V

Sin tiempo

Los siguientes días, como pago por la hospitalidad de la que era sujeto, Hipo se hizo a sí mismo útil en la tribu. Pronto los urdos se acostumbraron a ver al alto vikingo de una pierna ayudando en todo lo que podía. Con las habilidades que había aprendido de Bocón, Hipo reparó algunas herramientas (negándose categóricamente a mejorar las trampas y armas) y ayudó al jefe Ujarak a planear un muro rompevientos para colocarlo alrededor del asentamiento. Al interactuar con el jefe Ujarak había descubierto que era no sólo era sabio, como lo había descrito Ria, sino que era como un padre para todos los miembros de la tribu, y además era razonable: ya le había dado la oportunidad de contar su historia e Hipo creía que eso era un avance.

A decir verdad, la naturalidad con la que Hipo se había incorporado a la rutina de la tribu lo desconcertaba, sobre todo porque ya había empezado a forjar relaciones un poco cordiales y había empezado a apreciar a algunas personas. El jefe y sus hijas eran amables, pero también estaba Nanuk, un anciano herrero con un sentido del humor extraño e inoportuno quien creía que las manos de Hipo eran regalos de los dioses. Neruana era el abuelo de Ria e Ivalu y sabía mejor que nadie las artes medicinales y le había preparado a Hipo un ungüento para que su pierna no le doliera en el frío. Y luego estaba Pipaluk, quien había descubierto la aversión de Hipo por la carne de dragón… A pesar de haber hecho algunas relaciones cómodas con algunos miembros, Hipo no se sentía agusto durante las comidas: Ivalu, Ria y él comenzaron a tomar sus alimentos en la tienda de las curanderas. Ria no preguntó ni una sola vez por qué Ivalu le servía sólo guisantes a él, pero Pipaluk lo había descubierto y había empezado a enviarle guisantes acompañados por un pedazo de pan pequeño. En resumen, Hipo no sabía cómo agradecer la amabilidad infinita de la que era sujeto.

Las heridas del vikingo se curaban con rapidez gracias al ungüento que Ivalu le aplicaba un par de veces al día, sin embargo, la cortada del antebrazo seguía mal y parecía empeorar, ya que a pesar de ser ambidiestro, Hipo sí favorecía su mano izquierda y había estado trabajando sin cesar. Ria lo había regañado, pero él no podía quedarse de brazos cruzados: cuando llegaran los cazadores, y si tenían a Rompecráneos y Chimuelo, Hipo tendría que negociar con los urdos, hacerles entender que no debían comer dragones sino que podían ser sus amigos, y sólo lo escucharían si aprendían a respetarlo y valorarlo a él como persona. Sin embargo, los días pasaban muy rápido, el invierno se acercaba y el tiempo, imparable, se agotaba para Hipo.

Ya se había resignado a su rutina: se levantaba cuando salía el sol y era desnudado y bañado por Ivalu y Ria (aunque él protestara), luego ayudaba en lo que se necesitara antes de que se agotaran las horas de sol, y en las horas de oscuridad se ganaba la confianza de tantos miembros de la tribu como podía. Sin embargo, a pesar de su trabajo arduo la partida de cazadores regresó antes de que Hipo se sintiera preparado para enfrentar la batalla. Él se encontraba trabajando con el jefe cuando un gran alboroto recorrió la pequeña aldea. Ujarak y él siguieron el ruido: un grupo de cinco o tal vez seis personas vestidas con ropas de viaje traían un dragón enjaulado y exhaustos semblantes.

Llevaban un dragón. Un dragón. Nada más un dragón, un shock marino gigantesco. La pobre bestia no tenía fuerzas para pelear, se encontraba encogido sobre sí mismo en el reducido espacio de la jaula donde lo llevaban. A Hipo se le rompió el corazón y sin poder detenerse se hizo paso hasta el frente de la multitud siendo seguido por el jefe. Cuando estuvo frente a frente del dragón no pudo mirarlo a los ojos, porque el dragón tenía sus dos cabezas agachadas, estaba sumiso como una bestia tan impresionante no debería serlo.

—¡Ujarak!— exclamó uno de los cazadores acercándose al jefe con los brazos abiertos. E Hipo pegó un salto imperceptible. Se sacudió de los pensamientos amargos y prestó atención a lo que sucedía a su alrededor. Unos cuantos metros más allá el jefe se abrazaba con gran afecto a un hombre que se le asemejaba mucho. Los dos hombres permanecieron en esa postura durante largos minutos, siendo imitados por los demás cazadores quienes se reunían con sus familias luego de una extensa y dolorosa ausencia. Cuando se separaron, el cazador mucho más joven que el jefe, tenía el rostro cubierto de lágrimas—. Hermano… Te he fallado… Le he fallado a la tribu…

El jefe negó con la cabeza y abrazó a su hermano de nuevo, habló con fuerza para que toda la tribu escuchara:

—No, Ituko, no nos has fallado. Los dioses nos han fallado.


Todos los miembros de la tribu se habían reunido ante la cacería fallida. Obviamente Hipo no estaba invitado, así que él se quedó afuera, desde donde podía ver al pobre dragón, aunque sin acercarse mucho a él o ella. El frío nocturno se le instalaba en los huesos e Hipo lo agradeció, pues sentía que si su cuerpo se entumecía su mente haría lo mismo eventualmente. ¿Cómo podía ser tan estúpido? Había asumido, habría jurado, estaba completamente seguro que Rompecráneos y Chimuelo habían sido capturados por los urdos y había apostado toda su energía a ese hecho… Pero ahora… Había perdido el tiempo, el rastro estaba borrado: ¿cuántas posibilidades tenía de encontrar a los dos dragones ahora? Era un estúpido, era un imbécil… Tantos días desperdiciados en los que Rompecráneos y Chimuelo lo habían estado esperando asustados, quizás heridos… Si es que no estaban muertos ya.

Se preguntó vagamente si lo buscaban en Berk, o si Rompecráneos y Chimuelo de algún modo habían escapado… Sin embargo no valía la pena tener esperanza, al menos no en esa trampa de hielo donde se encontraba. Debía irse, pero su posición era desconocida, era obvio que necesitaría la guía del jefe, además, el shock marino, aunque entrenable, era un dragón de mar, no podía simplemente robarlo y escapar. Se llevó una mano a la cara, exhausto, porque su situación acababa de cambiar para peor. Desde el interior de la tienda principal se percibían los barullos exaltados de una tribu desesperada, y los pensamientos de Hipo hacían eco a aquellos: ¿qué más quedaba? ¿A dónde ir? ¿Qué hacer ahora?

Con pasos cortos y delicados Ivalu salió de la tienda, dejando detrás de sí la acalorada discusión. Hipo sintió la presencia de la niña y permitió que ella se acercara a él y lo abrazara con ternura, aunque él prefería evitar el contacto físico al máximo. Las manos pequeñas de Ivalu viajaron hasta el rostro de Hipo, sosteniéndolo como un ancla al mundo real y esos ojos sagaces y profundos se clavaron en los de Hipo, empujando el alma del vikingo con fuerza demoledora, y de inmediato fue dominado por la tristeza, la incertidumbre y el horror porque la tribu no sobreviviría el invierno y porque morirían devorándose los unos a los otros entre la desesperación de la hambruna y la locura, y él estaría lejos, muy lejos, sin poder evitar la separación, el abandono: él estaría impotente. En sus ojos las lágrimas se agolparon, la angustia le pesaba, lo ahogaba, le daba pánico, él sería alejado de su gente, su gente moriría y él no moriría con ellos. Los riscos de hielo que se levantaban a su alrededor, altos, altos, altos, amenazadores, gigantes con dientes filosos y garras negras venenosas… Sabía que no vería a su padre de nuevo, sabía que no vería a su tribu de nuevo, porque el hielo se los tragaría en un bocado glotón, insaciable e infinito. El final era predecible, mientras tanto él estaría viviendo obligado después de haberlo perdido todo. ¿Cuánto tiempo podría divagar? ¿Era justo que él se salvara de un destino compartido, aunque cruel?

¿Por qué él sí merecía vivir?

¿Por qué los dioses, crueles, malditos e inmisericordes insistían en juguetear con el destino de las personas?

¿Por qué él sí merecía vivir?

¿Por qué…?

Estaba mareado, así que se apartó de Ivalu tambaleando, sintiendo su cabeza explotar y teniendo sus mejillas empapadas de lágrimas y sudor. En la mañana tendría que lavarse la sal de la piel… Tendría que lavarse, tenía que limpiarse, y calmarse, y respirar… Odiaba eso. Odió la sensación de incertidumbre e infinita confusión. Ivalu estaba inmóvil, con los ojos en blanco, como en trance, pero Hipo no encontraba las fuerzas para acercarse a ella, ¿cómo podría? Ni siquiera podía sostenerse a sí mismo, ¡ni siquiera entendía la situación! ¡Era más grande que él! Estaba siendo superado, estaba perdiendo y ni siquiera conocía a su contrincante, no entendía contra qué se enfrentaba… ¿Por qué tenía tanto miedo?

¿A qué le temía?

De pronto, el barullo de la tribu se acercaba a la noche. Saliendo de la tienda, los urdos llevaban en sus manos antorchas flameantes, arpones puntiagudos y jarras de aspecto ceremonial. Hipo se sacudió de sus pensamientos, ignorando a duras penas la presión en su espalda contraída. Buscó la figura del jefe Ujarak en la multitud pero fue infructuoso. Se encaminó a la tienda, que estaba casi vacía, sólo el jefe y su hermano permanecieron atrás. Incómodo, Hipo dudó en el umbral de la tienda sobre si entrar o no, pero la tribu estaba preparándose para un ritual nocturno e Hipo estaba seguro que involucraba al dragón de una manera u otra. Se aclaró la garganta y los dos hombres ahí notaron su presencia.

—Disculpe la interrupción, Jefe, pero me gustaría hablar con usted— dijo Hipo aparentando confianza y seguridad, buscando ocultar lo devastado que se sentía en realidad, Ivalu lo había descolocado en lugar de reconfortarlo.

—¿Es el vikingo?— preguntó Ituko, el hermano del jefe. Hipo sintió la mirada escrutadora del hombre, pero no se sintió incómodo, no estaba siendo criticado, sino estudiado, y era un cambio refrescante. Ujarak asintió. Con educación, Hipo se adentró aún más en la tienda y se presentó con una pequeña inclinación de cabeza:

—Mi nombre es Hipo Haddock, hijo de Estoico el Vasto.

Ituko se presentó de vuelta, como el hijo del gran Neruana, fundador de la tribu y curandero. Ituko era el cazador más experimentado de los urdos, después de su hermano Ujarak, y entre los dos se encargaban de sacar la tribu adelante.

—Supervisa los preparativos, Ituko— dijo el jefe despidiendo a su hermano, quien salió sin quitarle la mirada de encima a Hipo—. Necesita hablar conmigo— sentenció el jefe taciturno.

El vikingo dudó. ¿Qué se suponía…? ¿Qué era lo correcto y qué no? Hipo se paseó por la tienda y examinó el contenido sin mucha atención, como el cobarde que era en esos momentos, y con su actitud cargaba de mayor veneno y pesadez la atmósfera de por sí difícil. ¿Cómo le pides a un jefe derrotado que deje ir a su única presa? Además, ¿por qué sentía en su corazón la pesada certeza de que él iba a sobrevivir pero la tribu no? Se enjugó el rostro empapado con la manga de su camisa, nervioso, turbado, desorientado.

—Va a pedirme que no mate al dragón, ¿no es así, Hipo?— declaró seriamente el jefe, sorprendiendo a Hipo—. Ulloriak estaba muy preocupada por su comida, ya que se niega a comer carne.

Todavía nervioso, Hipo se volteó y encaró al jefe urdo:

—Mi tribu vive en armonía con los dragones, jefe. Los dragones son criaturas maravillosas… Mi mejor amigo es un dragón, yo daría mi vida por él y sé que él haría lo mismo por mí— dijo con honestidad, imprimiendo en las palabras toda la lealtad por Chimuelo que pudo, tal vez era su única oportunidad de salvar al shock marino, o de salvarse a sí mismo. Pero el jefe Ujarak no contestó. El hombre se encaminó hacia la salida de la tienda con paso lento y ceremonial e invitó a Hipo para que lo siguiera.

Una vez afuera, con un gesto amplio de su brazo, el jefe llevó la atención de Hipo hacia los preparativos de una ceremonia solemne. Cien antorchas habían sido colocadas en espiral hacia el centro del asentamiento, y en el centro había una copa ornamentada. Cada mujer llevaba en su cabeza una corona delicadamente entretejida de ramas secas y los hombres llevaban en los cintos un arpón recién pulido. El jefe se volteó hacia Hipo y dijo con suavidad:

—Dudo que valoren a un dragón de la manera en la que nosotros lo hacemos.

Hipo entendió. Porque en Berk también le agradecían a los dioses por la comida. En Berk también valoraban a los animales que sacrificaban. En Berk también lo hacían. Pero… Aunque sabía que era inútil, y derrotado de antemano, con un mareo que ni los dioses le podían arrancar del pecho, Hipo hizo un intento más teñido de desesperación:

—Señor, un dragón puede ayudarlos a conseguir más comida, o a trasladar su asentamiento a un lugar menos cruel, sería un guardián y…

Pero Ujarak levantó una mano exigiendo el silencio de Hipo.

—No puedo alimentar a un dragón, ni siquiera por un día— y lo miró con una profunda decepción que se le instaló a Hipo en lo más hondo de su ser—. Preparé su salida para antes del amanecer.

Así, el jefe se reunió con su tribu, dejando a Hipo con frío, tristeza, impotencia y con una sentencia de muerte para el día siguiente. ¿Cómo sobreviviría rodeado de hielo y sin su mejor amigo a su lado? ¿Debía quedarse quieto mirando la muerte de ese pobre dragón, sólo por la posibilidad de que le dieran provisiones? ¿Por qué no se quedó en Berk, junto a su padre, con Astrid, con Chimuelo y con Rompecráneos? ¿Por qué estaba tan asustado…?

Desde su posición alejada, Hipo vio como las mujeres urdas colocaban sus coronas a los pies del dragón todavía enjaulado, y luego, toda la tribu se postró a los pies del animal en una reverencia profunda, respetuosa y cargada de agradecimiento. En su pecho, Hipo sintió lágrimas agolpándose en sus ojos con tristeza genuina por el destino fatal que le esperaba al pobre dragón… Recordó al shock marino que Patapez tanto había cuidado, recordó a todos los dragones que había amado…

¿Por qué tenía que morir? ¿Por qué valía más la vida de una tribu a la del pobre dragón?

¿Cómo se atrevía él a dudar?

Abrieron la jaula del dragón e Hipo fue incapaz de apartar la mirada. La pobre bestia se encontraba débil, ¿qué tanto podría defenderse? Sólo esperaba que su muerte fuera rápida e indolora… ¿O quizás él debía intervenir? ¿Podría intervenir? Cuando la jaula estuvo completamente abierta Hipo contuvo la respiración, porque los ojos del dragón se abrieron de golpe. El dragón saltó fuera de la jaula con una fuerza impresionante y demoledora, lanzando urdos de un lado a otro mientras acumulaba electricidad para defenderse. El pánico se extendió como el fuego entre la tribu, ya que el gigantesco dragón, aún inútil de escapar, se movía con dificultad sobre la nieve pero con fuerza, energía y desesperación.

Hipo corrió hacia la bestia contra corriente y siendo empujado por urdos asustados que huían. Hipo necesitaba llegar antes que los hombres que estaban preparando sus armas. Tal vez si él lograba calmar al shock marino el pobre dragón no tendría que morir. Sin embargo, la gente corría, empujaba, bloqueaba el camino de Hipo.

—¡Hipo!— escuchó él un grito desgarrador que venía detrás de él, así que volteó entre la multitud sin dejar de avanzar. Miró a Ria, aterrada, señalar hacia el dragón—. ¡Ivalu!

Comprendiendo con horror, Hipo fue más enérgico en su paso. En el rango de mayor peligrosidad del dragón se encontraba Ivalu, quedita, como él la había dejado. Ella no se movía para nada, sólo estaba ahí, de pie, con un dragón enfurecido y agresivo a unos pasos de ella.

Hipo sacó su espada de fuego de la que no se separaba y corrió, encarando al dragón con valentía. Accionó el dispositivo y agitó la espada de un lado a otro, las grandes llamaradas capturaron la atención del dragón, casi hipnotizándolo. En un tono calmado, suave y cariñoso, Hipo habló hacia la chica petrificada:

—Ivalu— casi arrulló él—, vuelve con tu hermana, cariño—, pero ella no se movía, estaba desenfocada. Con pasitos inseguros, Ria se acercó a Ivalu y se la llevó con ella a la multitud.

Ya, sin Ivalu en peligro, Hipo apartó su espada y extendió su mano derecha hacia el dragón, confiando en la bestia, demostrándole respeto y asegurándole al dragón un ambiente seguro. El shock marino, en un gesto que lo rompió a Hipo el corazón, se acercó a él y le brindó al vikingo confianza recíproca. Con el rabillo del ojo, Hipo notó que estaba siendo observado, así que se enfocó en eso: el jefe Ujarak lo miraba con profunda tristeza, era como si el jefe supiera que Hipo no iba a permitir que tocaran a ese dragón… Era como si el jefe Urajak no fuese a intentar matar a Hipo para llegar al dragón… Era como si el jefe Ujarak estuviera derrotado.

Era como si hubiera aceptado la derrota.

Con lágrimas en los ojos, con imágenes de canibalismo que Hipo no tenía idea de donde venían, con gratitud y confusión y mucho dolor, Hipo llevó su espada a la base de los cuellos del shock marino y perforó la dura carne, sin dejar de pedirle perdón al dragón, sin dejar de llorar.