Capítulo 5.

Mei se acurrucó en la cama cerrando fuerte los ojos mientras escuchaba el fuerte sonido de la persiana de su habitación abriéndose. Resignándose abrió un poco los ojos y miró el reloj de su mesita, las nueve y cinco de la mañana. Se desperezó, ya preparada mentalmente para una buena regañina.

– Abukara Mei, – comenzó a decir la mujer de ojos fucsias y pelo blanco que la miraba desde la ventana con las manos en la cadera y cara de pocos amigos – espero que tengas una buena excusa para estar un lunes a las nueve de la mañana aún en la cama.

– No me encontraba bien – respondió la peliazul levantándose y buscando las zapatillas, ignorando por completo a la mujer que seguía en la habitación.

– No digas tonterías. Sabes perfectamente que tu padre te permitió estudiar en Shutoku porque prometiste que dejarías de faltar tanto a clase y mírate, ya te has quedado un día en casa. ¿Y cuánto llevas de curso? ¿Dos semanas?

– Tres – replicó con voz cansada – Hanae-sama, lo siento mucho. Pero me encontraba muy mal, probablemente fue a causa de la comida tailandesa que cené con papá ayer.

La mujer suspiró. Tanto ella como el señor Abukara siempre habían tenido problemas para conseguir que Mei asistiera a clases, curso tras curso era la chica con más cantidad de faltas, lo que ocasionaba bastantes problemas al hombre, quien tenía que inventarse mil y una excusas para que no expulsasen a la pequeña. Ambos pensaban que con el paso de los años mejoraría y, aunque sí que faltaba menos, seguía acumulando demasiadas faltas de asistencia. La chica había prometido que si la dejaban estudiar en Shutoku con Midorima les haría caso e iría siempre a clase, pero, al parecer, no pensaba cumplir esa promesa.

– En serio, Mei, tienes que cambiar esa actitud o...

Desde la habitación ambas pudieron ir el sonido de la cerradura de la puerta principal, lo que solo podía significar una cosa: el señor Abukara había vuelto ya de la reunión con su equipo. Hanae sonrió, parecía que no iba a tener que luchar sola contra los caprichos de Mei. La mujer salió de la habitación y bajó en dirección a la entrada.

– ¡Señor Abukara! – le llamó cuando le vio.

– Hanae-san, la reunión no ha ido como esperaba así que agradecería que no me molestase. Prefiero estar solo.

– Siento mucho molestarle, pero se trata de Mei...

– ¡Papá!

La chica saltó para lanzarse a los brazos de su padre dándole un abrazo, sorprendiendo al hombre. ¿No se suponía que ella debía estar en clase? Era lunes, a las nueve y algo de la mañana, y que él supiese no existía razón alguna por la que las clases estuviesen suspendidas...

– Mei... Tan sólo llevas dos semanas de clase – la regañó posándola en el suelo.

– En realidad son tres. ¿Por qué todos creéis que solo llevo dos? De todos modos, no me encontraba bien, por eso me he quedado.

El hombre suspiró: incorregible.

[...]

Mei apoyó la cara directamente sobre su pupitre de clase. Ciertamente, había mentido al decir que le había sentado mal la cena del día anterior, pero aún así sí era verdad que se encontraba mal. Pero cuando su padre y su aya le obligaban a hacer algo, lo hacían bien. Y por esa razón su padre la había traído en coche a las clases de la tarde, y también había esperado a que entrase en el edificio para que ya no tuviese posibilidad de escapar. Tsk. Ni que ella acostumbrase a hacer esas cosas. Bueno, lo había hecho un par de veces, pero era pequeña e inocente. Ahora había madurado, era capaz de aguantar las clases. O eso creía, porque al acabar la primera hora, matemáticas, no pudo aguantar la cabeza recta, le dolía. Esos malditos números se le metían por el cerebro y parecían tener un taladro que utilizaban una vez allí. Y menos mal que no había estado muy atenta a las explicaciones...

No había podido parar de pensar en Midorima desde la tarde anterior. Esa era la verdadera razón por la que no quería ir a clase: le evitaba. Se sentía fatal por dentro, pero ella no tenía la culpa de que hubiesen discutido, ¿o sí? No era a ella a quien le había dado un ataque de celos, ni ella había sacado el tema innombrable con intención de hacer daño... Entonces, ¿por qué se sentía tan mal? Lo peor de todo era que podía asegurar que él no estaría preocupado, ni un poco. No iba a llamarla y pedirle disculpas llorando, así no era Midorima. La chica suspiró, deseando que su cerebro tuviese un botón de apagado.

– ¡Mei-chaaaan! – Y ella que pensaba que nada podía ir a peor... – ¿Estás bien? Estás muy pálida...

Sin esperar respuesta alguna, Takao apoyó su mano contra la frente de Mei, haciéndola enrojecer. La chica se apartó rápidamente, echándose a un lado, provocando que Takao se riera.

– Naaa, estás bien – el pelinegro rió un poco más, hasta que notó que los ojos grises estaban demasiado fijos en él - ¿Por qué no has venido a las clases de la mañana?

– No te importa – la peliazul rebuscó en su bolso hasta que encontró los apuntes de ciencia, la siguiente clase.

– Hmm... ¿Mei-chan ha discutido con Shin-chan? – Takao rió cuando vio a la chica levantar la mirada, sorprendida de que lo hubiese adivinado tan pronto – Awww, eso explica por qué Shin-chan ha estado hoy todo el día de mal humor... Falló sus tiros en el descanso de la comida.

¿Midorima fallando? Já, eso era imposible. No había nada que perturbase los tiros del peliverde obsesionado con los horóscopos y, mucho menos, iba a hacerlo una discusión con ella.

Ante la insistencia del pelinegro con el tema, Mei se decidió a contarle qué había pasado. La chica intentó explicar la mayor cantidad de detalles, y Takao asentía o de vez en cuando murmuraba cosas en voz baja que ella no alcazaba a entender. Cuando hubo acabado bajó la cabeza, avergonzada. Empezaba a sentirse una estúpida por haberse preocupado tanto, y más por habérselo contado a Takao... ES QUE, ¡¿QUÉ TENÍA ESE NIÑATO QUE HACÍA QUE LE CONTASE LAS COSAS?!

– ¡Mei-chan! ¡Lo siento mucho, pero tengo que irme! – comentó de pronto, levantándose de la silla y corriendo hacia la puerta con la bolsa al hombro - ¡Hablaremos en el entrenamiento!

– Pero, Takao-kun, la clase... – antes de decir la última palabra el pelinegro ya se había ido. La profesora tardó dos minutos en entrar, esperaba que al menos no le hubiesen pillado. Comenzó a copiar el ejercicio que dictaba la profesora, murmurando – Maldito Takao...

[...]

Takao llegó a la biblioteca de Shutoku corriendo, haciendo ruido con los zapatos al frenar bruscamente, por lo que recibió una mirada para nada agradable de la señora mayor que estaba al cargo de la misma. Con más cuidado, no quería tener que volver a ver a esa señora que, de eso él estaba seguro, ya le había cogido manía, buscó a Midorima. Le había comentado a la hora del almuerzo que tenía una hora libre y que pensaba ir a la biblioteca a adelantar trabajo, aunque el pelinegro no lo entendía, ¿desperdiciar una hora libre en la biblioteca? Naa. Pero allí estaba él, a punto de desperdiciar una hora "libre", por el bien del equipo. Se sentía todo un héroe, a decir verdad.

– ¡Shin-chan! – llamó al peliverde sentándose a su lado en la larga mesa. El aludido levantó la mirada y volvió a concentrarse en el libro que traía en sus manos al ver quién era.

– ¿Qué quieres, Takao?

– Pensé que te interesaría saberlo... Mei-chan ha venido a clase – aunque el pelinegro parecía no estar mirándole, pudo ver perfectamente como el peliverde levantaba la cabeza al escuchar el nombre de la chica – No tenía muy buena cara, la verdad. Me pregunto qué le pasaría... Es extraño, porque tú tampoco has estado hoy muy bien, Shin-chan.

– Cállate, Takao. Tengo cosas que hacer, no me interesan tus cotilleos – Midorima se subió las gafas y, de nuevo, volvió la atención al libro.

– Ohhh, Shin-chan, deja de ser tan tsundere y ve y pídele perdón – Midorima levantó otra vez la mirada, confundido. Takao suspiró, su amigo no es estaba enterando de una.

– ¿Y por qué debería pedir yo perdón?

– Porque Mei-chan no tiene la culpa. Si la tuviese ya te habría pedido perdón, y tú la habrías perdonado. Pero estás enfadado porque la culpa la tienes tú y no lo quieres admitir. Tsuunderee – esta última palabra la canturreó, haciendo enfadar al peliverde.

– No sabes lo que ha pasado, no puedes decidir quién tiene la culpa. Y de todos modos yo...

– ¡SILENCIO! – la señora encargada apareció a su espalda, asustándolos – Señoritos, esto es una biblioteca, un santuario de la quietud, aquí ESTÁ TERMINANTEMENTE PROHIBIDO HABLAR.

La señora siguió gritando un buen rato, mientras los chicos recogían sus cosas y salían de la sala. Takao pensó que resultaba un tanto hipócrita que ellos tuvieran que irse por hacer ruido pero que esa mujer pudiese gritar lo que quisiera, aunque molestase mucho más de lo que hacían ellos. El pelinegro había decidido quedarse callado a pesar de sus pensamientos por dos razones: si contestaba recibiría un buen castigo y, de todos modos, la biblioteca no era un buen lugar para hablar con Midorima.

Ahh, Midorima... Takao no tenía ni la más mínima idea de cómo conseguir que hablase con la peliazul, básicamente, ni tan siquiera sabía qué había pasado entre ellos, pero no parecía que fuese a enterarse tampoco.

– Shin-chan... Tengo una duda... ¿Mei-chan y tú habéis estado saliendo juntos?

En verdad el pelinegro sí que se lo preguntaba. Tal vez esa la razón por la que estaban enfadados. Ambos eran muy cercanos y, por lo que sabía del peliverde, ser cercano a él no era fácil. La manera en que Mei le sonreía era dulce, no como trataba a los demás. Y si de verdad se conocían de tanto tiempo... Bueno, era lógico, ¿no?

– ¿A qué demonios viene esa pregunta ahora, Takao? – replicó Midorima, perdiendo la poca paciencia que le quedaba. Volvió a subirse las gafas y expulsó el aire de sus pulmones, intentando recuperar así la paciencia – No, no hemos salido juntos.

El pelinegro iba a añadir algo más pero en ese momento la sirena sonó. Midorima recogió sus casas y se encaminó al gimnasio, era la hora del entrenamiento. Takao corrió para alcanzarle, sonriente. Esa era la oportunidad de que arreglasen las cosas, tendrían que verse cara a cara y entonces él haría algún comentario para que hablasen. No tenía muy claro qué decir, pero ya se le ocurriría. Se sentía como un ángel enviado de los cielos para cuidar de esos dos. Podía hasta sentir las alas blancas a su espalda.

– Abukara-san no ha venido al entrenamiento hoy – explicó Otsubo, el capitán, cuando ambos llegaron - ¿Alguno de vosotros sabe la razón?

Ambos respondieron de forma negativa, por lo que Otsubo los dejó tranquilos y se dirigió al gimnasio. Takao le siguió cabizbajo, parecía que su plan tendría que esperar.

[...]

Mientras tanto, Mei estaba tirada en la cama mirando fijamente el techo. En realidad su padre no la había llamado, nadie lo había hecho, pero al encontrarse a Miyaji cuando iba caminando a la salida no le quedó otra opción que inventarse una excusa. Simplemente no se sentía con ganas de ver a Midorima, estaba evitándole. Tenía bastante en que pensar.

Por ejemplo, en la generación de los milagros. Todos eran jugadores increíbles, con habilidades igualmente maravillosas. Pero había alguien a quien no podía entender. A pesar de que ella llevaba muchos partidos a su espalda, el estilo de Akashi Seijuro era demasiado imposible. Recordaba el escalofrío que le entró cuando le vio jugar por primera vez tras lo que Midorima denominaba "el cambio". Ella nunca le había visto anteriormente, pero ese día había pasado hasta miedo. Y que alguien como esa chica, Ryûna, de verdad pudiese estar enamorada de él resultaba... sorprendente. Después de todo, Midorima siempre la había descrito como una chica dulce y tímida, y él era el Emperador despiadado de los Milagros.

Una punzada de celos recorrió su cuerpo. Dulce y tímida... ¿Qué Midorima pensase eso era bueno o malo? Él parecía tenerle mucho respeto y cariño, al menos esa impresión daba cuando hablaba de ella. Cuando aún estudiaban juntos se veían a menudo, y Midorima parecía confiar en ella.

Ag, estúpida. No podía sentirse celosa, ella no tenía derecho a ello. Mei solo era su amiga, no podía estar celosa porque él pasase tiempo con otras personas. ¡No era lógico! Pero lo estaba, y ella lo sabía. Siempre había sido muy protectora con Midorima en ese sentido, aunque nunca había tenido problemas. Él no era el tipo de chico que se pasaba el día hablando con otras chicas, por suerte para Mei.

Tenía que dejar de pensar en él, como fuera. Se levantó de la cama y vio el balón de baloncesto en el suelo, podía salir a jugar un rato. Pero ella sola... seguiría pudiendo pensar en sus cosas de todos modos. Entonces se le ocurrió una idea. Miró el reloj, normalmente Riko terminaba el entrenamiento a esa hora, así que él también debía terminar. Cogió el teléfono de su mesita y escribió un mensaje. Dudó un poco, pero acabó dándole al botón de enviar. Mientras buscaba en el armario algo más cómodo que ponerse que el uniforme de Shutoku, su móvil comenzó a sonar: tenía un nuevo mensaje y en la pantalla del teléfono, además del símbolo del mensaje podía leerse "Kagami Taiga".

(Continuará...)


Muchísimas gracias por los reviews y, de nuevo, siento muchísimo haberos hecho esperar. Al menos, ya que es verano, espero tardar menos en actualizar esta temporada. Besos y muchas gracias por leerme :).