PIECES OF A LIFE

XII.


Ella hizo un montón de cosas por él. Era hora de que él hiciera algo por ella.


—No necesitas estar aquí —espeta Sougo, mucho más ácido de lo normal—. No soy un maldito niño.

—No lo eres. Pero eres un idiota como cuando sí lo eras, uh-uhm.

Okita sube las escaleras de su casa vacía con Kagura pisándole los talones. No enciende ni una sola luz y la chica sólo alcanza a escuchar cuando se golpea contra algún mueble por casualidad. Ella también sabe el camino y puede sortearlo mucho mejor que él, quizás porque su mente está más clara y porque siempre le ha tocado andar más a oscuras que a la luz del sol.

—Lárgate —le ordena Sougo con vehemencia al abrir la puerta de su cuarto a tientas—. Ya me has visto llegar. Tu promesa está cumplida.

Ella no responde porque no le importa lo que le diga. Él le cierra la puerta en la cara que hace despertar al perro del vecino, que comienza a aullar. La chica siente que las fuerzas se le desvanecen un poco ante el gesto de Sougo, pero no se da por vencida. Se sorprende, sin embargo, cuando se da cuenta de que no le ha puesto el pestillo. Sí, es sólo un idiota que no sabe pedir lo que quiere.

Kagura entra al cuarto de Sougo que arroja una atmósfera inquietante. No es la primera vez que está allí. De hecho, estuvo allí esa misma mañana, pero ahora el aura depresiva de su dueño le hace parecer como un terreno inhóspito, un lugar en el que nunca ha estado. Supone que, si pudiera hacer un símil, lo compararía con el corazón de su amigo justo en ese momento. Alcanza a vislumbrar su silueta acostada con la tenue luz de las farolas de la calle que se filtra entre las rendijas de la ventana y ve sus hombros sacudirse. No está segura de si es por ira o por llanto. Tal vez un poco de las dos.

Con precaución y al cabo de unos minutos de observarlo, la Yato se acerca a él lo más silenciosamente que puede y se sienta en el borde del colchón. Toca suavemente su hombro por un segundo y, al ver que sólo se sacude por la sorpresa pero no la aparta, devuelve su mano allí.

—Mitsu va a estar bien. ¿Escuchaste al doctor? Hay esperanza.

Sougo no responde, sigue temblando. Kagura comienza a tararear suavemente una canción de cuna, de esas que recuerda que Mitsuba les cantaba cuando ella se quedaba a dormir allí junto con Kamui. Se acuesta poco a poco a su lado, dispuesto a no dejarlo solo esa noche, coloca las palmas de sus manos en la espalda ancha de él y recarga su frente en medio de sus omóplatos.

No deja de cantar en ningún momento.

Kagura no sabe cuánto tiempo pasa ni cuántas veces ha repetido la misma canción, sólo siente le boca seca de tanto tararearla para cuando Sougo se voltea y esconde su rostro contra su pálida clavícula. Lo siguiente que siente es su blusa ponerse húmeda y luego ella se pone a llorar también antes de abrazarlo con fuerza.