Capítulo 7.

Mei abrió el armario de su padre y buscó unos pantalones de chándal y una camiseta que él ya no usase, si no se equivocaba, a Kagami le sentarían bien. Aún no podía creerse que de verdad hubiese invitado a Kagami Taiga a ducharse en su casa, ni que él hubiese aceptado la invitación. A decir verdad, no se entendía a ella misma cuando se trataba del pelirrojo. Solo esperaba que ni su padre ni nadie se enterasen.

Mientras bajaba la escalera y se dirigía a la cocina a esperar a que el chico saliera de la ducha, un golpe y un grito la asustaron. Se dirigió rápidamente al baño, de dónde procedían los ruidos, y abrió la puerta de golpe.

– ¡Kagami-kun, ¿estás bien?!

El pelirrojo se estaba mirando el pie, presumiblemente tras haberse dado un golpe. Acababa de salir de la ducha, por lo que estaba desnudo, la toalla blanca que la chica le había dado antes de entrar al baño estaba apoyada a un lado. Levantó la cabeza, sorprendiéndose y sonrojándose de ver a la chica allí.

Por otro lado, una vez hubo superado el susto inicial al pensar que le había ocurrido algo al chico, Mei se había dado cuenta de lo que había hecho. Había entrado al baño, mientras él se duchaba. Se sonrojó inmediatamente y se llevó las manos a la cara cubriéndose los ojos, dejando caer la ropa que llevaba para él al suelo.

– ¡Imbécil! ¿Qué se supone qué haces gritando? – mientras tanto, Kagami ya había cogido la toalla y la había enrollado en la cintura.

– ¡¿Y tú qué haces entrando así en el baño mientras me ducho?! ¿Qué pretendías ver?

– ¿Cómo que qué pretendía ver? Agg, ¡idiota! Ahí tienes la ropa, yo me largo.

Se giró y dejó de cubrirse la cara mientras salía del baño. No pudo evitar ver en el espejo la figura de Kagami y ponerse más roja todavía si cabe. Con toda la dignidad que pudo caminó hasta la cocina donde se sentó y dejó caer la cabeza en la mesa.

– Maldito estúpido...

Cuando levantó la cabeza vio por la ventana que seguía lloviendo, diluviando más bien, por lo que se acercó a la nevera y comenzó a buscar para hacer algo de cenar. Vio las bolsas de la compra, recordando a Hanae. Eso la deprimió momentáneamente, pero no quería que Kagami la viese mal así que tenía que animarse. Al pensar en el pelirrojo comenzó a enrojecer y volvió a maldecirle.

Para cuando Kagami salió del baño, Mei ya tenía la cena casi hecha. Mientras él entraba en la cocina ella recordó la escena de momentos atrás, por lo que volvió a enrojecer. Evitó mirarle para que no se diera cuenta de lo avergonzada que estaba, más que nada porque no quería hablar de lo que había o no visto.

– Está lloviendo a mares, así que puedes quedarte aquí a cenar, a ver si mientras para. Y tal vez quieras llamar a tus padres para que no se preocupen, en ese caso hay un teléfono en la sala.

– No hace falta – replicó el pelirrojo. La situación era un poco incómoda, por lo que se forzó a añadir – Vivo solo.

– ¿Vives solo? – Mei no pudo evitar girarse extrañada al oírle esas últimas palabras.

– Sí. Mis padres están en Estados Unidos – la peliazul no dejaba de mirarle fijamente y Kagami no podía evitar pensar en lo que había pasado en el baño, así que el pelirrojo comenzó a sonrojarse. Continuó hablando para intentar tranquilizarse y evitar que Mei notase su sonrojo – Tú vives solo con tu padre, ¿no?

– Así es – llevó los platos hasta la mesa y se sentó enfrente del chico, dándose cuenta de algo de repente – Sabes mucho sobre mí… ¿Cuántas páginas de cotilleos te has leído últimamente?

El pelirrojo estaba probando el arroz mientras la peliazul hablaba y, al escuchar su pregunta, se sorprendió tanto que se atragantó. Comenzó a toser y buscó rápidamente el vaso de agua, mientras Mei no paraba de reír. Cuando pudo volver a respirar con normalidad, la chica le miraba con una sonrisa divertida, mientras él estaba completamente rojo. Aunque al menos ya ninguno de los dos pensaba en lo ocurrido en el baño.

– Te he cazado – comentó ella apuntándole con los palillos – Ahora confiesa.

– Está bien… He investigado un poco acerca de ti – Kagami volvió a centrarse en la comida, intentando relajarse – Pero no sé mucho, solo que vives con tu padre y que tu ma…

Kagami se interrumpió cuando se dio cuenta de lo que iba a decir. La peliazul ya no parecía divertirse, le miraba con seriedad.

– ¿Mi madre? Siento desilusionarte, pero esas porquerías solo dicen mentiras – Mei también había comenzado a comer y no le miraba, por ello no notó como él levantaba los ojos sorprendido – Créeme, no te servirán de mucho.

Kagami no podía dejar de mirarla, sin entender de lo que hablaba. De pronto la peliazul parecía triste y desanimada, perdida en sus pensamientos. No dejaba de revolver el arroz con los palillos. El pelirrojo sentía la necesidad de hacer o decir algo, pero no sabía qué. Movió la mano para alcanzar la de ella que estaba sobre la mesa, pero antes de poder llegar siquiera a tocarla, Mei suspiró. El chico se detuvo de inmediato.

– Todas esas patrañas de que mi madre me abandonó son mentira. Ella murió en un accidente de tráfico, junto con mi padre – el pelirrojo la miraba confundido. La peliazul dejó los palillos a un lado y le miró a su vez, mientras continuaba explicando – Abukara no es mi padre biológico, solo adoptivo.

Si ya no sabía que decir con anterioridad, esas palabras le habían dejado frío. Tal y como había admitido había hecho alguna búsqueda de su nombre en internet, con escasos resultados, la mayoría blogs de baloncesto femenino y alguna web de cotilleo, pero en ninguno de esos sitios se comentaba que Mei no era hija biológica del jugador de baloncesto. Ni siquiera se planteaba la posibilidad.

– Deja de hacer eso, me pone de los nervios – le advirtió la peliazul mientras apartaba la mirada y volvía a comer. Kagami no sabía de lo que hablaba – Mirarme con compasión, claro. Lo odio, y no ayuda en absoluto.

– Yo… Lo siento – dijo el pelirrojo mientras volvía a comer, aunque sentía un nudo en el estómago. Quería decirle algo, pero no sabía el qué.

Mei se dio cuenta de que la situación era algo tensa, probablemente a causa de su reacción tan antipática al hablar de su madre el pelirrojo estuviese incómodo. Pero no podía evitarlo, siempre había detestado las revistas de cotilleos por las mentiras que contaban, y que él se las creyese… Aunque no era su culpa, ella nunca le había contado su pequeño "secreto" familiar a nadie, exceptuando a Midorima.

Cuando acabaron de comer, Mei se sentía culpable por lo arisca que había sido, mientras que él seguía dándole vueltas a que debía decir. Kagami finalmente decidió que era inútil, y le dio las gracias por la comida antes de levantarse de la mesa para caminar hacia la puerta.

– Kagami-kun – le llamó la peliazul, notando como se comenzaba a sonrojar. Pero no podía quedarse callada – Quédate un poco más, por favor.

El pelirrojo creyó no haberla escuchado bien y estuvo a punto de pedirle repetirlo, pero al mirarla y ver cómo se sonrojaba, cómo bajaba la cabeza y apartaba la vista… Simplemente volvió a sentarse. Mei, por su parte, no acababa de creerse que de verdad le acabase de pedir que se quedase con ella, ni siquiera entendía muy bien por qué lo había hecho. Sabía que se sentía un poco culpable por cómo le había tratado, que había ciertos temas que la tenían algo deprimida y que con él se sentía a gusto, pero de ahí a pedirle que le hiciera compañía, ella que era tan cerrada y tan suya… Parecía increíble. Estaba tan metida en sus pensamientos y en su vergüenza que no se dio cuenta de que él se había vuelto a sentar hasta que notó su mano sobre la suya. Cuando levantó la mirada Kagami le sonrió. Mei sintió la necesidad de tirarse a sus brazos, esconder la cara en su pecho y llorar. Pero no lo hizo. Aún tenía algo de orgullo después de todo.

Estuvieron hablando un rato en la cocina. Kagami evitó preguntarle nada demasiado personal, no quería que ocurriese lo de antes, además, aún le parecía que la peliazul estaba afectada y quería animarla o al menos distraerla. No hacía mucho que se conocían y ya le había confiado algo muy importante en su vida, era un gran paso. Así que hablaron de América, baloncesto, música, libros… Y películas, momento en que la peliazul le ofreció ir al salón a ver una, de acción.

– Wow, tu casa es enorme – comentó Kagami al entrar en el salón, intentando relajar el ambiente. Creía que la peliazul ya estaba algo más tranquila, pero nunca se sabe.

– Tampoco es para tanto – dijo la peliazul intentando restarle importancia mientras daba inicio a la peli.

Se sentó en el sofá, en la esquina opuesta al chico. Le habría gustado sentarse más cerca de él, pero le daba demasiada vergüenza. A medida que iba avanzando la película, Mei se sentía más a gusto, tal vez porque como no hablaban casi se olvidaba de que estaba allí. Además, a ella le encantaban las películas de acción y estaba bastante metida en ella, por lo que no notaba como el pelirrojo no podía evitar mirarla de reojo de vez en cuando. La chica se movió un poco más hacia el centro para poder subir los pies al sofá, estaba cansada y quería estar cómoda, quedando así más cerca de Kagami.

Estaban en una de las últimas escenas, donde el protagonista salvaba a la chica del peligro, cuando Kagami notó que la chica se apoyaba en su hombro. Se giró para mirarla, sorprendido y sonrojado, y la descubrió dormida. El pelirrojo se echó un poco hacia el lado en el sofá para que ella estuviese más cómoda y se quedó mirándola. Estaba tan tranquila así dormida que no parecía ella. Debería despertarla, pero no se le apetecía demasiado, así que volvió a intentar centrarse en la película. Esperaría a que acabara.

[…]

El tímido rayo de sol que entraba por la ventana le daba directamente en la cara, y eso la hizo despertarse. Mei no quería levantarse, pero el rayo de sol era muy molesto, así que intentó girarse para evitarlo, cayéndose al suelo. Abrió los ojos, confundida, ¿desde cuándo era su cama tan pequeña? Entonces se dio cuenta: no estaba en su cama, se había dormido en el sofá del salón. Y lo que era peor… no se había dormido sola. Al ver al pelirrojo dormido en el sofá Mei se sonrojó y se levantó del suelo. Por la posición en la que estaba, ella debía haberse dormido apoyada en su pecho. Se giró y vio que la tele aún estaba encendida, y recordó que no había llegado a ver el final.

Estaba demasiado avergonzada como para despertarle, así que fue al baño a lavarse la cara. Cuando volvió al salón él seguía dormido. Cogió un vaso de agua de la cocina y se acercó a él.

– Despierta – dijo mientras le tiraba el agua fría a la cara.

El pelirrojo se irguió rápidamente en el sofá. Se limpió el agua de la cara con las manos y miró a Mei enfadado, hasta que se dio cuenta de algo: por la ventana entraban rayos de sol, es decir, ya había amanecido, lo que significaba que él se había dormido también en el sofá. Con ella. Inmediatamente se sonrojó, apartó la mirada y se levantó del sofá.

– ¿Qué hora es? – preguntó mientras buscaba algún reloj en el salón.

– Las siete – contestó la chica sin mirarle.

– Debería irme, o llegaré tarde a clase.

– Sí…

La situación era bastante incómoda para ambos. La peliazul caminó con él hasta la puerta, sin mirarle. El día anterior había sido muy extraño y había terminado durmiendo con Kagami Taiga en el sofá del salón… Claramente, nadie debía saber eso. Por otro lado, el pelirrojo la miraba de reojo de vez en cuando, sonrojándose. Debía haberla despertado nada más dormirse, pero por otro lado, le había gustado la sensación de tenerla apoyada en su pecho. Además, había dormido muy bien, para qué mentir.

– Bueno… Nos veremos otro día – dijo el pelirrojo como despedida en la puerta.

– Sí… – respondió Mei mordiéndose el labio. Kagami la miró durante unos instantes pero al ver que no decía nada más, se giró para salir – Kagami-kun – le llamó de repente – gracias por todo.

El pelirrojo la miró durante unos instantes antes de sonreírle. Mei se quedó embobada mirando cómo se iba y agitaba la mano desde la portilla antes de salir. Respondió del mismo modo antes de entrar en casa y cerrar la puerta, apoyándose en la misma. Estaba sonriendo.

– Mira que eres idiota… – murmuró antes de ir a por el teléfono para hacer una llamada.

(Continuará…)