Capítulo 4
Effie no podía creerlo, de nuevo la mala suerte la acompañaba. Pagó la cuenta de la posada y salió a pie con su bolso y su maleta. Haymitch la siguió unos pasos más atrás.
― El pueblo está en aquella dirección, si lo que estás buscando es un taxi.
La rubia se detuvo y viró hacia donde él le indicó, caminando de prisa. De pronto sintió que algo le cayó en el cabello.
― Ya basta ― se giró para verlo.
Él levantó la vista al cielo ― No soy yo, es el granizo.
― ¿Estás bromeando? ― el granizo se intensifico y los golpeaba a ambos en la cabeza. Ella comenzó a reír, nunca antes había estado bajo una fuerte lluvia de granizo.
― ¡Corre! ― le dijo Haymitch ― Deprisa. La ley de Murphy siempre se cumple contigo.
Llegaron a una pequeña verja de hierro, rodeada por una barda de piedras.
― ¡Entra, Princesa! ¡Yo tengo a Louis, no te preocupes por tu maleta!
― ¡Duelen!
― Sí, parecen pelotas de golf ― corrieron por unas escalerillas de piedra y entraron a una pequeña edificación ― ¡Dios!
En eso voltearon y se dieron cuenta que estaban dentro de una pequeña Iglesia y estaban interrumpiendo una boda.
La pareja de novios se giró para verlos, aun tomados de las manos. Eran muy guapos, el novio de cabello cobrizo y la novia de brillante cabello rojizo recogido en un chongo del cual colgaba un largo velo blanco.
El sacerdote volteó a verlos y les hizo una pregunta ― ¿Tienen alguna razón o impedimento por el que este hombre y esta mujer no deberían unirse en sagrado matrimonio?
Todos los invitados que estaban sentados en las bancas se giraron a verlos también.
― No, Padre. Continúe ― se disculpó Haymitch ― Estoy seguro de que saben lo que hacen.
― Bien. En ese caso, son bienvenidos. ¿Por qué no se sientan? ― los invitó el sacerdote.
...
...
No lo planearon de esa forma, pero Haymitch y Effie sin saber cómo, se encontraban sentados bajo una gran carpa blanca a orillas de un lago, disfrutando de la boda de Finnick y Annie, la joven pareja que habían conocido minutos antes.
― ¿No se supone que deberíamos estar viajando hacia el distrito Diez?
― No ― le contestó la rubia ― Escuchaste al Padre, él nos llevará a una estación de taxis cuando termine.
― ¡Podemos caminar!
― No voy a caminar otras cuatro horas con estos zapatos! Además, mira qué hermoso es todo ― suspiró ella, girando una copa de champagne en su mano ― Aunque de haberlo sabido, me habría arreglado para la ocasión, justo hoy tuve que ponerme jeans y esta blusa de seda celeste, nada apropiada para la ocasión.
― Estás bien ― la vio de reojo él.
― Claro, con tu exquisito estilo por la moda, no dudo que encuentres cualquier cosa adecuada.
Él rodo los ojos, al menos tenía que agradecer que había whiskey ― Yo odio las bodas.
― ¿Por qué? ¿Por qué la gente está enamorada? ¿Te parece ofensivo? ― volteó a verlo.
― Sí ― contestó solo por seguirle la corriente y le dio otro trago a su bebida.
― Sabes, tienes muy raras opiniones y una mala actitud. ¿Pero qué? no estas casado y obviamente no has estado comprometido ― se llevó la copa a los labios.
― De hecho, sí lo estuve ― le contestó serio ― Una vez ― se terminó su trago.
Effie se avergonzó de su comentario, pero antes de poder disculparse. La novia tomó el micrófono.
― ¡Hola! No quiero interrumpir tan buena fiesta, pero quiero darle las gracias a mi esposo ― se giró para verlo y colocó una mano sobre su hombro ― Y quiero decir, que nunca robes, mientas o engañes ― él joven sonrió ― Pero si debes robar, entonces roba mis penas. Si debes mentir, miente conmigo todas las noches de mi vida. Y si debes engañar, entonces por favor engaña a la muerte, porque no podría vivir un día sin ti.
Effie volteó a ver a Haymitch, quien mantenía la mirada al frente.
― ¡Salud! ― concluyó la novia antes de besar a su esposo.
Todos los invitados comenzaron a aplaudir.
El rubio de inmediato se puso de pie y se alejó.
Effie se sentía muy apenada por los comentarios que le hizo en la mesa, y decidió ir tras él.
― ¿Estás bien? ― le preguntó cuándo llegó a la orilla del lago donde él estaba sentado sobre una gran roca.
― Magnífico. Solo que hace calor ahí dentro.
Ella no podía quitarle los ojos de encima ― ¿Quieres hablar de eso?
― Escucha, Princesa. No estás en el Capitolio, sino en el distrito Once. Así que bebe una copa y cállate de una vez por todas.
― Solo trataba de ayudar ― contestó indignada.
― ¿Ayudar? ― se cruzó de brazos.
― Sí.
― Qué gracioso. La mujer que está tan desesperada por llegar al distrito Diez, tomando la decisión más importante de su vida, basada en una ridícula tradición, que, francamente está llena de mierda… Gracias, pero no soy yo el que necesita ayuda.
― No está llena de mierda, como dices tan vulgarmente ― se giró para marcharse ― Es romántico ― volteó a verlo sobre su hombro ― Es muy romántico.
Effie pasó el resto de la tarde sola, sentada en la mesa, bebiendo martinis.
La carpa fue iluminada por cientos de pequeños foquitos de luz blanca y encendieron las velas que estaban en los centros de las mesas.
La pista estaba llena de personas bailando al ritmo de la música que tocaba un grupo tradicional de ese distrito. Haymitch se abrió paso entre todos ellos para llegar hasta donde estaba Effie.
― No soy bueno para las bodas.
― Son mejor con algunos martinis.
― ¡Muchas gracias a todos! ― dijo uno de los músicos al micrófono ― La siguiente canción es un pedido especial de una de las damas de honor.
― ¿Quieres ir? ― le preguntó el rubio.
― No ― negó con la cabeza ― No conozco este tipo de danza tradicional.
― ¿Nunca te relajas, cariño? ― la retó con la mirada.
― Sí, a mi manera ― tomó su mano y lo acompañó a la pista.
Una vez en el centro de la pista, tomó la mano de otro invitado.
― Es fácil, bailaremos haciendo un gran círculo en esa dirección.
Ella siguió sus indicaciones y comenzaron a bailar al ritmo de la música de violín. Después se soltaron y comenzaron a bailar en parejas, tomados de las manos.
Effie estaba pasando un rato agradable, nunca se había divertido tanto bailando en una boda, incluso hicieron cambio de parejas y ella trató de llevar los pasos. La música iba aumentando de ritmo y ella aún no podía regresar a los brazos de Haymitch, pero uno al otro se buscaban con la mirada.
El hombre con el que bailaba la abrazó por la cintura y comenzó a girar muy rápido, el resto de las parejas les hizo un circulo y les aplaudieron siguiendo el ritmo de la música, incluyendo a Haymitch quien estaba fascinado viéndola sonreír divertida.
Pero la diversión terminó muy pronto cuando uno de sus altos zapatos de tacón se le zafó en un giro y fue a dar a la frente de la novia.
Interrumpieron la música y todos los invitados hicieron gestos de horror.
― Lo siento muchísimo ― en verdad se sentía muy apenada. Estaba sentada frente a la novia, mientras ésta trataba de ver en el reflejo de una cuchara la marca que la punta de la aguja del tacón había dejado en el centro de su frente ― Estaba girando deprisa y no me di cuenta cuando salió volando mi zapato.
― No te preocupes ― trató de restarle importancia Annie ― Al menos no fue mi esposo.
Rieron las dos.
― Sí, claro. Al menos no fue él ― estiró la mano para tomar la de Annie y sin querer derramo una copa de vino tinto sobre el vestido blanco de la novia.
― ¡Oh! ― gritaron todos a su alrededor.
― Uhm… ― se quedó sin palabras por un momento ante la vergüenza y los nervios de no saber qué hacer ― Yo…
― Y pensé que yo era malo para las bodas ―murmuró Haymitch.
Effie se retiró de prisa, supuso que ni la novia ni el resto de los invitados querrían verla de nuevo. Agarró una botella de vodka junto con un vaso en su camino hacia afuera de la carpa y se dirigió hacia el lago.
Llevaba media botella cuando él se acercó por atrás ― ¿Estás bien? ― ahora fue su turno de preguntar.
― ¿No se supone que deberías estarme llevando al distrito Diez? ― levantó la vista.
― Solo dime cuando, Princesa. Tu sirviente espera, como siempre.
Ella comenzó a ponerse de pie ― ¿Sabes qué, Haymitch? ¿Sabes lo que eres? ― él la sostuvo por los brazos para que no perdiera el equilibrio ― ¡Eres una bestia! ― colocó las manos sobre su pecho ― Y no te soporto.
― ¿En serio?
― ¿Pero sabes qué? Sé muy bien lo que estás haciendo.
― Ah, ¿sí?
― Toda tu bestialidad es como … Es un acto. Es una gran máscara ― le acarició el pecho con las manos ― Gruñes, eres grosero y hablas bruscamente, pero tú… tú estás sufriendo. Y tienes una gran espina enterrada en tu pata de bestia… Como un león. Un león encantador ― pasó los brazos alrededor de su cuello.
Él se inclinó y unieron sus labios, comenzaron a besarse como lo hicieron durante la cena la noche anterior, pero de pronto ella se detuvo y se agachó a tiempo para vomitar.
― Genial ― dijo Haymitch.
― Lo siento ― se disculpó ella, antes de otra arcada.
― Eso es muy romántico ― la tomó de la mano para ayudarla a enderezarse y después pasó su otro brazo por debajo de sus piernas para cargarla ― Dios, eres un peso muerto.
― ¡Mi maleta!
― No te preocupes por Louis. La buscaré.
...
...
Effie abrió los ojos, la luz del día la cegaba, y pronto comprendió que estaba acostada sobre una banca con la cabeza apoyada en las piernas de Haymitch. Su maleta y su bolso estaban a un lado.
Él seguía profundamente dormido y cuando ella se enderezó vio que estaban afuera de otra estación de autobuses. Tomó el saco con el que él la había cubierto del frio y se lo colocó sobre las piernas. Tomó su maleta y su bolso y se marchó para buscar la cafetería más cercana.
El ruido del motor de un autobús al pasar a su lado, despertó a Haymitch, quién parpadeo varias veces antes de darse cuenta que estaba sentado solo en la banca.
Se paró de prisa cuando el autobús estaba por dar vuelta en la esquina y puso cara de horror, porque sabía que ese se dirigía al distrito Diez.
― Estás bromeando ― murmuró para sí, se quedó con la vista fija en la esquina por un momento ― ¡Perfecto! ― sacudió molesto su saco, sin saber que Effie estaba parada atrás de él desde hacía un rato, con dos cafés en una pequeña charola en una mano y no podía quitarle los ojos de encima.
Ella se acercó con una sonrisa y el ruido de la maleta hizo que él girara.
― Puedes descontar el café de mi cuenta ― le ofreció uno.
― Y no te olvides de añadir un nuevo par de zapatos, anoche vomitaste sobre los míos.
― Ponlos en la lavadora, quedarán magníficos ― trató de imitar su voz.
Ambos rieron.
― Perdiste tu autobús ― dijo él antes de darle un trago al café.
― Hay otro en 20 minutos ― le tendió el pasaje.
― Dios. ¿Voy contigo?
― Te pago para que me lleves al distrito Diez y ahí me llevarás.
― Mandona.
Durante todo el viaje en autobús, ella se fue recargada sobre su hombro, el gesto no le molestó en lo absoluto a Haymitch, al contrario, le agradaba su cercanía y el olor del champú que usaba.
Cuando llegaron, Effie de inmediato se dirigió a un teléfono público para llamar al hotel. Pero en recepción le informaron que Seneca había salido.
― Así que ya estamos en el distrito Diez ― trató de mostrarse optimista.
― Como lo prometí.
― Entonces supongo que debería pagarte ahora.
― Supongo que sí.
― Debe haber un cajero en el hotel.
― Claro, te acompaño hasta ahí ¿no?
― No, si no quieres.
― No dije eso.
― Podemos tomar un taxi.
― Tienes piernas, ¿no, Princesa?
― Mi mejor cualidad, según me dijeron.
Él la repasó con la mirada ― Es verdad.
Ella sonrió ― Es una hermosa ciudad ― caminaron a través de un parque ― Y no he visto hasta ahora a ningún traidor.
― De los que te tienes que cuidar es de los estafadores y timadores.
Subieron a un pequeño puente sobre un riachuelo y se detuvieron por un momento para ver el panorama.
― Ella está aquí ¿no? ― le preguntó Effie ― Aquí en el distrito Diez. Una de las estafadoras y timadoras ― él volteó a verla ― La castaña de la foto ― Haymitch bajó la mirada, pero eso le confirmó sus sospechas ― ¿Quién es el tipo?
― Mi hermano.
― ¡Oh! Entonces él y ella… Lo siento.
― Juntos manejábamos el bar y la posada, Danna, Aarón y yo. Compramos el bar y lo empezamos desde abajo ― perdió la mirada en el riachuelo ― Nos iba muy bien. Crecíamos muy rápido… Y pensé que Danna y yo estábamos muy enamorados ― volteó a verla ― Pero aparentemente no fue así.
Effie no sabía que decir, pero tampoco podía desviar su mirada.
― Así que eso que agarraría si tuviera 60 segundos, es el anillo de compromiso de mi madre, pero lo tiene ella.
― Bueno, ahora estás aquí. Deberías encontrarla y recuperarlo.
― No lo sé. Aunque mi madre dejó claro que ese anillo de compromiso sería para mí y el de boda sería de mi hermano...
― Pero es el anillo de tu madre y si te lo dejó a ti…
― En fin ― se enderezó él, quien había estado recargado en el barandal del puente ― Pensé que teníamos que ocuparnos de tu anillo. ¡Woo hoo!
― Sí, claro ― bajo la mirada por un momento, porque la verdad era que ya no le emocionaba para nada la idea como en un inicio ― Bueno, me alegra ver que finalmente estás de acuerdo.
― No tiene que ver conmigo. Soy solo el cargador del equipaje ― volteó a verla ― ¿Por qué habría de importarme?
― ¿No te importa? ― le sonrió ella.
― ¿Cambiaría algo?
Ella quiso decirle que sí, que eso lo cambiaba todo, pues esos días la verdad es que su mente había estado más ocupada pensando en él, que en Seneca, pero el largo silencio hizo que Haymitch malentendiera las cosas.
― Vamos, Princesa ― tomó su maleta y comenzó a caminar.
Hola!
Ya solo falta un capítulo más para el final, aunque estoy considerando escribir un pequeño epílogo. Les informaré el próximo capítulo
Muchas gracias por leer la historia y tomarse el tiempo de dejare sus comentarios.
hasta el próximo lunes
Marizpe
