IV

Preparativos

El Consejo de Berk, los jinetes, el Equipo A y Heather se encontraban reunidos. El jefe Estoico se paseaba de un lado a otro inquieto, recordándole a Astrid enormemente a Hipo, e igual que el hijo, ese comportamiento del padre estresaba a Astrid, «Realmente se parecen mucho» pensó Astrid con un deje de nostalgia que no le complació, así que se obligó a prestar atención a Heather, quien estaba hablando sobre la situación. Astrid era primero una escudera de Berk, después era una hija y por último era una novia, debía sacar de su mente a Hipo y centrarse en el ataque que se avecinaba.

—Es una flota muy numerosa, más de lo que Viggo tuvo alguna vez— decía Heather.

—¿De cuántos barcos estamos hablando?—preguntó Estoico sin dejar de moverse.

—Muchos. Docenas— contestó ella con gesto grave y el ceño fruncido.

—¿Cómo podemos estar seguros de que vienen para acá?— preguntó Bocón con practicidad—. Una flota grande es peligrosa, y no está de más prepararse, pero, ¿por qué estás tan segura de que se dirigen a Berk?

Como toda contestación, Heather sacó un pergamino grande que llevaba en una bolsa. Lo extendió sobre la mesa de reuniones. El jefe no detuvo su andar, sino que observó desde lejos y ante el asombro de los presentes, Heather extendió un mapa de todo el archipiélago y sobre la isla de Berk había una enorme cruz negra. Desde el sureste había flechas que probablemente indicaban avances. Astrid miró con atención el mapa, asustada por la contundente prueba, ya que era una sentencia de ataque evidente. Docenas de barcos repletos de cazadores de dragones…Amenazando el estilo de vida de Berk. Amenazando a los dragones, a las personas.

—Obtuve el mapa cuando estaba buscando a mi hermano— explicó Heather—. Lo tenía uno de los capitanes. El barco estaba en un muelle. Entré sin que me vieran.

—¿Estás segura?— preguntó Estoico, por fin deteniéndose y examinando el mapa de cerca.

—Sí, señor.

—Cuando vean que el mapa falta podrían cambiar de planes, ¿no?— dijo tímidamente Patapez.

Astrid se cruzó de brazos y con sorna espetó:

—Apuesto a que ese capitán está muy avergonzado como para mencionar la pérdida del mapa— ese tipo de persona no podía admitir un error, nunca.

Heather asintió.

—Yo también estaba contando con ese escenario— comentó ella seriamente.

—¿Cuándo planean atacar?— preguntó Estoico.

—No lo sé— admitió ella insegura—. Pero creo que se estaban preparando para partir.

El jefe frunció el ceño y se llevó una mano a la barba, acariciándola pensativamente. Astrid sabía lo que iba a decir, era obvio que necesitaban verificar el ataque y preparar las defensas. De pronto, Brutacio comenzó a reírse como un desquiciado, dejando a todos los presentes confundidos.

—¿Qué?— rugió el jefe molesto por la interrupción. Brutacio señaló con sus manos el mapa, sin dejar de reírse, así que todos los presentes examinaron el pergamino.

—¿Qué pasa con el mapa?— dijo Heather, buscando y buscando. Astrid se preguntó si tal vez era un mapa de comercio, o si era un mapa de un ataque viejo y fallido. ¿Qué era lo que Brutacio veía pero ellos no?

—¡Ah!— gritó Astrid de repente, se levantó de la silla donde estaba y se dirigió hacia Brutacio, hacha en mano, dispuesta a descuartizarlo. Él, por supuesto, no prestaba atención, sólo se reía. Lo tomó de su camisa y llevó el filo del hacha a la garganta de ese idiota.

»¿Qué es? ¿Qué hay en ese mapa, maldito troll?— preguntó Astrid rugiendo las palabras. Ella no sabía por qué le estaban prestando atención a Brutacio y sus estupideces, tal vez, por el momento tenso, sólo querían una distracción. Y Astrid le gustaba la sensación de hacer algo con sus manos, aunque ese "algo" fuera asesinar a uno de los suyos. Brutacio, sin dejar de reír, dijo una sola palabra "Berserker".

Astrid abrió los ojos mucho, confundida y se volteó hacia la mesa sin dejar de sostener y amenazar a Brutacio. Con las cabezas inclinadas todos examinaban el mapa. Astrid estaba expectante. De pronto, Patapez exclamó:

—¡Lo tengo!—y con su regordete dedo señaló un punto vacío en medio del océano, en medio de las flechas de avance de los cazadores—. La isla de los Berserkers debería estar aquí.

—¡Ja!— dijo Patán con burla llevándose las manos a la cintura—. ¡Esos cazadores se van a llevar un susto!

Astrid soltó a Brutacio y lo dejó caer al piso para analizar el mapa por sí misma.

—¿Estás seguro, Patapez?— preguntó ella. Si existía una remota posibilidad de que los cazadores tuvieran un mapa defectuoso… Sin duda los Berserkers no dejarían pasar tantos barcos por su territorio. Podrían ganar tiempo… Tal vez.

—Es verdad— confirmó Estoico—. Conozco el archipiélago como la palma de mi mano.

—¿Entonces? ¿Esperaremos que los Berserkers se coman a los cazadores?— dijo Bocón mientras bebía una cerveza que Astrid no sabía de dónde la había sacado.

—Los Berserkers no comen personas— respondió Heather enfadada.

—Por supuesto que no— concedió Bocón indiferente.

Brutilda, quien había estado muy callada en un rincón de la habitación aclaró su garganta y habló como si fuera la persona más inteligente en la sala y estuviera aburrida:

—Tal vez saben que la isla está ahí, pero la ocultaron en el mapa— se miró las manos y examinó sus uñas, pausando su discurso y haciéndose la interesante. Astrid sintió el impulso de atacar a otro Thorston con su hacha.

—Explícate— ordenó el jefe, cuando se hizo evidente que la rubia no continuaría su discurso.

Pero Brutilda extendió su mano izquierda hacia arriba, en el gesto universal de pedir dinero, y se le dibujaba una sonrisa maliciosa en el rostro. El jefe golpeó la mesa con sus gigantescas manos, haciendo a todas las personas saltar.

—¡No fue una pregunta!

Brutilda se encogió de hombros:

—Está bien, está bien— y le susurró a su hermano con tanto volumen que todos escucharon perfectamente—. No me extraña que Hipo se haya ido— el jefe apretó los puños, pero Brutilda ni se dio cuenta.

—Thorston...—le advirtió Astrid a Brutilda.

—Sí, sí, ya va: si yo quisiera aliarme con los berserkers sin que nadie que se robe un mapa se de cuenta…

—Borrarías la isla del mapa— completó Heather con asombro.

Pocas veces se habían enfrentado en batallas aunque estaban preparados para eso: desde que Berk estaba en paz con los dragones la isla había estado en una época de prosperidad y tranquilidad sin precedentes. Aunque habían sido atacados por los parias y los berserkers, los hooligans ya no estaban acostumbrados a la pelea y eso asustaba a Astrid más de lo quisiera admitir. Porque aunque estuviera en la sangre, aunque la raza de Berk fuera de guerreros puros, fuertes como volcanes, firmes como montañas, no habían tenido una guerra en mucho tiempo. Y es que las peleas ocasionales, las batallas contra cazadores y las riñas no se comparaban con las guerras: en las guerras perdías todo. Y si los cazadores formaban una alianza con los berserkers Berk tendría una guerra. El hacha de Astrid cayó al piso con un golpe sordo y rompió el hechizo en el que la sala de reuniones estaba sumida. Las miradas se dirigieron a ella.

—Lo siento...—murmuró ella mientras recogía su arma. Una guerra… Docenas de barcos de cazadores, docenas de barcos Berserkers… Thor

El silencio, tan raro en las reuniones de vikingos, se quería instaurar con la fuerza de una piedra, pero el jefe no lo permitió. Con autoridad se irguió la totalidad de su imponente altura y elevó su voz con confianza y liderazgo: cuando el jefe te hablaba sólo podías decir "sí, señor". Y si tenías dudas no te atrevías a decírselo en la cara.

—Astrid— dijo él—, tú y los jinetes irán a investigar a los cazadores. Quiero saber dónde están, cuándo planean atacar y si tienen intención de una alianza con los Berserkers. Llévate a Sharpshot, es el dragón mensajero más veloz. Si ocurre una emergencia envíenlo y el Equipo A irá como refuerzo dándole tiempo a los barcos. ¿Entendido?

Astrid asintió, pero se mordió el labio nerviosa. No quería llevarse a Sharpshot.

»¡A preparar los barcos!— terminó de decir el jefe y el grupo se dispersó con rapidez. El jefe, Bocón y Spitelout se quedaron atrás, sin embargo. Astrid cuadró los hombros y se acercó al trío porque necesitaba hablar con Estoico antes de partir. Aclaró la garganta y habló con seguridad:

—Jefe, ¿me permite unas palabras?

Estoico asintió, pero no se la llevó a un lugar aparte, así que Astrid lo tomó como una invitación para hablar ahí y ahora.

—No me puedo llevar a Sharpshot, es el dragón de Hipo y…

Antes de que terminara su idea el jefe la interrumpió.

—Ya di mis órdenes, Astrid— declaró él implacablemente. Pero Astrid no era una cobarde y no se iba a quedar callada.

—¡Sharpshot puede encontrar a Hipo! Señor… ¡No podemos ir a una guerra sin decirle nada a Hipo!

Bocón aclaró su garganta y habló con indiferencia, moviendo su garfio de un lado a otro con pereza:

—No te preocupes por él, Astrid. Él vendrá pronto.

Astrid sintió una ira súbita y, aunque se avergonzó por eso, sintió como había lágrimas en sus ojos que se negó a dejar escapar.

—¡Usted no sabe eso!

—Oh, sí lo sé, Astrid. Él hacía esto mucho cuando era un niño, no le gustaba estar en un mismo sitio por mucho tiempo.

Astrid negó con la cabeza, más enojada, frustrada…

—Él podría estar herido, podría estar...— podría no querer regresar, pensó ella.

Estoico se acercó a Astrid y colocó una mano en su hombro. Cuando ella miró al jefe a los ojos (ojos idénticos a los de Hipo) notó que Estoico temía lo mismo que ella.

—Chimuelo y Rompecráneos están con él… Además, si interceptamos esos barcos a tiempo no habrá guerra.

Ella asintió de nuevo sin estar muy segura. Odiaba sentirse así, tan asustada y vulnerable: ella no se comportaba de esa manera, ¡ella era Astrid la Audaz, por Odín! Sin embargo, debía admitir que era más fácil sentirse valiente si sabía exactamente dónde estaban su mamá, su papá, Tormenta y… También era más fácil estar bien si estaba segura de que Hipo estaba bien. Pero venía una guerra y el imbécil de su novio había volado lejos, justo como iba a hacer antes del examen final. ¿Y si no regresaba nunca?

¿Y si ella no regresaba nunca?

«Bueno, nos preocuparemos por eso después» pensó Astrid mientras empacaba todo lo necesario para el viaje. «Ahora hay que pelear».