VIII

El Angerla

Ivalu, Ria e Hipo se habían refugiado en una pequeña cueva que los escondía de los fuertes vientos tormentosos. Con su abrigo, Hipo había improvisado una cama para que las hermanas pudieran recostarse. El jefe Ujarak había ordenado que prepararan todas las provisiones que Hipo, Ivalu y Ria pudieran necesitar, así que con un poco de yesca y con un par de piedras Hipo había encendido un fuego débil, sin embargo, acogedor. Todavía estaba asimilando los últimos acontecimientos, pero era un problema con el que tendría que lidiar después, por supuesto... Por el momento, lo principal era sobrevivir. Habían salido hacía unas siete u ocho horas. Habían caminado incluso sin luz solar, aprovechando un tiempo calmado y pacífico, manteniendo el calor con el ejercicio y guiándose con las luces verdes magníficas del cielo. Pero, de un pronto a otro había aparecido la tormenta de nieve y no tuvieron otra opción más que detenerse. Hipo odiaba estar quieto. Necesitaba regresar a Berk, necesitaba encontrar a Chimuelo y a Rompecráneos, necesitaba ver a Astrid y besarla y asegurarle una y otra vez que ella era la única. Necesitaba arreglar tantas cosas…

Después de cenar, las chicas se habían ido a dormir. Ellas habían estado particularmente silenciosas, pero Hipo no las culpaba. La despedida de la tribu había sido desgarradora: Ria se negaba a irse, Ivalu no dejaba de llorar y pedir disculpas. Estaban agotadas. Él también estaba muerto de sueño, no obstante, se quedó sentado cerca de la entrada de la cueva, en actitud vigilante y pensando en su hogar, en su gente, en lo que había hecho. Había matado un dragón, había huído como un niño pequeño, se mostraba como un cobarde, había experimentado la realidad en solitario y no le había gustado. Había perdido parte de su familia. Había traicionado sus principios. Había cometido errores que lo perseguirían el resto de su vida.

—Saamik— susurró Ria caminando hacia Hipo.

Él gruñó un poco, incómodo y se pasó una mano por el pelo en gesto nervioso.

—Llámame Hipo, Ria.

—Pero Saamik es tu nombre en la tribu— protestó ella sin mucho entusiasmo. Hipo suspiró nuevamente con cansancio y se negó a seguir discutiendo.

La verdad es que Ria estaba en lo correcto: Hipo había recibido un nuevo nombre en la tribu urda, él ahora era parte de los Urdos y para ellos él era Saamik. "Es un honor" le habían dicho. "Es un agradecimiento". Y para todos en la tribu era así, era oficial. Excepto para Hipo, para él todo parecía un mal sueño. Para cualquier hombre en su sano juicio la situación de Hipo era la ideal, pero para él no. Incluso, cualquier heredero, cualquier líder, cualquier vikingo mataría por una oportunidad como la de Hipo. Sin embargo, él no era como todos. Él tenía a Astrid, la persona con quien había soñado durante mucho tiempo, la persona que se había convertido en su mano derecha, en su apoyo y compañera. Él la tenía a ella, y sólo la quería a ella. Sin embargo, el jefe Ujarak había sido muy claro en su petición y él, Hipo, no había tenido el ánimo de rechazar la oferta, porque no tenía tiempo, el invierno se acercaba y el hielo se hacía más grueso, disminuyendo las posibilidades de escapar de ese lugar olvidado por los dioses. Se había arrepentido cada segundo de su decisión. Estaba seguro que hacer algo así solo le traería problemas, y realmente no necesitaba más problemas en ese momento. Sin embargo, a pesar de conocer las consecuencias, Hipo se había casado con Ivalu y con Ulloriak en un ritual que conllevó la inserción de Hipo en la tribu de los Urdos. Se había casado con ellas con la bendición del jefe de la tribu y el curandero.

Tenía dos esposas ahora.

No una. Dos.

Y ninguna de ellas era la mujer con quien tenía una relación desde hacía tiempo.

Astrid lo mataría.

Ria siguió acercándose a Hipo capturando la mirada de él y se quitó la ropa con dedos temblorosos. Hipo, atontado, no hizo más que quedarse ahí, con la mirada clavada en la piel suave y morena de la chica que se encontraba frente a él, a su entera disposición. Esa mujer que estaba frente a él era su esposa. Los senos, grandes y redondos, la curvas pronunciadas, las piernas y el vientre suave y un poco relleno… Ella era tan diferente a Astrid. La piel de Ria estaba libre de cicatrices, era delicada, tenía caderas anchas como para engendrar a un heredero, tenía cabello negro oscuro como la tinta y ojos preciosos que, con temor, se entregaban a él.

Ella era su esposa. Y era bella como las luces en el cielo.

Él era un vikingo como cualquier otro, y sintió el deseo recorrer su entrepierna. Ria, vulnerable, preciosa, virgen, era de él. Tal y como lo era Ivalú. Eran de él y él tenía derecho de tomarlas… Pero… ¿Y Astrid? ¿Cómo iba a decírselo a Astrid? Él no podía llegar a Berk con dos flamantes y jóvenes esposas… Si es que llegaba a Berk algún día. Ria se le estaba entregando, como una esposa abnegada. Así que él se levantó del suelo y cubrió a la chica con una manta, provocando en ella confusión y dolor en las hermosas facciones de Ria.

Estaba excitado, sí. Su cuerpo la quería tomar. Ella, después de todo era su esposa, y era maravillosa, tan diferente… Pero él no quería. Su mente racional no quería. No había consumado el matrimonio en la tribu, porque el invierno se acercaba a pasos agigantados. Todavía podía llegar a Berk y explicarle a Astrid que no era de verdad, que ellas no eran esposas, que él era sólo para Astrid. Que sólo se había casado con las muchachas para salvarlas de la muerte en un pedazo de hielo olvidado por los dioses, pero que no era un matrimonio real.

—Ria, hace frío, regresa a dormir—dijo Hipo, ignorando las lágrimas de Ria. No la estaba rechazando, es sólo que él no era para ella.

Ria estaba enfurruñada, por nombrar la actitud de la muchacha. Tal vez "ofendida" sería una mejor palabra. El caso es que no le hablaba a Hipo, e Hipo ignoró el hecho de que la chica tenía los ojos hinchados y rojos por llorar. Se odiaba a sí mismo por hacerla llorar, sin embargo, no quería consolarla y abrir las puertas a una posible "consumación" en la cual tal vez no se podría detener otra vez. Thor… Sólo a él le pasaban ese tipo de cosas, sólo él tenía ese tipo de problemas y ya estaba harto. Sabía que Ria se sentía inferior y rechazada, sabía que cualquier hombre habría consumado el matrimonio tan pronto como pudiera y eso confundía a Ria, sobretodo porque Hipo no había intentado tocar a ninguna de las dos jóvenes en ningún momento. Y obviamente no lo iba a hacer. E Hipo sabía que entre más tiempo rechazara a Ria más difícil sería explicar que el matrimonio sería anulado tan pronto como llegaran a Berk.

Si es que llegaban algún día.

Porque, sinceramente, la actitud de Ria no estaba en primer lugar entre las preocupaciones de Hipo. De hecho, entre más caminaba más olvidaba ese infantil problema de las esposas. ¿Por qué tener en la cabeza algo tan insignificante cuando era obvio que la muerte se acercaba con traje blanco y doloroso? ¿Como ver un futuro en Berk cuando todo lo que veía frente a sí mismo era nieve y vacío? La verdad es que después de tres días de viaje interminable, en el cual las raciones se les acababan, Hipo estaba perdiendo la fe. Y cada cierto tiempo, Ivalu lo tomaba del brazo y lo llevaba en otra dirección, porque él no sabía hacia donde caminar. Estaba perdido y le iba a fallar al jefe Ujarak, no había podido salvar a las chicas.

Era una mala combinación: el frío, la nieve tormentosa que no lo dejaba ver más allá de su cara, y el miedo que sentía por Chimuelo y Rompecráneos. Y la culpa. Oh… él creyó, ingenuamente, que el movimiento constante lo ayudaría a olvidarse del pobre dragón que había asesinado, pero no era así. Era peor, su mente le jugaba malas pasadas y veía al agonizante shock marino en todas partes.

Sintió como su brazo era sujetado por una mano delicada, así que supo que Ivalu lo iba a guiar de nuevo. Por lo tanto, se detuvo y volteó a mirar a la pequeña.

—¡Por aquí, ya casi llegamos!— gritó ella para hacerse escuchar sobre el incesante clamor del viento.

Caminaron, con el viento en contra, sin detenerse ni por un instante. Las heridas de Hipo le pasaban factura, su piel se sentía hervir, pero no se detuvo y no paró la caminata. Debían encontrar un refugio para pasar la noche. Tal vez, con suerte, los dioses los liberarían de la tortura en la mañana. Todo siempre se veía mejor en la mañana después de un merecido descanso, un poco de calor y comida en el estómago. Pasaron un par de horas pero lograron llegar a una pequeña colina con paredes altas que los podía proteger del frío. Estaba bien, ese lugar. Podrían acampar. Podrían comer. Hipo podría culparse y sentirse más miserable de lo que ya se sentía. Sí, necesitaba reunir fuerzas para salir de ahí o para sobrevivir hasta que alguien más lo encontrara. Tal vez… Tal vez Chimuelo y Rompecráneos habían logrado escapar, y Rompecráneos era el mejor rastreador en Berk, quizás él lo estaba buscando.

Llegaron a la colina, donde Hipo fue sacado de su ensimismamiento por fuertes sonidos de metal chocando contra metal. Se detuvo de golpe, siendo imitado por las hermanas, ¿era su imaginación? ¿Tal vez deliraba por la fiebre? Le hizo una seña a las chicas para que mantuvieran el silencio, necesitaba determinar si… ¡Ahí estaba otra vez! Ese sonido incesante, de cuchillos o cadenas o algo parecido. Se despojó de la carga y le ordenó a Ria e Ivalu que se quedaran quietas mientras él subía la pequeña pendiente.

Con trabajo subió, resbalando por su pierna de metal. Pero no desistió. Y ahí, desde la cima, pudo ver lo que llevaba soñando ver desde que había llegado a ese lugar: la costa. La costa maravillosa, azul, extensa y llena de infinitas possibilidades. Se embriagó con la vista, hinchándose de placer, muriendose por lanzarse al agua y nadar, sin importar nada, sin importarle que el agua estuviera helada, él solo quería escapar. Sin embargo, no importaba la necesidad férrea que tenía por largarse de ese pedazo de infierno llamado hielo… No, no importaba más que la seguridad de Ivalu y Ria. Porque, gracias a una inmensa fogata pudo ver que los sonidos de metal provenían de hombres fuertemente armados, y por los tatuajes, Hipo estaba seguro de que eran cazadores de dragones.

Y ahora era el momento de desquitarse por todo.

Estaba muy cansado, adolorido, reventado, pero necesitaba desquitarse.

No… ¿Cómo puedes pensar así? Piensa en las chicas. Sé inteligente. Piensa en ellas. Piensa en Chimuelo y en Rompecráneos. Piensa… ¿Cómo puedes atacar sin pensar en las consecuencias…? Y pensó. Había un bote, pequeño, de esos que sólo se usan para transportarse de un barco grande hacia la costa. Había, también, trampas, jaulas y cadenas, las que producían ese sonido metálico incesante. Pero no había un dragón a la vista, sólo estaban las herramientas de tortura, no los torturados. Hipo apretó los puños. Tal vez si estuviera sólo se enfrentaría a los cinco hombres que se preparaban para zarpar… Pero con las chicas ahí… No podía. Tenía que encontrar otra manera de obtener el bote. Necesitaba una manera más inteligente.

Regresó a la base de las colinas donde Ivalu y Ria lo esperaron, y les contó su arriesgado plan.

—¿Está seguro de que funcionará?—preguntó Ria con duda razonable.

—No puedo estar seguro de nada— admitió Hipo—, pero funcionará. Ellos se van a querer ir con las manos vacías— o al menos eso esperaba él mientras le hacía la señal a Ivalu para que moviera la manta que tenían de manera ruidosa sobre la nieve, esperando que sonara como un dragón arrastrándose en la nieve.

Él observó a los cazadores, no había escuchado los intentos de Ivalu… "Plan B", entonces, pensó mientras se llevaba las manos a un lado de la boca y soltaba un gruñido gutural que en el viento incesante podría confundirse como el grito desesperado de un dragón herido lejos de ahí. Confió en que el viento confundiera la dirección del ruido para los cazadores. Repitió el gruñido hasta que escuchó las voces de los cazadores reaccionar y los vio partir en dirección opuesta.

Le hizo señas a las chicas y con rapidez tomaron las provisiones de los cazadores. Las chicas se subieron al bote e Hipo lo empujó con la experiencia que le daba ser miembro de una tribu de pescadores. Para cuando él se subió al pequeño bote y comenzó a remar como si la vida se le fuera en ello, los cazadores se dieron cuenta del engaño y gritaban, corrían y lanzaba flechas hacia ellos, sin alcanzarlos. Por suerte.

«Ya era hora de que me favorecieran los dioses» , pensó Hipo, sin parar de remar. Hacia dónde, eso no importaba. Ya pensaría en eso después, primero debía escapar. Él podía solucionar esto, pero debía lidiar con un problema a la vez.

—Mantengan los ojos abiertos— le dijo a las chicas—. No queremos toparnos con sus amigos— dijo Hipo. Nada podría ser peor que más cazadores de dragones, ¿cierto?

¿Cierto?


Sentía los brazos adoloridos por remar, pero no podía pedirle a las chicas que remaran por él… Estaba exhausto, las heridas le dolían, estaba muerto en vida y sabía que si se dormía no habría manera de despertarlo, y él tenía que cuidar a Ivalu y Ria. Ellas le estaban ayudando a navegar por esas aguas tan desconocidas para él. Trataron de mantenerse cerca de la orilla durante todo el tiempo que pudieron para evitar toparse con el barco de los cazadores, pero no podían quedarse ahí para siempre. Cuando Hipo dirigió el barco hacia mar abierto se encomendó a todos los dioses que conocía, no sólo por él, sino por Ivalu, por Ria, por la miserable tribu que dejaban atrás, por Chimuelo y por Rompecráneos, por Berk… Él no podía fallar. No podía morir en el océano. No podía, aunque ciertamente se lo merecía.

Alejó todo pensamiento de su mente tanto como pudo, concentrándose solamente en el sonido del agua en contra de los remos, el movimiento bamboleante del pequeño bote y las estrellas que había aprendido a seguir para regresar a su hogar. Los músculos de su cuerpo ya no dolían, estaban como adormecidos, pero todavía respondían y todavía seguían en movimiento. Aunque fueran lento, aunque lo único que los moviera fuera la pura fuerza de voluntad, o la terquedad. Ivalu estaba muy callada, con la mirada fija en el horizonte que se llenaba cada vez más de bruma. Ria, a su vez, preparaba el ungüento curativo para Hipo con esmero y naturalidad que sólo provenía de la práctica constante. Hipo se preguntó, distraídamente, si ellas también sabían que las probabilidades de sobrevivir eran casi nulas.

—Saamik— dijo Ria con la voz llena de incertidumbre, y su murmullo llenó el silencio de manera aterradora—. Necesito curar sus heridas.

Hipo negó.

—Después. Te lo agradezco, pero primero tenemos que llegar a tierra—. Aunque Hipo no tenía ni idea de dónde podría haber una isla. Estaba muy confundido.

—Pero...— comenzó a protestar Ria, hasta que otra voz la interrumpió con autoridad.

—Silencio— dijo Ivalu— están ahí.

Hipo se detuvo y escuchó… Se escuchaba algo más, es verdad… ¿Dragones? No… Era algo más, algo grande… Un barco… Oh, no… Los cazadores… No, no se podía poner peor, se habían encontrado con los cazadores a pesar de todos sus esfuerzos. ¿Cómo se librarían de ellos si ni siquiera podían verlos por la oscuridad y la densa bruma? Pero eso no fue un problema durante más tiempo, porque el barco se manifestó pronto gracias a las luces que llevan a bordo. Era enorme, era imponente y al reconocer la forma Hipo supo que no eran cazadores de dragones. Vio el nombre del barco, gigantesco y amenazador: El Angerla.

Eran piratas.

Las cosas se habían puesto mucho peor.


Notas de la autora:

Gracias a todas las personas que siguen leyendo. Esta historia me gusta mucho y no quiero apresurarla, pero sé que llevo mucho tiempo sin actualizar, así que dividí un capítulo que es muy largo en dos. La segunda parte todavía requiere trabajo, pero espero poder actualizar en menos de dos meses (es broma, talvez en menos tiempo :P ).

Gracias gracias de nuevo por leer. Estoy trabajando tan rápido como puedo.

Saludos!