PIECES OF A LIFE

XVII.


Ella hizo un montón de cosas por él. Era hora de que él hiciera algo por ella.


Okita le entrega un paquete pobremente envuelto con papel de colores y listones, lo mejor que ha podido envolver, a una Kagura que la mira confundido.

—¿Es una bomba? —pregunta sin atreverse a tomar el regalo—. ¿Hay mierda de Sadaharu allí adentro?

—No es ninguna maldita broma, China —puntualiza—. Es seguro.

Kagura asiente, pero toma el regalo con el dedo índice y pulgar de la mano derecha, nada más. Nunca se es demasiado cauteloso ante un obsequio de Okita Sougo.

El chico ve a su vecina desenvolver el obsequio arrancando el papel y rompiendo los listones sin mucho cuidado y, cuando queda solamente la caja de cartón a la vista, eleva la vista a él, la baja al regalo y así sucesivamente unas cinco ocasiones hasta que él, cansado, la golpea en la cabeza y le repite que es seguro.

—Como sea mierda o alguna cosa de esas… —amenaza y luego destapa la caja de una vez por todas. Encuentra su regalo allí adentro, perfectamente inofensivo a la vista—. Es una peineta —la toma entre sus dedos y la examina con cuidado—. Los dientes no parecen estar afilados, sí. ¿Seguro que no son navajas?

Okita pone los ojos en blanco.

—Te estás graduando, maldita China. Ha sido un año duro para ti y estoy obsequiándote algo porque dejarás de ser una ilegal preparatoriana. Aunque todavía no tengas identificación.

—Es… es… —titubea Kagura, sin saber muy bien qué decir ni cómo decirlo—. Muy bonita.

—Sí, recibí un poco de ayuda —sonríe de medio lado. No una sonrisa como a ella le da usualmente (de esas que auguraban complicidad y malas intenciones), sino una mucho más… torpe.

—Es azul. ¿Sabías que mi vestido es azul?

—Kamui me lo dijo —admite, encogiéndose de hombros.

—¿También te dijo que es él quien va a acompañarme en la fiesta?

—Lo dijo. Dijo que no permitiría que fueras con ese virgen de gafas con el que trabajas. Dijo que no permitiría que ningún bastardo te tocara cuando andas en un vestido tan revelador. ¿De verdad es revelador tu vestido, China?

Kagura balbucea maldiciones con un tono apenas audible. Sougo sabe que están dirigidas a su hermano mayor.

El muchacho se mete las manos en los bolsillos y escanea la habitación en busca del vestido, pero no lo encuentra. Seguramente está en el armario, guardado para que la bestia de la chica no pueda hacerle daño antes de tiempo.

Siempre que tenían un evento importante, Kouka solía guardar bajo llave el vestuario de sus hijos, así que, incluso si su madre no estaba más con ellos y su padre pasara más tiempo en la base militar que en casa, ella y su hermano no querían dejar atrás las viejas tradiciones.

—Bueno y no… ¿quieres ir?

Okita parpadea, un poco sorprendido.

—Es mañana. No tengo un traje. Y trabajo por las tardes.

—¿Trabajas? —inquiere, sorprendida genuinamente—. Por eso ya no te paras aquí tan seguido. ¿Y en qué trabajas? ¿Eres un estriper?

—Ganaría más, pero no es eso. Soy un simple repartidor en una simple florería.

Antes de que Kagura se eche a reír, Okita ya siente su risa. Era lo que esperaba desde antes de decirle su lugar de trabajo.

—¡¿Florería?! ¡¿Tú?! —y sigue riendo. El chico hace como que se tapa los oídos por causa de su risa estridente—. Ay, una florería —Kagura se limpia una lagrimilla imaginaria del ojo—. Qué delicado.

—Ya.

La muchacha ríe por última vez y luego se pone un poco más seria, más no juguetona.

—¿Entonces qué? ¿Vas o no vas conmigo?

—Son fiestas de preparatorianos —se la piensa, Kagura pone los ojos en blanco—. Seguro no habrá alcohol legal por allí. Una mierda.

—Perdón, señor borracho —dice ella sarcásticamente—. Perdón por tener diecisiete todavía y mis compañeros igual. Ahora, ¿vas o no vas?

—Voy. Aunque llegaré tarde.

—No importa. El principio de estos eventos no valen la pena como quiera, uh-uh. Kamui nos llevará en el coche de papá. Intenta no llegar tan tarde, ¿quieres? Tampoco quiero quedarme sin mesa y en el reservado no estás incluido tú.

—Siempre puedes darme tu silla. Y tu platillo.

—¿También quieres el vestido?

—Nah. No quiero opacarte —ríe—. Bien, China, tengo un asunto muy importante que atender y no te incluye, así que me voy largando de aquí.

—¿Cómo qué? ¿Contagiarte de más herpes? —se burla Kagura y, sorpresivamente, Sougo se ríe con ella.

Le da mala espina.

—Adiós, China —se despide antes de treparse por el balcón y bajar por el árbol al frente, como siempre lo ha hecho.

Kagura corre hacia la barandilla y, contra su propia personalidad, grita pidiendo una confirmación:

—Pero sí vendrás mañana, ¿verdad?

Sougo se sacude la tierra de las rodillas y las manos antes de responder.

—Ya te dije que sí.

Se marcha silbando una canción que Kagura no conoce y ella le mira la espalda hasta que entra a su propia casa.

Sougo no aparece en su casa al día siguiente, mucho menos en su graduación.