VI
El Gran Cazador
Cuando era niño Hipo lloraba todo el tiempo. Bocón decía que él "estaba muy conectado con sus emociones", o algo por el estilo. Por supuesto a Estoico no le gustaba que su hijo, a parte de ser debilucho y flacucho, fuera un llorón. Entonces, un día, Hipo había decidido que nunca más lloraría por nada y por nadie, su padre estaría orgulloso cuando notara lo fuerte y valiente que era en realidad su hijo. Vinieron tormentas, noches frías, dragones fieros, madrugadas largas y solitarias… E Hipo no lloró: él era el hijo del jefe, era un vikingo, debía ser duro como una roca, impetuoso como un huracán. Sólo se había permitido derramar lágrimas de rabia y frustración consigo mismo frente a Chimuelo, y se había sentido culpable, porque el pobre dragón gemía con él, se inquietaba, se ponía triste… Así que Hipo prometió no llorar de nuevo, bajo ninguna circunstancia.
Bajo ninguna circunstancia.
En alguna parte del vasto universo, Hipo sabía que algún dios se estaba burlando de él. ¿Cómo podía un humano simple y débil atreverse a intentar controlar su propia vida, su propia fortaleza? ¿Cómo osaba él, un simple y delgaducho vikingo, a intentar mantener las riendas de su propio destino? Había sido ingenuo, había sido arrogante, había sido un imbécil. Y frente a sí mismo, la imagen de su propia cara, cubierta de tierra, con los ojos rojos e hinchados, le devolvía la mirada con tristeza y decepción. Frente a sí mismo podía ver a ese niño diminuto que había sido hacía mucho tiempo, un niño con deseos sobrehumanos de conocer el calor maternal que nunca había experimentado, el niño para el cual el único héroe había sido su gigantesco y fuerte padre. Frente a sí mismo estaba ese niño que alguna vez había soñado con impresionar a su padre, pero que ahora fallaba miserablemente. Cuando Hipo había conocido a Chimuelo, aquél día cuando descubrió que no era un asesino, Hipo había encontrado la última pieza de un rompecabezas que no sabía que estaba armando. Ese día él comprendió quién era él, por qué era diferente y hasta qué punto lo era. Ese día el velo que había llevado frente a sus ojos se había caído y entendió, con gran recelo, que él nunca sería como su padre. Sin embargo, con el paso del tiempo, su firme determinación lo había llevado a ser alguien importante, alguien único, alguien con quien él mismo se sentía cómodo, y parecía que ante los ojos de Estoico, Hipo era alguien merecedor de respeto. Pero… entre la nieve, cubierto de sangre de dragón, cubierto de lágrimas de vergüenza, muerto de miedo, Hipo había regresado a ser ese niño, esa decepción…
Se había decepcionado a sí mismo, incluso.
A través de la niebla que cubría sus ojos verdes, Hipo podía distinguirse a sí mismo aquel día, el último día que había llorado frente a su padre. Recuerda que ese día había sido gris, como la mayoría de los días en Berk. No recuerda por qué había llorado, eso no tenía importancia, pero recuerda la risa burlona de Patán, recuerda los ojos cansados de Estoico, recuerda el pánico que él estaba sintiendo. Recuerda que se odió, por primera vez en su vida. Ahora, con una amargura sarcástica y una tristeza infinita, Hipo se había quedado en la fría nieve, como una estatua antigua de un guerrero caído, como un idiota perdido, como un niño otra vez… Y tan confundido.
Tan… avergonzado.
¿Por qué lo había hecho? ¿Por qué…? ¿Por qué no se había ido, en medio de la noche, a buscar a Chimuelo y a Rompecráneos? Se había quedado ahí, como un imbécil que esperaba que todo se resolviera por sí solo. Había sido ingenuo y débil y cobarde… Y ahora un inocente había pagado por su error. Hipo no era tan idiota como para pensar que el dragón no iba a ser asesinado, por supuesto que no… Pero había sido él quien lo había hecho. Él, quien le debía su vida a los dragones. Él, quien se jactaba de ser el mejor amigo de un dragón. Había sido él… El único vikingo que no podía ni quería matar dragones. Él y Chimuelo habían tenido sus batallas, habían asesinado a la Muerte Roja, pero se habían estado defendiendo… Ésta vez se sentía diferente. Sentía frío. Su espada, aquella que había construido y había usado para entrenar dragones, había probado por primera vez la sangre, escurría como un río carmesí sobre la hoja de metal. Sus manos, entumecidas, estaban manchadas, e Hipo sabía que el olor a óxido de su piel nunca se iría.
Había estado en el suelo una eternidad a los pies de esa magnífica bestia que había masacrado, llorando como un niño que necesitaba de su papi… Y luego se levantó. Como en un trance había seguido a los urdos, quienes levantaron el cuerpo del dragón y lo purificaron en un ritual de agradecimiento, para después preparar la carne. En el fondo de su mente, Hipo pensó que lo menos que se merecía ese dragón era esa ceremonia… Realmente Hipo pudo presenciar el profundo respeto que esa tribu tenía hacia el dragón. Pero eso no era suficiente, por supuesto. ¿Cómo podía ser suficiente si él había manchado su ser con sangre de un inocente?
El amanecer llegó después de cien años de agonía, el sol acarició la piel de Hipo con tanta gentileza que conmovió su, ya de por sí, roto corazón. En toda la noche no se había movido mucho, estaba paralizado. El jefe de la tribu se le acercó, pero Hipo no quería hablar con él, así que le dio la espalda, esperando que Ujarak entendiera la necesidad de estar solo. Sin embargo, el jefe urdo no se fue.
—Gracias, Hipo de Berk… —Hipo cerró los ojos, suprimiendo ira y vergüenza en un gesto desesperado —. Salvó a mi hija, a mi querida Ivalu… Usted… Ha hecho por mi tribu tanto… Los mejores cazadores entienden que toda vida es valiosa, los mejores cazadores sufren con la muerte y lloran por su presa. Los mejores cazadores pierden una parte de su alma cada vez que matan. Las mejores personas tienen que tomar las decisiones más difíciles. Hoy usted salvó a mi tribu de la hambruna inmediata, y no tengo cómo pagar esta enorme deuda.
—¿Por qué no se han ido?— murmuró Hipo con desprecio y con la imperante necesidad de comprender—. ¿Por qué, si es tan duro, no se han ido?
Ujarak suspiró cansadamente, e Hipo se volteó a mirarlo, sorprendiéndose al observar la melancólica mirada que el jefe le regalaba a esa tumba de hielo en dónde se encontraban. Hipo había reconocido esa mirada, la recuerda de Alvin, aquella vez que estuvo en Berk, la recuerda de Dagur, aquel fatídico día cuando se sacrificó… Demonios, recuerda haber visto esa misma mirada en los ojos de su padre, justo antes de la batalla contra la reina dragón, cuando su padre le había pedido que no peleara. Había amor en esa mirada, había dolor, pérdida y agonía, sí… pero había tanto amor…
—El mundo es muy pequeño y los vikingos se han apoderado de todo… Este lugar— dijo el jefe con un tono amargo— es el único lugar que ganamos. Somos los únicos que vieron aquí un hogar, parece que es demasiado frío para ustedes, demasiado inhóspito… Pero es nuestro. Últimamente todo es más difícil, y perdimos a muchas personas de la tribu… Por eso nos trasladamos hacia el agua, donde el hielo es más delgado, pero el clima nos ha retrasado y ahora estamos muy lejos. El invierno está casi aquí y no tenemos alimento… Me temo que no vamos a sobrevivir, a pesar de nuestros esfuerzos.
—El hielo se hace más grueso, el agua está cada vez más lejos— dijo Hipo entendiendo a la perfección, él era del Archipiélago Vikingo y sabía que en invierno era casi imposible navegar.
—Precisamente… Y sé que usted no me debe nada, y sé que no tengo derecho a pedir ningún favor, pero mis hijas… No quiero que ellas sufran en este lugar— dijo el jefe con intensidad, rogándole a Hipo, pidiéndole ayuda.
—Quiere que las lleve conmigo— aseguró Hipo.
—Necesito que las lleve con usted—corrigió el jefe— Ulloriak e Ivalu… ellas son mi mayor tesoro… Ellas no pueden quedarse aquí. Ya no tenemos niños, ellas son las más jóvenes y en el consejo se acordó que ellas se irían— Hipo y el jefe se miraron a los ojos—, pero no las puedo dejar ir solas. Alguien debe protegerlas.
Dubitativo, Hipo preguntó:
—¿Por qué yo?
El jefe, con expresión solemne, colocó una mano sobre el hombro de Hipo con gran afecto y respeto:
—Porque nadie en la tribu quiere abandonar su hogar… Sin embargo, es principalmente porque Hipo de Berk, usted me ha demostrado su valía y porque no confiaría mis hijas a nadie más, me ha demostrado mayor valentía que cualquier otra persona que haya conocido— Hipo no respondió, no quería esa responsabilidad, ¿por qué él, si ni siquiera habría podido sobrevivir sin ayuda?—… Además, sé que Ivalu lo podrá ayudar a encontrar a sus dos amigos… Mis hijas saben orientarse aquí mejor que usted.
Hipo contuvo una pequeña sonrisa… Realmente, él no podía decir "no", Ivalu y Ria lo había ayudado tanto… Y, sin duda alguna, él no podía salir de ahí sin extraviarse.
—De acuerdo, pero partiré hoy mismo, aprovechando las horas de luz.
Ujariak sonrió y exhaló con alivio, para, seguidamente, hablar de nuevo.
—Entenderá, que por honor, no puedo dejar que se lleve a mis hijas así.
Hipo no supo a qué se refería el jefe, sin embargo, lo menos que podía hacer era aceptar. De todas maneras, ya no le quedaba mucho que arriesgar.
