Capítulo 2.

Los días iban pasando y poco a poco los jóvenes comenzaban a acostumbrase al ritmo del curso. Los más problemáticos eran los de primero, pero incluso estos ya se habían adaptado a la dinámica del Instituto, de los clubes y demás. Más o menos los equipos deportivos habían finalizado sus pruebas de admisión, por lo que en el ambiente era mucho más relajado en todos los Institutos, y Shutoku no era una excepción.

– Entonces, ¿estás en el equipo? Sí, ¿verdad? – preguntaba Mei impaciente a Midorima que salía del gimnasio donde había estado hablando con el entrenador.

– Sí – contestó secamente el peliverde. En realidad estaba un poco molesto porque su amiga lo dudase, pero ella no parecía (o no quería) darse cuenta, ya que se lanzó a abrazarle.

– ¡Eso es genial Shin! ¡Sabía que lo conseguirías!

– Pues diciéndolo así no lo parece – comentó él apartándose.

Ambos caminaron en dirección a las aulas, las primeras clases estaban a punto de comenzar. El peliverde miró de reojo a la chica, se estaba comportando de una manera un tanto extraña: no había pronunciado palabra por el camino. Desde que habían empezado las clases estaba como ausente, cada vez que intentaba quedar un día con ella le contestaba con alguna excusa. Aunque no le gustase admitirlo, estaba empezando a preocuparse.

– Mei, espera – la llamó cuando esta iba a irse a su clase – Toma.

La peliazul intentó girarse, pero Midorima la sujetó por los hombros y colgó algo en su cuello. La chica se sorprendió, era un colgante de plata con la figura de un búho. La chica sonrió, detalles como ese no eran usuales en el chico, por eso cuando los hacía eran mucho más especiales.

– Es precioso, muchas gracias, Shin – la peliazul se acercó a la mejilla del chico y posó sus labios allí, haciendo que el peliverde se sonrojase un poco, aunque intentó ocultarlo rápidamente.

– Solo era... – intentó explicar para quitarle importancia.

– ¿El objeto de la suerte de hoy? – le interrumpió ella, sonriendo – Ya lo sabía. Nos vemos en el descanso, Shin.

[...]

La chica miraba ensimismada el colgante mientras esperaba a que llegase el profesor. Aún le quedaba una hora por delante de clase y el entrenamiento del club de baloncesto, en el que esperaba que por fin se pusiesen a trabajar en serio. Con todo el rollo de las admisiones habían dejado de lado el entrenamiento en sí mismo, parecían unas vacaciones. Pero bueno, ahora que por fin el equipo estaba formado, empezaba el trabajo duro.

– Tú eres la chica del equipo de baloncesto, ¿verdad? – un chico de pelo negro se había acercado a ella, sonriente. La peliazul le reconoció como uno de los de primero que se habían presentado a las pruebas de admisión, ¿habría entrado en el equipo?

– Sí, lo soy. ¿Por qué? – respondió con total seriedad. Esperaba que no fuese a gritarle porque no hubiese conseguido pasar las pruebas.

– ¡Entonces eres la hija de Abukara! ¡Soy un gran fan suyo desde pequeño! – comenzó a explicar emocionado el chico, asustándola, aunque ella seguía sin cambiar su expresión. De pronto el pelinegro pareció recordar algo – ¡Ahh, sí! Soy Takao Kazunari, miembro del equipo de baloncesto.

– Ahhm... Encantada – no le importaba lo mas mínimo, y así lo demostraba.

– ¿Este sitio está libre? – antes de que la peliazul pudiese responder Takao ya estaba sentado - ¡Genial! ¡Voy a sentarme al lado de la hija de Abukara durante todo el curso!

¿Du-durante todo el curso? ¿Iba a tener que aguantarle durante todo el curso? Eso no podía estar pasándole a ella... Y ahora que se fijaba, ese chico había estado siempre en su clase, compartían la mayor parte de las asignaturas. Maldición. La peliazul intentó calmarse y ser positiva, tal vez fuese un tipo responsable, que siempre hacía los deberes e incluso era curioso a la hora de tomar apuntes...

Pues no. No lo era, sus apuntes eran incluso más desastrosos que los de la propia peliazul, y eso que ella pensaba que era imposible. Además no se había callado en toda la hora. Pesado. La peliazul se alegró de poder salir de clase, ¿cómo iba a aguantar un curso entero cuando en una sola hora le había dado dolor de cabeza? Pero lo peor no acababa ahí, el sufrimiento continuaba. Takao se había empeñado en seguirla hasta el gimnasio, al parecer sí que había conseguido entrar al equipo. Encima no encontraba a Midorima, a pesar de que había quedado en esperarla. ¿Se habría ido sin ella?

– Llegas tarde, dos vueltas a la cancha – informó el entrenador dirigiéndose a Takao nada más verlos llegar.

– ¡Ella también llega tarde! – protestó el pelinegro.

– Hmm... – el entrenador la miró de arriba abajo, sopesando algo – Tú también, dos vueltas. ¡VAMOS!

– Te odio – murmuró la chica comenzando a correr y dejándole atrás.

[...]

¿Cuánto más pensaba tardar? Ya había anochecido y aún tenía que ir hasta casa. Además, a saber por qué demonios había querido acompañarla. Mei suspiró, ese día Midorima estaba comportándose de una manera muy extraña, bueno, más de lo que era habitual en él. Podía ser su mejor amiga, pero incluso ella misma admitía que su querido peliverde podía ser perfectamente considerado un "bicho raro", lo que la diferencia del resto del mundo era que ella adoraba esa parte de su carácter. Finalmente el equipo al completo salió de los vestuarios, Midorima iba el último, como no.

Pensé que ya te habías olvidado de que te estaba esperando – comentó la chica cuando se habían alejado un poco del Instituto. Si había algo que ella odiase eran los cotilleos y, por desgracia, cada vez que pasaba algo de tiempo con el peliverde daba pie a ellos, por lo que intentaba no comportarse demasiado en modo "mejor amiga" en el edificio. Esa mañana le había dado un beso en la mejilla, era cierto, pero solo lo había hecho porque no había nadie a su alrededor.

– No tardé tanto – comentó él, distraído.

La chica le miraba por el rabillo del ojo mientras caminaban. Mei vivía en dirección contraria a Midorima, por lo que no acababa de entender por qué le había pedido que le esperase, que la iba a acompañar a casa. Estaba claro que le rondaba algo por la cabeza, pero la cuestión era: ¿el qué? La chica repasaba mentalmente lo que habían hablado, intentando encontrar alguna pista o indicio, pero nada. En fin, no le quedaba más remedio que preguntar.

– ¿Por qué quieres acompañarme hoy a casa?

– Tienes que dejarme copiar unos apuntes de biología, si no te importa – respondió él, sin mirarla

¿En qué mundo era Midorima quien le pedía los apuntes a ella y no al revés? Era Mei quien se perdía copiando los apuntes, los emborronaba y no entendía ni lo que escribía, por lo que luego tenía que pedírselos a algún compañero y después pedirle a Midorima que se lo explicase. Era una excusa, estaba claro.

– Vale, ahora en serio – la peliazul se paró en medio del camino que subía a su casa, molesta - ¿Por qué? – la chica le miró directamente a los ojos, esperando. Él se quedó pensativo un minuto, pensando la mejor manera de afrontar la situación.

– ¿Por qué me has estado evitando esta semana?

– Así que te diste cuenta... – la chica suspiró. Tampoco es que esperase que él no lo fuese a notar del todo, pero tenía la esperanza de que no dijese nada – De la que estaba entrando en clase la semana pasada oí a unas chicas hablar de mí, y de ti. Decían que, bueno, dado que pasamos mucho tiempo juntos... que estábamos saliendo.

– ¿Y? ¿Importa mucho eso? – preguntó Midorima con su característica seriedad, sorprendiendo a la chica.

– ¿No te importa que te digan que estás conmigo? – replicó ella, sorprendida – En fin, da igual, a mí me importa. No me gusta que estén todo el día unas estúpidas arpías cotilleando sobre mí, y menos cuando las cosas que dicen son todo mentiras.

– ¿Y si son todo mentiras por qué te molesta? – la seriedad del peliverde mientras movía las gafas con su habitual tic, era digna de mención - Deja de preocuparte por lo que piensen los demás, no merece la pena – él espero unos momentos, pero ella no contestaba, estaba mirando el suelo – Siempre han hablado de ti. Lo quieras o no llamas la atención Mei. Eres la hija de un jugador de baloncesto famoso, eres la ayudante de uno de los mejores equipos de baloncesto de la zona...

– ¿Ves? – le interrumpió ella con tono triste y enfurruñada – Llamo la atención, pero no por lo que yo hago. Siempre hay alguien que hace que yo llame la atención.

– ¿Te has mirado al espejo? Eres preciosa Mei, deberías fijarte más en como actúa la gente a tu alrededor, que parece que solo te fijas en lo malo. Los chicos se giran cuando pasas, y no tiene nada que ver con tu padre o con el baloncesto...

La peliazul le miró directamente a los ojos, pero él apartó rápidamente la mirada. Midorima había conseguido animarla con sus palabras, al menos hasta que se dio cuenta de algo. Estaba empezando a ilusionarse. Y no quería ilusionarse, no tenía ninguna posibilidad con él, no debía pensar que tenía posibilidades porque después se llevaría el mayor golpe de su vida, sufriría y se deprimiría. Y encima no tendría a Midorima para aguantarla. La chica intentó apartas esos pensamientos de su mente y simplemente se acercó al peliverde para abrazarlo.

– Eres un idiota encantador, ¿lo sabías? – dijo ella sin apartarse. El chico apoyó una mano en la espalda de ella, aunque se veía que estaba incómodo con esa situación. Ella se apartó un poco, pero mantuvo sus manos sobre los hombros de él – Shin...

La mirada de Mei era extraña, parecía estar perdida en sus pensamientos. El peliverde la miraba intentando descubrir que estaba pasando por su mente, pero ese tipo de cosas no se le daban demasiado bien. La chica acabó bajando la mirada y suspiró, Midorima pensó en preguntarle pero llegó a la conclusión de que era mejor no decirle nada.

– Anda, vamos o no me dará tiempo a copiar los apuntes – dijo el chico levantándose e invitándola a hacer lo mismo.

– Entonces, ¿no era una excusa? – preguntó ella sorprendida.

[...]

– ¿Aún no has acabado? – preguntó una señora mayor, Hanae, entrando en la habitación de la joven peliazul que se encontraba en el escritorio mirando ensimismada unos papeles – Ya es tarde y mañana tienes clase...

– En quince minutos habré terminado... Hanae-sama – llamó a la mujer antes de que saliera – ¿Papá aún no ha vuelto?

– Llamó por teléfono y dijo que no llegaría hasta mañana por la tarde, te envía muchos besos.

Mei suspiró mientras el ama de llaves salía de la habitación. Odiaba cuando su padre hacía eso, pero bueno, era mejor no pensarlo. Se centró en el dibujo que estaba realizando: un edificio de ladrillo con muchos árboles, al fondo se veían unas canchas de baloncesto. Era la razón de que Mei fuese la ayudante del entrenador de Shutoku, su sueño: quería crear una escuela dedicada únicamente a la formación de futuros jugadores de baloncesto, tanto masculinos como femeninos.

La chica estuvo quince minutos más con el dibujo, como prometió a Hanae. Pasado ese tiempo se levantó para irse a la cama, o al menos lo intentó, puesto que al apoyar el peso en el pie derecho tuvo que volver a sentarse, por culpa del dolor punzante que sentía en el tobillo. Se quitó la zapatilla y el calcetín: no estaba hinchado, seguramente al estar jugando con Midorima se había sobrecargado y después de estar un rato sentada el dolor había aparecido.

– Maldición... – murmuró, mientras buscaba en el cajón del escritorio una tobillera.

(Continuará...)