Capítulo 4.
Mei se colocó bien la chaqueta roja mientras salía de casa. Hacía escasamente diez minutos que había hablado con Midorima, quien le había dicho que el entrenador había decidido realizar un entrenamiento esa misma mañana. La peliazul estaba indignada, ¿por qué no había sido el mismo entrenador el que la había avisado? Por culpa de eso no le había dado tiempo ni a desayunar, y sus tripas estaban rugiendo. Tendría que arriesgarse a llegar un poco tarde al entrenamiento por parar a comprar algo que desayunar, porque sino ya se veía desmayada en el suelo del gimnasio.
Paró en una pastelería a comprar un croissant recién hecho pero, al salir de allí, un escalofrío recorrió todo su cuerpo, incluso se le quitó el hambre. Guardó el croissant en la mochila que llevaba y retomó su camino, pero la sensación no se le quitaba. Tenía miedo, y lo que más le asustaba era no saber de qué. La situación la estaba poniendo nerviosa, comenzaba a temblar. Buscó el móvil en el bolsillo del abrigo, necesitaba tranquilizarse, lo que estaba pasando era muy extraño. Al hacerlo se le cayó un paquete de pañuelos que se agachó a recoger, entonces lo vio. En el cristal del escaparate de la tienda estaba el reflejo de Akashi Seijûrô. Realmente no le conocía en persona, solo sabía de él por lo que le había contado Midorima y lo que había visto durante los partidos de Teiko, pero eso podía ser más que suficiente para que le tuviese miedo. Estaba claro que el capitán de la Generación de los Milagros no podía ser una persona normal, y el simple hecho de que sus ojos fuesen capaces de hacerte querer salir corriendo lo demostraba.
De todas formas, Mei tenía su orgullo y no podía admitir que el capitán de Teiko le daba un miedo terrible, por lo que se puso de pie y continuó caminando como si nada. Pero era extraño, tenía entendido que Akashi estaba en Kioto, junto con su novia, Ryûna. Aunque claro, a ella también la había visto el día anterior... ¿Habrían venido juntos? Y, ¿por qué estaba ella dándole vueltas a la vida de esos dos? No tenía mucho sentido, ni siquiera había hablado alguna vez con ellos.
Por fin pudo separarse del pelirrojo, tenía que girar en la siguiente calle para llegar más rápido a Shutoku. Antes de girar le dio la sensación de que él la había mirado y había esbozado una especie de sonrisa, algo verdaderamente tenebroso. Pero continuó caminando y se auto convenció de que eso no podía haber pasado, que tenían que haber sido imaginaciones suyas.
– ¡Mei-chaan, llegas tarde! – le gritó Takao al oído sacándola de sus pensamientos.
– Idiota – bufó ella en respuesta, acercándose al banco para dejar sus cosas. De pronto se paró y se dio cuenta de algo - ¿Acabas de llamarme Mei-chan?
– Ahá – asintió el pelinegro, sin perder la sonrisa. Acto seguido fue corriendo con el resto del equipo, sin dar más explicaciones.
La peliazul no le dio más vueltas, si al chico ese se le apetecía llamarla de alguna manera en especial, que lo hiciese. Después de todo, Takao no parecía el tipo de chico al que le dices que no haga algo y te hace caso, y Mei no tenía ganas de discutir, en realidad tenía en su mente a Teiko. No solo al capitán, sino a toda la Generación de los Milagros. Iban a tener que enfrentarse a esos chicos y, si al igual que había hecho Midorima, habían mejorado, iba a costarles ganar.
[...]
– ¡Hasta mañana, Shin-chan y Mei-chan!
Acabaría matándole, la peliazul sabía que iba a acabar asfixiando al imbécil de Takao con sus propias manos. No le soportaba, es más, la ponía nerviosa con ese tono alegre y esa sonrisa todo el día. Lo que no terminaba de comprender era cómo había acabado pegándose tanto a Midorima, y como era que el peliverde le soportaba. Bueno, tampoco le iba a preguntar, probablemente le daría una respuesta escueta que la dejaría con más dudas que antes, no merecía la pena.
– Shin... – le llamó ella haciendo que el peliverde la mirase. Ambos iban juntos a casa de la peliazul - ¿Tienes alguna noticia de tus antiguos compañeros?
– Sabes que no sé nada de ellos desde que acabó el curso – comentó acariciando el peluche de tigre que llevaba en el brazo, el objeto de la suerte del día - ¿Por qué?
– No, por nada, por nada – se apresuró a contestar. Siguieron caminando, en silencio, cada uno con sus propios pensamientos. Hasta que al final fue de nuevo Mei quien rompió ese silencio – En realidad... Ayer vi a Ryûna, la chica esa que iba contigo a clase. Y hoy a Akashi, tu capitán.
– ¿Y por eso pareces hoy tan nerviosa? – la peliazul no contestó. A veces le molestaba un poco la forma de contestar de Midorima, se sentía un tanto estúpida y no le gustaba sentirse así. El chico lo notó, así que pasó el brazo por los hombros de ella y la atrajo hacia sí, aunque sin mirarla, y continuó caminando - ¿Cuándo los viste?
– A Ryûna la vi ayer cuando fui a una hamburguesería con Kagami-kun. Y a Akashi esta misma mañana, yo salía de la pastelería donde compré un croissant para desayunar y le vi. ¡Ahh, mi croissant!
La chica frenó en seco y se apresuró a buscar el croissant en la mochila, encontrándolo, por suerte en perfecto estado, y con una feliz sonrisa lo mordió, ante la estupefacta mirada de Midorima. El peliverde ya conocía sus "ataques bipolares de locura", por lo que se abstuvo de hacer algún comentario. Resignándose, esperó pacientemente a que Mei volviese a colocarse la mochila al hombro y le alcanzase, para continuar su camino. De nuevo el silencio se hizo entre ellos. En realidad era ahora a él a quien le tocaba hacerse preguntas. ¿Podía ser ese Kagami la persona en la que él estaba pensando? Mei estaba entretenida comiéndose el croissant y no parecía que fuese a decir nada más del tema
– ¿Quién es ese tal Kagami? – preguntó subiéndose las gafas, como si solo estuviese intentando iniciar una conversación y en realidad el tema le importase lo más mínimo, podían hablar de ese chico o del tiempo, no le daba más.
– Un chico del equipo de Seirin. Le vi ayer en el gimnasio del padre de Riko, estuvimos hablando y tal y fuimos a comer algo juntos después de entrenar. Era simpático – agregó al final. No se sentía cómoda hablando de Kagami con él, aunque no sabía bien porqué. Quería acabar con ese tema lo antes posible.
– Seirin...
El peliverde lo había murmurado para sí mismo, pero aún así ella lo escuchó. Se abstuvo de hacer algún comentario, se veía que Midorima estaba inmerso en sus pensamientos y, con toda probabilidad, ni siquiera se molestase en contestarle, así que se calló y continuó caminando.
No dijeron nada más hasta que llegaron a casa de la peliazul, tampoco había necesidad. Ninguno se sentía incómodo con el silencio y, después de conocerse desde hacía tantos años, no necesitaban hablar de tonterías solo por rellenar el tiempo. Aún así, Mei estaba nerviosa, desde que habían hablado de Kagami no podía parar de pensar en él y tenía miedo de que Midorima pudiera darse cuenta. No había razón para temer de ello, pero tenía la ligera intuición de que al peliverde no le hacía ninguna gracia el pelirrojo y era mejor no arriesgarse.
– ¿Qué quieres que hagamos hoy? – preguntó la chica cuando hubo dejado las cosas en su habitación y vuelto a bajar al salón, pero, antes de que a él le diese tiempo a responder, su móvil comenzó a sonar - ¿Sí?
– ¿Mei? Soy Kagami, ¿cómo estás?
K-Kagami, ¿la acababa de llamar por teléfono? ¿Al día siguiente de haberse visto? No quería hacerse ilusiones, y no quería valorar la idea que ya estaba empezando a surgir en su mente. Mei enrojeció, haciendo que Midorima comenzase a intrigarse por quién sería la persona que estaba al otro lado del teléfono, la chica no era precisamente una persona que se avergüenza con facilidad.
– Hola, Kagami. Bien, ¿y tú? – la chica esperó a que le contestase y sonrió, pero en seguida dejó de sonreír – La verdad es que hoy no puedo... Si eso otro día ya quedamos, ¿vale? Claro, hablamos pronto.
Midorima la miraba fijamente mientras paseaba de un lado a otro con el teléfono pegado a la oreja. Se notaba que Mei se estaba poniendo nerviosa y, por mucho que ella intentase ocultarlo, se estaba sonrojando cada vez más. El peliverde no le quitaba ojo de encima, además, se estaba comenzando a molestar. Finalmente la chica colgó la llamada y posó el móvil en la mesa, caminando hasta el sofá y sentándose al lado de él.
– En fin, ¿entonces qué hacemos?
– ¿Qué quería?
Directo y conciso, sin esperar ni dos minutos. La chica se quedó mirándole fijamente, sorprendida, sin saber muy bien que debía responder a esa pregunta. Ya debía conocer a su amigo, pero de verdad que el hablar así le había chocado. Normalmente esperaba con calma a que ella le contase las cosas, no las preguntaba así sin más. Era extraño.
– ¿Kagami? Simplemente preguntarme cómo estaba y eso – respondió finalmente, quitándole importancia – En fin, ¿vas a contarme qué quieres hacer o tengo que decidir yo?
– Alguien a quien viste ayer en un gimnasio no te llama para preguntar como estás.
La chica suspiró, se estaba estresando con tantas preguntas sobre Kagami. ¿Qué es lo que le había dado al peliverde para ponerse así? Estaba rarísimo, llevaba toda la mañana así.
– Agg, en serio, Shin – la peliazul se levantó del sofá y se colocó delante del chico con las manos en las caderas, molesta – Deja el tema y vamos a hacer algo entretenido.
– Entonces admites que el chico ese quería algo más – Midorima también se levantó y se puso enfrente de ella, pero Mei estaba acostumbrada a su altura y no la intimidaba en absoluto – Y no intentes negarlo, te conozco demasiado.
– ¿Vas a contarme a qué viene este ataque de celos tan repentino?
– No estoy celoso. ¿Por qué iba a estar celoso de un niñato de Seirin?
– Porque en estos momentos preferiría estar con él que contigo. Al menos seguro que estaríamos haciendo algo divertido en lugar de discutir sobre tonterías. Y no es un niñato.
Mei había hablado sin pensar, como siempre. Por eso no le gustaba discutir, llegaba un momento en que no pensaba con claridad y decía lo primero que se le pasaba por la cabeza, como acababa de hacer. Al menos conocía a Midorima y él la conocía a ella, no se lo tomaría demasiado a mal. Aunque por la cara que estaba poniendo, parecía bastante molesto.
– Entonces queda con él en lugar de conmigo – el peliverde caminó hasta la entrada de la casa para coger su chaqueta.
– Ohh vamos, Shin, ¿esto va en serio? ¡Sabes que lo he dicho sin pensar!
– Ese es tu problema, que no piensas. Nunca piensas y nunca te das cuenta de nada, así te va en todo. ¿Sabes? Si pensases más las cosas no te habrías le...
– Ni se te ocurra decirlo, Midorima – le cortó ella fríamente. Ahora era la peliazul quien estaba enfadada, muy enfadada. Él sabía que ese tema era intocable, y lo hacía solo por fastidiarla. Bien, pues lo había conseguido – No tienes razones por las qué aguantarme, así que puedes irte. Ya sabes donde esta la puerta.
Y se fue. Cogió la chaqueta y sin decir nada más se acercó a la puerta. Mei pensó en llamarle, en pedirle perdón o hacer algo para que se quedase, pero le podía el orgullo. Si le paraba, entonces demostraría que le necesitaba, que era débil. Si quería algo que volviese él, que era el que había dicho lo que no tenía que decir. Ella era la que estaba enfadada y entonces estaba en su derecho de no decirle nada. Entonces, ¿por qué se sentía mal? Vale, ella había dicho algo fuera de lugar, pero no era tan serio como para que luego él le contestase así, porque estaba claro que él lo había dicho solo por fastidiarla, buscaba hacerle daño. Y un amigo no busca hacerle daño a otro, eso está claro.
Lo único que estaba claro, es que Mei necesitaba a Midorima y ahora le había perdido...
(Continuará...)
