Y aquí estoy, un año más tarde (algo más de un año). A decir verdad, siempre he querido continuarla, pero por diversos motivos nunca encontraba tiempo. Muchas cosas han cambiado en este año, así que el fic no irá por el camino que pensaba cuando lo subí. No sé si alguien habrá tenido la paciencia de esperar tanto tiempo, pero bueno, aquí está el siguiente capítulo. Espero no tardar tanto en actualizar la próxima vez. Sin más dilación, os dejo con el capi.


Capítulo 6

Mei caminó hasta estar junto a la bolsa de deportes que había llevado con ella y sacó el botellín de agua: estaba sedienta. Mientras tanto, debajo de la canasta un chico pelirrojo se limpiaba el sudor. Ambos habían estado jugando durante algo más de una hora, a pesar de que el chico había estado entrenando antes de reunirse. Sin embargo, era Mei quien no se sentía capaz de dar ni siquiera un paso más.

– Creo que por hoy ya he tenido suficiente – comentó mientras se dejaba caer en el banco. Kagami la miró con superioridad.

– ¿Demasiado para ti? - preguntó acercándose a ella y sonriendo.

Mei iba a replicar, pero sus tripas lo hicieron por ella. No se había dado cuenta hasta ese momento del hambre que sentía, verdaderamente se evadía cuando jugaba al baloncesto.

– Podemos ir a comer algo, si quieres – dijo Kagami apartando la mirada un poco sonrojado. Mei se levantó y colgó la bolsa en su brazo derecho.

– Vamos entonces.

Ambos salieron de la cancha de baloncesto en dirección a la hamburguesería a la que habían ido el otro día. La peliazul se sentía nerviosa, no estaba acostumbrada a pasar tanto tiempo con alguien que no fuera Midorima a solas, y no sabía muy bien qué debía decir o hacer. Miró de reojo al pelirrojo, pero éste parecía perdido en sus pensamientos. La chica sonrió para sus adentros: Riko había hecho un buen trabajo. En el poco tiempo que Kagami llevaba en Japón (puesto que por lo que había descubierto Mei, él anteriormente vivía en Estados Unidos y había vuelto ese año), había mejorado mucho su estilo y su estado físico. No pudo evitar preguntarse si Kagami podía suponer algún peligro para Shutoku, aunque era improbable que alguien como el pelirrojo pudiese enfrentar directamente a Midorima.

Y ahí estaba de nuevo el peliverde en sus pensamientos. Parecía haberse colado como una sombra en su cabeza el día de la discusión, y dicha sombra no parecía dispuesta a irse. Si había decidido quedar con Kagami era para no pensar en él, pero sus esfuerzos resultaba inútiles. Ella sabía que debía hablar con el peliverde, si quería arreglar las cosas debía dar ella el primer paso, pero su orgullo se lo impedía.

– Mei... Mei – la llamó el pelirrojo, haciéndola salir de sus pensamientos – Tu móvil, está sonando.

Era cierto, la canción que tenía puesta como tono de llamada estaba bastante avanzada ya. Sacó el móvil de su bolsillo y miró el id de quien la llamaba "Casa". Parecía que iba a haber problemas.

[…]

Mei no se había equivocado, había problemas. Estaba claro que el irse sin avisar no era una buena manía, pero no podía evitarlo. Si antes de salir hubiese buscado a Hanae habría perdido mucho tiempo y habría llegado tarde. Bueno, más tarde de lo que lo había hecho. La parte positiva era que la señora le había ordenado ir a comprar unas cosas antes de volver a casa (aunque debía volver en menos de veinte minutos desde la llamada telefónica) así que había tiempo para que se le pasase el enfado. La peliazul se había despedido de Kagami, quien se mostró sorprendido ante la repentina prisa de la chica, y se había dirigido ella sola a la tienda. Por fin había conseguido todo lo de la lista y se dirigía a la salida cuando tropezó con alguien, haciendo caer las naranjas que llevaba en la parte superior de la bolsa. La niña de pelo verde y ojos del mismo color con quien había tropezado se agachó inmediatamente para recogerlas y se las dio.

– Imouto-chan... - murmuró Mei al reconocer a la pequeña.

Perfecto, acababa de chocar con la hermana pequeña de Midorima. Aún no se había recuperado de la sorpresa cuando detrás de la pequeña aparecieron la madre y el mismo Midorima. Si el día estaba siendo malo, acababa de empeorar. ¿En qué posición se encontraría ella en la lista de Oha Asa?

– Mei, qué sorpresa verte aquí – comentó la mayor saludando a la peliazul - ¿Has venido de compras, verdad? Ohh, pero no pensarás cargar con todo eso tú sola. Shintarou me ha dicho que has faltado a clase, ¿has estado enferma? Razón de más para que no lleves esas cosas, Shintarou te acompañará a casa y lo llevará por ti, faltaría más.

Midorima no había salido a su madre, eran polos opuestos. Midorima era tan cerrado y silencioso mientras que su madre... un torbellino. Mei adoraba a esa señora, aunque había veces, como esta, en la que le levantaba dolor de cabeza y le provocaba mareos. Esbozo una pequeña sonrisa a la mujer para a continuación negarse a que Midorima la acompañase pero, antes de poder hacerlo, alguien le quitó la bolsa de las manos y comenzó a caminar hacia la salida. Se despidió tan rápido como pudo de la mujer y su hija y salió también, persiguiéndole.

– No hace falta, de verdad... - comentó ella al alcanzarlo, en voz tan baja que dudaba que él la hubiera escuchado.

El peliverde la había escuchado perfectamente. Se giró para mirarla pero, en lugar de responder de alguna manera, simplemente continuó caminando. Mei suspiró y miró al suelo, solo estaba acompañándola por lo que su madre había dicho, no parecía que él tuviera intención alguna de arreglar las cosas. Y ella no sabía que decir, por más que pensaba, todo lo que se le ocurría eran estupideces sin sentido. Continuó mirando al suelo todo el camino hasta su casa, por lo que no notó como él la miraba de refilón.

– Tu tobillo... ¿vuelve a dolerte? - preguntó Midorima sin mirarla cuando faltaban unos metros para llegar a la entrada. Él había notado que la peliazul cojeaba, aunque intentaba ocultarlo.

– ¿Eh? - murmuró ella sorprendida al oírle, levantando la mirada y volviendo a bajarla hacia el pie – Un poco... pero no es nada, hoy he estado jugando un rato así que...

La peliazul decidió omitir que había estado con Kagami, después de todo, era eso lo que había causado la discusión. Nadie dijo nada más. Al llegar a su casa, Mei se giró para mirar al peliverde y coger de nuevo la bolsa, pero este con una mirada le indicó que pensaba dejarla dentro. A pesar de estar enfadados, seguían conociéndose lo suficiente para no necesitar hablar en situaciones como esa. Intentando ahogar una sonrisa la peliazul abrió la puerta de la casa y entró, seguida de Midorima.

– Hanae-sama, ya estoy en casa – informó al entrar, pero la señora de pelo blanco y ojos fucsia no respondió - ¿Hanae-sama?

La peliazul comenzó a preocuparse, la que había sido su aya siempre respondía cuando llegaba a casa y más si, como ese día, la había llamado preocupada y estaba enfadada. Miró a Midorima, quien seguía a su lado y con la bolsa de las compras en brazos.

– Estará en la cocina – comentó él en un intento de tranquilizarla.

La peliazul asintió y, de nuevo, intentó coger la bolsa, recibiendo una respuesta negativa por parte del chico. Así que suspiró y se dirigió a la cocina seguida por él, tenía un muy mal presentimiento... Miró su reloj, llegaba tarde, era extraño que no la hubiese llamado.

– ¡Hanae-sama! - gritó Mei al entrar en la cocina.

[…]

La peliazul sujetaba el móvil con ambas manos a la altura del pecho, mientras miraba por la ventana. Estaba al final del pasillo del hospital, observando el color grisáceo del que se teñía el cielo, al menos eso hacía su cuerpo. Porque su mente estaba lejos, muy lejos. Hacía unas pocas horas que había encontrado a Hanae en el suelo, por un momento había pensado lo peor. Por suerte Midorima estaba junto a ella, había sido él quien llamó a la ambulancia. Los médicos no habían tardado en llegar, llevándose al poco tiempo a la mujer inconsciente en una camilla. No podía dejar de pensar que si le ocurría algo sería culpa suya, por haberse escapado y dejarla sola. ¿Cuánto tiempo habría pasado tirada en el suelo sin nadie para ayudarla? ¿Habría cambiado algo que ella estuviera allí? Su padre había ido al hospital directamente al terminar su trabajo, ella se lo había explicado todo, aún con medio de recibir una buena regañina. Pero él no le había dicho nada. Tal vez eso fuese lo que más le dolía. Prefería mil veces los gritos y los castigos a las miradas de decepción de su padre.

– He hablado con mi padre – la peliazul se giró para descubrir a Midorima acercándose a ella, con una mano sujetaba el teléfono móvil y con la otra se subía las gafas – Acaba de salir de trabajar y va a pasar por aquí para recogerme. Podemos acercarte a casa, si quieres.

La mirada del peliverde era seria, pero no parecía seguir enfadado. Con todo lo de Hanae a la peliazul se le había olvidado que no habían arreglado las cosas. Mei esbozó una ligera sonrisa y negó con la cabeza, indicando así que no iba a irse con ellos. Él la miró, pero no sabía muy bien qué decir. La mirada que la peliazul tenía en esos momentos... él solo la había visto una vez, cuando había ido al hospital al verla tras enterarse de lo de su lesión. Ese día ella no le había dicho ni una palabra, y Midorima no había aguantado demasiado en la habitación. Se giró dispuesto a irse, tal vez, igual que aquella vez, lo mejor fuese dejarla a solas con sus pensamientos.

– Shin – le llamó con un tono de voz suave por el nombre que solo utilizaba cuando estaban a solas – perdón. Tenías razon. Yo... yo actúo sin pensar y, bueno... las consecuencias de mis actos no siempre son pequeñas. Cuando discutimos me puse a la defensiva... no debí haberte hablado así. Lo siento mucho.

Mei tenía la cabeza gacha y por ello no vio a Midorima. Éste estaba sorprendido por las palabras de la chica y, al mismo tiempo, preocupado. Aunque no siempre lo demostrase Mei era importante para él y no le gustaba verla así: apagada, vacía. Casi inconscientemente se acercó a ella y la rodeo con sus brazos.

– Tonta.

A Midorima no se le ocurrió que más podía decirle, pero fue suficiente. Mei se aferró a la chaqueta del chico y, ocultando la cara en su pecho, comenzó a llorar.

El peliverde no tardó mucho más en irse. Mei se quedó sola en la sala de espera, mientras su padre seguía hablando con el doctor. La espera la mataba por dentro, pero le había prometido a Midorima, y de paso a sí misma, no volver a llorar, así que aguantó con paciencia.

– Papá, ¿qué han dicho? - preguntó nada más verlo acercarse a ella.

– Hanae-san ha sufrido un infarto – el corazón de la peliazul se paró al oír esas palabras – Pero está bien. Por suerte llegaste justo a tiempo, no debía haber pasado mucho desde que le dio.

Mei suspiró, aliviada. Al menos sabía que no debía sentirse culpable, aunque la culpabilidad no se le iba del todo. Su padre siguió explicándole que Hanae permanecería en el hospital unos días, tenían que hacerle pruebas para asegurarse de que no había daños más graves. Además, había hablado con la hija del aya, que vivía fuera de la ciudad, y vendría al día siguiente.

– Así que hoy me quedaré yo, por si acaso necesitase algo, y mañana podrás venir a verla después de clase. Que sepas que Midorima me ha prometido llamarme si no apareces por clase, así que ni se te ocurra faltar. Y ahora ve a casa, necesitas descansar.

El camino hacia casa se le hizo eterno. Si bien parecía que algunas cosas se iban solucionando, aún sentía una presión inexplicable en el pecho. Sentía como si en realidad no se hubiese solucionado nada. Pero la realidad era que Midorima ya no estaba enfadado y que Hanae estaba bien. Entonces, ¿por qué se sentía tan mal? Sacó el móvil de su bolsillo, 5% de batería. Decidió apagarlo, para que no le molestasen los mensajes de "conectar batería". Comenzó a llover, por lo que se colocó la capucha de la sudadera y aceleró el paso. Cada vez llovía más, y aún le quedaba un buen trecho. De repente, dejó de notar las gotas de agua resbalando por su ropa. Subió la mirada y se encontró con cierto pelirrojo que conocía...

– ¡Ka-kagami-kun!

Se sorprendió tanto al verle que no pudo evitar dar un paso atrás, trastabillando y casi cayéndose. Por suerte, él la sujetó a tiempo. Se inclinó hacia ella y la sujetó con la mano que tenía libre por la cintura, con un agarre firme. Mei se fijó en que al inclinarse había inclinado el paraguas y, aunque ella no se mojaba, la espalda del chico sí que lo hacía. Estaba a punto de decir algo, pero la poca distancia que les separaba la puso nerviosa. Se estaban mirando directamente a los ojos y ninguno decía nada, aún así, Kagami no la soltaba, pero su agarre se fue suavizando. La chica notó como dejó de sujetar su sudadera, arrugándola, y tan solo apoyaba su mano en su cintura, como si fuera una suave caricia. Su corazón latía a mil por hora, y solo podía rezar para que él no lo oyera, se moriría de vergüenza si él lo notase. No sabía a ciencia cierta cuánto tiempo estuvieron así, pero a ella se le hizo eterno.

– Kagami... - murmuró al tiempo que se llevaba una mano a la capucha y la apartaba. Él desvió la mirada, la chica supuso que avergonzado. Sabía que debía decir algo para suavizar la situación - ¿Qué haces aquí?

La peliazul se dio demasiado cuenta de que podía haber sonado algo brusca, por suerte, él no se lo tomó a mal. Se separó un poco de ella y colocó bien el paraguas, volviendo a taparlos a ambos.

– Iba a comprar unas cosas, cuando te vi. ¿Qué hay de ti?

– Pues... vengo del hospital, de visitar a un familiar, – no quería ponerse a explicar quién era Hanae, eso siempre resultaba complicado – y ahora me iba a casa, mañana hay clase.

– Ah, vaya.. Pero, ¿tú estás bien?

Mei bajó la cabeza. No, no estaba bien, pero tampoco quería contárselo. Nunca había sido muy de dejarse llevar por sus sentimientos.

– Sí, claro – respondió, sin mirarle.

– Mientes fatal, diva – la peliazul intentó no poner los ojos en blanco cuando escuchó su nuevo mote. En realidad, el pelirrojo había comenzado a usarlo esa misma mañana, haciendo alusión a cómo se había comportado cuando se habían conocido. En fin, ella sabía que solo lo hacía para picarla, así que intentaba frustrar sus intenciones – Te acompañaré a casa.

Intentó replicar, convencerle de que no era necesario, pero él hacía caso omiso a sus palabras. Mei se dio por vencida y se enganchó al brazo del pelirrojo mientras caminaban, para resguardarse bien bajo el paraguas. Estaban muy cerca, y no pudo evitar sonrojarse. Se le pasó por la cabeza que él también podría haberse sonrojado, pero estaba demasiado avergonzada como para mirarle, así que continuó caminando en silencio.

Estaban ya en la entrada exterior de su casa cuando apareció Masa, el perro de Mei. Era un Akita Inu blanco, de cuatro años de edad, que medía más de medio metro. Se había lanzado contra ellos pensando que su dueña estaba en peligro, y mostraba sus dientes amenazadoramente a Kagami. El pelirrojo, temeroso, se echó hacia atrás. Mei sujetó a Masa a tiempo por el collar, haciéndole girar en redondo por su peso y la velocidad.

– No Masa, él es un amigo, así que cálmate – el perro blanco pareció entender a su ama, puesto que inmediatamente dejó de gruñir y se sentó en el suelo, a su lado – No entiendo cómo te has podido soltar... Kagami, este es Masa... ¿Kagami?

Al girarse vio al pelirrojo en el suelo, sobre un charco de barro. Con la caída, el paragüas se había roto, así que ambos estaban empapándose.

– ¿Tienes miedo a los perros?

Mei no pudo evitar comenzar a reír, para vergüenza de Kagami. Ambos estaban dentro de la casa, después de haber dejado a Masa atado en su caseta. La peliazul miró de arriba abajo al pelirrojo: estaba empapado, completamente embarrado, y tiritando.

– Kagami-kun... - se sonrojó al pensar en lo que iba a decir, así que apartó la mirada del chico antes de continuar - ¿Quieres darte una ducha?

(Continuará...)