que sus palabras fueron una completa y absurda mentira, la cual todavía no podía entender por qué demonios había dicho.
Orgullo, quizás.
Con una expresión de completa concentración, se dirigió hacia el estante donde se guardaban los cuchillos y sacó uno de los más pequeños para pelear las verduras que el castaño le pidió. Aunque antes recordó que debía ponerse el delantal que siempre usaba el castaño para no ensuciar su ropa.
Tras un breve y exagerado suspiro, abrió el frigorífico y sacó un par de zanahorias y tomates. Misaki no había sido explícito cuando habló de verduras, así que suponía que esas dos cosas estaban bien.
Escuchó un ruido proveniente del comedor, pero lo dejo estar porque estaba más preocupado en cómo demonios iba a pelar aquellas cosas tan asquerosas. Quizás Misaki decidió dormir en el sofá o algo.
—Supongo que lavaste las verduras...
—Tsk ¿No deberías haber ido a dormir?—preguntó molesto, volteándose hacia la puerta donde yacía el mayor, quien le observaba con el ceño fruncido.
—Cambié de opinión...¿Por qué no mejor vas a ordenar tus cosas? Yo haré el desayuno—propuso Yata, evadiendo su mirada con algo de culpa—.No quiero que se active la alarma contra incendios, es una verdadera mierda y más tan temprano en la mañana...
Saruhiko resopló molesto, soltando el cuchillo sobre la mesa con brusquedad y luego quitándose el delantal de cocina para dejarlo sobre la misma superficie.
—Que desconfiado—murmuró con aire ofendido, marchándose de la cocina, escuchando una leve risa por parte del mayor.
Entendía que era mala idea cocinar cuando no sabías cómo hacerlo, pero por Misaki tenía pensado hacer el esfuerzo. Pero ya que el ojiambar insistía, dejaría que él se las arreglara en la cocina como siempre. Culpable y aliviado por no ser quien preparase el desayuno, tomó las cajas que dejó abandonadas en el recibidor y se encaminó hacia la habitación con tranquilidad, un poco ausente y dubitativo, con cierto calor en la boca de su estómago.
Observó a su alrededor por unos cuantos segundos antes de sentarse sobre la cama y por primera vez pensó en lo que significaba estar ahí con todas sus pertenencias. No lo había comentado con Misaki, pero cuando éste le dijo tiempo atrás que podía traer sus cosas cuando estimara conveniente, sintió un desagradable temor invadiendo no sólo su cuerpo, sino también sus pensamientos.
¿Y si no funciona? ¿Si lo vuelvo a echar a perder? ¿Y si Misaki se arrepiente o deja de quererme?
Esa y muchas más interrogantes lo persiguieron por semanas, pero Claire, su psicóloga, fue categórica al respecto en la consulta del mes pasado: era algo normal preocuparse por todos esos asuntos cuando se iba a comenzar una vida en pareja. Tendrían sus días buenos y malos, pero que lo más importante era siempre conversar las cosas y no ignorarlas. La base de una relación era la comunicación. O algo así le dijo con aire seguro, no podía desconfiar de ella.
Ella, al menos, estaba casada y por bastante tiempo con la misma persona... Debía significar algo.
Saruhiko se preguntaba si hablar de aquella ansiedad que sentía en estos momentos sería una buena idea. No quería que Misaki lo malinterpretara, estaba bastante feliz de volver a estar a su lado y poder planificar una vida juntos, o todo lo que podían planificar gracias a las limitaciones de la sociedad; pero no podía evitar pensar que todo sería más fácil para Misaki si estuviera saliendo con una chica. Aunque ya habían hablado de eso y Misaki le asegurara entre gritos y reproches que con la única persona que quería estar era con Fushimi Saruhiko, no dejaba de tener esos pensamientos negativos de vez en cuando.
Suspiró resignado por enésima vez en la mañana. Ese era el gran problema que lo aquejaba en cuanto a su relación con el castaño. Misaki ya aparecía en revistas deportivas y la gente comenzaba a reconocerlo en los skatepark, era cuestión de tiempo para que algún periodista metiche se percatara que vivían juntos y se armara alguna clase de escándalo. No sería tan llamativo al principio, después de todo podrían usar la excusa que era para recortar gastos y que eran muy buenos amigos. Pero algún día eso dejaría de ser creíble y...
—Saruhiko, ¿Estás bien?—lo interrumpió Yata, con semblante preocupado.
Lo observó por unos instantes con confusión, haciendo un gesto con sus manos, minimizando el asunto que lo tenía tan preocupado. Ni siquiera se había percatado que había pasado tanto tiempo.
—¿Ya está listo el desayuno?—preguntó, cambiando de tema inmediatamente. Yata asintió, mientras se cruzaba de brazos esperando por una respuesta—.Te cuento en la mesa.
—De acuerdo...—cedió, no muy convencido. Saliendo de la habitación.
Mientras antes mejor, pensó Fushimi con cierta vulnerabilidad en su andar hacia la mesa. Estaba nervioso. Casi temeroso de volver a destruir aquella placentera rutina en la que vivían los últimos meses pero callarse eso por tanto tiempo, con Yata sospechando de su comportamiento tan raro, sólo serviría para crear malos entendidos.
No se había percatado del hambre que tenía hasta que se sentaron en la mesa, donde el aroma de la comida de Yata lo envolvió y logró hacer rugir su estómago de forma vergonzosa. Misaki le regaló una divertida sonrisa y se sumieron en un cómodo silencio mientras disfrutaban de los deliciosos alimentos. La cotidianidad de disfrutar juntos momentos como ese era algo que Fushimi agradecía todo el tiempo, por lo que trataba de evitar cualquier clase de conflicto que pudiera destrozar aquellos calmos momentos tanto como podía. Con un peso extraño formándose en su garganta y con el cubierto aún dentro de su boca, observó el cansado rostro del ojiavellana, quien comía sin mucha hambre.
—Misaki —llamó dubitativo y evadiendo la mirada al mismo tiempo—.¿Qué has pensado si se enteran de lo nuestro?
—¿Ha? Los chicos ya lo saben—comentó con rostro confundido.
Yata dejó inmediatamente su tenedor sobre la mesa, dándole a entender que tenía su completa atención. Lo cual, realmente, no lo hacía más fácil.
—Me refiero a la prensa deportiva o tus auspiciadores—explicó con voz monótona, sin embargo movía su pierna derecha de forma nerviosa a medida que Misaki fruncía su ceño—.¿Sabes que el apoyo disminuirá si...?
—Oye, para. Se está pareciendo a toda esa mierda que dijo mi mamá antes—lo interrumpió con notorio desagrado, apoyando la cabeza en la mano que reposaba sobre la mesa minutos atrás—.No me importa, hago esto porque me gusta. Aunque la sociedad me critique o esas cosas, me importa una mierda—añadió, para después sonreír con tristeza —.Eres tú quien más va a tener problemas al respecto ¿No?
Saruhiko, apoyó el rostro en su mano izquierda, mientras con su diestra pinchaba un elemento desconocido de su plato y lo observaba con algo de recelo.
—Todo Scepter4 sabe de nosotros... El Capitán no conoce el significado de la palabra privacidad— explicó lo último con reproche, poniendo cara rara cuando sintió el desagradable sabor de una verdura dentro de su boca.
—Me refiero que si ese Rey tuyo es el nuevo ministro, serás una de sus personas de confianza y...
—Siempre puedo pedirle a tu hermana que me dé algún tipo de trabajo en ese restaurante suyo.
Se observaron por algunos segundos antes de seguir comiendo, casi dando por finalizada aquella incómoda conversación. Misaki tenía una linda e infantil sonrisa en su rostro, y eso lo hacía sonreír como un idiota también.
Era extraño eso de sentirse feliz por ver al otro contento, pero ya se estaba acostumbrando a ello. Lo único que quería era que Misaki sonrieron como antaño, y si era el propio Saruhiko el causante de aquellas sonrisas, sentía un calor muy agradable en su pecho, tal como en ese preciso momento.
—Ella te hará limpiar retretes y esas mierdas. Es bastante rencorosa—dijo Yata con diversión, para luego añadir con afecto:—.Pero ¿Sabes? Aunque suene vergonzoso o alguna mierda así, no te cambiaría, aunque seas un bastardo quisquilloso todo el tiempo.
Con el tenedor a medio destino y mejillas completamente sonrojadas, Saruhiko se quedó sin palabras por aquella adorable confesión.
Recogió las cosas de la mesa después de que Misaki fuese a dormir otra vez y se dirigió a la cocina, sumido en sus pensamientos. Escuchando el ruido del agua finalmente pudo relajarse, y sentir como un enorme peso se quitaba de sus hombros. No podía negar que las palabras de Yata lograron que un calorcito agradable subiera por su cuerpo y se detuviera en sus mejillas.
Él tampoco cambiaría a Misaki, por más molesto y gritón que fuese algunas veces. Pero no pudo decírselo. Aún tenía muchas cosas que mejorar en cuanto a comunicarse con el castaño, pero ya hablar de aquello que lo estaba molestando era un gran paso para alguien de naturaleza tan desconfiada como la suya. Misaki no se lo reprochaba, sólo si esa inseguridad no formaba una gran pared entre ellos; no obstante, cuando ello sucedía, Yata sólo esperaba que fuese el mismo Saruhiko quien destruyera aquella barrera.
Lentamente, se decían a la vez. Poco a poco volvían a reconstruir aquella ciega confianza que se tenían al otro en la escuela media; poco a poco construían su nuevo pequeño mundo.
Se secó las manos y observó la hora en su PDA. Tenía pensado rechazar la oferta de Kusanagi de que los llevara al aeropuerto, bien podrían irse en el transporte público; pero cambió de opinión en cuanto vio a Misaki en la cama, tan indefenso y con notorias ojeras.
Debió pedirle al barman que pasara por ellos más tarde a través de un simple mensaje de texto, así Yata estaría con toda su energía. Fushimi, quien más de una vez tuvo que soportar largos e incómodos viajes, sabía que no podría conciliar el sueño en el avión y que debía descansar antes de partir si no quería que su tolerancia hacia los demás desapareciera.
Se cambió de ropa, quitándose su uniforme de trabajo por una simple playera blanca con unos pantalones deportivos, para luego acercarse con lentitud hacia el lado vacío de la enorme cama. Le molestaba el ruido que provocaba ésta cuando se recostaba, y miró con cierta preocupación al durmiente moreno, pero no pareció percatarse de sus movimientos. Relajado, se quitó sus anteojos y los dejó sobre la mesa que tenía sus objetos personales.
Se había sumido en un trance en cuanto se tapó con las cobijas y se giró hacia el castaño.
Embelesado, contemplaba a su Misaki quien estaba en el mundo de los sueños, sonriendo o balbuceando cosas ininteligibles mientras buscaba su calor de forma instintiva. Tocó su rostro con la punta de sus dedos, una caricia suave que buscaba memorizar cada cambio por más mínimo que éste fuera.
No supo en qué instante se quedó dormido, envuelto por el característico aroma de Misaki. Pero era agradable despertar y encontrarse con la tranquila expresión de Yata en el otro extremo de la cama que tantas noches habían compartido. Con lentitud y delicadeza, para no despertar al castaño, estiró su brazo para alcanzar sus anteojos y ponérselos.
Se sentía distinto dormir en ese lugar ahora que ambos vivían juntos nuevamente, aunque todas sus cosas estuvieran desde antes en el apartamento del moreno. Aún no era del todo oficial, quedaba cambiar la dirección en Scepter4 y de unas cuantas cosas personales más, pero era un gran paso para la relación estable y sincera que estaban construyendo poco a poco después de su gran quiebre. Fushimi no quería que aquello volviera a suceder, así que se había prometido a sí mismo poner todo de su parte para ello. Al menos ahora comprendía que si no hablaba de lo que le molestaba o preocupaba, no tenía ningún derecho en reprocharle a Misaki su falta de tacto.
Sonrió con algo de malicia, para acostarse con lentitud a horcajadas del durmiente muchacho y acariciar de manera insinuante su firme pecho por sobre la fina tela negra. Incluso con el frío de diciembre, Misaki seguía usando ropa algo ligera en su diario vivir. No era algo de sorprenderse en realidad, al menos no para él. Misaki siempre usaba ropa no acorde al clima del país, con poderes o sin ellos.
—Misaki—llamó alargando su nombre de forma burlesca, para luego presionar levemente uno de sus pezones entre sus dedos, logrando que sonriera triunfante después de oírlo suspirar de gozo entre sueños—.Despierta, Misaki.
—¿Ya es hora?—preguntó quedo, el castaño, sin abrir los ojos.
—No. Estoy aburrido.
—Cinco minutos más—pidió, logrando que Saruhiko perdiera su sonrisa. Chasqueó la lengua con irritación, más luego de unos segundos levantó la sudadera negra del moreno y comenzó a repartir suaves besos en todo su pecho, logrando que el castaño, completamente sonrojado, lo apartara con algo de fuerza y arreglara su ropa, para su total fastidio—.¿¡Q-qué demonios estás haciendo tan de repente!?
Saruhiko se acomodó en las piernas del mayor, sintiendo un agradable cosquilleo por todo su cuerpo cuando aquella parte íntima de Misaki rozó su trasero. Estaba algo ansioso, y no ayudó en nada cuando las manos de Misaki comenzaron a bajar por su torso de manera lenta y provocativa.
—Ahora que oficialmente vivimos juntos hay que estrenar nuestra cama—susurró con sonrisa predadora, sujetando los brazos de Misaki sobre el respaldo de la mullida superficie.
—Aún no cambias la dirección en tu trabajo... —reclamó nervioso, buscando una ruta de escape.
—¿No quieres?—preguntó sin variar su tono insinuante.
—Créeme que... N-no es eso. No queda mucho para que tengamos que salir...—argumentó apresurado, logrando que finalmente Saruhiko decidiera alejarse. No era muy de su estilo dejarse llevar de esa forma con el castaño, más sabiendo que había una competencia importante de por medio—.Aunque, Saruhiko...
Antes de que pudiese decirle algo al ojiavellana, sintió un leve jalón en el cuello de su camisa que disminuyó por completo la distancia entre ambos. Por más que pasara el tiempo y lo hicieran más que seguido, besar a Misaki se sentía demasiado bien. Sus lenguas se acariciaban con lentitud, saboreando cada rincón del otro con una suavidad con la que sería imposible describir a ambos en el día a día. Podría estar siempre así, no importando si era pasional o tranquilo, compartiendo esa cercanía con la persona con la que quería.
Se separaron con reticencia, unidos por un pequeño hilo de saliva y una sonrisa suave y enamorada dibujada en sus expresiones. Para Saruhiko no había mayor placer que ese, el estar con Misaki sin hacer nada y sólo demostrarse lo importante que son para el otro con pequeños pero significativos gestos.
—¿Tienes lista tu maleta?—preguntó a Misaki, limpiando la comisura de los labios contrarios con su pulgar.
—Sí, ya está todo listo, incluso guardé la patineta dentro—comentó con orgullo, imitando al ojiazul.
Hizo un ruido de asentimiento antes de recostarse cual gato sobre el pecho de Misaki una vez más, sintiendo como inmediatamente las morenas manos acariciaban sus cabellos con afecto y suavidad; aquellas placenteras sensaciones lograban que se dejara llevar por el lento ritmo del corazón del castaño como cada noche en que llegaba cansado del trabajo. Si tenía que ser honesto, le era molesto tener que viajar el mismo día en que realizaba la mudanza, pero no quería dejar a Misaki solo. Al menos no ahora que volvían a ser pareja.
Aún le escocía el hecho que Yata hubiese ido a América en compañía de otra persona. Y, aunque era entendible que él pidiera el apoyo de cualquiera de sus amigos que contara con tiempo y disposición para acompañarlo, enterarse que ni siquiera había sido una opción para Misaki en aquellos días lo lastimó bastante.
Por eso ahora, en contra de las bajas expectativas de todo el mundo que se enteró de la nueva competencia en el caribeño país, aceptó acompañarlo sin siquiera pensarlo y sin tener previo permiso de Munakata. Lo bueno es que contaba con el apoyo completo de su psicóloga, quien le aseguró al candidato a ministro que aquello serviría para que Fushimi se desconectara un poco del exceso de trabajo.
Munakata sonrió como siempre. Pero no le había gustado la idea de no contar con su subordinado favorito en esos momentos importantes. He ahí la venganza en forma de fiesta sorpresa de la noche anterior.
—Podríamos quedarnos aquí...—decidió tentarlo con un murmullo relajado.
Ni siquiera pasaba por su cabeza el tener que ayudar al Capitán con sus cosas más adelante. Sólo deseaba estar con Misaki sin que nadie los molestara por unos cuantos días.
—O podríamos hacer esto mismo allá—respondió tras una breve risa, sin dejar de acariciarlo en ningún momento—.Es Brasil, playas y buen clima. No vas a decirme ahora que te gusta la nieve...
—Hará demasiado calor... —se quejó.
Odiaba los climas exagerados, y Brasil sonaba a país con clima exagerado. No podría abrazar a Misaki a gusto en la cama sin sentirse pegajoso y necesitar una ducha después. Claro que aquel pensamiento no era algo que ansiara compartir con Yata, lo último que necesitaba era que Misaki se percatara de esa irrefrenable necesidad suya por sentir la menor distancia entre sus cuerpos.
—Ayer te quejabas de que hacía un frío de mierda y que no querías salir de la cama, y eso que tenías que ir a trabajar—dijo Misaki, con un tono de reproche, sujetando un mechón de oscuro cabello entre sus dedos.
—Que molesto, no quiero moverme.
—Eres como un gran bebé a veces ¿Lo sabías?
Saruhiko se acomodó aún más sobre Yata, con pereza. Podían quedarse así una hora más, al menos. Una hora más para disfrutar de los mimos de su Misaki.
Viajar a Brasil para su competencia en fechas navideñas no sonaba tan mal para Yata, era una de las ventajas que en Japón no se celebrara aquella festividad como en América y demás alrededores. El clima del país era agradable y las playas eran, ciertamente, espectaculares a lo lejos y ya ansiaba poder darse un chapuzón o surfear aunque fuese de noche y Saruhiko no hiciera más que refunfuñar por todo lo alto que el lugar era demasiado caluroso y que había demasiada gente ruidosa en las calles. O que solo quería llegar al hotel y que pronto volvieran a Japón.
Él se reía, sabía que Fushimi estaba más molesto por la pequeña escena de una pareja en la salida del aeropuerto, que se besaban a vista y paciencia de los demás, que por las condiciones climáticas de Sao Paulo. Fue incómodo, lo suficiente como para que Yata apresurara sus pasos hacia la salida con sus mejillas completamente coloradas, siendo seguido por un desconcertado ojiazul.
Mala costumbre occidental. O eso dijo Fushimi en cuanto se tranquilizaron.
El camino en el taxi lo hicieron en silencio, cada uno sumido en su propio mundo. Observó de refilón a Saruhiko y realmente se alegraba que las cosas entre ellos ahora estuvieran bien, no era como esa relación de escuela media donde supuestamente eran sólo ellos dos contra el mundo, sino que ahora era más madura, comprendiendo que tenían defectos y virtudes con los cuales deberían lidiar y, además, saber aceptar.
En cuanto las puertas automáticas del hotel en que se hospedarían por los próximos días se cerraron tras ellos, Yata observó a las dos jóvenes y morenas chicas que atendían el mesón de recepción, y sintió un frío en la boca del estómago. Existían cosas que jamás cambiarían, como su colosal nerviosismo con las mujeres o su nula capacidad de hablar inglés. Y ahora tenía ambos problemas al mismo tiempo.
—¿Qué pasa Misaki? —preguntó el ojiazul, con calma, observándolo con curiosidad. Más después de compartir miradas por ciertos segundos, la expresión de Fushimi cambió por una de completa malicia. Yata suspiró para sus adentros, ya venían las mofas del menor. Qué bueno que en Brasil no hablaban japonés—¿Vas a decirme que te pone nervioso hablar con esas dos mujeres? ¿Qué edad tienes? ¿Quince? Ya ni siquiera eres virgen como...
—De-déjame en paz—gritó acalorado por la vergüenza; tratando de minimizar el asunto, intentó recordar las palabras que Kusanagi-san le había enseñado el día anterior, sin éxito alguno. Y, para su desgracia, en ese momento debería confiar en el burlón de Saruhiko, quien no había variado en nada su expresión—.¿Cómo se decía en inglés que tenemos reservada una habitación acá? Kusanagi-san me la dijo ayer, pero...
—Déjamelo a mí—respondió con una sonrisa confiada, dando unos pasos hacia la recepción.
Yata, sin pensarlo dos veces, sujetó su brazo, recibiendo una mirada confundida por esa acción.
—Si me dices como es, yo puedo...
Pero no pudo seguir hablando. No después de que Saruhiko le diera unas suaves palmaditas en su cabeza delante del resto de la gente. Logrando su objetivo de avergonzar al castaño, el menor se dirigió hacia su destino principal. Yata no logró levantar la vista debido a aquella acción tan inapropiada de Saruhiko, hasta que lo escuchó hablar.
Y supo que su calvario no había sino comenzado.
—Disculpen— llamó la atención de las recepcionistas con un idioma demasiado desconocido para Yata—.Con mi amigo acá presente tenemos una reserva en este hotel, a nombre de Munakata Reisi.
—Vienen por la competencia de Skateboard ¿No es así?
Entre lo que Fushimi hablaba con las chicas, se sintió sonrojar como un alborotado adolescente hormonal, sin despegar su mirada del pelinegro. Escuchar a Saruhiko hablando en otro idioma ciertamente le provocaba un calor agradable en su entrepierna. No podía describirlo exactamente, pero las placenteras corrientes eléctricas que recorrían su cuerpo no eran del todo malo; su voz suave y su mirada algo titubeante mientras hablaba con maestría... Era una lástima no poder disfrutar de ello con calma, porque no había cosa más desagradable que tener una erección delante de tanta gente.
Misaki, abochornado consigo mismo, se ajustó su enorme bolso deportivo, para tapar aquella vergüenza que le estaba haciendo padecer Fushimi sin pretenderlo.
Admiraba ese gran intelecto de Saruhiko. Y se sentía súper orgulloso de ser su pareja, de ser esa única persona que Saruhiko decidió elegir para compartir lo bueno y lo malo. No. No podría querer más a ese sujeto aunque lo intentara. Pero no agradecía estar tan caliente en esos momentos.
¡Céntrate, Yata, maldición!
—Por favor disfruten su estadía y cualquier cosa que necesiten sólo deben pulsar el botón rojo del teléfono que está a su disposición en el dormitorio—mencionó la otra morena mujer, de forma lenta, con una sonrisa bastante divertida.
—Muchas gracias—dijo Saruhiko, en tono monótono. Luego se volteó hacia él y lo observó con desconcierto. Yata hasta prefería que fuese así, no quería que su pareja se percatara de cuánto lo afectaban cosas tan simples como oírlo hablando en otro idioma. Tenía que estar mal de la cabeza, eso explicaría tales reacciones. Además Fushimi podría usar eso en su contra en los momentos más inoportunos—.Anda, Misaki, no te quedes como idiota ahí y camina.
Siguió con la mirada al ojiazul y, tras hacerle una breve reverencia a las dos muchachas, que sonrieron para hacerle un gesto de despedida con las manos, procedió a encaminarse tras el menor a medio trote.
Escuchando el eco de sus pisadas en aquellos blancos caminos hacia el ascensor, recordó la competencia de ese mismo año en donde Eric lo acompañó a América.
Fueron momentos difíciles los que pasó en ese torneo y que mantuvo para sí mismo. Los nervios, sentirse solo en un lugar desconocido, no entender el idioma, la desmotivación, entre muchas cosas más que no podía recordar en estos momentos. No era muy diferente a lo que estaba viviendo ahora, salvo que con Saruhiko no sólo sentía que lograría llegar con el primer lugar a casa, sino que también sentía que no era un lugar hostil ni desconocido y que la barrera del idioma no era impedimento para lograr lo que anhelaba.
Además la compañía era, sin lugar a dudas, muchísimo mejor.
Salió de sus pensamientos al oír el timbre que anunciaba la llegada del ascensor. Y ambos se subieron en perfecta sincronía, con un extraño silencio rodeándolos.
—¿Uhm... Saruhiko?—llamó con algo de nervios, rascándose su mejilla mientras observaba al menor por el reflejo del espejo de los ascensores—. Eso...eso fue genial ¿Sabes?
—¿Qué cosa?—preguntó a la defensiva, evadiendo su mirada.
—¡Eso que hiciste allí! — explicó con incredulidad, acercándose al más alto con fin de tocarlo, más recordó que en los ascensores existían cámaras de seguridad, así que le brindó unas leves palmaditas en la espalda, recibiendo una mirada de desconcierto por parte de su pareja—.¿Cuándo aprendiste a hablar brasileño? O como quiera que se diga esa cosa.
—Se dice portugués —corrigió con una tenue sonrisa, pero Yata podía asegurar, con completa convicción, que el azabache se sentía bastante satisfecho con su reacción sorprendida—.Sólo memoricé frases sencillas, no es la gran cosa.
Frases sencillas, había dicho.
Yata no conocía a nadie que, leyendo unos cuantos minutos un libro en otro idioma, pudiese mantener una conversación normal con gente que llevaba toda su vida hablándolo. Al propio Misaki le tomó tres horas memorizar la pequeña frase para pedir la reserva del hotel, para que se le olvidara al otro día. Se encogió de hombros, resignado con esa falta de conocimiento de su parte y la facilidad que Fushimi tenía para aprender cualquier cosa en sólo unos segundos.
—Se supone que hay una pequeña fiesta de bienvenida para los participantes en el estadio, mañana en la tarde— añadió de pronto, recordando aquel pequeño detalle que se le olvidó mencionar durante todo el mes.
Saruhiko, contemplándolo con cansancio, suspiró con exageración.
—Tsk que molesto ¿Es necesario asistir? Hace demasiado calor en este país, además la gente es demasiado ruidosa y...
Misaki rió de buena gana, interrumpiendo la perorata del menor.
—Tú realmente no eres tú si no te quejas por algo durante el día —comentó con humor, acercándose a la puerta del ascensor que se abrió segundos después —.¿Cuántas van ya? ¿Cinco?
—Exagerado.
Los pisos del hotel no eran muy distintos a la recepción. Todo de un blanco invierno con baldosas de imitación madera, puertas negras cuyos números estaban marcados con colores plateados. No era del todo desagradable el lugar, era bastante lujoso - a regañadientes tenía que agradecer al Rey Azul por haber reservado una de las habitaciones más caras del hotel como un pequeño incentivo 'Para que Yata-kun entregue lo mejor de sí mismo en esa ardua competencia'.
Saruhiko, quien cargaba con la llave de la habitación que le entregaron hace unos minutos, con actitud calma y aburrida procedió a abrir lentamente la puerta.
Y ambos compartieron una mirada alarmada.
—¿¡Qué mierda!? ¿¡Por qué hay una sola cama!?—gritó Yata, histérico, mirando a su alrededor.
Era una habitación matrimonial. Una jodida habitación matrimonial adornada de forma bastante sugerente. Sólo faltaba la cama en forma de corazón...
No que le molestara el hecho de que existiera una cama. Yata sabía, muy en el fondo, que ambos compartirían sólo una, o moverían la otra para tener más espacio y dormir juntos en caso de que hubiese dos.
Pero esto era completamente distinto.
Fushimi, tomando su PDA con notoria molestia, leyó algo en el que lo hizo resoplar, ingresando en la habitación dejándolo atrás. Podría haberse reído de la forma tan brusca en la cual el ojiazul arrojó su equipaje al suelo, pero estaba sin palabras ante aquella situación tan problemática en la que estaban envueltos.
—El Capitán ciertamente es un hombre bastante vengativo...—murmuró para sí mismo, con rencor, para luego girarse y observarlo con un notorio y llamativo sonrojo en sus mejillas—.No te quedes ahí, idiota. No hay nada más que podamos hacer...
Se sintió acalorado por un momento, más por vergüenza que por otra cosa. Pensar que el jefe de su pareja sabía que estarían en una habitación llena de pétalos de rosa roja y con servicio a la habitación especial, le provocaba cierta repugnancia. Ese sujeto era como un padre para Saruhiko, después de todo. Vendría a ser algo así como su suegro ¿No? Y uno no quería que sus suegros o padres se enteraran de ciertos detalles íntimos...
Ingresó intentando ignorar todo a su alrededor y concentrarse en la segura mesa de noche pero aquello fue demasiado, habían condones sobre ella.
—¿E-esas dos de ahí no te dijeron nada?— preguntó nervioso, evitando mirar a Saruhiko, quien se encontraba acostado en sofá de cuero negro para tres personas, con sus pies sobre el apoyabrazos.
—En lo absoluto, debe ser hasta normal... Quizás—mencionó lo último con inseguridad. Apretó el puente de su nariz con cansancio—.Oye, Misaki...
Yata hizo un ruidito para darle a entender que estaba oyéndolo aunque su atención estuviera en la cama, y en quitar los pétalos que estaban desperdigados en ella. Tras recibir sólo silencio como respuesta posó su mirada en Fushimi, quien seguía en la misma posición que antes.
—¿Qué pasa? ¿Te sientes mal?—preguntó acercándose al ojiazul de forma apresurada, hincándose en el suelo para tocar la frente del azabache.
Estaba preocupado. Saruhiko hace unos momentos estaba bien, alegando de todo lo que le molestaba, como siempre. No haber recibido ninguna queja respecto a la habitación en estos momentos era preocupante.
—Un poco, odio los viajes en avión...y este lugar...—murmuró de manera ininteligible, provocando que Misaki dejara salir un suspiro aliviado—.¿Qué clase de estupidez es esto de la habitación especial? Ese sujeto es un problemático, presentaré mi renuncia cuando regresemos a Japón...
Misaki rió suavemente, de buena gana ante la perorata del menor, y acarició sus cabellos.
—Claro, como digas—le respondió—.Duerme un rato, yo ordenaré algunas de nuestras cosas.
Fushimi murmuró algo que sonó a un 'de acuerdo' y Yata se incorporó con cierta dificultad.
Se acercó al gran ventanal que se encontraba al lado izquierdo de la cama y se maravilló con el paisaje. Colores de las luces de la ciudad acompañaban la hermosa y cristalina agua que conformaba la playa. Deseaba poder disfrutar de Brasil junto a Saruhiko tanto como pudieran.
Cerrando las cortinas de color chocolate, para evitar que cualquier cosa molestara a su susceptible y durmiente pareja, se dirigió a la maleta con una sonrisa, para comenzar lentamente a desempacar sus pocas pertenencias.
Había despertado sobresaltado esa mañana, con un mal presentimiento y con todo su cuerpo empapado en sudor, pero lo atribuía al desagradable calor veraniego de Brasil que a otra cosa.
De haber sabido que aquella fiesta iba a salir tan mal, lo habría pensado dos veces.
Podía sentirse la tensión entre ellos mientras caminaban a la edificación en donde se hospedaban, en las bulliciosas y coloridas calles nocturnas de la ciudad; aquello siguió incluso después de subirse al ascensor con un silencio más que asfixiante, pero Fushimi no quería ceder primero, no esta vez.
Fue en cuanto cerraron la puerta, con él dándole la espalda a Misaki, que la atmósfera entre ellos cambió. No era tan terrible, se habían ido a dormir peleados por cosas más estúpidas que un tonto malentendido, pensó Fushimi con cierto rencor.
Habían partido a la dichosa fiesta de bienvenida para los participantes del evento, después del almuerzo. Misaki se había maravillado como un niño pequeño con los paisajes de la ciudad, incluso pudo ver en su resplandeciente mirada los deseos de olvidarse de la competencia e ir a la playa a surfear.
Misaki intentó convencerlo de ir a mojarse los pies un rato. No tuvo éxito.
La fiesta era mandatoria de cierto modo, y si bien Fushimi había aceptado acompañarlo a ese maldito lugar a regañadientes, la playa estaba fuera de discusión. Era mucha gente, demasiado el calor y no tenían los elementos básicos para sentarse en la asquerosa arena. Además, no estaba para soportar la tentación de ver a Misaki con sólo un bañador.
Y así entre ruegos y alegatos de Misaki, llegaron a su destino. El estadio en el que se realizaría la competencia estaba adornado con diversas mesas, las cuales estaban llenas de bocadillos y refrescos. Se podían ver a su alrededor todas las rampas y demás obstáculos. Saruhiko pensó para sí mismo que tampoco es que se hubiesen esmerado tanto en adornar para esa fiesta y hacerla algo más elegante. Pero que pensándolo de cierto modo frío, era hasta entendible. Estaban hablando de una competencia de skateboard, de gente que no era tan fijada en los detalles nimios como que el lugar se viera bonito.
Misaki observaba a su alrededor maravillado y sorprendido. Saruhiko sólo hizo nota mental de los reporteros, para mantener cierta distancia del castaño durante toda la tarde.
Funcionó hasta la mitad de la fiesta, pero no de la forma en que Fushimi esperaba.
Misaki, su Misaki, aquel muchacho que no podía hablar con una mujer sin ponerse nervioso, fue saludado con confianza por una chica rubia con llamativas curvas, después de haber hablado con los reporteros. Lo peor del asunto no fue la tranquilidad con la que Misaki le respondió a esa mujer - quien era una competidora de la categoría femenina y que hablaba un japonés más que aceptable- sino la forma tan confianzuda de la chica para tocar su hombro a medida que hablaban.
No, fue que Misaki realmente actuaba como si la conociera de toda la vida...
Debió contar mentalmente hasta mil. Acercarse hasta los canapés e ignorar a su pareja, quien se veía muy cómodo, sonriéndole a ella de entre toda la gente.
Estúpido Misaki...
Había logrado evadir a los reporteros, hasta que bajó la guardia intentando mantener la calma. La mujer que se le acercó en ese momento, de cabellos rojo fuego y con sus brazos tatuados de diversos colores, le preguntaba sobre su participación en el torneo con cierto tono de voz empalagoso y coqueto.
Lo bueno es que todos los reporteros hablaban inglés.
No podía ignorarla. Tratando de imaginarse a la teniente en ella, le respondió lo más cortés posible que sólo era un acompañante de uno de los asistentes. No sabía cuánto tiempo estuvo hablando con la reportera, pero fue el suficiente para que Misaki volviera a su lado y le dijera, con notoria molestia, que quería volver a la habitación del hotel.
Y fue así como llegaron a aquel lugar en el más absoluto de los silencios.
Ni bien dio un par de pasos hacia la habitación, con clara intención de ignorar al otro hasta el día siguiente, fue estampado contra la puerta y el castaño, además, decidió robarle el aliento con uno de los besos más apasionados que haya recibido alguna vez. En algún momento, mientras era dirigido hacia la cama con un poco de rudeza, Misaki se deshizo de la ropa de ambos con desesperación; así que la fricción entre sus desnudos cuerpos era demasiado placentera para mantener la compostura y exigir una explicación por aquel comportamiento tan agresivo.
No era necesario, ahora podía entenderlo. Incluso se le había esfumado todo el enojo cuando comprendió la situación. No era tan difícil al estar aprisionado por tu ardiente y desnudo novio sobre el colchón, con sus manos sujetando las tuyas sobre el respaldo y que, además, estaba contemplándote con sus enormes y brillantes ojos castaños llenos de lujuria.
No que le molestara.
Al contrario, estaba maravillado; le provocaba una satisfacción indescriptible saber cuánto Misaki lo quería y deseaba en ese momento, a tal punto de ponerse celoso ante una charla intrascendente con esa chica que jamás podría llamarle la atención.
Pero Fushimi soportaba.
Era el sueño del ojiavellana. Ese era el único motivo por el que soportaba esa atención que éste recibía por parte de un montón de chicas fanáticas del skateboard; y no podía alejar a esa muchacha que se le acercó en la fiesta, después de todo era una conocida reportera del mundo deportivo y tuvo que ser amable con ella a pesar que lo único que deseaba en esos momentos era tomar a Misaki delante de todo el mundo y besarlo, para dejar en claro que era suyo.
Rió satisfecho, con un poco de burla incluso, provocando que el enojo de su castaño novio aumentara. Esos celos se sentían demasiado bien, porque era una forma de asegurarse de que Misaki seguía pensando en él y no en esa chica rubia y bonita por la que lo había dejado de lado en aquella pequeña celebración, con la que hablaba de forma extrañamente normal y que había conocido cuando, al parecer, estaban separados.
Estaba celoso, sí, pero Misaki no tenía por qué enterarse de algo tan nimio. En estos momentos tenía asuntos más importantes que atender y una llama de celos que avivar.
—De todas las cosas que pasaron por mi cabeza, que te pusieras celoso de esa mujer... —susurró provocativo.
—Ni mierda que estoy celoso...
Ah, Misaki estaba aún más molesto.
Adoraba el fuego de sus ojos y el cómo imprimía más fuerza en su agarre, con su respiración tan agitada, evitando cualquier punto de escape y logrando que sus cuerpos se rozaran de manera exquisita. No negaba que aquella parte suave que se dejaba hacer entre sus brazos cuando hacían el amor era adorable; pero el lado salvaje de Yata era simplemente demasiado tentador y excitante como para desperdiciarlo ahora.
Necesitaba más de aquella deseosa y hambrienta mirada. Más de la pasión explosiva de Misaki. Mucho más.
—¿Quieres demostrar algo, eh, Misaki? — preguntó con mofa, alargando el nombre del castaño como solía hacer antes de su reconciliación.
No que aquello resultara del todo bien cuando estaba en obvia desventaja frente al castaño, quien ni tardo ni perezoso asaltó nuevamente sus labios con ferocidad.
—Tu eres mío—murmuró en su oído, tras romper el beso, haciendo caso nulo a su insinuación.
Y Fushimi, en su fuero interno, sonreía complacido cuando sentía la enorme y excitada erección del mayor rozándose en su cuerpo.
—Posesivo ¿Uh?—murmuró tembloroso, más por sentir la provocadora lengua del mayor saboreándolo con lentitud. No pudo reprimir el gemido de placer que escapó de sus labios cuando el mayor dejó de lado la dulzura y enterró sus dientes en su delicada piel. Toda compostura había desaparecido en ese momento, y sólo podía sonreír extasiado por aquellas sensaciones—. Misaki también es mío...
Satisfacción.
Eso sentía al pensar en aquella marca que se formaría en su pálida piel y que sería imposible de esconder ante los ojos de los demás.
No temía perder a Misaki por otra persona, los sentimientos que compartían eran fuertes y la confianza depositada en el otro jamás vacilaba. Pero si estaba esa sensación desagradable de que si la relación que sostenían no fuera tan complicada, sería fácil tomarse de las manos delante de los demás.
Demostrarse lo mucho que se querían después de ese tipo de situaciones era algo normal. Que Misaki se comportara de forma posesiva y dejara marcas de propiedad, y que el propio Saruhiko rogara para que no se detuviera, no lo era. Usualmente era al revés.
Pero estar así no era desagradable.
Es más, el calor en la habitación no hacía más que aumentar cuanto más consciente era de cómo sus endurecidas hombrías se rozaban de forma delicada y sutil. Como si fuese un simple accidente.
Misaki, percatándose del estado en el que había sometido a su novio, comenzó a descender lentamente por su cuerpo, soltando sus aprisionadas manos, para repartir besos dulces y suaves en su torso, logrando erizar su piel a medida que succionaba y mordisqueaba sus sensibles botones de carne. Saruhiko decidió dejarse mimar por aquellas manos que recorrían su cintura con sensualidad, y arqueó su espalda cuando, con afecto y seguridad, Misaki tomó su caliente y necesitada hombría entre sus pequeñas manos, a la vez que sentía una nueva mordida en su delicado pezón.
A medida que suspiraba extasiado, los besos y caricias de Yata aumentaban en intensidad y descendían con tranquilidad, marcando su piel sin misericordia. Eran demasiadas sensaciones; su cuerpo ardía gracias a la fogosa pasión de Misaki, logrando que incrustara sus uñas en los morenos hombros para evitar esos molestos ruidos que nacían desde lo más profundo de su ser. Cuando sintió el aliento de Yata en aquella parte tan sensible, su parte racional dejó de decirle que hacer ese tipo de cosas en medio de una competencia era mala idea.
—¿Puedes darte cuenta de lo importante que eres para mí? — murmuró Yata, con voz enronquecida por la pasión, mientras lentamente acariciaba con mimo su pierna derecha, para luego levantarla y trazar un camino ascendente de besos en su muslo. Fushimi estaba gimiendo de forma incontrolable, y Misaki, con una sonrisa depredadora añadió—. Estás muy sensible, Saruhiko ¿Ansioso?
—Ca-calla...
Todo pensamiento coherente desapareció, impidiéndole continuar hablando.
Su miembro estaba siendo acariciado por la traviesa y afanosa lengua del mayor. Se dejó hacer inmediatamente ante aquel delicioso calor y abrió más sus piernas, dejando de lado la vergüenza, con tal que su adorado castaño siguiera brindándole el más exquisito de los placeres.
Misaki estaba jugando con él, lo sabía por la forma tortuosa en que lamía sus testículos, de esa forma en que tanto le gustaba, saboreándolos de arriba a abajo, introduciéndolos en su boca y provocando obscenos sonidos húmedos en toda la habitación.
Empuñó sus manos con desesperación, arrugando las blancas sábanas de la cama. Comenzaba a sentir el delicioso cosquilleo recorriendo todo su cuerpo a medida que Yata aumentaba de intensidad. Estaba a punto de alcanzar el cielo, casi al borde de sentir un maravilloso orgasmo cuando, de la nada, las caricias cesaron.
Parpadeó una, dos veces, sin entender la situación del todo. Estaba frustrado y molesto, por ello se incorporó de la cama para regalarle la mirada más letal al castaño, quien le sonrió pagado de sí mismo sin soltar su hombría, aquella que apretaba con cierta fuerza, aquella que le impedía correrse en el rostro de Misaki.
—¿Qué demonios... estás haciendo?— reclamó entre jadeos, mientras sus codos sostenían todo el peso de su cuerpo.
—Nada—murmuró con satisfacción, para besar de forma insinuante la adolorida erección. Le daba breves lametazos y no desviaba sus castaños ojos de los azules, casi de forma retadora—.¿Está mejor así?
Se estaba burlando, y lo sabía; pero aun así se sentía mucho más placentero que antes.
No que fuera a aceptar ese hecho en voz alta.
Fue en medio de la neblina del más absoluto placer que, estirando su mano hacia la mesa que se encontraba a un lado de la cama, le entregó el lubricante al castaño sin decir ni media palabra, desviando su mirada con vergüenza cuando se dio cuenta de cómo los temblorosos dedos del mayor recibían la pequeña botella.
Lo habían intentado un par de veces de esa forma, sin resultados satisfactorios.
Saruhiko perdía los estribos por el dolor o Misaki perdía su erección antes de siquiera intentarlo o ambas a la vez; ni siquiera era porque no se sintieran excitados-era difícil mantener las manos fuera del cuerpo del otro casi todo el tiempo- pero por alguna estúpida razón les costaba mucho invertir posiciones.
Y no es como si no hablaran de aquellos asuntos, después de todo estaban dispuestos a probar todo tipo de cosas mientras el otro se sintiera cómodo y no sufriera.
Esta vez creía que finalmente lo conseguirían. Había algo distinto entre ellos hoy, si Misaki seguía comportándose de aquella forma tan pasional y lujuriosa era probable que lograran disfrutar de una muy buena noche, que además serviría para que Yata se relajara para la competencia.
*MiSaru*
—Uhm... De acuerdo— murmuró nervioso, abriendo el frasco y embadurnando sus dígitos con el pegajoso líquido—.Sólo... Dime si te duele o algo...
—Si... —contestó en un susurro, cerrando los ojos, pensando para sí mismo que esas palabras eran innecesarias; usualmente cuando el dolor era inaguantable solía arrojar al castaño fuera de la cama.
Volvió a sentir aquel delicioso calor devorando su hombría, a la vez que los dedos de Misaki acariciaban sus piernas con delicadeza con su mano seca. Sonrió avergonzado por la forma tan considerada en la que Misaki lo trataba en los momentos íntimos; sabía que estaba nervioso ante la idea de tomar el control.
Pero era lo mejor, difícilmente podrían hacerlo de la otra forma con la competencia a la otra vuelta de la esquina, Misaki necesitaba estar en plena forma y, siempre que hacía suyo al castaño, al otro día de alguna forma su cuerpo resentía el dolor.
Cuando uno de los dedos empapados rozó su entrada de forma lenta, dibujando pequeños círculos en ella de forma tentativa, estuvo a punto de gemir de gozo y ansiedad, pero lo retuvo al morderse los labios. Estaba tratando de centrarse en sus pensamientos, recordando las veces en que las posiciones eran a la inversa, más cuando Yata introdujo su dedo en su virgen entrada y aquel calor desapareció de su necesitado sexo, ya no pudo contenerse.
Estaba bien.
Todo está bien porque la mirada de Misaki estaba fija en él. Con deseo, posesión, preocupación, cariño... Todos aquellos sentimientos positivos los veía reflejados en aquellos pozos castaños. Y eran dirigidos únicamente a él.
Sólo a él y nadie más.
Misaki lo estaba acariciando en todos sus puntos sensibles, eran tales las sensaciones que le estaba haciendo experimentar en esos momentos que un hilillo de saliva corrió por la comisura de sus labios mientras sonreía embelesado. El sólo hecho de pensar que después tendría en su interior algo más grande que los dos dedos que hacían movimientos de tijera, pudo con la poca cordura que le quedaba.
Se cubrió el rostro cuando fue incapaz de contener sus obscenos jadeos que pedían por más placer y más contacto al sentir como era ensanchado por los tres dígitos de Yata después de largos segundos.
Llevaba demasiado tiempo preparándolo y estaba comenzando a desesperarse cuando Yata rozaba su próstata de forma juguetona para después ignorar ese punto sensible hasta que así lo quisiera.
Lo necesitaba ya, necesitaba que el mayor lo hiciera suyo.
—¿Qué... pasa, Misaki? —preguntó entre jadeos después de sentir como aquel placentero ardor en sus entrañas desaparecía, al igual que el calor del cuerpo de su pareja.
—¿Dónde están... Condones...? —preguntó con cierto titubeo, desordenando el mueble en el que anteriormente estaba el lubricante de forma desesperada—.¿Dónde los dejaste?
—Olvídalos... —replicó fastidiado, para luego sonrojarse y cubrirse el rostro con el antebrazo derecho después de la mirada de estupefacción que le brindó el del de menor estatura—.Dijimos que la primera vez de verdad no se iba a usar...
—O-Oh...lo...olvidé...—murmuró sonrojado, acomodándose entre sus piernas manteniendo cierta distancia. Fushimi observó a Misaki una vez que el bochorno desapareció de su rostro, y sintió un calor en su bajo vientre al contemplar el moreno y brillante cuerpo contrario, con sus trabajados músculos, su goteante y necesitada erección, su ojos avellanas brillantes y nublados en placer. Su Misaki, deseoso por él—.Vo-voy a... uhm...
Se sentó a regañadientes después de que Misaki se quedara estático en su posición. Yata estaba nervioso y aturdido, podía entenderlo de cierta forma porque se sentía igual; así que decidió acariciar de manera lenta la virilidad del castaño, robándole un pequeño beso a medida que esparcía el lubricante de forma insinuante en la gruesa erección. Lo observó con una sonrisa depredadora cuando se separaron por aire y escuchó sus quedos jadeos a medida que su mano subía y bajaba con mayor velocidad por toda la caliente y dura longitud.
Todo pasó en un instante.
Misaki, con extraña dulzura, volvió a recostarlo sobre la mullida superficie para luego acomodarse, de rodillas, entre sus piernas y rozar su caliente y empapado miembro en su preparada entrada. Fushimi apoyó ambas manos en los hombros del más bajo para atraerlo hacia sí mismo y volver a besarlo de forma lenta, mientras sus piernas se enredaban en la cadera del contrario y cerraba los ojos, esperando.
Y sintió esa primera deliciosa presión.
Respiró profundo mientras la lengua de Yata jugaba con la suya propia y su cuerpo se adaptaba a la lenta y dolorosa intrusión. Poco a poco Misaki fue llegando hasta lo más recóndito de su ser, mezclando de manera abrumadora el placer y el dolor, logrando hacerle temblar.
Se forzó a abrir los ojos, para no perderse la erótica expresión de su pareja, quien se apoyaba con esfuerzo con sus brazos sobre la cama. Se sentía completo y amado. Y sonrió presuntuoso, después de unos instantes de tranquilidad y silencio que Yata le concedía para poder acostumbrarse a tenerlo dentro.
—Eso es Misaki —susurró entre jadeos entrecortados, logrando que los hermosos ojos avellanas lo observaran con un cúmulo de sentimientos que no sabría describir de forma precisa en esos momentos. Fushimi acarició las morenas mejillas, para luego acercar sus rostros con suavidad y decirle sobre sus labios:—.Eso es, mírame sólo a mí...
Fue una lenta estocada, demasiado profunda quizás, que acarició los lugares más sensibles de su interior y lo hizo gimotear desesperado.
No quería perderse ninguna reacción de Yata. Quería grabar en su mente aquel momento de forma eterna.
—Saruhiko... —llamo Misaki, con voz ronca, besando y marcando su cuello con gula—.Tú también, mírame a mí... Sólo a mí.
Sonrió al oír esa petición de su pareja.
—Siempre... Misaki—susurró con un hilo de voz extasiado.
Se besaron apasionadamente, con sus lenguas danzando desesperadas, silenciando los jadeos y suspiros que estaban escapando de sus labios mientras Yata comenzaba a mover sus caderas en un lento y acompasado vaivén, rozando su punto sensible cada vez que aquella hombría se abría paso en su interior, provocando que la cama en la que se encontraban realizando aquel acto de amor golpeara la pared de forma escandalosa.
Pero no importaba, aquello se sentía mágico y especial. No había mejor sensación para él en este momento que saber que Misaki lo estaba reclamando como suyo.
Lentamente comenzaba a sentir una deliciosa corriente eléctrica recorriéndolo por completo, para luego centrarse en la punta de su miembro, que era acariciado de forma inocente por el plano vientre de Misaki. Se sentía en su límite, por más que intentaba soportar el placer que ahora lo envolvía, fue incapaz de resistir después de dos certeras embestidas más. Percatándose de cómo su vista se volvía borrosa rápidamente, alcanzó el más sublime orgasmo junto a Misaki, rompiendo el beso de forma inmediata para intentar recuperar el aliento de forma infructuosa, mientras Misaki se quedaba en su misma posición, tenso, después de una embestida más.
Tras un breve gemido del castaño, sonrió complacido al sentir la cálida esencia del mayor llenándolo. Con sus respiraciones agitadas se sonrieron con afecto unos momentos, antes que un leve reclamo escapara de sus labios cuando Yata retiró su flácido miembro con delicadeza, logrando que el tibio líquido recorriera sus piernas con lentitud.
Se quedaron en silencio unos minutos, hasta que Misaki se acomodó a su lado y le acarició los cabellos con cariño, contemplándolo con infinito afecto. Y Fushimi sólo pudo dejarse hacer. Estaba agotado, pero feliz.
Misaki lo hacía sumamente feliz.
—Mierda... Eso estuvo genial, maldición—declaró Yata, con una sonrisa completamente satisfecha y sus mejillas sonrojadas debido a la actividad anterior. Luego lo miró con seriedad, besando su frente—.No te lastimé ¿verdad?
—No—contestó adormecido, acercando su cuerpo al del moreno para respirar su masculina esencia—.Estuvo bien. Misaki se sentía demasiado bien...
*MiSaru*
Estuvieron unos cuantos minutos regularizando sus respiraciones, dándose breves y amorosos besos mientras tanto. Quería entregarse al mundo de los sueños siendo cobijado por los brazos del castaño. Olvidándose de todo, de que mañana tendrían que levantarse temprano para el entrenamiento, de que no se había quitado sus anteojos, de que Misaki no debería agotarse innecesariamente en estos días, de que supuestamente estaban enojados...
Pero nada de eso importaba.
Lo verdaderamente importante es que se sentían satisfechos y completos, y ahora podrían dormir con la menor de la distancia entre ellos. Pero vio frustrado su deseo cuando Misaki se incorporó rápidamente de la cama, ocasionando que gruñera disconforme ante la falta del pequeño cuerpo.
—Espera un momento antes de dormirte— pidió con una muda súplica.
—¿Misaki?—llamó con exagerado cansancio, siguiendo con la mirada el desnudo cuerpo de su pareja que se encontraba revolviendo uno de sus bolsos de equipaje.
Se sentó en la cama medio dormido, rascándose sus cabellos con confusión, después de unos minutos en que el castaño se estaba desesperando por no encontrar lo que buscaba. Estaba resignado a no poder conciliar el sueño hasta que Yata terminara de desordenar las maletas. Chasqueó la lengua indignado, pensar en tener que ordenar todas las estupideces que estaba dejando desperdigadas en el suelo lo estaban haciendo enfadar.
—¡Al fin! — gritó aliviado, para después correr a sentarse en la cama, mirándolo de forma insistente. Qué molesto...—.Demonios, de verdad pensé que se me había quedado en Japón, habría sido una verdadera mierda, con lo que me costó pensar en esto...
—¿Un presente? —murmuró con un poco de sorpresa ante la pequeña y rectangular caja de terciopelo azul que el castaño le acercaba con insistencia—.Ah, cierto, en dos días más estamos de... Aniversario.
Si, se sintió tonto al decir estas palabras. Pero era un acontecimiento feliz. Hace algunos cuantos meses atrás creía que jamás habría más aniversarios que celebrar con el castaño. No es como si el propio Saruhiko no tuviera preparado algo para Misaki, pero faltaban unos días y no veía la necesidad de adelantar el asunto.
Aunque Yata pensaba diferente, al parecer.
—Si yo...bueno, creo que después de todo lo que pasó es mejor entregártelo ahora...—titubeó Misaki con un sonrojo, cuando decidió poner entre sus manos el pequeño regalo—.Uhm...Saruhiko... estaba pensando que llevar anillos sería extraño ¿No? Digo, responder a las preguntas y esas cosas serían una mierda...
—Estás divagando —añadió desganado—Tengo sueño y si...
—Maldito mono bastardo—lo cortó con notoria molestia, cruzándose de brazos—.Lo diré... Pero no quiero que me molestes o alguna mierda así y... y quiero que me dejes terminar antes de abrirlo.
—Bien, te escucho—concedió con una sonrisa sarcástica—.¿Qué es eso tan...?
—Te amo—lo interrumpió, con seriedad.
Se quedaron en silencio, escuchando sólo el tic tac del reloj de pared de la habitación.
Su corazón comenzó a latir apresurado en cuanto pudo procesar aquellas dos palabras. Estaba conmocionado. Tragó con dificultad, mientras su mirada se perdía en aquella caja rectangular que sostenían sus, ahora, temblorosas manos.
—Misa...
Fue interrumpido por Yata, quien tapó su boca de forma apresurada. El ojiavellana estaba completamente ruborizado por decir esas dos palabras y evadía su mirada. No era el único, Fushimi sentía, incluso, como sus orejas ardían ante aquella confesión.
Misaki acababa de decirle que lo ama. Misaki lo ama a él, de entre todas las personas. Con todos su defectos y virtudes. Con aquel doloroso pasado que compartían juntos.
—Yo de verdad, lo que más ansiaba desde siempre fue hacerte feliz —confesó con dificultad, cerrando sus ojos, con sonrisa forzada debido a la vergüenza—.A-algunas cosas no resultaron antes, pe-pero estamos acá y eso... yo...
—Yo también... —murmuró en cuanto el silencio se hizo presente y las manos del castaño lo liberaron—.También, Misaki yo...
—Lo sé, por eso quería darte esto...—dijo, con una sonrisa orgullosa, instándole a abrir la alargada caja.
Acarició con suavidad los lados del presente con unos de sus dedos, sintiendo la textura del fino material. Y le dio un rápido vistazo al moreno quien, con sus expectantes y resplandecientes ojos avellanas, no perdía detalle alguno de sus movimientos. Estaba algo confundido por ese regalo porque no era algo que se esperaba en realidad, al menos no después de todo lo que habían pasado en los meses anteriores.
Si tenía que ser sincero, una parte de él pensaba que era su deber preocuparse de aquellos detalles, pero Misaki acababa de derrumbarle todos los planes que tenía preparado.
Aunque no es como si aquello le molestara. Sorprenderlo con detalles así era parte de la personalidad del castaño.
A medida que dos de sus dedos tomaban el borde de la parte superior de la caja, su corazón comenzaba a acelerarse. Se sentía como una de esas protagonistas de mangas que tanto leía Enomoto, expectante y ansioso al recibir un regalo de esa persona que tanto le gustaba. Tratando de ignorar esos estúpidos pensamientos, simplemente abrió la caja. Y observó a Misaki con cierto desencanto.
Eran dos joyas circulares iguales, con la diferencia del color de la gema en su centro que eran rojo y azul. El diseño de los bordes eran extraños, como especies de nudos que se entrelazaban entre sí de forma que no sabías donde comenzaban o terminaban. Parecía más un símbolo de un clan desconocido que algo con un mayor significado; quizás Misaki consideró que era un regalo genial, podía ver el entusiasmo y esfuerzo con el cual su novio buscó aquello, después de todo era de un material bastante caro y bonito.
—¿Collares?—murmuró confundido con el obsequio de aniversario.
Misaki dio un pequeño brinco en su lugar después de oírlo, como si se hubiese percatado que era un regalo bastante extraño.
—Quería algo que significara para siempre...no fue fácil encontrarlo — se sinceró con una sonrisa, rascándose la mejilla algo avergonzado—.Es una runa celta y... creí que se vería bien si tu cargas el rojo y yo el azul...A-algo así como aceptar a todos los otros que nos rodean... N-no es un anillo de matrimonio pero... ese símbolo significa que quiero estar contigo para siempre... y, bueno, eso.
¿Para siempre?
—Misaki—susurró con tranquilidad, intentando esconder la felicidad que brotaba desde su interior. Se vio reflejado en aquellos mares castaños y sonrió, provocando que Misaki se sonrojara de forma adorable. Era un detalle pequeño, quizás pocas personas reconocerían el significado que existiría detrás de aquellas joyas, pero era suficiente—.Eres un idiota ¿Lo sabías?
Si, aquello sería suficiente para ambos, en su nuevo y más honesto mundo.
Había sido un día lleno de muchas emociones, y por más que observaba el tranquilo rostro dormido de Misaki, no lograba conciliar el sueño de ninguna forma aun estando tan cansado. Movió la pequeña mano que se aferraba a su cintura y se levantó con cuidado de la cama, sonriendo levemente cuando escuchó el pequeño gruñido de inconformidad del castaño por haberse alejado.
—Ya vuelvo—susurró, besando suavemente los castaños cabellos de su pareja, quien sonrió entre sueños.
Con sólo su pantalón de pijama puesto se acercó a la enorme ventana y corrió las cortinas, para contemplar la salida del sol entre las tranquilas y lejanas olas del mar. Los rastros de pasión dejados por Yata en su cuerpo lentamente se oscurecían, pero no le importaba en ese momento. Sus ojos estaban fijos en su reflejo, más específicamente en el pequeño pero significativo objeto que Misaki le entregó horas atrás y que colgaba de forma radiante en su pecho.
El símbolo que representaba la unión eterna, donde nada ni nadie podría destruir jamás el lazo de profundo amor que se compartía. Más allá del tiempo, más allá de la distancia, más allá de los problemas y dificultades.
Se sintió sonrojar de forma molesta por un momento, y su reflejo así se lo demostraba. Misaki podía ser el idiota más grande del mundo, pero también era el hombre más honesto y leal que podía existir.
Tocó el pequeño collar con el símbolo celta de unión llamado nudo perenne, con una pequeña gema roja al centro, mientras sentía un ardor molesto tras sus ojos que le obligó a respirar de manera profunda. Misaki tenía uno igual, con su gema de un distintivo color azul.
Vivieron momentos maravillosos cuando eran unos torpes niños que querían conquistar el mundo y demostrar quienes eran realmente. En ese entonces conoció la inocencia del primer amor y también la amargura del desamor con esa misma persona. Aprendió a aceptarse y quererse a sí mismo. Y a perdonar sus propios errores y comprender que los demás también podían equivocarse sin intención de dañarlo.
No habría podido conseguir nada de eso si no fuera por todos quienes lo rodeaban en su día a día. Munakata, Awashima, sus subordinados y el trío de HOMRA con el que más compartió en el último tiempo. Pero principalmente, gracias a Misaki.
Su Misaki.
Jamás se arrepentiría de sus decisiones. Eran ellas las que le permitieron llegar a este punto en su vida. Si nuevamente tuviera que aguantar todo el infierno de su infancia o de los pasados meses con el fin de estar en este mismo sitio junto a Misaki, lo haría sin dudar.
Porque Misaki es y será siempre su primer amigo, su primer amor, la primera persona que tocó de forma íntima y que dejó que lo tocara de igual forma; todas las primeras veces más bonitas e importantes en su vida las vivió junto a él.
Y no cambiaría nada de eso.
Un lazo eterno.
Tal como dijo Misaki, eso es lo que serían de ahora en adelante.
NdA: muchas gracias por leer :D la próxima semana estaría subiendo el epílogo; si se preguntan por mi desaparición fue un problema de salud horrible que sólo ahora se mejoró.
