PIECES OF A LIFE

XIII.


Ella hizo un montón de cosas por él. Era hora de que él hiciera algo por ella.


Sougo carga un par de maletas, una en cada brazo, y las pone en la cajuela del auto de Hijikata, sin ganas. Kagura lo nota con el rostro lívido y con varios kilogramos menos. Se le notan las ojeras bajo los ojos y su pelo está deslucido; su andar es lento y arrastrado. Parece como si pudiera morir en cualquier momento.

Lo acompaña adentro de la casa nuevamente y le ayuda con dos de las tres valijas que faltan para terminar. Ella siempre ha sido una chica fuerte.

Ella es una chica fuerte.

—Quita esa maldita cara de funeral, uh-uh. Sólo se está yendo al maldito campo para recuperarse. No se ha muerto. Mitsu no se va a morir.

—No hables como si supieras —Kagura sabe que Sougo no lo dice porque lo sienta de verdad (él sólo está demasiado cansado, demasiado drenado por las últimas dos semanas casi viviendo en el hospital, demasiado asustado como para bajar la guardia aunque sea un poco), pero incluso así le duele la manera en que se lo dice. No es como si ella no quisiera a Mitsuba. No es como si ella no entendiera perfectamente lo que siente (no es como si no lo estuviera viviendo en carne propia).

Mitsuba baja del auto por última vez con su paso grácil un poco afectado por su reciente convalecencia. Abraza a Sougo con fuerza y le besa la cara tantas veces que, si llevara labial, seguro ya lo habría dejado colorado en todas partes.

—Kondo vendrá en tres días para instalarse en casa. Trátalo bien y no te portes mal.

—Lo que tú digas, hermana —se doblega ante ella fácilmente con ojos de cachorro bajo la lluvia.

La mujer abandona a su hermano y va hacia Kagura, la abraza y la besa en ambas mejillas y le pide un último favor: cuidar de su pequeño hermano. Kagura se guarda el alegato de que ella es incluso menor que él y se lo promete con el corazón en la mano. De Hijikata se despide con un saludo marcial y se alegra de que no se haya pensado siquiera un segundo el irse con ella. Sabe que Sougo también lo piensa incluso si se guarda las palabras en su interior como el idiota que es.

El coche arranca y la calle se siente repentinamente vacía.

—Maldita universidad —musita Sougo, Kagura se pone a su lado mientras agita su mano al aire en señal de adiós—. Debería marcharme yo también con ella.

—Mitsu está en buenas manos.

—No lo sé —admite, pero no lo dice por Hijikata, sino por la enfermedad. No está seguro de que vaya a mejorar. Puede que nunca vaya a estarlo, Kagura lo presiente e, intentado ser de apoyo y parecer natural, cubre la mano empuñada de él con la suya propia.

Y cuando Sougo destensa su mano y no se deshace de la suya, Kagura realmente piensa que allí se está dando algo.