II
Lapso
Había muy pocas personas con las bolas (metafóricas o no) necesarias para hablarle francamente al jefe de la tribu. Una de esas personas había sido su esposa Valka, quien estaba esperando a su esposo e hijo en el Valhalla. Otra de esas personas era el antes mencionado hijo, quien había declinado su derecho a ser el próximo jefe. Y la tercera persona era Bocón, el mejor amigo del jefe y el mentor del hijo de ese, quien, por cierto, consideraba que Hipo no había renunciado verdaderamente.
Y eso era lo que le estaba diciendo (con franqueza) a Estoico.
—...Sabes que el chico sólo quería librarse de esos atolondrados— decía el herrero, mientras seguía al furibundo jefe y señalaba en dirección a donde se encontraban los "atolondrados"—. Está cansado, nada más…
Pero, para el jefe eso no parecía ser suficiente excusa, ya que lo seguía ignorando.
—Sí sabes que Rompecráneos se fue detrás de ellos, ¿verdad?— siguió, picando la curiosidad del jefe.
—¡¿Qué?!— rugió Estoico volteando al fin. Pudo ver que la silla de su dragón estaba abandonada en medio del gentío.
—Qué puedo decir… Ese dragón es idéntico a tí— siguió diciendo Bocón con soltura.
Bocón había sido el mentor de Hipo durante mucho tiempo, así que conocía al muchacho casi tan bien (o incluso mejor) que Estoico. Hipo era lo más cercano que Bocón tenía a un hijo. Por eso sabía que cuando Hipo necesitaba tiempo para sí mismo el muchacho huía, se escondía, hacía algo que lo distrajera y luego regresaba como si nada hubiera pasado. El problema en esta ocasión era que Hipo y Estoico habían tocado un tema muy delicado durante su altercado: la sucesión. Ninguno de los dos había dicho con todas las letras lo que pasaría una vez que Estoico se retirara, así que ventilarlo a los cuatro vientos no fue prudente. Sobre todo con toda la presión que Hipo había estado soportando últimamente, ya que Estoico, lo más discretamente que podía (y no era mucho), había empezado a aleccionar a Hipo sobre cómo ser un jefe.
Desde que Hipo había probado a su padre, y a la tribu, su valía, Estoico había aceptado en su no muy vikingo hijo a un gran sucesor. El jefe había hecho el esfuerzo de cambiar su mente y todo lo que le habían enseñado para ver en Hipo (y en su singularidad) un nuevo modelo de líder. Por esa razón le daba al muchacho más trabajo, lo dejaba como un jefe sustituto cuando él se iba y le había dejado a él, y sólo a él, la responsabilidad sobre los jinetes y sobre los dragones. Sin embargo, últimamente, las lecciones se habían intensificado, sobre todo en función a las preparaciones para el invierno. Y, por si fuera poco, habían integrado, permanentemente, a Hipo en el Consejo. La verdad es que era obvio para todo el mundo que Estoico había decidido que Hipo sería su sucesor, pero nadie lo había dicho en voz alta. Ahora el gato estaba fuera de la bolsa, y no había nada más efectivo para asustar a Hipo que más responsabilidades.
Por lo tanto, en opinión de Bocón, tal vez no le verían los pelos a Hipo en unos días, tal vez un par de semanas. Antes de que él regresara, Bocón debía hacerle entender a Estoico que el muchacho se había "quebrado" bajo presión. Por supuesto, no estaba teniendo mucho éxito… ¿Sería la manera en la que él propio Bocón exponía sus ideas…? Nah… Los Haddock eran muy tercos, eso era todo.
Entonces, en su furia incontrolable, Estoico ordenó que comenzaran las labores de limpieza sin más retraso. Le ordenó a Bocón (quien tal vez debió mantener la boca cerrada por una vez en su vida) supervisar el norte, y luego el jefe se fue a la academia por un dragón para sí mismo.
—Astrid...— decía Hipo entre risas contagiosas y jadeos roncos—. Contrólate.
—No quiero— le respondió ella, coqueta y seductora. Trazó con sus dedos la mandíbula de Hipo, donde sentía la incipiente barba pelirroja, y sin controlarse, retiró a como pudo el cuello de la armadura de él. Luego, cuando tuvo parte del pecho de Hipo al descubierto, Astrid llevó sus labios a ese punto débil que él tenía justo sobre la clavícula.
Él gimió y arqueó la espalda.
—Eso es trampa...— reclamó entonces. Ella se rió y se recostó sobre el pecho de Hipo, mirándolo a los ojos. Él estaba sentado con las piernas estiradas, contra el tronco de un gigantesco árbol. Astrid se había sentado a su lado, pero, debido a los jugueteos constantes, había terminado frente a él.
—Nadie me ha acusado nunca de hacer trampa— ronroneó Astrid, provocando que Hipo sonriera perezosamente.
—Eso es porque tienen miedo de los golpes.
Esa tarde, pensó Astrid mientras supervisaba la limpieza en el sector sur de la isla, Hipo había estado extraño. La rubia descendió del lomo de Tormenta y se adentró en el Bosque de Berk, en donde ella e Hipo se escapaban con frecuencia para tener sus "momentos románticos". Últimamente no había mucho tiempo para estar juntos, pero se las arreglaban para tener, aunque fuera, unos minutos. Astrid llegó al mismo árbol donde ellos generalmente iban a pasar el tiempo. Era gigantesco, tanto que Chimuelo se trepaba y corría entre las ramas como un cachorro excitado. Cerca de ahí pasaba un río pequeño, donde Tormenta admiraba su propio reflejo. Ese árbol era el lugar de Hipo y Astrid. Así que ella se sentó ahí y pensó en esa tarde.
Había sido poco más de una semana desde que se habían encontrado ahí. Hipo había estado perezoso, callado, lánguido… Era como si sus fuerzas hubieran sido drenadas o como si lo único que quisiera hacer fuera dormir. Sin embargo, cuando ella le preguntó él no había dicho nada. Pensó que lo mejor sería dejarlo pasar, pero cuando había ayudado a Hipo a bañarse, él tampoco le había dicho qué le molestaba. Y ahora él había explotado. ¿Cuánto tiempo había estado él al borde? ¿Por qué no le había dicho nada a Astrid? ¿Era ella acaso tan poco confiable…?
—¡Maldito cabeza de troll!— gritó Astrid con todas sus fuerza. Ese imbécil… Cuando lo encontrara lo haría pagar un mundo de dolor. ¡Se suponía que eran una pareja, por Freyja! Aunque… ¿tal vez había sido culpa de la propia Astrid? ¿Tal vez ella no había presionado a Hipo lo suficiente por respuestas…?
Estaba pensativa y distraída, así que cuando Tormenta levantó la cabeza y la inclinó, como si escuchara algo a la distancia, Astrid se levantó de un salto y tomó su hacha, preparada para enfrentar cualquier amenaza.
—¿Qué sucede, chica?— le preguntó agitada a Tormenta sin esperar una respuesta. No estuvo mucho tiempo alerta, ya que reconoció a las figuras que se acercaban a ella. Los gemelos, así como Patán y Gustav venían montando a sus respectivos dragones.
—¡Astrid!— gritó Brutilda.
La mencionada enarcó una ceja y relajó su pose. Todos los dragones descendieron y los jinetes desmontaron.
—Déjenme adivinar— se cruzó de brazos, maldiciendo con sus pensamientos a Hipo, y continuó hablando—: están huyendo del trabajo.
Brutacio se llevó una mano al corazón en un gesto de ofensa muy dramático como para ser verdadero.
—¿Cómo puedes pensar eso sobre nosotros?
—Sí, Astrid, qué desconfiada. Ya terminamos— habló molesta Brutilda.
—¿Entonces por qué lucen tan culpables?— inquirió Astrid con inteligencia y la voz cargada de sospecha.
—Porque, mi querida Astrid— comentó Brutacio pasándole un brazo sobre los hombros a Astrid—, nosotros siempre lucimos culpables.
¿Cómo discutir con eso?
—Cómo sea, no tengo tiempo para ustedes— se acercó a Tormenta, dispuesta a seguir con su trabajo y obligándose a sí misma a no pensar en Hipo hasta que el sector sur estuviese completamente limpio. No obstante, antes que ella y su compañera emprendieran el vuelo, Patán se acercó a ella y la miró sonriendo de lado en una mueca totalmente ridícula:
—Vinimos a buscarte, preciosa…
Gustav se adelantó también, poniéndose al frente de Patán, y se detuvo en frente de Astrid. El muchachito levantó las cejas sugestivamente y Astrid intentó controlar el escalofrío de miedo que la recorrió.
—Yo te vine a buscar, Astrid bonita— dijo finalmente, como si él y Patán compitieran por ver quién podía ser más irritante.
Astrid volteó los ojos, asqueada sí, pero más molesta que cualquier otra cosa. ¿Cuántas veces tenía que decir "no" para que entendieran? ¿Cuántas veces tenía que explicarles que no estaba interesada? ¿Tendría que golpearlos durante toda su vida para que la dejaran en paz? Ella se negaba a sacar a relucir que tenía novio, en parte porque ella e Hipo no habían hecho pública su relación, pero también porque ella no debía necesitar un novio que alejara a los otros tipos. Sus "nos" debían ser suficiente, maldita sea.
—¡Heather vino!— intervino Brutacio colocándose frente a Gustav y empujando al chico lejos del camino con una mano despectiva.
—Yo le quería decir...—murmuró Gustav, pero Astrid no le prestó atención, muy enfocada en la información que Brutacio acababa de soltar.
—¿Heather?
Efectivamente, cuando Astrid y sus compañeros jinetes regresaron a la aldea, se encontraron con que el plateado dragón Cizalladura se estaba alimentando de una de las fuentes de pescado. Era una evidencia de la presencia de Heather en la isla. Astrid buscó a su amiga con la mirada, pero le fue imposible encontrarla. ¿Dónde estaría?
No había visto a Heather en mucho tiempo. De vez en cuando la morena se pasaba por Berk, siempre llevando regalos, historias y abrazos llenos de nostalgia y cariño. Heather siempre se aseguraba de llevarles noticias sobre lo que sucedía en el sur y en la Orilla del Dragón. Después de declinar el mando sobre la tribu Berserker (algo que realmente no le habían ofrecido con la mejor de las sonrisas), Heather decidió ser la guardiana de las islas del sur, cuidando a los pobres dragones de los cazadores como la Jinete Solitaria, haciendo gala de sus habilidades como doncella escudera y buscando a su perdido hermano Dagur. Hipo le había solicitado que tomara la Orilla como base y Heather había aceptado con entusiasmo. Pero era muy raro que Heather fuera hasta Berk, ya que siempre quedaba aterrada de descuidar la zona.
—¡Astrid!— se oyó como la llamaban a lo lejos. Astrid volteó y vio a Heather, quien no se perdía entre la multitud berkiana. Por alguna razón ella resaltaba naturalmente.
—¡Heather!— saludó Astrid de vuelta. Al encontrarse las dos muchachas se abrazaron y luego se separaron sin soltarse de los brazos, manteniendo la cercanía entre ambas—. ¡Qué sorpresa verte aquí! ¡Has cambiado mucho!
Heather sonrió. La muchacha ya no llevaba su negro cabello largo, sino que se lo había cortado a la altura de los hombros y eso le añadía unos cuantos años. Sin duda se veía más madura, más grande y más fuerte: ya no era tan frágil y estaba más alta que Astrid. Ya no eran tan parecidas. Vivir sola como una defensora de dragones la había moldeado en una guerrera sólida en una manera diferente a la de Astrid.
—Tú también has cambiado— le comentó de pasada soltándose de Astrid, y luego apartó la mirada como si buscara algo—… ¿Dónde está Hipo?
—No menciones su nombre— le susurró Brutacio—. Está prohibido.
Astrid pateó a Brutacio derribándolo, provocando la risa de algunas personas que estaban cerca. ¿Cómo se atrevía a hablar como si Hipo fuera un tabú? Sí, había sucedido algo grave, pero no era taaan grave. Era más bien una rabieta de niño grande que Hipo había expresado (y Astrid lo castigaría por ese comportamiento infantil, cuando lo encontrara, por supuesto).
—No está prohibido— siseó Astrid, pero luego añadió hacia Heather, pensándolo mejor—. Aunque sería prudente que no menciones su nombre cerca del jefe. Hubo un pequeño incidente.
—Entendido— se apresuró a contestar Heather, sin embargo no pudo ocultar la curiosidad que sentía sobre esa historia, y Astrid intentó decirle con la mirada que se lo contaría después.
—¿Qué haces aquí, por cierto?— indagó Astrid, queriendo cambiar el tema.
Ante estas palabras, Heather cambió su semblante por uno amargo y digno de batalla. Ella bajó la voz, acercándose más a Astrid (y los demás jinetes también se acercaron):
—Ya lo hablé con el jefe, él va a convocar a una reunión— ella miró hacia los lados, asegurándose que nadie más escuchaba—. Hay un ejército de cazadores de dragones, y vienen hacia acá.
Volaban hacia el norte sin pensar, sólo siguiendo la dirección del viento helado, alejándose más y más de la isla que llamaban hogar. Cada vez que surcaban el infinito cielo, Hipo sentía su piel desaparecer, entumecido por el frío, la altura y la adrenalina. El movimiento de los fuertes músculos del dragón provocaba un movimiento fluido, casi marítimo, relajante. El corazón fuerte de Chimuelo bombeaba sangre a un ritmo frenético pero pacífico e Hipo había logrado amoldar su propia respiración, su propio latido, a la respiración y al latido de su amigo. Eran, después de todo, una extensión del cuerpo del otro, dos partes de un mismo sistema, dos almas gemelas, una mente dividida en dos cabezas.
Pronto, el horizonte se desdibujó en una masa blanca arremolinante. Así que, para analizar su situación, Hipo y Chimuelo se detuvieron en el aire. Sacando su catalejo, Hipo escaneó los alrededores, por ahí cerca debía de haber una isla donde él y Chimuelo pudieran descansar, recuperarse y pensar. No era común para ellos volar hacia el norte tan cerca del invierno, sobre todo porque las aguas estaban infestadas de dragones marinos peligrosos, cazadores y, por supuesto, misterios. Sin embargo, sí habían ido en esa dirección en un par de expediciones.
Precisamente, hacía un año, mientras hacían el mapeo de la zona, Hipo y Chimuelo habían descubierto un campamento improvisado de cazadores de dragones. En la costa de una isla de hielo se podían apreciar dos navíos viejos, muy usados pero resistentes, en donde había una media docena de jaulas ocupadas por dragones. Durante la noche, Hipo y Chimuelo sacaron a los dragones y luego procedieron a quemar las embarcaciones. Lo único que escucharon sobre el sonido del viento fue el grito de terror: "¡furia nocturna!". En el fondo de su mente, Hipo siempre se había preguntado qué hacían los cazadores tan al norte tan cerca del congelamiento de las aguas, pero, en general, no puedes pedirle mucha lógica a ese tipo de gente.
A lo lejos, en dirección de Berk, se veía la figura de un dragón que se acercaba a toda velocidad. Hipo suspiró de forma pesada, en serio, ¿era tanto pedir un poco de espacio? Decidido a esperar al jinete (quizás eran Astrid y Tormenta), Hipo siguió buscando islas para descansar. Estaba seguro que cerca de ahí había tierra (o hielo, siendo muy técnicos). Pero, a decir verdad, llegaba un punto donde no podía distinguir el horizonte, ni siquiera con el catalejo. Analizó las nubes, que se oscurecían en ciertos puntos, así que quizás había una tormenta, pero no era posible estar seguro, porque todo lo que veía era una masa blanca y uniforme.
Fue sacado de su ensimismamiento por el sonido de un aleteo pesado, lento, fuerte y muy conocido. Hipo se llevó una mano a los ojos, con cansancio, y comenzó a hablar con dificultad producto de su necesidad de ser comprendido.
—Papá… de verdad lo siento, Chimuelo y yo sólo queríamos volar…— pero al mirar a quien le hablaba se quedó mudo, con los ojos fijos en los del gran dragón que lo había seguido desde Berk—… ¿Rompecráneos? ¿Qué haces aquí sólo?
El alma de un dragón era tan fácil de ver, de reconocer, de percibir… Hipo no tenía idea de por qué los vikingos habían sido incapaces de comprender, durante tantos años, lo maravillosos que eran los dragones. Eran tan comunicativos, eran inteligentes, eran puros. Para Hipo era obvio, sin embargo: cada vez que se conectaba con un dragón por medio de la mirada era deslumbrado una vez más. Rompecráneos, con una mirada le había abierto su corazón, su mente y había expuesto sus propósitos. Nunca dejaría de asombrar a Hipo que los dragones no necesitaran palabras en absoluto. Sonrió tristemente, y se estiró sobre la silla de Chimuelo, extendiendo su brazo todo lo posible hasta poder acariciar a Rompecráneos.
—Debe ser difícil tenernos como familia a nosotros, ¿eh?— le preguntó a los dragones, refiriéndose a sí mismo y a su padre. Le respondieron con un resoplido que decía "¿tú qué crees?".
Luego de eso, Hipo rebuscó entre las alforjas de la silla y encontró el mapa de su propia autoría y se ubicó en los mares del norte.
—Estoy casi seguro que esa isla grande de hielo está hacia allá— señaló hacia el horizonte luego de ubicar en el dibujo los pocos relieves que había identificado en la expedición—. Vamos a descansar y regresamos a Berk, ¿les parece?
Guardó el mapa y el catalejo, para seguidamente dirigir a Chimuelo en el camino antes señalado. Rompecráneos los siguió como un guardián preocupón, lo que le recordó a Hipo a su padre, Estoico. No era la primera vez que las similitudes entre Rompecráneos y el Jefe de Berk eran obvias, ¿tal vez dragones y jinetes se emparejaban por afinidad de personalidades? ¿Quizás, después de mucho tiempo juntos, uno tomaba actitudes del otro y viceversa? Pensó en sí mismo y en Chimuelo, pero, a decir verdad él no podía pensar en muchas semejanzas con su amigo… ¿Tal vez, al estar tan cerca, era incapaz de verlo?
Sumergido en sus pensamientos, y sintiéndose protegido por dos de los dragones a quienes se sentía más apegado, Hipo no prestó mucha atención a la espesa neblina en la que se estaban adentrando. Sin embargo, Chimuelo se removió nervioso, intentando escuchar algo, siendo imitado por Rompecráneos.
—¿Qué pasa?— preguntó Hipo, al notar que ninguno de los dragones se calmaba. ¿Qué los tenía tan preocupados?
Un ruido fuerte de latigazo se escuchó en algún punto abajo de ellos. Por instinto, Hipo hizo el movimiento para esquivarlo, pero eso sólo hizo que Rompecráneos fuera golpeado. El gruñido del dragón fue lamentable, mientras caía. Girando, antes de que el dragón fuera arrastrado, Hipo sacó su espada, saltó del lomo de Chimuelo y cayó sobre Rompecráneos. Intentó cortar las cuerdas, pero para su desgracia eran cuerdas antidragones. Eran cadenas.
Saltó de nuevo. No podría ayudar a Rompecráneos si caía con él. Llamó a Chimuelo y el dragón descendió. Se intentaron alcanzar mutuamente, en una rutina que habían efectuado cientos de veces ya, pero una red fue disparada y atrapó al furia nocturna.
—¡No!— gritó Hipo con todas sus fuerza.
Casi contra su voluntad, extendió las alas de su traje de vuelo, para estabilizarse. Intentó mirar a los cazadores de dragones, pero sólo pudo distinguir la figura de Chimuelo siendo tragada por el espeso y blanco vacío.
—¡Chimuelo!— gritó, recibiendo como respuesta un chillido asustado por parte de su amigo y de Rompecráneos. ¡No estaban lejos!
Debía intentar llegar al barco, si era necesario pelearía con uñas y dientes. Necesitaba salir de la niebla, llegar al barco y salvar a sus dragones. Sin embargo, mientras daba vueltas en el aire bajando gradualmente, fue golpeado por una bolsa de aire violenta, fuerte, que dañó por completo su plan de vuelo. Fue revolcado, una ola de tormenta en el aire, él un juguete diminuto, insignificante.
—¡Chimuelo!— gritó, esta vez con pánico por sí mismo, el aire no regresaba a sus pulmones.
De pronto, ya no estaba siendo rodeado de aire, sino que era golpeado por pedacitos de hielo que le rasgaban la piel, lo quemaban ahí, donde lo tocaban. Entre más descendía más suave era el hielo, pero era igual de implacable.
Estaba en un remolino.
Moriría así, asfixiado.
Y el pobre Chimuelo. El pobre Rompecráneos… ¿Qué sería de ellos?
«Por favor, no quiero morir», imploró a todos los dioses. Su deseo, tan ferviente, rivalizaba con su preocupación por los dragones. Rivalizaba, también con su necesidad de respirar.
Los dioses se apiadaron de él: la bolsa de aire se disolvió y él cayó en una espiral descontrolada. Al último momento, con pocas fuerzas, extendió las alas y planeó, evitando golpearse en el suelo con fatal impacto. Sin embargo, se vio arrastrado sobre la nieve fría del piso dolorosamente por varios metros hasta que se detuvo por completo.
A su alrededor sólo escuchaba el rugido de los vientos del norte. Abrió los ojos, sintiéndose desorientado, olvidadizo, sordo. En su mejilla descubierta la nieve dejaba una huella de fuego, ahí donde la tenía apoyada. No obstante, carecía de las fuerzas para levantarse y protegerse a sí mismo. Hipo tenía el muslo izquierdo en un ángulo forzado, pero, ¿qué importaba, en realidad? Tumbado bajo la inmensidad del universo, derrotado, ridículo e insustancial… ¿Qué importaba la pérdida de sensibilidad en sus huesos? Respiraba con bocanadas pequeñas, débiles, tristes. ¿Qué era, dónde estaba?
Abrió los ojos, viendo blanco. Blanco, blanco, blanco. Nada más que blanco. Miró su brazo, extendido tan lejos de sí mismo como si fuera una extremidad ajena. Era él lo único que desentonaba ahí, con su armadura oscura manchada de sangre. Sangre roja. El carmín se extendía con rapidez a su alrededor, como la pintura de guerra en la piel de una guerrera de piel de leche, como Astrid. No… Astrid, su hermosa y magnífica Astrid no usaba pintura roja, ella decía que era su color. El color de Hipo y de Chimuelo. El color de la barba de su padre. El color de la…
...la…
De golpe, Hipo se sentó. Gritó de dolor cuando tironeó los músculos de su pierna izquierda. ¡Chimuelo y Rompecráneos lo necesitaban! Mierda… ¿Cuánto tiempo había estado ahí, sólo, regodeándose en su propia miseria? Jaloneó su pierna una vez más, pero su extremidad artificial se había quedado enganchado en una piedra.
—¡Chimuelo! —gritó con una voz audible solamente por sí mismo—. ¡Rompecráneos!
Gritaba. Esforzado intentaba liberar su pierna, pero era cada vez más débil, descoordinado… Cada vez había más sangre en la nieve. Su cabeza se hacía ligera.
N.A: Gracias a quienes se han tomado el tiempo de leer y le han dado una oportunidad a la historia. Gracias a Dlydragon (no puedo responder a tus comentarios como me gustaría porque fueron como invitado, pero gracias :D). Algo que olvidé aclarar del capítulo anterior: La carrera está basada en las carreras de Mario Kart 8 (en realidad cualquier M.K.).
Saludos!
