PIECES OF A LIFE
XX.
Ella hizo un montón de cosas por él. Era hora de que él hiciera algo por ella.
Durante las últimas tres semanas, Kagura lo ha dejado en visto en Whatsapp, Line y Facebook, rechazado sus llamadas e ignorado sus comentarios en su cuenta de Instagram y sus mensajes directos en Twitter. Si la chica utilizara otra red social, seguramente también hubiera hecho lo mismo. Okita comprende que la ha cagado, pero también sabe que son demasiados años de amistad como para tirarlos por la borda de esa forma. Él no lo haría (no está dispuesto a hacerlo, se admite) y sabe que ella tampoco.
Kagura siempre ha sido la sentimental de los dos.
Es por pura serendipia que la encuentra de camino a la tienda. Él va, ella viene. Lo ha estado evadiendo tan bien que ese encuentro casual le parece sacado de la biblia: un milagro. Se miran a los ojos sin decirse nada, sin pedirse nada con la mirada tampoco, eso sí, dejan de avanzar y se quedan clavados en sus lugares. Ella tiene su pelo hecho un desastre de recién levantada y él trae puestos sus pantalones deportivos, esos que utiliza para andar por la casa. Es domingo, son vacaciones. Es normal que estén en esas fachas.
—China —la llama Okita, luego parece recapacitar—. Kagura, vamos a hablar.
Entonces ella reanuda la marcha y lo pasa sin mirarle, sin decirle nada. Tampoco parece ignorarlo a propósito, le mira como a un desconocido cualquiera con el que no tiene asuntos qué tratar.
Okita no se mueve de su lugar. Quizás su amistad sí está acabada.
Toda una lástima.
Sigue con los pies clavados en el suelo cuando siente un golpe en la nuca, uno fuerte, y luego un líquido frío mojarle desde el cabello hasta los calzoncillos, luego viene la risa de Kagura.
—¡Luces como un idiota! —se burla y luego comienza a carcajearse.
A Okita le cuesta todavía un par de segundos más entender todo: que Kagura le está hablando nuevamente y que le ha reventado el galón de leche en la cabeza la muy maldita.
—¡Serás…!
—¡Te lo mereces por idiota! —justifica rápidamente y sigue riendo a carcajada limpia.
—Ya —Sougo intenta escurrir toda la leche que puede de su cabello y sus ropas. Ahora parece que lo ha atrapado una tormenta. Una tormenta blanca—. Lo siento.
Kagura para de reír y lo ve directamente, parpadeando varias veces.
—Eres un idiota —dice, esta vez seriamente—. Eres un infeliz, desgraciado, torpe e idiota.
—Ya.
—¿Lo sabes, uh-uh?
—Ya.
Kagura le da otro golpe con el galón vacío.
—Me debes una leche.
—¡Pero si has sido tú quién lo ha reventado!
—¡Contra tu cabeza! ¡Y si no fueras tan idiota esto no hubiera pasado!
—¡Tú lógica no tiene sentido!
—Pues me importa un comino la lógica, sí. Necesito la leche. El cereal de Kamui no se va a remojar solo.
Okita masculla una retahíla de maldiciones, pero aún así mete la mano en el bolsillo y cuenta las monedas que tiene allí adentro y el billete remojado.
—Vamos, China. Te compraré esa leche, pero no voy a cargarla. No soy tu criado.
—No tientes a tu suerte, Sádico —Kagura sonríe de buena gana—. Ahora mismo eres como mi esclavo.
Él no asiente, pero casi está de acuerdo al darse cuenta de que irá a la tienda empapado.
