III
Urdos
El sol misericordioso calentaba la piel, hacía que el corazón fuera cálido, murmuraba pequeños destellos de vida ahí donde tocaba. Estaba acostado en el bosque, al pie del árbol que él y Astrid habían adoptado como propio, y sentía el sol rozando la piel desnuda, reconfortando, calmando. No quería abrir los ojos, pesados. Estaba en paz. El sol, delicioso, que tantas veces lo había abrazado, lo hacía de nuevo.
Una mano delicada comenzó a tocarlo, mojando su piel con un trapo, haciéndole cosquillas (deliciosos toques) ahí donde iba. Esperaba sentir la rugosidad de una palma acostumbrada al trabajo duro, esperaba sentir las callosidades de unos dedos guerreros, fuertes, unidos a una pequeña pero vigorosa mano, a un brazo fuerte… Pero la mano que lo tocaba era pequeña, sí, pero suave, virgen. Sujetó a quien lo tocaba, alejándolo de sí mismo y abrió los ojos.
Estaba en un cuarto oscuro, aunque había velas encendidas y una fogata que mantenía el ambiente confortable. Hipo notó que seguía sosteniendo la mano de una persona, así que levantó la cabeza: a su lado, sentada, estaba una joven de piel olivácea, rostro redondo, ojos rasgados, labios rojos y cabello largo y negro. Llevaba puesta una túnica gruesa, más de lo que Hipo había visto en Berk, y tenía en su regazo un cuenco lleno de agua.
—Ha despertado— susurró la joven en una voz alegre, quedita y con un deje de sorpresa. Hipo se preguntó si le hablaba a él, pero detrás de la joven hubo movimiento. Otra joven, muy parecida a la primera, pero obviamente mayor, se acercó al lecho.
—Es verdad— dijo ella examinando a Hipo con ojos muy insistentes. Él se removió incómodo bajo la mirada escrutadora y fue consciente de que estaba desnudo bajo las mantas.
—Yo...— comenzó a hablar, aunque su voz no salió. La joven que había estado ungiendo su piel lo detuvo al cubrirle la boca.
—Estás confundido— sentenció ella, como si lo conociera mejor que él mismo.
—Ivalu— advirtió la mayor y luego se acercó más a Hipo, hablándole—. Lo encontramos en la nevada, malherido… El jefe quiere hablar con usted.
Hipo cerró los ojos cuando un mareo lo sacudió desde su propio núcleo. ¿En la nevada? ¿Cuándo había sucedido eso? Recuerda el esplendor de un blanco incandescente, una niebla espesa infinita. No importó hacia donde se arrastró, no había nada más que blanco, vacío y frío. Gritó, mucho, sin escucharse a sí mismo sobre el clamor del viento implacable. Recuerda que buscaba algo, algo importante (más importante que sí mismo)... Pero… No sólo había blanco, también rojo, tanto rojo… Sobresaltado se apartó de las dos jóvenes y se sentó, sosteniendo su cabeza entre sus manos: había sido atacado por cazadores de dragones y se habían llevado a Chimuelo y a Rompecráneos, ¿estarían ellos bien? ¿Cuánto tiempo había pasado desde ese momento? ¿Estarían, acaso, muy lejos para encontrarlos…?
—¿Cuánto tiempo... llevo dormido?— preguntó con voz rasposa.
—Un día— respondió la mayor de las jóvenes—. Aún no ha recuperado sus fuerzas, pero es alto y corpulento, así que no dudo que estará pronto en pie— siguió ella. Hipo la miró y ella bajó la mirada avergonzada y con un sonrojo no muy notorio en las mejillas morenas siguió hablando—… Tuvimos que cortar su ropa para curarlo— explicó.
Se miró y notó como las mantas se habían deslizado lejos de su cuerpo. Hipo sintió como sus mejillas se encendieron también, y jaló hacia su pecho las mantas. Su pie derecho quedó al descubierto. La menor de las jóvenes, Ivalu, miró el espacio vacío donde debía estar el pie izquierdo y, con una voz cargada de angustia, susurró:
—Qué triste...—sus ojos se anegaron de lágrimas que no soltó, su mirada, se fijó en los ojos verdes de Hipo y una sonrisa agridulce floreció en medio de su rostro—. Pero tu amigo y tú son iguales ahora…
La mirada de la chica fue penetrante, e Hipo se sintió nuevamente ahí en el fuego de la reina roja, cayendo, presa del pánico, rogando por lograr alcanzar a Chimuelo. Sus ojos se llenaron de lágrimas que representaban los largos días e interminables noches de recuperación, esos días sólo se permitió derrumbarse frente a su mejor amigo. Desde que era niño, cuando se prometió no volver a llorar para ser el vikingo fuerte que su padre quería, sólo había llorado frente a Chimuelo…
—El jefe quiere verlo— habló la joven mayor, interrumpiendo el momento. Desorientado, trastornado, Hipo sacudió su cabeza. La chica más joven, Ivalu, volvió a sonreír encantadoramente, e Hipo sintió una oleada de aprecio por ella, aunque también sintió aprensión.
La prótesis de Hipo había sido de las pocas posesiones que habían sobrevivido. El traje de vuelo, la ropa, la bota y la armadura habían sido cortadas, porque habían estado en el camino de las curanderas Ivalu y Ulloriak, aunque no era que hubieses estado en muy buena forma cuando lo encontraron. El catalejo, el mapa y la mayoría de sus provisiones estaban en la silla de Chimuelo, pero él siempre cargaba consigo algo en caso de emergencia: yesca seca, un lente de aumento que el mercader Johann le había vendido, un poco de pan, agua, un puñal y su espada Inferno. Lamentablemente, sólo lograron recuperar sus armas, ya que él se había comido el pan y había bebido el agua en un vano intento por recuperar fuerzas durante la nevada. Cuando lo encontraron, desmayado por la pérdida de sangre, Hipo había estado muy cerca de la muerte.
Todo el costado izquierdo de su cuerpo estaba marcado por raspones, cortadas y quemaduras por fricción y por la nieve. Su rostro, expuesto al viento implacable, se había quemado mucho, tanto que Hipo lo sentía ardiendo, además le costaba mucho sentir las puntas de los dedos de sus manos. Tenía múltiples heridas y moretones, tanto por la caída como por la carrera de dragones; pero su antebrazo izquierdo se había llevado la peor parte: tenía una herida larga, dolorosa y muy profunda. Las curanderas le habían cosido la herida con un hilo grueso, le habían colocado una sustancia pastosa y verde que le provocaba a Hipo náuseas por el olor, y luego habían vendado la herida con una piel de animal gruesa. Él había perdido mucha sangre, estaba cansado, adolorido y extraviado: estaba débil, estaba a merced de estas personas, pero no podía detenerse ahí durante mucho tiempo. Chimuelo y Rompecráneos lo necesitaban.
Cuando estuvo listo pidió que le prestaran ropa, pero ni Ivalu ni Ulloriak lo dejaron vestirse solo. Hipo intentó no sentirse avergonzado. Realmente lo intentó. A pesar de sus múltiples protestas, las jóvenes terminaron de lavar su cuerpo (que ya no tenía ni rastro de la negra sustancia de los gemelos que Hipo había empezado a llamar La Maldición de Loki), lo enjugaron con un aceite de olor agradable y le ayudaron a ponerse unas pesadas ropas de piel gruesa y rugosa, que pese a su apariencia exterior, eran muy cómodas.
Se colocó su prótesis, ignorando lo mejor que pudo la mirada inquisitiva de las jóvenes, y salió de la tienda siguiéndoles. Afuera, Hipo fue sorprendido por una brillantez alarmante, un sol alto que se reflejaba en el paisaje nevado con fuerza. Se cubrió los ojos con una mano y esperó a acostumbrarse a la luz. Cuando lo hiz recorrió con la mirada el lugar: un campamento no muy grande, con una docena de tiendas de tamaño considerable, como la que Hipo acababa de dejar. Había trineos, recipientes y ganchos de pesca, armas de cacería, jaulas grandes pero vacías y muy poca gente. Al mirarlos, Hipo comprendió por qué Ulloriak, la mayor de las jóvenes, le había dicho que él era grande y corpulento: las personas en el campamento eran de una estatura similar a la de Patán, algunos, como Ivalu, más bajos; y aunque se veían muy corpulentos y anchos, Hipo sabía que se debía a las múltiples capas de ropa que llevaban encima: él mismo se veía casi tan ancho como Dagur.
—¡Anori!— gritó Ulloriak, haciéndose oír sobre el viento incesante. Un hombre mayor, tal vez mayor que Estoico, se volteó y se encaminó hacia donde se encontraban Hipo y las chicas. Sus ojos se posaron brevemente en la figura de Hipo y su mueca se transformó en una de odio -Hipo agradeció la figura imponente que tenía gracias al abrigo—. ¿Sabe dónde está mi padre?—preguntó Ulloriak respetuosamente.
—Está en la bodega— contestó el hombre bruscamente, sin dejar de mirar a Hipo con asco, odio y furia.
—Gracias, Anori— respondió ella, se inclinó ligeramente y luego se volteó hacia Hipo—. Sígame.
Caminaron entre las tiendas y las miradas de odio no se desvanecieron: era obvio que Hipo no era bienvenido ahí. En realidad no le extrañaba, él era un vikingo y los vikingos no eran muy populares, pero le molestaba, ya que él nunca había estado en ese lugar, no había hecho nada malo… Le habría gustado ser invisible, porque con cada paso y con cada mirada se sentía más pequeño.
Llegaron a la bodega, una tienda como las demás, pero que debería haber estado repleta de cajas y provisiones, aunque ese no era el caso. Hipo observó la falta de recursos y frunció el ceño: él era consciente de las necesidades que se presentaban durante el invierno, Berk se estaba preparando para enfrentar la crudeza del frío, y al ver la bodega de esas personas lo supo, supo que no iban a sobrevivir, no si se quedaban ahí. En la bodega había un pequeño grupo de personas, y el jefe, quien estaba en el centro, destacaba, pues era un hombre grande, casi tan alto como Hipo. Llevaba una barba corta, tipo candado, y sus ojos rasgados eran astutos y severos. Hipo lo miró y notó la preocupación, ya que el jefe también sabía que estaban en una situación precaria.
—Padre— llamó Ulloriak con suavidad, pero el hombre levantó su mano para silenciarla. El jefe e Hipo se miraron a los ojos. Intimidado, nervioso y todavía confundido, Hipo inclinó su cuerpo como había visto hacer a Ulloriak, con respeto.
—Veo que ya el vikingo está en pie, puaj—comentó una mujer con desprecio, haciendo énfasis en la palabra vikingo y escupiendo en el suelo.
—Sakari, basta— reprendió con severidad el jefe, pero ni la mujer ni los demás presentes cambiaron su semblante despectivo. El jefe, pensando quizás en que su invitado estaba en algún tipo de peligro, se encaminó a la salida, llevándose a Hipo con él de un brazo. Y sólo a Hipo. El vikingo no pudo evitar el volver su cabeza hacia atrás y fue despedido con más muecas despreciativas, a excepción de Ivalu y Ulloriak. Sintió una oleada de cariño por las dos.
El jefe soltó a Hipo y le pidió que lo siguiera. Le mostró la pequeña aldea, improvisada, arrasada, pobre. El paisaje alrededor era desolador: paredes gigantescas de hielo hermoso de colores inimaginables, de pureza aterradora. Era un lugar muy hermoso, pero Hipo no era un idiota y sabía que las cosas hermosas podían ser muy peligrosas, sobre todo porque se aprovechaban de su propia belleza para tomarte desprevenido. Además, a Hipo no le gustaba el hielo porque siempre se resbalaba. Dio y mal paso y tuvo que sostenerse del jefe de la tribu. El hombre esperó pacientemente a que Hipo se estabilizara.
—Discúlpeme...— murmuró Hipo avergonzado.
—Nunca había conocido un vikingo que se disculpe—contestó el jefe—. O un vikingo que no grite y ataque todo lo que se mueve… Aunque yo tampoco atacaría si me superaran en número.
Hipo tomó esa afirmación como una señal para hablar, presentarse, explicar y entender.
—Yo no soy un vikingo como otros. Me llamo Hipo Haddock, vengo de Berk, al sur de aquí y…
El jefe lo calló con un gesto.
—Todavía no le he permitido hablarme, Hipo Haddock de Berk— dijo el jefe con voz de ultratumba, e Hipo no retrocedió aunque su instinto le dijo que lo hiciera—. Habla mucho, pero ahora va a escuchar—Hipo apretó los labios para evitar responder con palabras y asintió (si quería que escuchara, Hipo podía escuchar)—. Esto es lo que queda de la Tribu Urda. Y me dejaré de llamar Ujarak si permito que un vikingo destruya lo que nos ha costado tanto conservar.
—Le puedo asegurar que no he venido a… Me perdí… Sólo quiero regresar a mi hogar, y agradezco enormemente que me hayan salvado la vida. Les debo mi vida— dijo Hipo sin poder contenerse, dándose cuenta de la veracidad de sus palabras—. Jefe Ujarak: usted me salvó la vida y haré lo que sea para retribuir su generosidad, pero necesito marcharme porque debo buscar a dos amigos míos, me separé de ellos en la tormenta.
—Ya lo veremos.
—¿Cómo es la hierba?— preguntó Ivalu mientras le cambiaba el vendaje a Hipo, provocando que él se removiera incómodo en su asiento. No era la primera pregunta que hacía ella, ni tampoco la primera que la hacía ver como una niña más pequeña de lo que era, pero Hipo estaba preocupado por otra razón: no era la primera vez que ella preguntaba sobre algo en lo que él estaba pensando.
Su mente había divagado un poco, aunque no le gustara admitirlo, después de todo se encontraba en un ambiente extraño, un poco/bastante hostil y sin una idea de cómo podrían estar los dragones. Pero, aún así, mientras la chica que no podía ser mayor de catorce años curaba su herida, Hipo había pensado en cómo unos días atrás él, Astrid, Tormenta y Chimuelo habían disfrutado de un par de horas de tranquilidad bajo un árbol que se deshojaba para el invierno. Sólo unos días atrás… Y había pensado en la hierba, cómo se había sentido en su piel desnuda, cómo lo rozaba con cada movimiento que Astrid hacía sobre él… Y luego, Ivalu había preguntado sobre la hierba. ¿Podría ella leer la mente? ¿Sería posible…? Desechó ese pensamiento, muerto de vergüenza, por supuesto que no era posible… Aunque, por si acaso, se prometió prudencia en su proceso mental.
—¿Nunca has visto la hierba, Ivalu?— le preguntó Hipo como una forma de enfocar su desbocada mente.
Ulloriak, que había estado sentada por ahí vigilándolos, bufó molesta.
—Por supuesto que ha visto la hierba, ¿cómo cree que hicimos ese ungüento?— señaló ella lógicamente, pero con respeto hacia Hipo—. Sólo intenta molestarlo.
—No lo quiero molestar… Solo quiero escuchar cómo describe la hierba. Quiero saber cómo es para él— contestó Ivalu sonriente, después ató los extremos del vendaje—. ¡Listo!
Hipo examinó su brazo, para seguidamente colocarse el abrigo pesado de nuevo. Los tres salieron de la tienda en procesión, ya que debían buscar sus alimentos. Hipo había descubierto que Ivalu también era hija del jefe, así que él suponía que para Ujarak él no representaba peligro, de otra manera no lo habría dejado sólo con sus dos hijas. Tal vez el jefe creía que Hipo no era lo suficientemente estúpido o valiente como para atacar una tribu por sí sólo, y si era así él jefe tenía razón; sin embargo, Hipo tampoco quería atacarlos: le habían salvado la vida.
Afuera, la oscuridad reinaba pero era alejada con debilidad por antorchas pobremente protegidas. Entre más al norte estabas, más cortos eran los días y con el invierno tan cerca… Hipo no tenía idea de cómo iba a salir de ahí con tan pocas horas de luz, o qué tan lejos estaba del mar abierto o un barco, o un dragón. Ese lugar congelado le disgustaba a Hipo más con cada segundo.
Entraron en una tienda y se sentaron un poco alejados de los demás. Ivalu, bendita ella, se había ofrecido a traer la comida de los tres, así que Hipo no se tuvo que acercar a los alimentos, pero tampoco se quedó solo. Examinó al jefe, quien lo veía desde el otro extremo de la tienda, y supo que estaba a prueba, de él dependía pasarla o no.
—Mi padre es un hombre sabio, Hipo— le afirmó Ulloriak con serenidad y delicadeza—. Si usted no tiene nada que esconder, no tiene nada que temer.
—No tengo miedo por mí, Ria— le confesó Hipo, e ignoró la sorpresa de Ulloriak ante el apodo, porque ella se iba a acostumbrar, lo iba a ver como un amigo, necesitaba aliados ahí—. Tengo miedo por mis amigos.
La joven abrió sus hermosos ojos con sorpresa y se removió incómoda.
—¿Hay… ?— miró a su alrededor y bajó la voz con miedo—. ¿Hay más vikingos por aquí…?
Los urdos, aparentemente, le temían a los vikingos, pero Hipo no quería indagar más. No era odio, era temor… Pero Hipo no se encontraba en una situación donde pudiera ser curioso, no quería llamar la atención sobre lo que hubiese sucedido. Y tampoco iba a mencionar a los dragones, ¿y si lo consideraban un loco? ¿Loco o peligroso? Ninguna de las dos opciones era alentadora.
—No debes temer, Ria. En Berk somos pacíficos— decidió comentar—. Pero mis amigos fueron capturados y necesitan mi ayuda.
—¿Mi padre lo sabe?
Hipo asintió con solemnidad. Ella lo miró como si no le creyera, pero eventualmente lo haría. Lo único que Hipo planeaba esconder en ese lugar era la especie de sus amigos perdidos. No podía arriesgarse a ser asesinado y abandonar para siempre a Chimuelo y a Rompecráneos. Sin embargo, debía ser honesto y ganar la confianza del jefe Ujarak, porque necesitaba ayuda y necesitaba marcharse de ahí.
Ivalu regresó con tres platos. En ellos había una porción diminuta de algo parecido a los guisantes pero de un color extraño, y un pedazo muy pequeño de carne. Hipo tomó el plato de Ulloriak y se lo dio con gentileza, y luego tomó el suyo y le dio las gracias a Ivalu con un "milady", logrando que ella riera deleitada. Astrid decía que él era encantador, ¿qué mejor situación para explotar esa cualidad? Probó los guisantes cafés y no le parecieron del todo desagradables, aunque eran bastante amargos. Después, se llevó a la boca el pedazo de carne y le arrancó un pedazo de un mordisco: era carne dura, difícil de comer, pero no sabía mal, estaba bien cocida y sazonada. Hipo estaba seguro de que nunca había probado algo parecido.
—Ria, ¿de qué es esta carne? ¿Ballena? He escuchado que sabe bien— le preguntó a sus acompañantes. Ria negó con la cabeza, tragó su porción y le respondió.
—Es difícil encontrar ballenas por acá en esta época del año... Si es así generalmente son las que se retrasaron en su migración, pero su carne sí es muy sabrosa. Esto es carne de dragón.
Hipo la miró con incredulidad, esperando haber escuchado mal o ser víctima de una broma pesada, pero Ria sólo siguió comiendo, ignorante al disconfort de Hipo. Era como si una piedra hubiese caído pesadamente en su estómago, sentía que su boca se llenaba de bilis, sentía como si fuera a vomitar. Una mano delicada tomó el trozo de carne que Hipo seguía sosteniendo. Como un bobo, Hipo se giró y vio como Ivalu se servía la carne ella y le daba sus guisantes a Hipo. Cuando la chica lo miró a los ojos, él notó su sonrisa triste.
—Está bien— le susurró ella, y siguió comiendo como si nada hubiera sucedido.
Pero algo había sucedido.
—¿Hay más tribus que comen dragones en esta zona?— preguntó con una voz fría y desinteresada que le sorprendió.
—Sí— contestó Ria—. No hay muchas fuentes de alimento por acá. Cuando el hielo es más delgado pescamos, a veces encontramos ballenas, algunos animales marinos… Pero son principalmente dragones. Son difíciles de matar, pero su carne se conserva bien, rinde mucho y es carne buena para todos— ella bajó un poco más la voz con actitud grave—. Justo ahora hay una expedición de cazadores, la última antes del invierno… Si ellos no regresan con muchos… Es difícil ver dragones por aquí durante el invierno.
Hipo asintió distraidamente. Tal vez los cazadores urdos habían capturado a Chimuelo y Rompecráneos… Tal vez los traerían con vida. Tal vez… Tal vez se habían ido para siempre en manos de otra tribu…
—¿Cuándo regresan los cazadores?—inquirió Hipo.
—No estoy segura.
El ambiente durante la comida le recordó a Hipo los banquetes en Berk: las conversaciones pululaban en todos los rincones, había risas, juegueteos y escándalo. A pesar de lo monstruoso que era comer dragones Hipo no pudo evitar notar la humanidad de esa tribu, eran personas tal y como las personas en Berk. Incómodo, Hipo se disculpó con las hermanas y se levantó. Sintiendo algunas miradas acusadoras en su espalda, salió.
El aire frío contrastaba con el calor de su piel. Necesitaba respirar. Se alejó aún más de la tienda y en cuclillas vomitó lo poco que había comido. Sabía que requería de esos alimentos para recuperarse pero se sentía enfermo, ¡su mejor amigo era un dragón, por Thor! Oh… Era horrible, era horrible, era horrible… ¿Cómo podían comer dragones? ¿Cómo…? Las arcadas interminables convulsionaban su cuerpo, parecía que iba a expulsar sus entrañas, su alma, lo que fuera. Temblando, se cubrió el rostro, todavía sorprendido, horrorizado, mareado. ¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Cómo…? ¿Qué haría él si Rompecráneos y Chimuelo, su familia, sufrían ese destino oscuro?
Temblaba, no por frío, sino por miedo. Sudaba, no por calor, sino por nerviosismo.
Se obligó a relajarse, aunque le tomara toda la noche o toda la vida. Tomó del suelo un poco de nieve y se la llevó a la boca, masticando y lavando el sabor rancio en su lengua. Utilizó unos minutos extra para reponerse y regresó. Había llegado a una resolución: se quedaría en esa tribu hasta que regresaran los cazadores, porque necesitaba aferrarse a la posibilidad de que Chimuelo y Rompecráneos hubiesen sido capturados por ellos y que siguieran con vida.
N.A: Antes que nada, este capítulo está dedicado a Olenka Arévalo, quien está cumpliendo años hoy: ¡Felicidades! (Feliz cumpleaños a tí, ya queremos pastel, aunque sea un pedacito, pero queremos pastel...). :D :D. Una amiga tuya me contó que te gustan mis historias, así que espero que disfrutes esta también :D. Por cierto, lamento que el capítulo no sea muy alegre (nada alegre, en realidad D:), pero igual espero que te guste.
Gracias a quienes están leyendo y a quienes han comentado la historia haciéndome saber si les gusta, eso me alegra mucho :D. El espacio de comentarios es para establecer un diálogo lector-autor, y disfruto mucho leyéndolos, sobre todo cuando tienen sus propias teorías y cuando cuestionan lo que están leyendo.
Saludos!
