PIECES OF A LIFE
XV.
Ella hizo un montón de cosas por él. Era hora de que él hiciera algo por ella.
A la primera persona que ve al llegar a la funeraria es a Kamui con los ojos vacíos recibiendo las condolencias de un montón de personas que Okita no había visto en toda su vida; sin embargo, el chico parece conocer muy bien a cada adulto que se le acerca a darle el pésame. Cuando se acerca a él, Sougo se da cuenta que su vecino no tiene simplemente la mirada perdida en algo más allá de ese lugar y de su propia existencia, sino que también parece haber envejecido cinco años en tan solo un fin de semana.
—No sé qué mierda decir —admite y lo envuelve en un abrazo de condolencias, sin embargo, dura demasiado tiempo para ser sólo una simple cortesía. Sougo siente cómo Kamui se afianza más a él y le aprieta con su fuerza desmesurada, empero, él no se atreve a quejarse. Lo siente tranquilizarse un poco y lo suelta. Todavía no sabe qué decir—. Ella es… ella era… —se le traban las palabras en la garganta. Si bien su hermana Mitsuba es toda la madre que Sougo conoce en su vida, Kouka, la madre de sus amigos, siempre ha sido una persona importante para él. Recuerda vagamente haberse puesto de su parte en el jardín de niños cuando había sido claramente su culpa haberle arrojado un frasco de pintura a su compañero de mesa. En sus memorias también está ella recogiéndolo de la primaria junto a sus hijos y comprándole chucherías de vez en cuando. Regañándolo por hacer desastre en su casa o felicitándolo junto a Mitsuba por ser un muchacho tan capaz.
Al final, Sougo no dice nada, pero Kamui entiende.
—Pero… ¿cómo…? Ella… siempre parecía tan bien —sigue intentándolo Okita.
—No quería que se supiera —responde Kamui, en automático. Seguramente es una respuesta que ha dado más de una vez en las últimas dos noches.
Una persona más llega y desplaza a Okita de su lugar, quien abandona a Kamui de manera reticente. Busca ahora con la mirada al padre del chico, pero no lo ve en ninguna parte. Seguramente está rellenando más formularios en algún lugar. Su atención se concentra ahora en buscar a Kagura, a quien no ve por ninguna parte de la sala principal. Siente un peso instalarse en su estómago y emprende una búsqueda casi desesperada.
Sortea a los dolientes, las mesas y las sillas, las coronas de flores, la busca en los baños y en otras salas. No aparece. Se maldice a sí mismo por lo bajo, por no poder encontrarla, por no saber qué decirle cuando la vea, por haber estropeado su celular días antes y por haberse largado a una playa junto a sus compañeros de universidad los últimos tres días. Se maldice incluso por nacer y por no haber podido estar con la llorona de su vecina cuando ella más lo necesitaba.
Al final, Sougo encuentra a Kagura en una capilla al fondo de la funeraria.
Ella ni siquiera es creyente. Nadie en su familia lo es (lo era).
Kagura no está sola, sin embargo. Hay un hombre a su lado en cuyo hombro recarga su frente mientras ambos están sentados en una pequeña banca. Al otro lado de ella hay un chico que le da palmaditas en la espalda, intentando consolarla. Con un poco de trabajo, Sougo los identifica como su jefe y el otro empleado que trabajan con ella en la mentada Yorozuya.
Se siente aliviado al ver que no está llorando sola como una tonta.
Todavía con la mente en blanco y sintiéndose más tonto que nunca, se acerca a ellos con pasos lentos que resuenan en el silencio de la capilla. Aquellos tres son sus únicos ocupantes. El hombre de cabello plateado voltea y sus ojos se encuentran. Nunca se han visto, pero él parece reconocerle y, con un asentimiento, se comunica con el muchacho, quien comienza a levantarse de su lugar.
—Gin —llama Kagura a su jefe con voz pastosa y quebrada, suplicándole que no la deje sola, tomándole de la mano con desesperación. Él envuelve sus manos pequeñas entre las dos grandes de él y se las aprieta, pero, incluso así, se marcha. Ella parece perdida por un instante y se afianza por un segundo a la playera del chico más joven antes de que su mirada se cruce con la carmesí de Okita. Entonces deja caer sus manos y espera.
Espera.
Sougo no se mueve aunque quiere hacerlo. No dice nada tampoco hasta que los otros dos han abandonado por completo el lugar. Entonces susurra un torpe y sentido:
—Lo siento.
Ella le mira con los ojos azules hinchados y las marcas de lágrimas secas en sus mejillas.
—Está bien —responde con voz entrecortada.
Okita se siente como una mierda al escuchar su tono de voz y su respuesta.
Ella le ha perdonado por no haber estado allí para ella.
Kagura es demasiado buena.
No demora un segundo más y camina hacia ella, apretándola en un abrazo fortísimo que la envuelve toda contra sí. Ella le hecha las manos al cuello y se queda en silencio. No hay sollozos ni hipidos, tampoco siente su camisa humedecerse.
Ya ha llorado suficiente y él no ha estado a tiempo para secar sus lágrimas
