Muy buenas a todos, me presento nuevamente con el cuarto capítulo de esta historia.

Hay un punto muy importante que quiero tocar aquí, y es que en mi fic, como ya lo habrán notado, me tomé la libertad de utilizar varios OC, por lo que pueden interpretar esta historia como un "AU" si así lo prefieren ustedes.

Sin más, espero que este capítulo sea de su agrado y si es así, por favor hagánmelo saber con un review, mi joven espíritu de chiquilla se sentiría muy feliz.


Si había un sitio de su hogar que Helios más detestara, era precisamente su alcoba.

Ese día tenía que quedarse ahí, solo y sin nada que hacer, pues debía recuperarse de la horrible fiebre que estaba sufriendo; Algo que no le había ocurrido desde hacía quién sabe cuántos años, quizá la última vez que se resfrió fue cuando era un niño pequeño.

Además de que estaba inquieto por lo que su padre y él habían conversado el otro día.

Recordó que hacía unos días atrás, le ordenó verlo en el despacho donde de vez en cuando atendía ciertos asuntos. Le pidió que tomara asiento frente al escritorio.

—Hijo mío... ¿Sabes? A decir verdad tus hermanos y yo tenemos una pequeña intranquilidad respecto a tu relación con la princesa de Tokio de Cristal...

— ¿Qué? ¿A qué te refieres?

—Helios —Llamó su nombre dándole esa mirada que lo hacía ponerse cabizbajo y encogerse de hombros— Como sabrás Minerva y Alice son muy... —El hombre guardó un largo silencio buscando alguna palabra apropiada para que su hijo comprendiera.

— ¿Entrometidas? —Preguntó con la mirada baja.

—Por así decirlo —Agregó su padre— Y... Me relataron algo que me ha hecho deliberar bastante y no me tiene nada contento.

— ¿Eh?

—Lo que pasó entre ustedes dos —Concluyó el Amo de las Tinieblas.

El rostro del joven se puso levemente rojo al oír sobre el "incidente" que tuvo la torpeza de contarle a Lowell, en busca de algún tipo de consejo por parte de su hermano mayor; así que muy posiblemente fue quien informó a Minerva y Alice.

—Ah, eso...

—Sabías que no debías hacer ninguna imprudencia de esa magnitud...

—Padre, yo...

—No me interrumpas cuando te hablo, Helios —Le dijo su padre haciéndolo enmudecer— Sabes perfectamente que no podías tocar a esa muchacha antes de convertirla en tu esposa ¿O me equivoco?

—Sí, Padre... —Respondió el joven, sin poder recuperar la calma y con el rostro aún enrojecido de la pura vergüenza— Pero te puedo asegurar que yo...

—Tus motivos no son problema mío, ya eres lo suficientemente mayor para saber lo que haces —Le espetó su Padre— Y además hay otro pequeño problema.

— ¿Y cuál es, Padre?

—Ni a tus hermanas ni a mi nos gusta esa joven para ser tu pareja, mucho menos tu esposa.

— ¿Qué? ¿Por qué?

—Porque no creo que sea el tipo de mujer que necesitas a tu lado, ella es quien te ha corrompido...

—Padre, mi Pequeña Dama no me ha corrompido, yo la amo. Lo que te hayan dicho Alice y Minerva son solo locuras suyas...

— ¡Te he dicho que no me interrumpas cuando te hablo!

Helios desvió la mirada, si algo le exasperaba era que su padre le hablara de esa manera.

—Bueno, ¿Y qué? —Preguntó con desagrado.

—No sé si decir que eres cínico o algo por el estilo.

Helios no le dijo nada, simplemente hizo lo que creyó imposible durante mucho tiempo: vio a su padre a los ojos, intentando convencerle de que estaba en una equivocación.

Pero se notaba que nada ni nadie iba a convencerle, mucho menos él.

—Me tengo que ir —Le dijo— Piensa bien en lo que vas a hacer, y más vale que sea la elección correcta, o nosotros tendremos que intervenir —Y acto seguido se retiró dejándolo totalmente liado.

Helios soltó un profundo suspiro.

Sabía perfectamente que para Deus él no tenía mucha importancia, no la misma que sus hermanos mayores. Lowell se daba el lujo de rechazar a toda cuanta princesa o doncella el Rey le elegía para casarse, pues debía hacerlo si quería asumir el mando de la mitad del Imperio Pesadilla, sin embargo nunca tenía problemas por ello, ni por decir que quería vivir en soledad. Ya vivía en su propio palacio, era feliz muy a su manera.

Minerva tuvo permitido casarse con quien quiso, y aunque no tenía ni pensaba tener hijos, era bastante feliz como Lowell; Alice, por su parte, aún vivía con Helios y sus padres, pero ya estaba comprometida (Con quien ella había elegido) y muy pronto celebraría su boda.

Y Helios, tenía a su Princesa, pero su padre y sus hermanos (¡Que vaya influencia tenían sobre el primer mencionado!) no aprobaban esa relación, mucho menos después de lo ocurrido.

¿Qué pensaban? ¿Buscarle otra mujer para comprometerlo y obligarlo a casarse? ¿Forzarlo a romper con ella? ¡No, no y no! Era una idea inconcebible y él nunca lo iba aceptar, además, ¿Su madre estaba de su lado? al parecer sí, pero de igual forma ¿A Deus cuándo le había importado la opinión de Esmeralda más que para la decoración del palacio?

—Esto es una injusticia —Se quejó Helios, encogiéndose de hombros en su cama.

En ese momento la puerta de la habitación se abrió, pero él estaba bastante cansado para prestarle atención al visitante, hasta que se dio cuenta de que en realidad eran cinco: Sus padres y sus hermanos.

—Madre, Padre ¿Se les ofrece algo? —Preguntó él, algo confundido.

Helios miró en los ojos de su madre una desolación profunda.

—Te vas a ir, hijo —Dijo con voz entrecortada.

— ¿Irme? ¿A dónde?

—A donde estés solo y nadie se te pueda acercar, hasta que te olvides de esos deseos impuros, propios de un humano —Escuchó a su padre hablarle, una sensación de horror lo invadió.

— ¿¡Solo!? —Preguntó sin aún entender nada.

—Sí, he arreglado todo para enviarte a ese recinto donde enviamos a Lowell hace diez años, hasta que entiendas que lo que hiciste estuvo muy mal y que esa mujer no es para ti.

— ¡Tú no puedes hacerme esto! ¡No puedes mantenerme encerrado en ese lugar! —Le gritó bastante molesto— ¡No puedes obligarme a olvidar a Rini! ¡Yo la amo! ¡No puedo vivir sin ella!

—Pues tendrás que aprender —Sentenció su padre.

—Padre, ¿No crees que esto es demasiado? —Preguntó Lowell.

—Resérvate tu opinión si no te la solicito —Le dijo al joven del cabello azabache— Ahora ven conmigo Helios. Minerva, ayuda a tu hermano a levantarse.

Minerva tomó cuidadosamente al muchacho por el brazo, pero él la apartó con fuerza, casi haciéndola caer, algo que hizo que su padre se enfureciera, lo tomara del brazo y lo sacara bruscamente de su lecho.

— ¡No puedes hacer esto, Padre! —Le gritó— ¡Madre, no permitas que me aleje de la persona que amo! —Dijo mientras su Madre le miraba.

—Lo siento, hijo, pero creo que es necesario que te tomes un tiempo...

Helios palideció notablemente, no creía que fuese su madre quien le estaba diciendo eso, debía ser todo un error, un horrible error.

Sus hermanos se miraron preocupados, pero no intervinieron, sabían que no estaba bien desafiar a Deus.

—Minerva —La llamó su padre después de que Lowell se hubiese llevado a Helios, quien no paró de suplicar clemencia ante el Amo de las Tinieblas— Encárgate de que le llegue la carta...

—Como usted ordene... Padre... —Dijo la joven, reverenciándolo.

La dama peli azul se dirigió al estudio, ¿Cómo su Padre podía pedirle que, siendo la guardiana de los sueños de amor, redactara una carta para romperle el corazón a la novia de su hermano?

Rini no le agradaba mucho a Minerva por motivos que está demás explicar, pero tampoco quería causarle tanto sufrimiento y daño.

Miró con repudio el sobre con la misiva y se aseguró que uno de sus mensajeros la hiciese llegar al Palacio de Cristal.

Por la tarde Rini llego del colegio con Nicole y las otras chicas. Una moza le informó que había llegado una carta de Helios para ella, algo que realmente la emocionó.

Tomó el sobre y corrió a su habitación, se tumbó en su cama y abrió la envoltura, bastante optimista, pero su radiante sonrisa se borró al leer las infames palabras plasmadas ahí.

"Rini Tsukino:

El motivo de esta carta es pedirte que no vuelvas a buscarme más nunca.

Ya me harté de mantener esta mentira y de fingir que realmente quiero pasar el resto de mi vida atado a ti. En realidad no es así, para mí esto ha sido un tonto juego que ya me aburrió bastante. Después de todo, ya he obtenido lo que quería de ti.

Sé que tratarás de convencerte a ti misma que esto es una broma, pero nunca he hablado más en serio.

Tú solo fuiste una tonta más, una distracción y un simple pasatiempo, pero, no te desanimes, de todas ellas tú siempre serás mi favorita.

Hasta nunca, Princesa Dama Serena, y si eres tan lista como se presume, olvídate de mí y de lo ocurrido."

Rini no podía creerlo, hasta que vio con esa letra, que ella perfectamente reconocía, el nombre de su amado como firma al final de la carta.

Las lágrimas no se hicieron esperar, Rini guardó la carta y se quedó mirando fijamente el suelo mientras las gotas se deslizaban por sus mejillas, de sus ojos hasta su regazo.

—Esto no puede ser, debo estar teniendo una horrible pesadilla... Y-Yo conozco a Helios y él nunca me diría cosas tan... —La muchacha sintió que su estómago se revolvía, por lo que corrió al baño de su habitación para poder vomitar.

Cuando se sintió mejor, se enjuagó el rostro con un poco de agua tibia, tratando de relajarse.

Por un momento pensó que se sentía tan mal por aquella fuerte impresión, pero no era así, ella sabía que algo no estaba bien en su interior.

— ¿A caso esto es...? —Rini palideció mientras se llevaba una mano a la boca, tenía que ser un error, una simple idea histérica suya.


Nota de la autora: «Hasta el día de tu regreso, tras esta ventana abierta, seguiré esperándote»