Capítulo 8.

Takao no le quitaba el ojo de encima a Mei mientras él, la chica y Midorima almorzaban juntos en la terraza superior de Shutoku. Durante toda esa semana la chica había estado muy contenta y muy pendiente del móvil, lo cual era extraño. Y las cosas entre el peliverde y ella habían vuelto a la normalidad, aunque ninguno de los dos había querido contarle cómo. De nuevo, la palabra"extraño" acudía a la mente del pelinegro.

– Hoy le daban el alta a Hanae-san, ¿no, Mei? – preguntó en cierto momento Midorima sin tan siquiera mirar a la chica.

La peliazul simplemente asintió, sin levantar la vista del móvil. Takao quiso preguntar quién era esa tal Hanae, pero en el último momento volvió a cerrar la boca: probablemente ninguno de los dos le responderían. Tsunderes. El pelinegro suspiró mientras paseaba la mirada de uno a otro aburrido.

– Ahh, Mei-chaan… ¿No puedes dejar tu teléfono ni por un segundo? – se quejó mientras se agachaba para ponerse a su altura, pues la chica estaba sentada en el suelo con las piernas cruzadas – Shin-chan es un aburrido.

– No.

La respuesta de la peliazul fue tan simple y cortante que, por una vez, Takao se quedó sin saber qué decir, mientras el peliverde no podía evitar esbozar una pequeña sonrisa. Sonrisa que no tardó en desaparecer pero ni así pasó desapercibida por el pelinegro. Sin darle más importancia, éste intentó ver qué hacía Mei tanto con el móvil, pero la chica lo apartó rápidamente de su vista.

– Además de pesado, cotilla. Lo tienes todo, Takao-kun.

El chico se apartó de ella con un bufido a modo de queja, haciendo a la peliazul negar con la cabeza y esbozar una pequeña sonrisa. Finalmente acabó por guardar el móvil y acabar su comida, el descanso se terminaba y habían de volver a clase. Takao se despidió de ellos porque tenía que ir a buscar unas cosas al vestuario antes de la siguiente clase, y Midorima y Mei se quedaron solos en la azotea. El peliverde se quedó mirándola fijamente, aprovechando que ella parecía distraída.

– ¿Qué pasa? – preguntó ella al darse cuenta.

– Nada – respondió el peliverde apartando la mirada y ajustándose las gafas, sin perder la expresión seria.

– Vale – comentó Mei encogiéndose de hombros, si no se lo quería decir ella no iba a conseguir sonsacárselo, así que resultaba inútil darle vueltas.

Aún así el peliverde seguía mirándola fijamente, Takao no era el único que pensaba que Mei se comportaba de un modo extraño. Estaban llegando al aula de la peliazul cuando ésta volvió a sacar el móvil: tenía un nuevo mensaje.

– ¿Puede saberse qué es tan importante para utilizar el móvil en clase? – preguntó ya exasperado él.

– Técnicamente aún no estamos en clase – replicó la peliazul moviéndose para que desde su posición Midorima no pudiese ver el teléfono. Lo guardó y le sonrió a su amigo.

– ¿A qué viene esa felicidad últimamente? – acabó por preguntar, apartando la mirada de ella y subiéndose las gafas. Intentaba que no se notase que estaba un poco preocupado por Mei.

– Hmm… Tal vez Piscis haya tenido buenas posiciones esta semana, dímelo tú – Midorima iba a replicar, molesto por el comentario, pero el profesor de Mei llegó antes – Lo siento, tengo clase, te veo en el entrenamiento.

[…]

El entrenamiento transcurrió con normalidad, si bien es cierto que Mei evitó quedarse a solas con Midorima, por miedo a que volviese a sacar el tema. La chica sabía que no estaba bien, pero técnicamente no le estaba mintiendo. Solo estaba ocultando una información que podía ser dañina para su amistad. No quería volver a discutir con él, y viendo lo que había pasado la última vez que había nombrado a Kagami Taiga hablando con el peliverde prefería no volver a hacerlo.

Porque sí, el pelirrojo era la razón detrás de la felicidad de Mei. Era la primera vez en muchos años que la chica conocía a alguien que intentaba llevarse bien con ella por alguna razón diferente a su apellido. Se sentía a gusto cuando estaba con él, podía hablar con tranquilidad y mostrarse tal cual era. No es que confiase en él al cien por cien, pero le había contado cosas muy personales, cosas que prácticamente nadie sabía, y no se sentía preocupada porque él lo supiese. Más bien al contrario, se sentía bien compartiendo esas cosas con él.

La peliazul sabía que era extraño, sobre todo porque la gente a su alrededor empezaba a notar algo raro, incluso Takao que la conocía de poco tiempo parecía extrañarse de su actitud. Tal vez era cierto que había cambiado, con todos los acontecimientos que había habido en su vida… Pero no le preocupaba.

Al terminar el entrenamiento, Mei fue a recoger unas cosas que le había pedido al entrenador, concretamente, unos vídeos de antiguos campeonatos. Si quería ser la mánager del equipo de baloncesto de uno de los Reyes tenía que hacerlo bien, por tanto, era su deber informarse acerca del resto de equipos del campeonato. No creía que le llevase mucho tiempo, con su experiencia dentro de la cancha seguramente no le sería difícil. El entusiasmo y dedicación que demostraban todos los miembros del primer equipo la habían contagiado, la verdad. Estaba deseando que llegasen los primeros partidos oficiales.

– ¿A dónde vas con todo eso? – cuando Mei se giró, sorprendida por la voz, se encontró con el peliverde, mirándola fijamente a través de sus gafas.

– Hola, pensé que ya te habías ido a casa – respondió ella. El chico se ajustó las gafas, acababa de salir del vestuario pero ya volvía a tener los dedos vendados, y en su mano izquierda llevaba el objeto de la suerte del día – Esto son unos vídeos de los equipos a los que nos enfrentaremos en el Interhigh. Voy a verlos y analizarlos.

Midorima se quedó mirándola durante unos instantes, juzgándola. Mei lo sabía por la forma en que la miraba. La chica alzó una ceja, interrogándole con la mirada. No entendía lo que pasaba.

– ¿Por qué vas a hacer eso? Nunca en tu vida has analizado a un jugador, ni siquiera cuando eras tú misma la que estaba en la cancha.

– Bueno, en aquel entonces no lo necesitaba, pero ahora quiero ayudar – la peliazul miró hacia otro lado, intentando ocultar que se estaba sonrojando. Comenzaba a sentirse un poco estúpida.

– Y tampoco lo necesitas ahora, solo será una pérdida de tiempo. Mei, no eres una verdadera mánager. Solo haces esto porque no puedes jugar, ambos lo sabemos.

Las palabras del peliverde golpearon a Mei con la fuerza de un puñetazo en el estómago. La verdad es que él no mentía, lo que más quería en el mundo la peliazul era jugar. Pero no podía, y por eso se había convertido en mánager de un equipo de baloncesto de preparatoria. Pero eso no significaba que no podía ser de ayuda o que lo fuese a hacer mal. La chica pensaba que su mejor amigo la apoyaba. Pero parecía que no.

– Ya sé que no soy la mejor mánager del mundo, ¿vale? No soy la Momoi esa que tanto os ayudaba a la Generación de los Milagros en secundaria. Pero puedo hacerlo, y voy a hacerlo. Así que, si no tienes nada constructivo que decir, mejor me voy.

Girándose sobre sus talones, la chica salió corriendo. Otra discusión con Midorima que sumar a la lista. A veces chocaban sí, pero no discutían haciéndose daño. Y ya era la segunda vez que las palabras de Midorima se le clavaban en el pecho. Tal vez ir a estudiar con él había sido una mala idea.

Por su parte, Midorima suspiró mientras la chica salía corriendo del gimnasio. Mei había malinterpretado sus palabras, otra vez. Aunque en el fondo sabía que tenía parte de culpa, había sido muy brusco. Solo quería que ella se diera cuenta de que debía esforzarse y dar el máximo posible, no quería decir que no fuese a conseguirlo sino que le faltaba actitud, que estaba tomándoselo muy a la ligera. Pero estaba molesto con ella, y por eso le habían salido las palabras con un deje de crueldad. Estaba enfadado porque Mei parecía no confiar en él. Le ocultaba algo.

[…]

– ¿No es un poco tarde para estar aquí?

La voz retumbaba en la cancha de baloncesto de la calle. Mei dejó el balón a un lado y se encontró con Kagami, que la miraba fijamente apoyado en la valla que rodeaba el lugar con una sonrisa en la cara. La peliazul llevaba una hora en la cancha, jugando para distraerse y no pensar en Midorima, en que habían vuelto a discutir, en que tenía razón. Hasta entonces no había tenido suerte con su objetivo, pero en cuanto vio al pelirrojo algo hizo click en su cabeza, de pronto se sintió mucho más tranquila. Le lanzó el balón al chico.

– ¿Un uno contra uno?

Los minutos se pasaban volando cuando se trataba de baloncesto, para ambos. Antes de darse cuenta, la chica había perdido. No era nada extraño, de hecho, para Mei empezaba a ser una costumbre perder cuando jugaba al baloncesto, ya fuera con Kagami o con Midorima, ya que eran éstos sus oponentes en la mayoría de ocasiones. No era nada sorprendente, ellos eran jugadores muy fuertes y entrenador, mientras que ella estaba lesionada.

Pero le daba rabia. Si había algo que Mei odiaba con todas sus fuerzas era perder. Y, para empeorarlo, no tenía buen perder. Se enfadaba, consigo misma la mayor parte de las veces, pero siempre acababa pagándolo con alguien que no lo merecía. Por eso, al acabar el pequeño encuentro caminó directamente a su bolsa y buscó el botellín de agua. Vacío. Y pensar que cuando se había levantado por la mañana la vida parecía sonreírle...

– Ten – oyó a Kagami decir antes de recibir un botellín de agua que le habría dado en la cara de no ser por sus buenos reflejos.

– Gracias.

Mientras bebía no pudo evitar pensar en que tal vez debía escuchar Oha Asa más a menudo, recordaba vagamente escuchar a Midorima comentar que ese día Piscis estaba en uno de los últimos lugares. Pero no quería pensar en el chico de pelo verde, necesitaba pensar en otra cosa. Y en ese momento recordó una imagen que había visto en internet hacía unos días: estaba bebiendo de la misma botella que Kagami. En muchas películas ñoñas eso sería considerado un beso.

– ¿Estás bien? Estás muy roja – comentó el pelirrojo sacando a la chica de sus pensamientos y acercándose.

– No, o sea, ¡sí! – se apresuró a aclarar Mei alejándose un par de pasos hacia atrás – Ha sido un día largo, eso es todo.

No podía decirle que se había puesto roja al pensar en que podía decirse que había besado a Kagami. Y tampoco podía explicarle que se sentía una estúpida por pensar esas cosas, ni que a ella le gustaría que hubiese un beso un poco más real. Bueno, puede que mucho más real. Con que fuese real se conformaría.

Sacudió la cabeza para centrarse en hablar con Kagami, quien la miraba arqueando una ceja, interrogándola con la mirada. La peliazul suspiró, tendría que contarle algo para que no se preocupase. Finalmente se decidió a explicarle porque había ido a la cancha a jugar, le explicó que un amigo había conseguido que se sintiese estúpida e inútil. Kagami no la interrumpió, simplemente se sentó junto a ella y la escuchó, consiguiendo así que Mei se fuera relajando. La peliazul se sentía mucho mejor cuando acabó de contarlo.

– No deberías decir que eres estúpida o inútil, no es así, en absoluto. Y seguro que tu amigo no piensa eso – comentó el chico apartando la mirada y pensando bien sus palabras, ese tipo de cosas se le daban fatal – Y si lo piensa es que no es tu amigo y deberías mandarle a la mierda.

– Eso último no ayuda mucho – respondió ella sin poder ahogar una pequeña risa.

– Ya, lo siento. Agg, demonios, esto no se me da bien – acabó por decir Kagami suspirando. Se llevó la mano a su pelo y se giró para mirar fijamente a la chica – Es la primera vez que eres mánager, ¿no? Pues no deberías exigirte tanto. Iras aprendiendo poco a poco, no puedes ser perfecta desde el primer día.

Mei sonrió. Le gustaba que Kagami dijera esas cosas, aunque eso no significaba que ella fuese a cambiar su manera de pensar. Pero él tenía razón, se exigía demasiado. Y empezaba a pensar que eso era lo que le quería decir Midorima, que aún le quedaba mucho por aprender. A decir verdad, como mánager lo único que había hecho desde que comenzó el curso había sido ir a los entrenamientos, no había intentado aprender nada de su trabajo.

– Además, eres genial – Mei miró al pelirrojo confundida al ver que sus mejillas comenzaban a volverse del mismo color que su pelo – No solo eres una gran jugadora, además intentas ayudar a los demás, puntualizando sus fallos y sus aciertos, incluso a mí que soy tu oponente. No le des tantas vueltas.

En otros momentos tanto "peloteo" la habría molestado. Se lo habría tomado como que Kagami intentaba compadecerse de ella, se habría levantado y marchado de allí. En lugar de conseguir relajarse, se sentiría aún más estúpida y débil que antes. Pero, tal vez por quien lo había dicho, sus palabras la hicieron sentirse bien. Siempre había luchado para no ser débil ni estúpida, pero en esos momentos no le importaba. Kagami la hacía sentirse bien siendo como era, incluido todos sus defectos. Y si había un gran defecto que la describiese era el ser impulsiva.

Entonces recordó la botella, y el "beso". Alzó la mano para que Kagami volviese a girarse para mirarla a la cara, comprobando que aún seguía sonrojado. Y, rezando para que no notase que ella también comenzaba a sonrojarse, le besó.

(Continuará…)